viernes, 18 de diciembre de 2009

BUKOWSKI CLUB

Federico Fayerman
Veintiuno de octubre de 2009


Alterio caminó a grandes pasos por la calle de la Ballesta bajo la pluma del escritor, hasta detenerse frente al número 5. Subió las ruidosas escaleras de madera hasta el cuarto piso. Punto y aparte.
Derio Frey, arrastró la silla y se sirvió un güisqui del viejo mueble bar. El timbre de la puerta sonó taciturno sobre el papel, y Alterio, acompañado de una rubia de ojos claros y curvas cerradas entró en el salón. Él, pelo largo, cara ancha y gesto disgustado. Una pequeña mesa llena de cuartillas y una papelera repleta de hojas arrugadas componían junto al mueble-bar el paisaje casero. En la habitación de al lado, a través del hueco de la puerta, se distinguía una cama arrimada a la pared bajo la ventana y una estantería, amontonada de libros.
ooo O ooo
Alterio solía frecuentar el Bukowski Club, desde las nueve de la tarde que abrían hasta que le invitaban a salir para echar el cierre y mostrar a los trasnochadores los artísticos grafitis que lo adornaban. Aquella noche de domingo había tenido que subir nuevamente al pequeño estrado, leer otro relato de Derio y soportar los aplausos merecidos pero no dedicados a él. Bien es cierto que Alterio, aprovechaba la voluntaria ausencia de Derio para cambiar algunos párrafos y a veces equivocarse a propósito y mirar de reojo al atento auditorio buscando una señal de rechazo al texto. Pero no solía tener éxito, como mucho, los presentes aprovechaban esos lapsus para llevarse el vaso a los labios o para pedir otro cóctel con una seña sutil al camarero.
Al fondo del Bukowski, bajo una fotografía del escritor norteamericano, Ana levantó la botella de cerveza ofreciendo un brindis a Alterio.
-Excelente tu lectura del relato, -dijo Ana sarcástica, mientras desenredaba su pelo con los dedos.
-Gracias por nada,-susurró Alterio tomando asiento a su lado con cara de pocos amigos. Chocaron las cervezas. El estrado volvió a ocuparse y ambos callaron mirándose a los ojos.
Ana encendió un cigarro y compartieron el humo, silenciosos.
Ooo O ooo
¿Queréis beber algo? –peguntó Derio, mientras se servía otro güisqui. Desde la cocina llegaba el repiqueteo de una tapa de cacerola mal cerrada, que dejaba escapar olor a guiso tradicional.
-Queremos hablar contigo, -contestó Alterio, rechazando la invitación y sentándose a horcajadas en una silla frente al escritor. Queremos que nos liberes, que nos dejes vivir nuestra propia vida. Queremos desarrollarnos sin tu tutela.
.
-Sabéis que eso es imposible, dijo Derio apagando dentro del vaso el cigarrillo que se le había consumido entre los dedos. -Yo os he creado y os iréis solo cuando yo lo desee.
Entonces Ana extrajo una pequeña pistola de su bolso y apuntó a Derio.
-No seas absurda Ana, dijo el escritor.
Aunque le temblaba la mano, Ana disparó.
Ooo O ooo
Esa noche, Alterio salió del Bukowski un poco antes de las dos de la madrugada y esperó a Ana en la calle. Cinco minutos después volvió a entrar y la buscó inútilmente entre el humo, en la sala, en la cocina y en el aseo. Intentó preguntar por ella, pero los clientes, concentrados en el orador, le ignoraron. Se sintió invisible, como si ya no existiera. Como si nunca hubieran existido ninguno de los dos.
ooOooo
Una hora antes, bajo la fotografía del novelista, al fondo del Bukowski, y envuelta en volutas de humo, una morena de uñas escarlata le miró fijamente mientras se aproximaba. Derio frenó su silla de ruedas y alguien le acercó el micrófono. Sacó unas cuartillas manchadas de sangre del bolsillo interior de la chaqueta y leyó su relato.
Los aplausos ahogaron el ruido que provocó su cuerpo al desplomarse sin vida.

jueves, 10 de diciembre de 2009

AVE CÉSAR



Federico Fayerman

Quince de julio de 2009



Alto y carnoso; pelo de azogue y mueca sonriente. César espera como cada tarde, desde hace un mes, la llegada del Ave.
La estación hierve burbujeante de viajeros moviéndose de un lado a otro sin parar, llenando y vaciando bares, andenes, pasillos, locales de prensa y aseos.
Una pareja de ancianos arrastra sus maletas lentamente entre el gentío, y trata de ganar la puerta de salida, empujados por los altavoces parlanchines que no cesan en su monólogo repetitivo. En un asiento de plástico marrón oscuro, un hombre corpulento y melena descuidada sostiene sobre sus rodillas a una joven de piel morena y labios rojos, mientras la manosea.
César consulta insistentemente, tras los gruesos cristales de sus gafas de pasta negra, el panel electrónico del vestíbulo central de la estación, mientras se ajusta una y otra vez el nudo de su corbata roja. En la mano izquierda sujeta con fuerza, un ramo de margaritas pálidas.

La conoció una mañana de julio, sentado en una cafetería, en aquel mismo hall. Ella paseaba con una pequeña maleta destartalada. Andaba mirando a su alrededor como buscando algo, o quizá a alguien que pudiera quitarle ese gesto de desesperación de la cara.
Pasó a su lado con andares inseguros. Entonces se volvió. Primero fijó los ojos en sus zapatos relucientes y poco a poco levantó la cabeza hasta clavar la mirada en sus ojos .Ocupó el taburete contiguo y le habló casi en un susurro.
-¿Por favor, podrías invitarme a un café y algo de comer?
Su cuerpo, escondido bajo un vestido largo de tonos marrones y amarillos era pequeño y extremadamente delgado. Tenía una cara estirada, las mejillas de un azul aterciopelado y los ojos verdes apagados. Las órbitas las tenía hundidas y cetrinas. Su boca despedía un aliento pútrido que salía con cada palabra que articulaba, a través de una dentadura gris e incompleta.
César pensó al principio que la chica podía ser menor de edad, pero al poco ella le dijo que tenía veinte años, los mismos que él llevaba solo desde que murió Claudia.
-¿Cómo te llamas?
-Dulce
Después del café y el bocadillo ella le pidió dinero para el billete y él la acompañó a las taquillas y se lo compró. Antes de subir al tren volvió a pedirle dinero. Él se lo dio y ella le dijo que se lo devolvería a la semana siguiente, cuando regresara. Quedaron para entonces.

Cesar se apoya en una columna de aluminio bruñido y consulta una vez más su reloj.

A las diez y cuarto, ya ha entrado el último Ave del día. Cuando Cesar entra, solo como de costumbre en el bar de Luis, ya son más de las doce.

jueves, 3 de diciembre de 2009

MOMENTOS
1 - LA CHICA DEL BAR


Federico Fayerman
28 de septiembre de 2009

-¿Qué va a tomar? -preguntó, mientras sujetaba detrás de la cabeza su melena atrevida. No contesté.
-¿Qué va a tomar? –repitió, dejando que el pelo fluyera entre sus dedos. Sobre sus hombros. No me salían las palabras porque me había quedado enganchado en sus ojos negros.
Y se lo dije.
Sonrió y sin dejar de mirarme los abrió hasta el infinito.
MOMENTOS
2 - MIRABELA
Federico Fayerman
Veinte de octubre de 2009
Mirabela bajó la pendiente de cantos rodados hasta la playa. Se descalzó y corrió hacia la orilla, dejando deslizar sobre sus caderas el ligero vestido de tirantes que la cubría. Sus pies menudos entraron en el agua y tras ellos todo su cuerpo. Su pelo largo y suelto parecía perseguirla mientras nadaba mar adentro, y al poco se detuvo y miró al horizonte. En aquella dirección, a muchos cientos de kilómetros estaba Rumanía, su país. Sus pensamientos volaron una vez más hasta la familia dejada y añorada y recibió en su cara un viento suave y cálido que parecía traerle el olor de su casa y creyó escuchar, cómo el rumor del mar le trasmitía susurrante el lenguaje de sus gentes.
En la arena, una voz gritó su nombre, y despacio, Mirabela regresó, brazada tras brazada, disfrutando de la frescura del agua sobre su pequeño y desnudo cuerpo de piel joven.
La estela plateada que cortaba el mar la iluminó por un instante mientras ella sujetaba y escurría su pelo sobre la nuca. Un pelo negro tan brillante como la misma luna llena que la admiraba desde lo alto. Después, se dejó caer sobre la arena mojada y cerró los ojos deseando que aquella voz amada la arropara.
MOMENTOS

