sábado, 29 de octubre de 2016

MOMENTOS 79 - LA NUBE MÁS BLANCA En las afueras de mi ciudad, donde finaliza la línea del tranvía, hay un bosque de árboles milenarios, altos como rayos suspendidos del cielo y frondosos como manglares. Me gusta volar hasta sus copas y observar el ir y venir de la gente, con la que me relacioné cuando estaba vivo. Algunos pájaros trinan alborotados y se refugian de la lluvia en las ramas cercanas. Un caballo alado me levanta y veo, a través del arco iris, niños jugando a la comba sin importarles el chaparrón. Subo tan alto que mi cabeza golpea la Luna y provoca un pequeño agujero por donde salen enanos mudos que intentan tirarme del pelo. Las estrellas bailan a mí alrededor sin prestarme atención, haciendo reverencias a Dios, que sentado en la nube más blanca, lee la Biblia y ríe a carcajadas. Abajo en la tierra perdida, el tranvía llega a su destino y lo vacía de almas. Mi amigo Elías baja en silencio, cambia el trole por enésima vez y me busca en el cielo. Las tiendas cierran sus puertas, los niños regresan a casa y hacen los deberes. Dios guarda su libro y se dispone a montar la guardia.

sábado, 9 de abril de 2016

PREMIO CRISTIANNE CASSIMIRO CERTAMEN 2016

La escritora Cristianne Cassimiro, me hizo entrega del I premio del certamen de relato corto que lleva su nombre. Al acto acudieron todos los integrantes del Colectivo Tirarse al Folio al que pertenezco.

lunes, 26 de octubre de 2015

CAFÉ AMARGO F.J.Fayerman treinta de septiembre de 2015 Bebieron güisqui mientras jugaban a las cartas. Ebrios, se confesaron sus infidelidades. Se acomoda un momento en su sillón preferido. Empiezan a dolerle las piernas de recorrer el apartamento una y otra vez, e imagina en el aire el eco de sus propios pasos. Cierra los ojos. La estufa está encendida y nota el calor en la cara y en las manos que instintivamente intentan protegerla. Necesita tomar un café. Lo tiene sobre la mesa rinconera, pero no se siente con energía para levantarse y llegar a ella. Alguien golpea la puerta y su sonido le parece el batir de unas alas de ángel. ¿Será ella? ¿Cuándo tiempo hace que se fue, y cuanto que se contaron sus infidelidades? No era precisamente un ángel, pero la quería y nunca deseó perderla. Antes de marcharse le dejó preparado un café y una nota que no se ha atrevido a leer. Sobre la mesa, un café amargo como a él le gusta y ahora no tiene fuerza para tomárselo. Amargo y seguramente frio. Sigue con los ojos cerrados. El ruido ligero de sus pies le lleva hacia el dormitorio y en él la cama y la mesilla de noche. Abre el cajón de arriba: las pastillas para dormir, los preservativos pasados de fecha y la pistola. Cruza las piernas, golpea la mesa y derrama el café. La estufa está demasiado cerca pero ya no le quema. Escucha otra vez el roce del cajón al abrirse y el escalofrío metálico del cañón de la pistola deslizándose entre sus dientes. Ella no era precisamente un ángel, pero sí muy hermosa y la quería y le parece recodar que nunca deseó perderla.
CUATRO CUARTOS F.J.Fayerman Nueve de junio de 2015 Me duele la voz de tanto cantarle a mi país. Cuando desciendo por la calle me pesa hasta mi sombra. Llego al parque, a estas horas solitarias y calmas. Me rodean flores blancas de primavera y una fuente que solloza entre cuatro árboles iguales. Son las nueve y media de la mañana y comienza la actividad en el barrio. Tomo asiento en un banco aún húmedo de rocío y saco la guitarra del estuche. Rasgo sus cuerdas y canto. Un furgón del cuerpo de Localización (G.L.F.) de la policía con los cristales tintados muestra su prepotencia. El supermercado iza sus cierres con estrépito. La peluquera avienta su melena rubia y mientras barre la entrada, come un sándwich de jamón. El bar Montevideo: menú a 10 euros con postre y café. Sangre encebollada, bisté, riñones al jerez, manitas de cerdo… A través de la puerta abierta de par en par, penetran las notas tristes de la guitarra. El furgón de la policía desciende a toda velocidad por la cuesta. En los laterales, con grandes caracteres se puede leer ZITARROSAS. En las mesas de la terraza del bar se instalan los primeros clientes: cuatro mujeres que toman café. Bajo una de las sillas un cachorro pide algo de comer; hace carantoñas a un niño de unos cuatro años que está sentado con sus padres en la mesa de al lado y consigue que le dé una patata frita. Un camión del Ayuntamiento riega la calzada. En otra de las mesas tres mujeres charlan, quizá de política, de trapos o de museos. A su lado, unos jóvenes desayunan con Coca Cola. El furgón de la policía fabrica espuma sobre el agua jabonosa que cubre el empedrado. La carnicería: Del techo cuelgan diez pollos desplumados estirando el cuello y balanceándose al ritmo cuatro cuartos de la música que penetra por la puerta abierta. En el mostrador refrigerado, un cuerpo de vaca disperso: lomo, costillas, lengua, hígado… La clínica veterinaria al final de la calle. En la sala de operaciones, un perro joven yace sin vida sobre la mesa fría, mostrando sus intestinos infectados por un cáncer prematuro. Ya han cesado los latidos que salían de su interior. Se fueron las notas que sostenían su vida y ahora entran las de mi guitarra. El furgón de la policía hace rugir su sirena y se dirige hacia donde me encuentro. Sé que me queda poco tiempo de libertad, que moriré mudo como los pollos o las vacas que perdieron la vida para consumo de los más fuertes, o al perro que enfermó de fidelidad. La última corchea de mi guitarra negra hace desvanecerse al súper, a la peluquera, al bar Montevideo, a la carnicería y a la clínica veterinaria. Y aunque me duele muchísimo el alma, lo celebro.