3 - LA COJITA

Federico Fayerman

Veintiuno de julio de 2009


En la playa. A las ocho de la tarde el mar se había calmado y llegaba con pequeñas ondas hasta la arena. Las sombrillas más cercanas al agua dejaban su sitio a las cañas de pescar, que se cimbreaban empujadas por la brisa fresca del atardecer.
La niña tenía cuatro o cinco años. Se acercaba una y otra vez a la orilla del mar cojeando y arrastrando su pierna rígida, tatuada en el muslo con un enorme costurón. Al llegar donde las olas depositaban su última espuma se dejaba caer de bruces. Se impulsaba con los codos y metía su cabecita en el agua como intentado bucear. A veces rodaba sobre sí misma. Después, con mucho esfuerzo trataba de erguirse pero casi siempre volvía a perder el equilibrio. En su cara mojada se dibujaba una maravillosa sonrisa.
El padre de la niña, que la vigilaba bajo una sombrilla se acercó y tomándola de la mano la llevó unos metros mar adentro y le quitó la arena que se le había depositado en el pelo. Se bañaron juntos y jugaron con las olas.
Unas cometas de colores y formas diversas brincaban ondulando el viento con piruetas arriesgadas, como huyendo de su sombra.
Mientras la secaban con una gran toalla de rayas, antes de regresar a casa, la niña cojita, sujetándose en los hombros de su padre bailaba sobre la arena húmeda y cantaba. Bailaba, cantaba y reía.

martes, 1 de diciembre de 2009

DE UN ROJO ANARANJADO










La venganza es el manjar más
sabroso condimentado en el infierno.
Walter Scott

La vida solo se comprende mirando
hacia atrás, pero se debe vivir hacia delante.
Kierkegaard





















CAPÍTULO III














-LAS SIRENAS (Enero-1965)

Jacob tiene los ojos desmesuradamente abiertos y la boca babeante de espuma blanca y seca. Su cuerpo, gordo y fláccido, se balancea en el hueco de la escalera, en el extremo de una soga que está atada al pasa manos, a la altura del primer piso. Bajo el ahorcado, en el suelo, hay una vieja maleta de cartón, abierta y llena de pequeñas piezas de oro y plata relucientes.
Jacob Raichman ya no puede oír la sirena de la ambulancia ni la de la policía que acaban de detenerse, bajo una fuerte tormenta, frente a su casa en la rue de Cursol de Burdeos, en el sur de Francia. Si Jacob hubiera podido oírlas, las habría distinguido sin problemas. Su vida había estado llena de sonidos de sirena: La de los bomberos apagando los incendios causados por la artillería alemana en los alrededores de París, allá por el año cuarenta, o la que prevenía de los ataques aéreos y que obligaba a correr a los refugios. También tenía grabadas en el cerebro las sirenas de los campos de trabajo nazis.
Pero desde aquellos infernales días había trascurrido al menos veinte años. Veinte años que utilizó para intentar reanudar una vida interrumpida por la barbarie y la sinrazón, en la que él mismo participó conscientemente.
Pero sus remordimientos no le habían permitido rehacerla.


13-JACOB. (París, Veinte años antes)

Jacob volvió a secarse el sudor que resbalaba por su frente. El calor de esos días, pese a no ser excesivo, le afectaba sobremanera, y su cuerpo se resentía de las calamidades pasadas.
Encaminó sus pasos hacia la casa de sus padres en el Boulevard Haussmann. Aparentemente en el exterior de la vivienda, después de tres años de obligada ausencia, todo seguía igual. El jardín conservaba su olor penetrante a lilas, que en grandes racimos cubrían las rejas de la cerca y se dejaban caer del otro lado. La delgada y recta acacia que él mismo plantara había crecido considerablemente.
Buscó el pulsador entre las flores. Llamó.
Doff apareció ladrando en el umbral de la puerta en cuanto oyó el timbre de la cancela y tras un ligero titubeo se abalanzó sobre Jacob, que le esperaba acuclillado frente a él. Le lamió la cara y las manos y a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio. Tras el perro aparecieron los antiguos caseros Louis y Jeanne Foulard. Natasha, la vieja doncella de los Raichman seguía con ellos.
--Los asesinaron a sangre fría, --dijo Jeanne, mientras servía unos vasos de té. Bebió un sorbo y continuó: --Mataron a tus padres por negarse a la deportación; nosotros mismos nos encargamos de enterrarlos en el cementerio de Montparnasse.
Esa misma tarde, Natasha acompañó a Jacob hasta la tumba de sus padres. El viejo Doff también fue con ellos.
En la casa de los Golubev en los Campos Elíseos donde vivió con Tania, su fugaz esposa, le recibieron fríamente. Su amistad con oficiales alemanes le había cerrado definitivamente las puertas de la casa de sus suegros. Además su ascendencia judía había causado muchos problemas a la familia durante la ocupación.
Al final del día, Jacob Raichman, una vez recobrada su verdadera identidad, vagó, acompañado del fiel Doff, por las callejas solitarias de Pigalle, recreando en su imaginación lugares y hechos irrepetibles, ocurridos años atrás mientras vivía intensamente las noches del Grand París. Pero ahora estaba sentado en un banco del parque, sin dinero, cansado y hambriento. Ya nada le retenía.
Allí pasó la noche, bajo un cielo clareado por la luna llena y al lado de Doff, que de cuando en cuando le despertaba con suaves lametazos en la cara. Cada vez que se dormía, sus sueños se convertían en pesadillas. Siempre se le volvían pesadillas.
Despertó sobresaltado y temblando de frío. Era mayo y la temperatura por las noches descendía considerablemente. Jacob levantó su pesada maleta de cartón y caminó lentamente, buscando en la madrugada la cercana gare de Montparnasse. Doff, no le siguió esta vez; le vio marchar desde la verja exterior del parque y después tomó el camino de regreso a casa. Jacob entró en la estación y subió al primer tren sin preocuparse siquiera en ver cuál es su destino. La luna, que había perdido su brillo plateado de Adularia, se retiró difuminada tras las nubes.



12-LA LIBERACION

Cuatro meses antes, en el campo de exterminio, una luna agonizante, quizás avergonzada, presidía la noche, mientras los altavoces, colocados por todo el perímetro del recinto no cesaban ni un momento de impartir instrucciones. Jacob Raichman y su grupo terminaron de quemar y enterrar los últimos cuerpos y se pusieron a resguardo de las explosiones que trataban de hacer desaparecer inútilmente las pruebas del genocidio. Entre los destrozados efectos personales que estaban esparcidos por el suelo, Jacob descubrió un libro. Una novela de Alejandro Dumas milagrosamente intacta. Al abrirla reconoció la dedicatoria de su hermano a Eveline y la guardó bajo la colchoneta de su camastro.
Los cañonazos del ejército ruso se oían ya con nitidez y algunos aviones, en vuelo rasante confirmaban la presencia de fuerzas liberadoras.
Desde la puerta de su barracón Jacob asistía a la huida atropellada de los oficiales nazis. Después, y sin preocuparse por cerrar las enormes puertas del campo, que aún anunciaban “el trabajo os hará libres”, vio cómo el resto de los carceleros montaban en sus Opel Blitz y desaparecían sin tener muy claro hacia dónde dirigirse.
El Capitán de las SS Hans Bormann guardó todo el oro robado en una maleta y la llevó consigo.
Por primera vez, desde que Jacob Raichman había llegado al campo, éste estaba en completo silencio; en el silencio más extraño y sobrecogedor que jamás habían presenciado los más de siete mil prisioneros que habían conseguido sobrevivir. Por fin, las altas chimeneas de sucio ladrillo rojo habían dejado de escupir aquel humo pútrido, que había anegado durante años sus pulmones.
Ya no caía la negra ceniza que, en los meses de invierno se mezclaba con la nieve y conformaba sobre el campo de exterminio un macabro belén navideño. Jacob se despojó de su chaqueta, se vistió con un pijama de prisionero y se mezcló entre los demás.
Cuando llegaron los primeros soldados rusos encontraron al grupo reunido en medio del recinto sin apenas fuerzas para darles la bienvenida.
Esa tarde murieron más de cien prisioneros por indigestión.

11-EL CAMPO

Un mes antes, la vida del campo se había visto alterada por última vez. Llegaba el que sería posiblemente el postrero tren de prisioneros judíos. Las noticias cada vez más insistentes del arribo del ejército rojo había interrumpido la cadencia de convoyes hacia el campo. Jacob, siempre con su chaqueta negra abrochada hasta el cuello y su brazalete blanco con la estrella de David en su brazo izquierdo, organizaba orgulloso, desde su empleo de Kapo, el desembarque de los deportados en el andén, colocando rutinariamente a las mujeres y a los niños formando una columna a su izquierda y a los hombres formando otra a su derecha. Fue entonces cuando reconoció dentro del grupo a su hermano Alex y a su esposa Eveline. Ésta llevaba de la mano, tiritando de frío a François, uno de sus hijos. El niño vestía unos pantalones cortos, una camisa sucia y un jersey grande y roto, seguramente de su padre y que apenas le protegía. Sobre la cabeza llevaba una gorra marrón de la que brotaba una corta melena de pelo rojo anaranjado. El destino volvía a juntarlos y esta vez Jacob llevaba todos los ases. Era la ocasión de vengarse de ellos. Si Eveline le había rechazado y humillado en el pasado, ahora no tendría tiempo ni de arrepentirse.
Jacob ordenó sacar de la columna a su sobrino ante las miradas incrédulas de Alex y Eveline. Después, siguiendo con una mirada burlona la marcha de ambos hacia las cámaras de gas, llevó a su sobrino al pabellón de las mujeres. Lo abandonó allí y trató de olvidarle.

BURDEOS 1965. LAS SIRENAS-2

La policía no tiene que forzar la puerta de la casa de Jacob Raichman . La encuentra abierta de par en par. Una vez en su interior, proceden a descolgar el cuerpo y lo colocan sobre la alfombra que cubre la tarima de la entrada. La postura forzada de su cabeza, les indica claramente que ha muerto al fracturarse las vertebras cervicales. Todos los indicios llevan a pensar en un suicidio.
Mientras tanto, abajo, en la rue de Cursol las alcantarillas no dan abasto para eliminar la gran cantidad de agua que cae inmisericorde del cielo. Las sirenas siguen sonando con tozudez. Escondidos tras la esquina de la calle, dos hombres altos, que poco antes han abandonado la casa de Jacob, vigilan los movimientos de la policía.































CAPITULO ll















10-MARSELLA (octubre-1944)

Como hacía cada domingo por la mañana, desde que llegaron dos años antes a Marsella, Eveline vistió a Marcel y a François para salir de paseo. Darían una vuelta por el puerto y aprovecharían para comprar algo de pescado en los puestos del muelle. Marcel empezó a toser y Alex después de comprobar que tenía algo de fiebre, creyó conveniente que se quedara en casa con su tía Danielle. El invierno había llegado ese año muy frío, incluso a orillas del Mediterráneo y no era cuestión de que el pequeño empeorara. François sí les acompañó.
El muelle no estaba muy animado aquella mañana. Pocos barcos se habían atrevido a salir a la mar, debido al fuerte temporal que azotaba la costa y el pescado escaseaba En la parada de Michel apenas se ofrecían a la vista cuatro o cinco raquíticos pulpos. Lo único que había podido conseguir en todo un día de pesca.
Alex se disponía a comprar uno de ellos cuando una mano firme le agarró el brazo haciéndole girar. –Acompáñenme a la prefectura por favor, --dijo el gendarme. --Hay una denuncia contra ustedes.

9-MIRABELA (Marzo-1943)

Mirabela era una muchacha de unos quince años. Llegó una tarde lluviosa de marzo al campo de exterminio en un tren procedente de Rumanía. Sus cabellos negros y ensortijados, asomaban revueltos por debajo del pañuelo blanco que le cubría la cabeza. Sus grandes ojos negros, resaltaban en la excesiva palidez de su rostro.
El kapo Jacob Raichman era uno de los pocos prisioneros que podía moverse libremente por todas las dependencias del campo, así que tras separarla de sus padres llevó a Mirabela a las duchas, a la cocina y después a su cuarto donde le proporcionó ropa limpia. Mirabela se convirtió en su amante a la fuerza a espaldas de los dueños del campo. Fueron dos meses de tregua para los prisioneros, pues durante ese tiempo Jacob Raichman solo se ocupó de Mirabela. Le regalaba a diario ropa y algunas joyas cuya procedencia ella ignoraba, pues durante ese tiempo no le permitió salir de la pequeña habitación donde la tenía secuestrada. Para su desgracia, Mirabela se escapó un día del encierro y conoció la horrible realidad que vivía el campo. Jacob la encontró colgando de una viga de su propio cuarto. Llevaba puesto su viejo vestido negro y el pañuelo blanco con el que llegó. Este había resbalado hacia atrás dejando al descubierto sus largos rizos negros que ahora se mecían muertos en el aire. Solo supo de ella que se llamaba Mirabela, que no tenía más de quince años y que era gitana.


8-PIGALLE

Jacob había llegado al campo cuatro meses antes. Siempre, hasta entonces se había considerado un hombre con suerte. En el juego y en los negocios. En el amor, no. En los negocios, gracias a sus triquiñuelas y astucias que le habían permitido durante los años anteriores eludir una deportación segura dada su condición de judío. Sus contactos con el mundo de la vida nocturna de París tras la muerte de su esposa Tania, su conocimiento de los cabarets y casas de citas del barrio de Pigalle le habían proporcionado la protección de algunos oficiales alemanes, que le utilizaban como guía e intérprete en sus habituales salidas nocturnas por los bajos fondos de la ciudad recién ocupada. Y en esta ocasión la suerte volvió a estar de cara para Jacob. Hans Bormann, capitán de las SS y unos de sus mayores protectores en París, llegado al campo unos días antes, le reconoció cuando descendía del tren y le salvó de una muerte segura.
A partir de ese momento, Jacob se convirtió en el kapo más sobornable y sobornado del campo. Intercambiaba favores entre los siervos y los amos, que le reportaba pingüe beneficios, aunque en casi todos los casos, por no decir en todos, solía a la postre perder al cliente.
En complicidad con el capitán Bormann guardaban parte del oro que arrebataban a los prisioneros, ya fueran relojes, pulseras, anillos o dientes y muelas de los que arrancaban a los cadáveres a la salida de las cámaras de gas. Vendía medicinas a seres que iban a vivir una media de dos días más. También sobras de comida de la cocina de los oficiales nazis, que cambiaba por aquellas pequeñas piezas de oro, que algún prisionero había podido esconder en los registros diarios que hacían los soldados en los barracones. Todo ello lo guardaba en una vieja maleta de cartón que tenía escondida bajo las tablas del suelo de su cuarto Acostumbraba a filtrar noticias falsas sobre la marcha de la guerra y la pronta liberación del campo. Estas informaciones provocaban confusión entre los prisioneros. Con todo ello obtenía al menos un tiempo extra de vida.





7-GISELLE (París, un mes antes)

Giselle salió, como cada tarde hacia su trabajo: el club Paradise del Boulevard Voltaire. Fue al atravesar el puente sobre el Sena cuando reparó en el hombre que subía a un coche en compañía de varios oficiales alemanes. Elevó las cejas en señal de sorpresa y con ellas, no sin esfuerzo, las largas pestañas postizas que tanto le había costado colocarse. Aquel hombre era Jacob. Hacía al menos un año que no le veía y corrió a saludarle. Golpeó el vidrio de la ventanilla del coche varias veces y cuando al bajar el cristal apareció el rostro de Jacob, Giselle le besó, le abrazó y le llamó repetidamente por su verdadero nombre, ante la sorpresa de los uniformados acompañantes. Diez días después Jacob Raichman, alias Jacques Martin para los alemanes, era deportado


6-LA HUIDA (Junio-1940. Dos años y medio antes)

En la vieja casa del Boulevard Houssmann, Eveline terminó de hacer la
maleta en la que había guardado lo más necesario; ropa de ella y de los niños, unos zapatos de repuesto, fotografías, documentos y su novela favorita El conde de Montecristo. Valía la pena cargar con ella. Era un regalo de Alex. y seguramente su bien más preciado, el que le había proporcionado más horas de felicidad después de sus hijos y del mismo Alex, su joven marido que se encontraba luchando en el frente y del que no tenía noticias desde hacía dos meses. Pero ella presentía que Alex estaba vivo y que en cualquier momento se presentaría en casa. Por eso tenía todo preparado para salir lo antes posible de París y huir hacia el sur, lejos de la amenaza alemana y de la posible persecución a la que se verían sometidos por su condición religiosa. Además estaba Jacob. Su deseo era poner tierra de por medio lo antes posible.
Había intentado convencer a David y María, los padres de Alex, de que lo más seguro era huir con ellos y no esperar a que los invasores controlaran todas las salidas de la ciudad. Pero sus suegros no estaban dispuestos a abandonar su casa y pese a que todavía eran bastante jóvenes la sola idea de involucrarse en un viaje largo, lleno de peligros por la situación en que se encontraban les había hecho tomar la decisión firme, de no moverse de París.
Durante los días siguientes, Eveline recorrió las estaciones cuyos trenes se dirigían hacia el sur de Francia pero no encontró billetes. Los pocos trenes que salían de París estaban completos. Además existía el riesgo de que los alemanes bombardearan las vías de suministro por lo que correrían un gran peligro, si se embarcaran en alguno de ellos.
Aquella misma tarde Eveline recibió una carta de Alex en la que le anunciaba su llegada a París. Les pedía que tuvieran listo el equipaje. Francia había capitulado. Al día siguiente partieron en el coche de unos amigos hacia Marsella, donde Eveline tenía familia.
David y María les despidieron con la convicción de que no les iban a volver a ver nunca más.
Dos días después los alemanes entraron en la ciudad.