sábado, 25 de abril de 2015

¿QUIÉN DEJÓ ABIERTA ESTA MAÑANA LA PUERTA DEL BALCÓN? F.J.Fayerman Veintisiete de mayo de 2014 El gato se cayó desde el balcón a la calle Cartagena. Malherido, entró en el portal y subió hasta el tercer piso. Se tumbó ante la puerta de su casa y se murió. La visita a la adivinadora, instaló la felicidad en su rostro de Cati, y no la abandonaría hasta la mañana del día siguiente. La pitonisa le había profetizado que la vida le sonreiría más de lo que nunca hubiera podido soñar. A la pregunta de si su hijo aprobaría los exámenes y si el gato se recuperaría de sus problemas visuales, ella le contestó que sin duda ambos lo superarían. Esa noche, Cati permitió a Ricardo que le hiciera el amor. El día siguiente tuvo un mal comienzo para Cati: bronca de su jefe, golpe con el coche al salir del aparcamiento de la Plaza Mayor, bronca con el conductor del otro coche; multa por saltarse un semáforo en plena Gran Vía, bronca con el agente de tráfico… Cuando llegó a casa encontró a su gato muerto. Por su lado, Ricardo ocupó el día visitando clientes sin conseguir ni un pedido. A las ocho tuvo una cita con su amante en el Hotel París y tras una pelea monumental rompieron la relación A las diez llegó a casa y se encontró a Cati sentada en un sillón con el gato muerto en su regazo. Ricardíto tuvo cuatro exámenes ese mismo día: dos por la mañana y otros dos por la tarde. Los dejó en blanco. Su abuela fue a buscarle al colegio y en el camino de regreso, le invitó a chocolate con churros en la Cafetería Hontanares: Cerrada por descanso del personal. Al abrir la puerta de su casa, se topó con sus padres sentados en el sofá. Su madre, llorando desconsolada, sostenía encima de las piernas al gato muerto. — ¿Quién dejó abierta esta mañana la puerta del balcón?—preguntó Cati, secándose las lágrimas. El veterinario vive cerca del Parque del Retiro y la familia Calvo al completo se presenta, a las nueve de la mañana, en la consulta con su gato muerto, después de haberlo velado toda la noche. Salen de la clínica a las diez, tras desembolsar cien euros por la cremación del minino. En el cristal de la puerta, un cartel ofrece un gatito recién nacido. Sin pensárselo dos veces lo adoptan.
ALFREDO HIGINIO y BOLOPO TOCOBÉ F.J.Fayerman seis de diciembre de 2014 Sergio levantó la mirada por encima de sus gafas de espejo. Los muslos de Susana seguían allí, disfrazados de pantera, espléndidos, ignorantes. — ¿Te apetece un café, —Víctor rompió el hechizo—tío? —Vale, me estoy volviendo tarumba, no soy capaz de cuadrar la caja. Me faltan quinientos euros. ¡Hay que joderse! —Miente—. La máquina de bebidas funciona como el culo y Sergio se ve obligado a sustituir el café por un líquido de color y textura sospechoso que se anuncia como chocolate con leche, y que le hace visitar el retrete hasta en cinco ocasiones. Sobre Sergio, Susana, Víctor y otros personajes que no aparecen aquí, se extiende el techo fluorescente de la oficina de patentes y marcas; por encima, un cielo gris cubierto de nubes y truenos amenazantes. Más arriba no se ve nada. Sin embargo es verano y hace calor. Las cinco de la tarde: Estampida humana. El Ibiza destartalado arranca por fin. ¡Toma chaval! La radio intenta escupir la información bursátil pero la mano de Sergio es más rápida: 95.3 ¡Radio Marca! Deja a Víctor en su domicilio y aprovecha la parada para ir de nuevo al wáter. ¡TABLAS EN EL PARTIDO DE ETERNOS RIVALES!: ALFREDO HIGINIO Y BOLOPO TOCOBÉ MARCARON PARA SUS RESPECTIVOS CONJUNTOS, titulaba el periódico. Y subtitulaba: ¡Quien haya apostado fuerte por la victoria de uno de los dos equipos lo tiene jodido! — ¡Que mala leche! (Había apostado quinientos euros a que el Atleti ganaba el derbi). ¿Y ahora qué hago?, —dictó F.J. al narrador, y éste lo puso en boca del personaje como monólogo interno. Arrojó el AS a la papelera y mientras hacía tiempo hasta que le devolvieran la colada de la semana, encendió un cigarrillo. —Señó Sergio, —dijo la empleada de la tintorería— no está autorisao humear en el boliche. Si no sofoca el popote me veré obligada a denunsiarle. (*) —Vale. A las ocho y media las nubes amenazantes chorrearon. El Ibiza tiene el cenicero a tope y un olor repugnante. Sergio arranca el motor y camino de casa se divierte metiéndose en los charcos y salpicando a los distraídos. Sergio se coloca la camiseta de tirantes y baja al parque. Del sol ni rastro y la temperatura ha bajado al menos ocho grados, lo que hace un poco más entendible el darse una estúpida paliza corriendo. Al final de la cuerda que le ata a la cintura de su amo, Doff ladra en arameo. Sergio bordea el lago cuando una mano le toca en la espalda sudorosa. — ¡Susana! Qué casualidad, no me podía imaginar a mi jefa haciendo footing y en mini shorts! — ¡Le noto sofocado Sergio, sígame si es capaz! —dice la jefa y acelera—: el primero que llegue al final del lago invita al Acuarius! —Me vuelven locos —le confiesa Sergio— sus muslos y el huequecito que queda entre ellos, cuando se mueve por la oficina. La crisis apaga las farolas que iluminan los caminos del parque. — ¿Cómo se llama su perro? A las doce y ya en casa de Sergio, un polvo, una ducha y la promesa de ayudarle a cuadrar el balance. La nevera como en Biafra. El Opencor del barrio y la cartera de Susana son el séptimo de caballería y Doff: Rin Tin Tin. Aunque al ser de noche no se aprecia, las nubes ya no chorrean ni amenazan, aunque siguen allí arriba. (*) Es conveniente poner el acento de negro de las películas americanas de los años cincuenta.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Mi relato LA POZA SOLEADA, ha obtenido el primer premio del concurso UDP (Unión Democrática de Pensionistas)de este año. Desde aquí quiero expresar mi gratitud a los organizadores y jurado de dicha asociación.