5- DE JACOB A JACQUES

Jacob optó por la colaboración. Había tenido la posibilidad de huir con Alex, Eveline y los gemelos pelirrojos antes de que llegaran los alemanes a París, pero la rechazó después de sopesar los inconvenientes de una fuga arriesgada, con los alemanes pisándoles los talones y con Eveline evitándole constantemente. Además estaba la negativa de David y María, sus padres a abandonar la casa de la familia. Así pues alquiló una habitación en el centro y consiguió sin problemas una identidad falsa. De Jacob Raichman pasó a llamarse Jacques Martin, borrando de un plumazo su ascendencia judía. También esperaba que le ayudara el hecho de no haber luchado en la corta y aciaga guerra que habían sostenido con Alemania hasta entonces.
Esperó la entrada de los invasores encerrado en su nueva casa y pocos días después empezó a confraternizar con soldados y oficiales alemanes que frecuentaban los tugurios donde no le conocían. Chapurreaba el alemán por lo que no le costó mucho entablar amistad con los vencedores y rodearse de un grupo de individuos ansiosos por devorar la noche parisina. Pronto se convirtió en pieza imprescindible en el suministro de mujeres para sus fiestas. Eso le sirvió también para conseguir un permiso que le permitía eludir el toque de queda decretado a partir de las seis de la tarde.
El recuerdo de su cuñada Eveline le perseguía en cada una de las relaciones que mantenía. No había sido capaz de olvidarla aunque a esas alturas no estaba seguro de que lo que seguía sintiendo por ella fuera amor o resentimiento. Así que se decidió por relaciones esporádicas con prostitutas que mantuvieran ocupada su memoria y su corazón.

BURDEOS. Enero 1965- LAS SIRENAS-3

En la rue de Cursol, el Juez ordena el levantamiento del cadáver. Cubierto totalmente con una sábana blanca, sobre una camilla, Jacob es introducido en la ambulancia. La policía recoge la siniestra maleta llena de muelas y dientes de oro. Sigue lloviendo.



















CAPITULO I













4- EVELINE (Septiembre-1939)

Eveline era maestra en la escuela Aragó, uno de los colegios más antiguos y prestigiosos de París. Era judía, como Álex. Muy delgada, un metro setenta, ojos verdes de mirada triste y pecas en casi toda su blanca y delicada piel. Pero su seña más particular era su pelo, de un rojo anaranjado brillante que llamaba la atención. Sus dos hijos gemelos, Marcel y François, nacidos de su unión con Álex tres años atrás, habían heredado su color de cabello. De su padre habían adquirido la estatura y una nariz larga y gruesa.
Eveline recibió la llamada de Álex a las doce del mediodía y abandonó apresuradamente el colegio, dirigiéndose a casa con paso rápido, que poco a poco fue convirtiéndose en carrera. Los gruesos tacones de sus zapatos resonaban en la escalera de madera mientras subía de dos en dos los escalones hacia la buhardilla donde la esperaba su marido.
La noticia, adelantada por teléfono se confirmaba; Álex había sido llamado a filas y debía incorporarse esa misma tarde.
A partir de ese momento Jacob intentó tomar el sitio de su hermano Álex en la vida de Eveline y lo que empezó siendo afecto fraternal fue derivando en acoso sexual. Jacob la buscaba a todas horas, la esperaba a la salida del colegio y la acompañaba con la excusa de protegerla. Constantemente trataba de abrazarla y besarla, incluso delante de los niños. Eveline siempre le rechazaba y terminó amenazándole con escribir a Álex y ponerle al corriente de la situación.
Aún no había podido conciliar el sueño. Eveline daba vueltas sobre sí misma tumbada en la cama. La noche se presentaba larga y húmeda, pues fuera llovía con tanta fuerza, que se habían formado algunas goteras en el techo de la buhardilla. Jacob irrumpió en el dormitorio y pese a las protestas, los golpes y los mordiscos que Eveline le propinó consiguió violarla. Esta situación se mantuvo durante varios meses. Ante las amenazas de Jacob hacia sus hijos, Eveline permaneció callada soportando los continuos ataques y vejaciones a que era sometida por su cuñado. Una tarde del mes de abril Alex regresó y marcharon precipitadamente a Marsella.
Jacob permaneció en París.

3-ÁLEX

Incluso antes de terminar la carrera de medicina, Álex ya trabajaba en el Hôpital de la Bienfesance en el pabellón infantil. Su excelente formación universitaria y su gran sensibilidad para tratar a los niños le habían convertido en uno de los preferidos de la Dirección del centro, augurándole un brillante futuro profesional. Álex tenía una gran estatura, ojos y pelo negro, nariz larga y gruesa y bajo su bata blanca vestía habitualmente pantalones de pana, camisa blanca y chaleco. Siempre iba despeinado, cayéndole un desigual flequillo sobre los ojos, lo que le daba un aspecto aniñado e informal.
Aquella mañana había transcurrido tan intensa como de costumbre; ronda de visitas a enfermos y consulta de una a dos. Después de comer se dirigió a casa a reunirse con Eveline y los niños. Todos juntos irían a visitar a su hermano Jacob.
Mientras cruzaba el bulevar observó a dos militares que le esperaban delante del portal de su casa. Cuando se aproximó, le entregaron una notificación: Debía incorporarse inmediatamente al ejército.



2-TANIA (abril-1936. Tres años y medio antes)

Jacob se derrumbó por fin. Había conseguido mantenerse firme sobre sus piernas durante todo el entierro pero ahora, que todo había pasado no pudo aguantar más. De nada le sirvieron los abrazos y los pésames que siguió recibiendo de amigos y familiares. Tanía había supuesto todo para él. Recostado en un sillón de cuero, en el salón principal de la casa de Los Campos Elíseos, la mente de Jacob voló diecinueve años atrás, cuando a bordo del Karlova conoció a una niña de trenzas rubias, ojos verdes y manos muy largas. Jacob tenía diez años, Tania Golubev, siete y durante toda la travesía no se separaron ni un momento. Cuando se despidieron juraron que algún día se casarían.
Poco después de que se instalaran sus respetivas familias en París volvieron a encontrarse en el colegio de la Place Raoul Dautry y continuaron viéndose casi a diario durante los quince años que tardaron en casarse. Tanía se había convertido en una mujer exuberante, a su estatura sumaba unas medidas corporales dignas de las diosas del Olimpo, que llamaba la atención en las numerosas fiestas, que sus padres acostumbraban a dar en el círculo de la alta sociedad parisina. Ella y Jacob formaban una de las parejas más envidiadas de París.
Dos años después de casarse, Tania enfermó de tifus y murió en pocos meses.


1-EL KARLOVA (Febrero-1917)

El Capitán Dranitsyn encendió su pipa, al mismo tiempo que el Karlova levaba anclas. Con su mano derecha volvió a palparse la cartera de piel que llevaba pegada al pecho bajo la camisa y donde guardaba la pequeña fortuna que le había proporcionado su carga secreta. El pequeño vapor, cargado con madera procedente de los bosques del norte de Rusia, se deslizó silenciosamente por las aguas del puerto de San Petersburgo hacia mar abierto. En su bodega, tres camarotes camuflados escondían a otras tantas familias que huían de la inminente revolución bolchevique. Serían varios días de travesía hasta Vissingen, en la región de Zeeland en el sur de Holanda.
María y David habían partido de Moscú tres días antes, remontando el Volga a bordo de un barco fluvial, el Rybinsk. El trasbordo de barco en la ciudad imperial se había realizado por la noche, ocultos en varios carros de caballos que trasportaban grandes fardos de paja.
Con ellos viajaban sus dos hijos, Jacob y Alexander de diez y siete años de edad respectivamente y la recién nacida Kati. También les acompañaba Natasha, la doncella de los Raichman de toda la vida. En los otros dos camarotes viajaban los Tsantsyn, y los Golubev, dos familias también moscovitas que buscaban el mismo destino fuera de Rusia. Ninguna de ellas se conocía y fue durante el destierro voluntario cuando iniciaron una amistad que terminaría creando lazos de familia. Los Golubev y los Raichman, con el matrimonio de sus hijos Tania y Jacob.
Durante el viaje a través del mar Báltico y del mar del Norte, Kati enfermó y murió antes de alcanzar la costa de Holanda. En ese momento el pequeño Alex pensó por primera vez en dedicarse a la medicina.
La familia Raichman se instaló definitivamente en París.

PRÓLOGO / EPÍLOGO Las sirenas-4- (Burdeos enero-1965)

Dos hombres muy altos, embutidos en sus gabardinas, doblan la esquina de la rue Cursol con Victor Hugo y cruzan el Pont de Pierre sobre el Garona. Cuando se acercan al coche, que tienen aparcado al otro lado del puente ya no se escuchan las sirenas. Uno de los hombres lanza con fuerza una pistola que se hunde en las frías aguas del rio. Afortunadamente –piensan –han llegado tarde para consumar su venganza.
François aprieta contra su pecho la novela de páginas amarillentas que ha encontrado a los pies del suicida. Marcel le abraza y ambos lloran en silencio.
Ha dejado de llover y sobre sus brillantes cabellos, un tibio sol de invierno provoca destellos rojos. De un rojo anaranjado.

martes, 24 de noviembre de 2009

UN AGUJERO EN LA PARED


Federico Fayerman
Trece de julio de 2009

Según decía mi abuelo, la vida a los catorce años se llenaba de pequeñas aventuras diarias, que iban enseñando a entenderla y a disfrutarla desde una perspectiva aún exenta de maldad. Los juegos en la calle con los amigos, el colegio que ya empezaba a ponerse serio y las chicas, que por primera vez formaban parte de nuestras vidas, ayudaban a darle la razón.
Aquella lluviosa tarde de viernes, mientras corría por la calle Narváez, protegiéndome bajo las cornisas de los comercios, sobrevino la aventura de ese día. Al cruzar O´donnell, vi un billete de mil pesetas que, arrastrado por la corriente de agua provocada por la lluvia, estaba a punto de colarse por la boca de una alcantarilla. Frené al instante y tras mirar a derecha e izquierda lo recogí. El corazón empezó a latirme con tal fuerza que me costaba respirar y un mar de dudas vino de repente a mi encuentro: ¿Debía buscar al dueño del billete, o seguir corriendo y convertirme en millonario?
Corrí como un desesperado. Pasé sin mirar por delante del iluminado escaparate de la zapatería Lycur, que mostraba un maravilloso Belén en movimiento, y llegué empapado al portal de mi casa. Allí, escondido con mis amigos Lino y Quique en el hueco de la escalera, les mostré el billete.
¿Debía darle el dinero a mi madre o quedarme con él y disfrutarlo con mis amigos? Aquella noche, con el billete secándose bajo la almohada encontré la repuesta.
Lo primero que hice al día siguiente fue buscar a Pepe y convencerle para que cambiara las mil pesetas en el bar. Pepe tenía dieciséis años y aparentaba alguno más, lo que le permitía entrar en el cine para ver las películas no toleradas y comprar tabaco al cerillero del bar Diamante.
Esa misma tarde, los cuatro paramos un taxi en la calle Alcalá y nos fuimos al cine Rialto en la Gran Vía, a ver por primera vez una película de estreno.
Aprovechando las vacaciones de Navidad y lo que el dinero nos proporcionaba, recorrimos Madrid de punta a punta (siempre en taxi, claro está); compramos toneladas de chucherías, helados, cajetillas enteras de rubio americano, LM, Chester y Phillips Morris y en una reunión en el cuarto de calderas, Pepe nos enseñó a tragarnos el humo.
El domingo por la mañana nos levantamos temprano y todos juntos fuimos al Rastro a comprar revistas de mujeres desnudas. Como estaban en francés tuvimos que inventarnos las historias que contaban, aunque lo que realmente nos importaba eran las fotos.
Por la tarde, Pepe nos llevó a la Cuesta de la Vega. Los veinte duros que quedaban de nuestra dilapidada fortuna, iban a ser utilizados en algo totalmente novedoso, según nos dijo antes de salir del barrio. Eran las ocho de la tarde y ya de noche, cuando bajábamos la pronunciada cuesta que terminaba en un pequeño descampado. A la derecha, tras una pared de ladrillo de unos dos metros de altura, una luna recién llegada dibujaba una fila de sombras inmóviles, que parecían esperar turno. Los tres, obedeciendo a Pepe nos colocamos al final de la cola. Todos eran hombres y apestaban a alcohol, a tabaco y a sudor, y nos miraban con cara incrédula.
-¿Lleváis los cinco duros? –nos preguntó Pepe en voz baja. Todos abrimos la mano, mostrándole el arrugado billete y asentimos.
Por un agujero de la pared, mientras esperábamos turno, la vimos. De pie, subida en una piedra grande y plana, una mujer rechoncha y de largo pelo negro, con las faldas levantadas hasta la cintura, aguantaba las acometidas de un hombre con los pantalones y los calzoncillos caídos sobre los zapatos.
Impresionados, temerosos y con la virginidad intacta regresamos lentamente al barrio. Pepe se quedó en el descampado para gastarse sus veinticinco pesetas.
Las otras setenta y cinco se las regalamos al día siguiente para que no se fuera de la lengua.

martes, 3 de noviembre de 2009

IX EDICION CERTAMEN DE NARRATIVA CORTA CARMEN MARTIN GAITE

Queridos amigos del blog. Mi relato "Una mesa con zancos" ha resultado uno de los dieciocho finalistas del certamen arriba indicado, entre 465 trabajos presentados. ¡que contento estoyyyy! Gracias por leerme.

viernes, 30 de octubre de 2009

LA SEÑORA PETERSSON

Federico Fayerman
Diez de julio de 2009


Los últimos días del año pasaban demasiado rápido. Las vacaciones de Navidad se agotaban y ya solo la proximidad de mi cumpleaños me proporcionaba la fuerza suficiente para afrontar la cercana vuelta al colegio. Otra vez los madrugones, los deberes y las clases de matemáticas de la señora Petersson.
Su sola presencia nos intimidaba, su mal humor y sus castigos habían provocado que, salvo Martín el empollón, todos la odiáramos.
Y por fin llegó el día de mi cumpleaños.
Me asomé a la ventana del salón y vi un grupo de barrenderos armados con grandes palas atravesar la calzada con dirección al parque, ensuciando con sus pisadas la gruesa capa de nieve que la cubría.
Al otro lado de la calle, dentro de la casa, estábamos nosotros, preparando la fiesta de mi catorce aniversario.
Mientras mi hermana Olga cortaba tiras de papel de colores y las unía con engrudo formando una cadeneta, mi padre, subido en un taburete la iba colgando de las vigas de madera del techo. Mi madre estaba en la cocina. La oía cantar y la imaginaba haciendo unos pasos de baile con la cuchara de palo en la mano al tiempo que probaba la salsa. La maravillosa salsa que, como la nieve en la entrada, cubriría esta tarde el asado que llevaba preparando toda la mañana y cuyo olor iba inundando poco a poco la casa. La tarta de chocolate y nata cubierta de frambuesa ya estaba preparada y reposaba en la nevera a la espera de catorce velas de colores.
Sobre las cuatro empezó a llegar la familia; la tía Elsa con su enorme abrigo de piel que también servía de cobija al delgaducho del tío Carlos, con sus dos hijos; los primos solteros de mi madre, Enrique, Roberto y Delmiro, que siempre aparecían en tropel y se apropiaban de los sillones del salón, de donde no se movían en toda la tarde, y los cuatro abuelos, que cada año llegaban juntos como si se hubieran puesto de acuerdo y se peleaban entre ellos por ser los primeros en abrazarme y darme su regalo.
Mi padre se había puesto el traje gris de los domingos y una camisa azul con el cuello blanco, donde anidaba una pajarita de lunares. Mientras recorría la casa hablaba y gesticulaba como si estuviera recitando a Machado, su poeta favorito. Siempre con la pipa apagada en su mano derecha.
Mi hermana Elena jugaba con los primos Luis y Darío al escondite y a cada momento me pedía que jugase con ellos. Pero yo estaba esperando a María, mi compañera de clase. María era mi novia y mi caramelo de fresa.
La quería tanto como a Luna, nuestra gata, que aún era un cachorro y además muy asustadiza. Cuando llegaba gente a casa corría rápido a esconderse. Le gustaba hacerlo en el armario de la ropa blanca, allí donde mi madre guardaba las sábanas y las toallas y que, cuando lo abrías, desprendía fragancia de felicidad.
Las seis. Acababa de entrar la señora Petersson y noté como la casa se estremecía. La señora Petersson era, además de la vieja profesora, una antigua amiga de mi abuela a la que como ya dije todos los niños temíamos. El aspecto tenebroso de sus vestidos negros, su gorro ajustado de encaje, sus manos largas y afiladas igual que su mandíbula de alabastro nos producía escalofríos. Pero era inevitable su presencia en nuestras fiestas. Era la única amiga viva de la abuela Claudia.
Esa tarde su aspecto era aún más sombrío. Traía la cabeza cubierta por un velo negro y agarraba con su temblorosa mano izquierda un misal de tapas descoloridas. Le acompañaba su nieto al que sujetaba con la otra mano no permitiéndole que se soltara. Saludó a mi abuela y a mis padres, dejó el sempiterno paquete de pastelitos rancios de crema sobre la mesa del comedor y se encaminó al armario de la ropa blanca. Sacó unas cajas de su interior y se introdujo en él cerrando la puerta desde dentro. Todos los niños creímos, en un principio, que la señora Petersson había enloquecido, pero después pensamos que posiblemente se hubiera vuelto humana y deseaba jugar con nosotros al escondite, de forma que todos salimos corriendo a buscar un buen lugar donde no pudieran encontrarnos.
Unos minutos después escuchamos unos extraños ruidos en el armario y lo abrimos. Dentro no había nada, no estaba la señora Petersson ni su nieto, ni la ropa blanca, solo la pequeña Luna, que salió corriendo con el rabo inflado. En el interior quedaban algunos restos calcinados de madera y un olor a azufre que invadió la habitación.
Fuera, se oían voces y risas, sobre todo muchas risas. El día era maravilloso aunque ya no quedaba ni rastro de la nieve. Mi madre abrió la puerta de la calle y todos los niños salimos a jugar al parque.