LA POZA SOLEADA El camino de tierra que conducía al pueblo se mostró a su derecha. A lo lejos, su final parecía clavarse en el campanario de la iglesia, donde una cigüeña acababa de posarse. Cargó la mochila sobre un hombro y subió la pendiente hasta que el pueblo apareció totalmente ante su vista. De frente varias casas de piedra rodeando la plaza de la iglesia, a la derecha los campos de labranza, dorados de trigo recién segado. A la izquierda cuatro caserones ceñidos a una callejuela empinada, que terminaba saltando sobre un río de grandes piedras planas. Al otro lado del puente, el viejo pinar que llegaba hasta las montañas Por encima, un cielo sosegado lo acariciaba todo. Cuando llegó a los campos les preguntó por ella. Corrían y saltaban sobre las montañas de paja que a pleno sol esperaban la bielda. Sin parar. Hasta que llegaba la hora de comer y volvían a sus casas. Él, con sus pantalones cortos y las rodillas magulladas y ella con sus largas trenzas de pelo negro cuajadas de espigas. Exhaustos de risas, los dos. Los campos le hablaron de ella. De sus largos paseos por la era arrastrando los pies por el bálago y escribiendo con su rastro el nombre de su amado. Desde hacía tantos años… Cruzó el puente hacia el pinar, que le esperaba solitario y fresco. Le preguntó por ella. Era el pino más longevo y enroscado del bosque. Trepaban a diario hasta la tercera o cuarta rama y allí, donde el tronco se estrechaba esculpían sus nombres dentro de un corazón de corcho. Las primeras sombras de la noche los arropaban agotados de amor. El orgulloso pino le habló de ella. De los sentimientos que grabó en su viejo tronco durante su ausencia, de las lágrimas que diariamente lo regaron. Desde hacía tantos años… Remontó el rio caminando sobre las piedras cubiertas de musgo húmedo, hasta la poza soleada. Le preguntó por ella. Tumbados uno al lado del otro, sobre la gran losa plana como cada tarde de verano, hacían planes de futuro. Él soñaba con labrar los campos que le cediera su padre y poder construir una casa con una gran chimenea. Ella soñaba con la ciudad, con una vida nueva lejos del pueblo y de lo que suponía trabajar aquella dura e ingrata tierra de sus padres y sus abuelos. A veces, entre sueño y sueño, se bañaban en la poza y el agua, terriblemente fría les devolvía a la realidad. La poza soleada le dijo las veces que la vio pasear por la orilla del río, con las manos entrelazadas tras la espalda y la cara levantada hacia el cielo, recibiendo el aire crudo de las montañas cercanas sobre sus mejillas. Le contó de la soledad que la acompañaba cada tarde. Desde hacía tantos años… Caminó a lo largo de la calle que conducía a la iglesia. Se paró frente a ella, con las manos en los bolsillos y el semblante relajado. Recordó. Aquella noche, por el camino del pinar notaron la presencia de alguien que les seguía. Poco antes de atravesar el río dos sombras se lanzaron sobre ellos. Lo golpearon con una piedra en la cabeza, a ella la violaron con saña. Cuando se recuperó fue a buscarlos y delante de la iglesia los mató con dos tiros de escopeta a bocajarro. Allí mismo lo detuvo la Guardia Civil y pasó 20 años en una cárcel al otro lado del país. La cigüeña, erguida sobre su nido del campanario, le indicó el camino que debía seguir para rendir su penúltima cita. La vereda bordeaba las tierras altas y secas del pueblo, donde la humedad del río no llegaba y sólo cardos y tomillo decoraban el paisaje. Llegó al caserón cerrado y sin luz. Le preguntó por ella. El caserón familiar abrió sus puertas y le invitó a entrar. Había pasado muchos años limpiando la casa, preparando la comida de día y tirándola de noche, peinando su pelo ensortijado cada hora, lavando y planchando cada tarde una y otra vez sus vestidos. Subiendo de madrugada al desván para contemplar desde la estrecha ventana desvencijada el amanecer y mirar a lo lejos, más allá del campanario de la iglesia donde duerme la cigüeña, tratando de adivinar el final del camino que desciende hacia la carretera, por donde regresan todos los que alguna vez se han ido. Por si volvía. Pero el caserón estaba ahora abandonado, sucio, silencioso. Salió a la calle y suplicante le volvió a preguntar por ella. Y entonces el caserón le dijo que los campos heredados, al otro lado del pueblo, estaban trabajados, que en ellos había una casa nueva, de piedra y pizarra negra y que en ella, Julia, lo estaba esperando, sentada ante la gran chimenea de sus sueños. Desde hacía tantos años…

jueves, 17 de julio de 2014

PLAGIANDO A POE Sentí que mi corazón se encogía. Por un momento creí marearme ante la imagen que tenía delante, y que durante los largos años de destierro había llegado a idealizar. La frágil luz de la tarde declinaba, amenazando con difuminar el cuerpo postrado de mi amada y sumergirme otra vez en las tinieblas de mi alma enferma, pidiendo a gritos que la sanaran o la dejaran morir definitivamente. Sus ojos perdidos presagiaban lo inevitable, los labios blanquecinos deseaban hablarme sin que brotara de ellos palabra alguna que me consolara, y sus manos, flotando en la niebla que poco a poco la envolvía, parecían despedirse en lugar de reclamarme a su lado. Intenté correr hacia ella, pero como en los sueños terribles de mi niñez no conseguí dar ni siquiera un paso adelante. Extendí las manos inútilmente intentando atraparla o al menos acariciar su pelo, ya que era consciente de que partiría cabalgando la noche y desapareciendo de mi vida; que por más que la buscara durante el resto de mi existencia no la hallarla jamás, y volvería a quedar vacío como un rio sin caudal o un bodegón sin frutos. Las lágrimas me impidieron ver su rostro por última vez, y las sombras se hicieron dueñas finalmente de mi razón.