martes, 27 de octubre de 2009

BLANCAS, AMARILLAS Y MORADAS

Federico Fayerman
Trece de octubre de 2008

Una enfermera de voz cálida me lava cada mañana. Tiene unas manos de seda con las que al terminar de asearme me da un pequeño masaje (¿o son caricias?) en la cara. Después me peina con sus dedos y me refresca con agua de colonia. Siempre se despide apretándome la mano, con la lejana esperanza, supongo, de verse algún día correspondida.
Puedo distinguir las voces que llegan desde fuera de la habitación, los pasos y carreras por los pasillos y el bip bip rítmico y uniforme en la cabecera de mi cama, igual que puedo percibir cada mañana el olor característico del hospital que me rodea.
Conozco el horario de las comidas por el sonido del carro que las trae puntualmente y por los comentarios jocosos del que debe ser mi compañero de habitación. También entiendo que para mí no haya bandeja de comida, que me tenga que conformar con unos cuantos tubos en mi boca y en mis brazos, ya que según he oído muchas veces me encuentro en un coma profundo.
No sé cuánto tiempo llevo en esta cama, pero he llegado a distinguir el paso del tiempo gracias a las conversaciones que tienen lugar a mí alrededor. Los
saludos, las despedidas…
Diferencio las voces graves y tardas del final del día de las alegres y resueltas de la mañana. Los susurros me dicen que ha llegado la noche aunque dentro de mí siempre lo sea.
Cada dos o tres días, Laura, que así se llama la enfermera, viene a visitarme por la tarde. No me lava ni me cambia de ropa. Me coge una mano entre las suyas y me habla. Me dice cada día que está completamente segura de que puedo oírla y me cuenta lo que está sucediendo en el mundo exterior. Nunca me habla de ella, seguramente prefiere que su vida quede ajena a su obra, que si tiene que desaparecer algún día, eso no sea un mayor motivo de tristeza para mí.
Después siempre saca un libro de su bolso y me lee unas cuantas páginas. Le gusta leerme cuentos y relatos cortos para no dejarme a medias hasta que vuelva la próxima vez.
Sin embargo me gustaría saber algo más de ella, como es su vida fuera del hospital, si está casada o no con el hombre de la voz ronca que se la lleva a veces del lado de mi cama.
Tampoco sé su edad porque el timbre de su voz no termina de confesármelo.
Esta mañana he percibido buenas noticias: parece ser que estoy mejorando ya que me han quitado todos los tubos menos el de la comida y Laura se ha pasado un buen rato curándome las heridas, que las agujas me habían producido en los brazos. Después, cosa rara, se ha marchado por primera vez sin despedirse de mí.
Hoy por fin he conocido a Laura. Es muy joven, tiene una cara redonda y preciosa con unos ojos negros enormes. Su largo pelo castaño apenas se sujeta bajo una diadema marrón nacarada. Su voz ya la conocía pero su sonrisa llena por sí sola la calle por la que estamos paseando. No es muy alta pero no desentonamos juntos. Me sujeta la mano con fuerza y sonríe y se ríe a cada paso. Compramos unos caramelos y trato de correr tras ella para que me dé alguno. Entre risas. Le compro flores, margaritas. Me dice que son las que más le gustan. Blancas, amarillas y moradas dentro de un papel de celofán crujiente. Me deja que la ponga una en el pelo pero antes se quita la diadema y sacude la cabeza. Su melena trigueña se expande y relumbra a la luz de los neones. Nos sentamos en un banco en el centro de la plaza. Alrededor nuestro juegan niños y niñas. Juegan a perseguirse y alcanzarse, a caerse y a levantarse. A gritar, a reír y a llorar. Entonces Laura me besa. Primero en la frente, después en los labios y saboreo su discreto carmín. Y por fin conozco el perfume de su piel sin contaminar.
Mañana será un gran día. Laura y yo nos vamos a casar. Sin invitados ni ceremonias, solos los dos y, supongo, el hombre de la voz ronca. Laura se ha ocupado de todo. Después de la boda iremos a vivir a su casa, un piso pequeño pero que está en el centro y tiene un dormitorio muy grande, de esos que llaman dobles. Tiene dos balcones a la calle y según dice ella, mucha luz.
Me gustaría que colocara mi cama cerca de uno de los balcones, para poder escuchar el ruido de la plaza y de los coches y esperarla cada tarde para que me lea algún relato de esos que ella sabe que me encantan.

Laura cierra la puerta tras de sí y deja las llaves sobre la mesita del recibidor.
--¿Qué tal te ha ido en el hospital? –Pregunta el hombre de la voz ronca.
--He pedido el traslado de planta. El muchacho se ha despertado esta mañana y lo primero que ha hecho ha sido preguntar por mí. No quiero que me vea, y que descubra que fui yo quien le atropelló. Creo que no volveré a verle.
Entra en el dormitorio y se sienta ante el tocador. El espejo le devuelve su cara arrugada y su pelo ya casi totalmente cubierto de canas.
El ruido de la plaza y de los coches ha desaparecido. A través de los balcones, luces de neón blancas, amarillas y moradas tiñen intermitentemente de colores la habitación.

jueves, 15 de octubre de 2009

EL PÁJARO QUE TENÍA MIEDO A VOLAR


Federico Fayerman
Tres de octubre de 2009


Al levantarme esa mañana sentí un insoportable dolor en el vientre. Hasta ese momento venía notando ciertos síntomas como inapetencia, pérdida de peso, vómitos y sobre todo cansancio; pero hasta que no me levanté esa mañana, repito, no pensé que se tratara de algo importante. Días después me diagnosticaron un tumor en el colon, que, faltando algunas pruebas, tenía muchas posibilidades de no ser benigno.
Como vivía solo con mi perro Doff y no tenía amigos íntimos ni familia cercana, si exceptuamos a mi tía Sara, que en realidad era prima hermana de mi padre, (a la que por otro lado llevaba muchos años sin ver), mi enfermedad me concernía solo a mí y decidí no hacer partícipe de ella a nadie.
Aquella tarde en que me confirmaron la malignidad de mi tumor y me pronosticaron que viviría unos tres meses más, tomé la decisión de dejar terminada mi última novela, que, como las anteriores, supuse que seguiría el camino del fiasco, aunque ya no quedaría tiempo para la posterior frustración. Y me senté frente al ordenador pertrechado con una botella de JB, un vaso largo y un cartón de Marlboro de caja dura.
Abrí la ventana de par en par y admiré una vez más el incomparable paisaje de las aguas azules y de las velas blancas que destacaban en la raya del horizonte; el paisaje que me había acompañado durante los últimos veinte años y a la que estaba a punto de abandonar.
– ¡El tabaco fuera!- y encendí el primer cigarrillo de la última etapa de mi vida; - ¡El alcohol ni probarlo! : –vertí dos dedos de güisqui en el vaso y lo bebí de un trago.
Julio, caluroso, húmedo, frente al mar y frente a una muerte prematura e injusta.
Un joven gorrión de plumaje castaño y peto negro surgió en la ventana de mi ático. Nos miramos sorprendidos. Quizás era descendiente lejano de Gorrioncete, que por fin me había encontrado cuarenta años después, escribí sin pensar. Le hice una seña con la mano para que entrara en la habitación, pero el gorrión se quedó quieto donde estaba. No se fue en toda la tarde.
Y allí se quedó mirándome durante estos últimos meses, alimentándose del alpiste que yo le compraba en la pajarería “El Arca de Noé” y no pasó nunca al interior del cuarto. Me observaba mientras escribía y movía la cabeza como asintiendo a cada palabra que yo trasmitía al teclado. Doff se acostumbró, ¡qué remedio! a su presencia y lo ignoraba dándole la espalda mientras roncaba entre mis pies.
En muchas ocasiones yo le preguntaba por qué no echaba a volar y volvía a los árboles que abundaban en el bulevar del paseo marítimo. Y yo intuía que quería contestarme pues abría el pico y movía las alas y me miraba con tristeza. “Tristeza de gorrión”, escribí.
Lo llamé Gorrioncete, como el gorrión que me visitaba en mi niñez y en lugar de continuar con la novela, empecé a escribir un libro de cuentos sobre él y lo titulé: “Cuentos de un gorrión triste”.
Pasaron cuatro meses, y un poco antes de que la ambulancia viniera a buscarme por última vez, lo comprendí. Gorrioncete no se había ido porque tenía miedo a volar. ¿O quizás había permanecido en el alfeizar de mi ventana durante todo el tiempo que duró mi enfermedad por otro motivo? El caso es que se había comportado como el más fiel amigo que jamás tuve.
Puse el borrador del libro sobre la mesa y me fotografié sonriente a su lado, en un contraluz con fondo marino que juzgué solemne. Después imprimí la foto y la coloqué sobre lo escrito a modo de portada, me senté ante el ventanal junto al gorrión, y con la mirada muy fija, me perdí en el añil.
Afuera, el golpeteo de las olas contra las piedras de la escollera y el chillar de las gaviotas, me dedicaban una alborotada canción de despedida.