domingo, 13 de julio de 2014

¡YA ESTÁN AQUÍ! F.J.Fayerman Treinta de mayo de 2014 1 - EL AVENUSAJE Comandante F.Voronin. El avenusaje fue perfecto, los retrocohetes funcionaron correctamente, posando el cohete en el lugar programado. El horizonte Venusino era mucho más luminoso que las imágenes captadas por la sonda Magallanes en mil novecientos noventa. Según lo establecido en los planes de la misión, salí con dos compañeros a fotografiar y recabar datos de nuestro entorno y del cráter CR7 que se encontraba a unos cien metros de la base. La superficie de cenizas se me adhería a las botas ralentizando mi marcha. La temperatura había descendido hasta los —60º F, cuando comencé mi labor de recopilar muestras de rocas y tierra volcánica. Las piedras tenían distintas tonalidades y se movían en todas direcciones ocultándose bajo tierra o trepando por las paredes rugosas del cráter. Su tacto era suave y su cuerpo tan fluido que se me deslizaba entre los dedos como la arena del desierto. Emitían series de vibraciones que llegaban a mi cerebro convertidas en eufonías metálicas. Tardé aún media hora en conseguir los suficientes ejemplares para la investigación, después recogí tierra rojiza de los alrededores, me reuní con mis compañeros y obedeciendo las órdenes de Balkonur, volvimos a la nave. Unos minutos después, la noche se adueñó de Venus. 2 - BASE DE BALKONUR (KAZAJISTAN) Ingeniero M. Volkov Una salva de aplausos acompañó a las imágenes del avenusaje de la Parus XVI. La imagen del monitor principal mostraba una curva sinusoidal coincidente con la prevista. La nave no presentaba daños en la estructura al posarse sobre las llanuras del hemisferio norte de Venus. Situación exacta: Longitud 4º 07 oeste latitud 40º 23 Norte, a 11.254 kilómetros del cinturón de hielo. Atmósfera no respirable. Eran las 10.00 a.m. del tres de junio. El actinógrafo indicaba que la radiación solar era demasiado elevada para pasear por la superficie venusiana. Cuando pasadas doce horas, los cosmonautas pudieron salir de la nave, aprecié en el amplificador de transconductancia lineal unas vibraciones intermitentes que parecían tener su origen en el cráter CR7. Hacia allí se dirigían los cosmonautas para recoger muestras. Entonces vi como perseguían a las piedras que se movían en zigzag intentando escapar de sus manos. El satélite meteorológico Polar-sincrónico me indicó que fuertes vientos y tormentas en la magnetosfera, estaban a punto de situarse sobre ellos. Les ordené volver al módulo y clasificar las muestras que hubieran recogido. Como consecuencia de la tormenta electromagnética, el video empezó a fallar y no tuve nuevo contacto visual con Venus hasta las 8,00 del día cuatro de junio. 3 - EL VENUSIANO “Han llegado del espacio unos seres de otro mundo, montados en un artilugio volador. Han descargado muchos aparatos y los han situado alrededor de su máquina. Después se han dirigido hacia el cráter donde vivo con unos andares rarísimos. No entiendo muy bien por qué, pero estos energúmenos extravenusianos quieren capturarme. Poseen una fuerza descomunal y no he podido evitar que me atraparan junto con otros congéneres. Me han llevado a su artilugio volador y sospecho que pretenden conducirme a su hábitat para experimentar conmigo. No voy a tener más remedio que inocularles nuestra arma defensiva.”
¿QUIÉN DEJÓ ABIERTA ESTA MAÑANA LA PUERTA DEL BALCÓN? F.J.Fayerman Veintisiete de mayo de 2014 El gato se cayó desde el balcón a la calle. Malherido, entró en el portal y subió hasta el tercer piso. Se tumbó ante la puerta de su casa y se murió. La visita a la adivinadora, instaló la felicidad en su rostro de Cati,que no la abandonaría hasta la mañana del día siguiente. La pitonisa le había profetizado que la vida le sonreiría más de lo que nunca hubiera podido soñar. A la pregunta de si su hijo aprobaría los exámenes y si el gato se recuperaría de sus problemas visuales, ella le contestó que sin duda ambos lo superarían. Esa noche, Cati permitió a Ricardo que le hiciera el amor. El día siguiente tuvo un mal comienzo para Cati: bronca de su jefe, golpe con el coche al salir del aparcamiento, bronca con el conductor del otro coche; multa por saltarse un semáforo, bronca con el agente de tráfico… Cuando llegó a casa encontró a su gato muerto. Por su lado, Ricardo ocupó el día visitando clientes sin conseguir ni un pedido. A las ocho tuvo una cita con su amante en el Hotel París y tras una pelea monumental rompieron la relación A las diez llegó a casa y se encontró a Cati sentada en un sillón con el gato muerto en su regazo. Ricardíto tuvo cuatro exámenes ese mismo día: dos por la mañana y otros dos por la tarde. Los dejó en blanco. Su abuela fue a buscarle al colegio y en el camino de regreso, le invitó a chocolate con churros en la Cafetería Royal: Cerrada por defunción. Al abrir la puerta de su casa, se topó con sus padres sentados en el sofá. Su madre, llorando desconsolada, sostenía encima de las piernas al gato muerto. — ¿Quién dejó abierta esta mañana la puerta del balcón?—preguntó Cati, secándose las lágrimas. El veterinario vive cerca del Parque del Retiro y la familia Calvo al completo se presenta, a las nueve de la mañana, en la consulta con su gato muerto, después de haberlo velado toda la noche. Salen de la clínica a las diez, tras desembolsar cien euros por la cremación del minino. En el cristal de la puerta, un cartel ofrece un gatito recién nacido. Sin pensárselo dos veces lo adoptan.

lunes, 17 de junio de 2013

EL JARDINERO DE ZUNIL Federico Fayerman Uno de noviembre de 2012 Nací, al igual que toda mi familia, en una casa de las afueras de Zunil. Este pequeño pueblo estaba enclavado al borde del cráter del mismo nombre, situado en el hemisferio sur del planeta Marte, más concretamente en la denominada sierra marciana. Se encontraba ubicado a una altura de cuatro mil quinientos metros sobre el nivel de los canales, su vida dependía fundamentalmente del turismo. Cada año, millones de marcianos visitaban su gran mirador espacial, desde el que se podía observar el cruce de los asteroides Deimos y Phobos a escasa distancia de la superficie marciana. Hasta tres veces diarias se cruzaban ambos asteroides, pero una sola vez a tan corta distancia. Allí, en Zunil, nació también mi único hermano con una terrible deformidad: tenía dos ojos en la cara a ambos lados de la nariz, en lugar de un solo ojo en el centro de la frente como el resto de los habitantes de Marte. Al cumplir los setecientos años, mi padre ordenó a mi madre hacer las maletas, y nos trasladamos al planeta Tierra en busca de nuevos y mejores horizontes. La Tierra era un planeta muy parecido al nuestro, de suelo rojo y desiertos asolados por aires violentos y secos. Sus pocos habitantes vivían en casas fabricadas con ladrillos de adobe, y subsistían de la carne y la leche de sus escuálidas cabras. Su mayor riqueza era el gran río que fertilizaba cada año sus campos. Nos tomaron por dioses, quizás engañados por las máscaras que llevábamos para ocultar nuestro único ojo central. Solo mi único hermano se mostraba con la cara despejada, y mientras a los demás nos pusieron nombres extraños (Bastet, Ra, Anubis, Sobek, Horus o Ptah) (que nos divertían mucho, a él le llamaron Sinuhé y le nombraron médico de los reyes y reinas de aquellas tierras. Durante los más de ochocientos años que vivimos en aquel lugar del universo, ayudamos a que la civilización avanzara gracias a nuestros conocimientos matemáticos, aunque guardamos por precaución muchos otros que a esas alturas no convenían a los habitantes de este atrasado planeta. PARTE SEGUNDA La tarde en que mi único hermano conoció la existencia de la enfermedad terrestre que había conseguido abrirse paso en su organismo a través de sus ojos, y que acabaría irremediablemente con su vida en un plazo máximo de dos años, nos citó a toda la familia en Karnak para comunicarnos la buena noticia. Varios días después, partíamos hacia Zunil para preparar la sepultura de mi único hermano en los jardines Thebig, cerca del observatorio espacial. Los jardines Thebig se extendían sobre una superficie de unas veinte mil hectáreas, todas ellas en cuesta, hasta llegar a la plataforma de observación de Zunil y hasta allí nos trasladamos los familiares y algunos viejos amigos. Monik, el Jardinero-Jefe de Thebig se ocupaba de la conservación del parque y era el hombre más orgulloso de todo el planeta rojo. Tenía muchos problemas con mi perro Dof, una mezcla de Rondesco con Puchonet, razas originarias de Zunil, que no dejaba ni un momento de corretear entre los macizos, destrozando las flores que adornaban los parterres del inmenso jardín. Generalmente, yo no tenía más remedio que encerrar a Dof en el coche y pedir disculpas al Jardinero-Jefe que las aceptaba de muy buen grado, hasta el punto de regalarle a mi esposa una gerbera, que ella colocaba sobre su pecho ayudándose de una pequeña pinza que siempre llevaba en el bolso. Comíamos bajo la lejana luz del sol y ayudábamos a mi hermano a preparar la tierra donde sería enterrado a su muerte, entre risas y abrazos. Después, subíamos en procesión hasta el mirador espacial y hablábamos durante horas y horas de nuestras olvidadas enfermedades, mientras admirábamos a Phobos y a Deimos cruzándose constantemente en el cielo marciano. Un año después, mí hermano fue el único fallecido en todo el planeta, ya que los adelantos de la ciencia médica habían conseguido ampliar la edad media de vida hasta los tres mil años, lo que hacía difícil que coincidieran dos o más finados el mismo día. Mi hermano vivió solamente mil quinientos años y fue, desde luego, un caso que sirvió, aunque inútilmente, para el estudio de la mortal enfermedad a los jóvenes doctores de la Universidad de medicina marciana de la capital. Se había convertido, debido a su rara y mortal enfermedad importada del planeta Tierra, en el único marciano muerto con