viernes, 26 de junio de 2009

LA VUELTA AL MUNDO
Federico Fayerman
Veintidós de junio de 2009

La primera vez que la vi, sentada en la terraza del Diamante, me gustó. Podría enamorarme de ella, pensé. Era preciosa.
Pero no fui capaz de hablarle. Solo pasé a su lado y la miré de reojo. Ella también lo hizo.
Noté su mirada en mi espalda. Pero no me volví.
Hacía mucho calor. Venía de comer con un cliente y mientras recordaba que había dejado mi coche aparcado a pleno sol, sentí como corrían las gotas de sudor bajo mi camisa.
Subí al coche y regresé a la oficina. El aire acondicionado seguía sin funcionar.
Irene, la secretaria. Irene era granito y golosina. Para mí era granito. Nunca había tenido mucha suerte con las mujeres.
Me recibió con una agenda cargadísima de reuniones. Cuando se acerca el verano no damos abasto. Todo el mundo desea salir de vacaciones en las mismas fechas.
La agencia de viajes que dirijo es seguramente una de las que más trabajan en la ciudad. Ofrecemos viajes exclusivos alrededor del mundo a un precio interesante y son muchos los matrimonios de cierta edad que los solicitan. También jóvenes de nivel económico alto.
De Europa a América del Sur, América Central y del Norte. De allí a Australia, a Japón, India y otra vez Europa.
Un palizón.
Sobre las nueve y media de la tarde di por finalizada mi jornada laboral en la oficina. Guardé en el maletín un trabajo que tenía atrasado, para terminarlo en mi apartamento esa noche y salí de nuevo a la tórrida calle. Mientras me dirigía a buscar el coche pensé en la mujer del Diamante.
De forma inconsciente conduje hasta las cercanías del Diamante y me detuve justo enfrente. Descendí y ordené una cerveza muy fría mientras me sentaba en la misma mesa donde la había visto aquella tarde.
Media hora después apareció. La vi llegar e hice intención de levantarme. Ella se sentó a mi lado y sin dejar de mirarme hizo una seña al camarero. Pidió una cerveza. Yo pedí otra.
Hablamos de nuestros compromisos, nuestros calores y nuestras soledades. Ella estaba también agobiada. Trabajaba todo el día de vendedora en unos grandes almacenes y por las noches actuaba en una sala de fiestas, haciendo un espectáculo erótico al que me invitó.
Sin poder reprimirlo agarré el maletín y abriéndolo esparcí los papeles de la Agencia por la terraza del café. Después también lancé el maletín al aire a la vez que los dos reíamos a carcajadas Nos besamos durante una pequeña eternidad y accedí encantado a su excitante invitación. Pasaron varias cervezas más antes de que solicitara la cuenta a voces.
Mientras nos alejábamos abrazados, pensé en Irene. --Que te den por saco, -dije en voz alta, riéndome. Y sentí cómo mi cuerpo expulsaba el calor acumulado y levitaba.

viernes, 19 de junio de 2009

diecinueve de junio de 2009

A todos mis amigos del blog: Han concedido una Mención de Honor a mi relato La Poza Soleada en el certamen de Narrativa Gerardo Muñoz del Colectivo Literario Tirarse al Folio. Por algo se empieza. Gracias por leerme.

sábado, 6 de junio de 2009

VELEROS EN VENUS

Federico Fayerman
Quince de mayo de 2009


Virginia era seguramente la mujer más bella de Sartual. Tenía los ojos de un azul tan intenso como el mar que añoraba. El que dejaron sus antepasados a cuarenta millones de kilómetros de allí. Aún así, Anastasio se fue una mañana de cielo lloroso. Su corazón ansiaba otra forma de vivir, lejos de su casa, de sus hijos y de su vida. Sin ataduras.
Violeta le estaba esperando. Le ofrecía la insolente frescura que la juventud le había prestado.
Y Anastasio construyó el velero con el que siempre había soñado, un gran velero blanco que le permitiera surcar los cielos altos de Venus; allí donde los fuertes vientos se esforzaban contra las velas, hasta conseguir rendir sus vergas. Donde las quimeras dejaban de serlo. Y lo llamó Ilusión.
Desde allí el horizonte no existía, y la luz y la oscuridad se sucedían tan rápidamente como veloz era el viento que los empujaba.
Violeta y Anastasio viajaron en su velero por un firmamento cuajado de gaviotas policromadas, escoltados por una estela de infinitas y minúsculas estrellas plateadas que parecían sonreírles.
El tiempo no pasaba, o si lo hacía era en otro lugar, lejos, muy lejos.
Pero un día el tiempo volvió. Y con él la rutina y la monotonía.
Al principio el tiempo caminó lento, pero poco a poco fue pasando más rápido hasta que se convirtió en un remolino de minutos desenfrenados. Después el fuerte viento amainó, el rastro de plata se difuminó y las gaviotas partieron hacia otros lugares más altos. Al fondo, el horizonte volvió a definirse y los corazones de Anastasio y Violeta ansiaron otras formas de vivir.
Y Anastasio regresó a su hogar y los suyos le recibieron sin rencores. Y todos embarcaron en el velero olvidando el pasado y subieron a los vientos altos de Venus. Allí arriba, el cielo encarnado se reflejó en los ojos de Virginia y se hizo azul como el mar imaginado. Y volvieron las gaviotas, y la estela de luminarias sonrientes los alcanzó. Y el tiempo volvió a detenerse.
Entonces desplegaron todas las velas del barco y navegaron. Y lo llamaron Felicidad.

Para mi mentor Juan Carlos Chirinos.

martes, 5 de mayo de 2009

PAN NEGRO
Federico Fayerman
Veintisiete de abril de 2009

Lo vio en la calle, corriendo de una a otra esquina, tratando de refugiarse tras los muros de las casas destruidas por el reciente bombardeo. Era el primer soldado enemigo que entraba en el pueblo. Estaba amaneciendo.
Queridos padres:
Esta va a ser quizás la última carta que os escriba antes de poder daros un abrazo. Nuestro batallón marcha ya hacia Madrid y la guerra está por terminar. Ayer tuvimos comida especial pues nos visitó un general tratando de darnos ánimos antes de acometer la que suponemos será la última batalla. Comimos paella o algo parecido y carne enlatada que nos supo a gloria, después de tanto tiempo comiendo boniatos y pan negro.
El otro día tuve que salir con la patrulla de reconocimiento y cogimos dos prisioneros. Eso me valió un ascenso a cabo y dos reales más de paga. Aunque yo no lo deseaba en modo alguno me he convertido en el jefe de la patrulla y me corresponde el dudoso honor de ir en cabeza de la avanzadilla que ocupará el último pueblo abandonado por el enemigo, en su retirada hacia Madrid.
Tengo muchas ganas de veros, sobre todo a Julián del que no sé nada desde hace meses. A veces sueño que me encuentro con él, volvemos juntos a casa y nos olvidamos de esta pesadilla.
Hasta muy pronto. Recibid todo el cariño de vuestro hijo Ricardo.
Queridos Padres:
Estoy limpiando mi fusil y no puedo dejar de pensar en vosotros y en Ricardo, y en si ya ha vuelto a casa. Aún conservo la fotografía que nos hicimos todos juntos cuando marché al frente y antes de dormir la miro con toda la nostalgia que podéis imaginar. Si Ricardo está con vosotros decidle que espero llegar a casa antes de su cumpleaños y para celebrar con él su mayoría de edad. También he escrito a Luisa y a los niños.
Esta tarde mi compañía abandonará el pueblo para reunirse con el grueso del ejército que se prepara para la defensa de Madrid. Aquí solo hemos quedado cinco francotiradores, muy a nuestro pesar, para entorpecer aunque sea durante unas horas el avance del enemigo. Estoy apostado en la terraza de una de las primeras casas de la calle principal, y tengo una panorámica total de la entrada del pueblo
Bueno, tengo que acabar mi carta ya que mis compañeros salen hacia Madrid y se la voy a dar para que os llegue muy pronto. Muchos besos de vuestro hijo: Julián.
Estaba amaneciendo. Julián apuntó despacio al primer soldado enemigo que entró en el pueblo y disparó.