menos de dos mil años de edad desde la guerra contra Urano, trescientos mil años antes. En su honor fue construido el gran telescopio que preside desde entonces el mirador celeste del parque Thebig en el que, cada año, en la misma fecha, nos reunimos toda la familia y mi perrito de aguas para contemplar a Phobos y a Deimos y añorar a mi prematuramente desaparecido hermano. PARTE TERCERA Monik, el Jardinero-Jefe de Thebig cultiva ahora algunas variedades nuevas de plantas ornamentales que yo le traje de la Tierra. Hemos consolidado a través de los años una gran amistad; lo que permite a Dof corretear entre las flores ante la mirada complaciente de Monik, y no tener que esperarme encerrado en el coche cuando subo al mirador cada tarde, para visitar la tumba de mi hermano y echar unas risas en su recuerdo. EPÍLOGO (Siete mil años después) La nave Curiosity envía imágenes de la superficie del planeta Marte. En ellas se puede distinguir la punta de lo que los expertos sospechan pueda ser una pirámide enterrada dos mil años antes. La nave no detecta vida en el planeta, aunque ha descubierto reminiscencias de una variante mortal del virus Herpes, causante de diversos tipos de glaucoma.
CLARA Federico Fayerman Tres de abril de 2012 Aquel invierno llegó sin avisar. Clara descorrió las cortinas, y la luz invadió la habitación, creando sombras en los espacios blancos de las paredes. Al abrir el ventanal, el viento frio de las montañas cercanas le hirió el rostro soñoliento. Observó la mesa escritorio: sobre ella la pequeña lámpara encendida, un bolígrafo, el cuaderno de hojas milimetradas donde estaba aprendiendo a escribir y en una esquina, el libro de tapas rojas, desde el que Luis le dictaba. Contó despacio los billetes doblados tan impecablemente como impecable era el hombre que los depositaba sobre la mesilla, para que ella los recogiera al despertarse. Doscientos euros por prestarle su cuerpo la noche de los viernes. Aunque se lo entregaría gratis. –Tranquilo, no se asuste, está en el hospital. Ha sufrido un accidente de coche pero se encuentra fuera de peligro. Avisaremos a su familia para que pasen a verle. Luis abrió los ojos, y la voz se trasformó en una joven enfermera de ojos azules y dedos cálidos que acariciaban su frente. En su mano derecha, un tubo de plástico le unía a una botella de suero, otro en la boca le permitía respirar y una pinza le oprimía el dedo índice. La estación de autobuses era el punto de encuentro. Luis la recogía a las ocho y media y juntos, a bordo de su A-6, tomaban la carretera general en dirección al motel. Apenas tres kilómetros de curvas. –¿Qué tal ha ido la semana? –solía preguntar Luis. Y la repuesta de Clara se escondía siempre en un profundo suspiro. –¿Qué tal la tuya? –Como siempre; mucho viaje, demasiado trabajo y esperando cada día que llegue el momento de estar contigo. Clara cerró la ventana, guardó el dinero en el bolso y miró el reloj. Las diez de la mañana y hasta las doce no tendría que abandonar la habitación. Después de bañarse se vistió lentamente: primero una ropa interior cómoda, nada del tanga ni del sujetador minúsculo del día anterior. Después una camiseta y unos leotardos. Abrochó la falda negra a su cintura y terminó metiéndose en un jersey de cuello vuelto, también negro. Se sentó en el borde de la cama y se calzó unas manoletinas. El traslado al pueblo no supuso un problema para Luis. Le daba lo mismo mover la silla de ruedas en una casa que en otra, aunque aquí disponía de más espacio y sobre todo del jardín, que aquella primavera se mostraba colmado de flores. Sus cincuenta años de vida anteriores se le habían borrado con violencia de la memoria unos meses atrás, aunque a veces y sin llegar a entender por qué, los prados verdes que rodeaban su nuevo hogar, se convertían en montañas que intentaban hablarle. La estación de autobuses se ha convertido en un lugar solitario ahíto de gente, donde Clara acude cada viernes y espera lo imposible. Se acomoda en un banco cerca de la puerta y escribe con dificultad cartas al amante desaparecido, mientras vigila de reojo los Audi blancos que circulan por los alrededores. Entonces suena su móvil: –Clara, soy Enrique, ¿podemos vernos? –Sí... pero tendrá que ser mañana. Ya sabes que tengo ocupadas las noches de los viernes. Busca un asiento en el interior del vestíbulo, huyendo del aire helado que allana la estación. Este invierno también ha llegado sin previo aviso.

domingo, 13 de enero de 2013

APÓCRIFO F.J.Fayerman Catorce de septiembre de 2012 Desde la azotea de mi casa se divisa casi toda la Gran Vía. Abajo, a no menos de treinta metros, una empobrecida muchedumbre y los automóviles que aún conservan algo de combustible en sus depósitos, circulan tristemente sobre un asfalto descarnado. Y poco a poco, cuando llega la noche, el fragor callejero dejan paso a la elipsis; los pocos coches que se atreven a circular ignoran los semáforos y la gente se refugia en sus casas o en las de sus amigos de confianza, huyendo de la plaga que asola el país desde hace ya muchos años. Y entonces entra en acción el inframundo: Los vampiros salen de sus féretros, cruzan los atrios de hojas chirriantes y toman las callejuelas en busca de sangre fresca. Millones de ratas brotan de las cloacas de la plaza de Callao y bajan como si de un sunami animal se tratara hasta inundar la Plaza de España, buscando comida en los contenedores o devorando a los mendigos, que osan dormir entre cartones en el acceso al aparcamiento subterráneo. Algunos hombres se trasforman en lobos si la luna es propicia y los estranguladores, asesinos y violadores se hacen los dueños de la ciudad. Todo ello lo veo cada noche desde la azotea que domina gran parte de la Gran Vía. A veces, alguno de estos terribles personajes mira hacia lo alto de mi edificio buscando una presa escondida o aterrorizada, pero solo ve una gárgola petrificada de cuyo caño brotan gritos de dolor, por no poder unirse a la fiesta de la muerte, a la que la humanidad se ha visto arrastrada tras largos años de promesas y mentiras, en busca del quimérico estado del bienestar.

domingo, 25 de noviembre de 2012

REGRESA F.J.Fayerman Siete de junio de 2012 – ¡Mañana a Londres! dije en voz alta al tiempo que comprobaba por enésima vez la alarma del despertador. Antes de apagar la luz, revisé nuevamente el billete: Madrid-Londres, siete de junio de 2012, ocho treinta horas, Aeropuerto de Barajas. “El Tubo” me dejó en Oxford Circus y caminé por Regent Street buscando la plaza de Piccadilly. En Heddon Street, hice una parada para conocer el Absolut Ice bar, donde las paredes, las mesas y la barra son de hielo. Al atravesar Vigo Street, la sirena de una furgoneta policial me sobresaltó. Era una Austin negra que giró en Savile Row. Entonces, observé el atasco que se había formado en esa calle a través del que, a duras penas, pudo colarse el furgón. George: Guitarra eléctrica Fender Rosewood Telecaster; chaquetón negro de piel y pantalones verdes. Llegué al cruce. Todo el mundo miraba hacia arriba. Muchachas con minifaldas de colores corrían por las aceras como enloquecidas. John: Guitarra semi-acústica Epiphone Casino; chaquetón de piel marrón con el cuello alzado. Más mujeres en las ventanas abiertas de par en par desafiando al frío, y hombres con traje oscuro, corbata delgada y maletín en la mano pasando de unas azoteas a otras en un peregrinaje absurdo. Paul: Guitarra bajo violín bass Höfner 500/1; chaqueta oscura desabrochada. En la puerta de un edificio de cuatro plantas, varios Bobbies dialogan con el dueño de la casa. Por fin, entran en ella. Otros jóvenes policías con semblante serio esperan fuera. Ringo: Batería Ludwig Oyster Black Pearl; impermeable naranja con grandes botones negros. Un hombre de unos setenta años con pipa, traje y sombrero se juega la vida subiendo por una escalera metálica hasta la azotea para poder ver la escena desde más cerca. Billy Preston: teclado Hammond Desde los tejados del otro lado de la calle, varias estatuas de piedra blanca le contemplan. Gafas redondas, pelos agitados por el viento que tapan las caras enrojecidas por el frío, baquetas delirantes y pies golpeando rítmicamente la tarima colocada en la azotea de los estudios de grabación de Apple Records... Música para mis sueños. Saqué el Smartphone del bolsillo: Las doce del mediodía del jueves 30 de enero de mil novecientos sesenta y nueve. Miré hacia arriba y escuché: ¡Get back! , Get back… Sonó el despertador y salté de la cama: ¡A Londres!

domingo, 22 de julio de 2012

El Colectivo Literario RENGLONES DE FICCIÓN al que pertenezco ha publicado su segundo libro de relatos. Lo hemos titulado SI TE DIGO QUE LA BURRA ES NEGRA, ES PORQUE TENGO LOS PELOS EN LA MANO. Título largo y sonoro que quiere expresar que "esto es lo que hay" y lo que hay son 40 relatos cortos y diez microrrelatos, maravillosamente escritos por quince autores de estilos muy diferentes, que aportan en su conjunto una visión completa de su forma de vivir la literatura. El libro está editado por Visión Libros (91 311 76 96)y su precio es de siete euros. De todas formas, y debido a la crisis galopante que nos acompaña ultimamente, iremos publicando los relatos de la Burra en el blog del Colectivo Renglones de Ficción durante las proximas semanas. Un saludo a todos los seguidores del Huerto de las Palabras.