viernes, 17 de abril de 2009

NARRACIONES VENÉREAS
Federico Fayerman
Doce de abril de 2009
Pero no todo fueron fantasías infantiles. Treinta años después de acabar la guerra contra los wiganes, Anastasio Fuentes iniciaba junto a otros once astronautas el primer viaje a Venus.
La nave, una Soyuz de última generación aterrizó a las afueras de una gran urbe, que en el horizonte venusiano ofrecía una imagen insólitamente habitual a los ojos de los recién llegados. Un perfil prosaico, formado por sus edificios de hormigón, vidrio y ladrillo, similares a los que llenaban las ciudades de la Tierra.
Caminaron hasta las primeras casas que al igual que las personas, coches, perros, farolas y parques carecían de color. El paisaje urbano se hallaba inmerso dentro de una cenicienta escala de grises.
El cielo era plomizo y las nubes plateadas. La lluvia, que no cesaba de caer, creaba una cortina de aljófares transparentes que se fundían al contacto con el suelo.
Anastasio y su grupo recorrieron la avenida bordeada de árboles anodinos, con sus trajes espaciales desabrochados y los cascos bajo el brazo. Nadie los miraba y cuando comprobaron que no contestaban a sus saludos ni a sus preguntas comprendieron que eran invisibles a los venusianos.
Anastasio, que era el único español, alucinaba reconociendo a cada paso la ciudad, que era una réplica exacta de Madrid
La avenida desembocaba en una gran plaza. En su centro, sobre la fuente que representaba a la diosa Cibeles habían instalado una tarima y sobre ella una pantalla gigante de televisión en blanco y negro. Miles de personas incoloras presenciaban en silencio la llegada a la Tierra de la primera expedición venusiana, que al mando de Anastasio Fuentes recorría una avenida bordeada de altísimos árboles, con los trajes espaciales desabrochados y los cascos bajo el brazo. La avenida desembocaba en la Plaza de Cibeles repleta de gente entusiasmada. En el centro de la plaza, una enorme pantalla de televisión retransmitía a todo color la llegada de la primera misión terrestre tripulada a Venus.
Entonces Anastasio Fuentes vio como todo empezaba a colorearse a su alrededor y las personas que poco antes tenían rostros de ceniza los reconocieron y vitorearon. Y los árboles tiñeron sus hojas con infinidad de tonos verdes y el cielo de Venus dejó de llorar y se llenó de azul. Y de él surgió un sol deslumbrante que lo iluminó todo.
--Nada que ver con Ray, --pensó Martín mientras cerraba la novela. Apagó la luz de la pequeña lámpara de la mesilla de noche y se durmió.
--Nada que ver con Ray, --pensó también Martín mientras cerraba la novela. Apagó la luz de la pequeña lámpara de la mesilla de noche y se durmió allí, a más de cuarenta millones de kilómetros.

viernes, 3 de abril de 2009

RT-UNO
Federico Fayerman
Treinta y uno de marzo de 2009

Don Matías se levantó y anduvo con sigilo entre las filas de pupitres con el dedo índice sobre los labios. Aún así se oían algunas risas apagadas. Cuando llegó a la altura del dormilón dio un fuerte golpe con la mano derecha en el escritorio y Anastasio, del susto, se fue al suelo, arrastrando en la caída su silla y el pupitre del compañero de detrás.
Anastasio se levantó aturdido y terminó la clase de Historia de pie, al lado del profesor aguantando las bromas y las bolas de papel que le lanzaban los compañeros.
--Cada día lo mismo, -- informó por escrito Don Matías al padre de Anastasio. --Su estado natural es el de la distracción absoluta. Siempre está pensando en cosas que nada tienen que ver con las clases. Vive en otro mundo.
Nadie le creía cuando explicaba que vivía en Venus.
Su casa estaba en el país de los Artiles (concretamente en su bella capital, Sartual ) al sur del cinturón de llamas que divide el planeta. Le habían nombrado embajador Artil ante el pueblo Wigan, pero las malas relaciones habituales entre los dos pueblos, aconsejaban que su residencia no estuviera en la ciudad de Mekonta,
Los Wiganes vivían en el hemisferio Norte y eran de raza verde, no tenían pelo en la cabeza y sus orejas eran puntiagudas y muy grandes y sus rostros trasmitían desprecio y odio, porque se sentían superiores en el orden técnico pero inferiores en el del intelecto. Sus mujeres en cambio eran delicadas y hermosas, lucían una negra y larga cabellera y el color verde de sus mejillas semejaba fruta escarchada que les endulzaba la cara. El dictador que los gobernaba era el Gran Mekong que mantenía a su pueblo en constante beligerancia con las demás naciones del planeta.
Años atrás había llegado a Venus una expedición terrestre para ayudar a los Artiles en su guerra contra el Gran Mekong. Anastasio lo hizo poco después y se convirtió en el soldado más joven del ejército. Solo tenía entonces nueve años, pero esto no le impedía pilotar una nave desintegradora o manejar con el pensamiento una silla volante.
Luchaba a partir de las siete y cuarto de la tarde, cuando simulaba haber terminado los deberes y el pan y chocolate de la merienda. Su madre ponía radio Madrid justo cuando comenzaba Diego Valor, el guerrero del espacio. Entonces Anastasio montaba en su RT-1 y se unía a las fuerzas libertadoras.
Ellos no le creyeron nunca, pero esa guerra le tuvo ocupado hasta los doce años.

domingo, 1 de marzo de 2009

MEMORIA DE TERCIOPELO

Federico Fayerman
Veintidós de febrero de 2009


Anoche soñé con Baba.
Pasé la mano a través de la reja y descorrí el pasador. Los goznes oxidados chirriaron de olvido. Atravesé el jardín hasta las escaleras. A medio camino levanté la cabeza y la vi en la ventana. Tras el cristal. Su pelo blanco y sus gafas. Me miraba seria. Como era, como la recordaba. Detrás de ella la silueta de mi padre algo difusa. También serio. Como era. Como le recordaba a él también.
La casa. Techos altos y brillantes lámparas de araña llorando lágrimas de vidrio. Puertas de iroko y suelos de nogal. Tresillos de terciopelo rojo y mesitas de forja y mármol. La escalera, al fondo del recibidor, en penumbra, con sus escalones curvados en el centro por el peso de los años.
Entré en el salón. Estaba como lo recordaba. Con sus dos aparadores de raíz coronados por grandes espejos biselados. Sentado en una silla tapizada, al lado del samovar, estaba mi tío. Al verme se levantó, alto y serio, tal como vive en mi memoria. Y me besó. En el centro del salón, rodeada de todo el mundo estaba Baba. Mi abuela. No aparentaba más de cuarenta años, rubia, con el pelo ondulado por la permanente recién hecha. Delgada y muy guapa. La veía caminar con un vestido largo que ocultaba una cojera imaginaria que solo existía en mi sueño.
Se sentó sobre un arcón rectangular cruzando las piernas. Sostenía una taza de té en su mano derecha y repartía sonrisas a su alrededor. Hablaba con todos. Me acerqué y la besé y ella, sin levantarse, me abrazó suave, sin rozarme casi y me dijo que olía muy bien. --No me pongo nunca colonia –le dije, --entonces hueles a ti, y ahora a mí, me respondió. --Me ruboricé y ella se rió, suave, como sus abrazos. Y su cara se tornó dulce.
La mesa del salón había desaparecido y su lugar lo ocupaban amigos y familiares que hablaban sin cesar. Pero salvo a mi tío y a mi primo Mario no reconocía a nadie. Mario me recordaba, mientras subíamos, los juegos en la azotea, cuando nos escondíamos en el pequeño gallinero que construyó allí nuestro abuelo y que nunca tuvo gallinas. El abuelo enfermaría de cáncer y moriría a los pocos meses.
Nos sentamos en el pretil y nos asomamos al Retiro. La terraza estaba a unos diez metros de altura y esa sería la distancia que recorrería nuestro perro Doff cuando, subido a este mismo pretil, se cayera a la calle una mañana de junio varios años después.
Bajamos al sótano por la escalera gastada y oscura. En el primer rellano había dos altos veladores de tres patas que nos hicieron imaginar antiguos juegos de espiritismo. Descendimos hasta el cuarto de la calefacción, negro del carbón y con un penetrante olor a resina de las teas apiladas contra la pared. Todavía recuerdo el miedo que me producía el ruido de la caldera, cuando Baba me enviaba a comprobar la presión del manómetro. A su izquierda, el salón donde mis abuelos daban fiestas cada año en verano. Cuando correspondía. Una puerta de doble hoja lo comunicaba con el jardín repleto de macizos de flores, enmarcados con bordillos de azulejos de cerámica añil, y rodeados por pasillos de baldosas de barro cocido.
La fuente, también de azulejos añiles y blancos contenía el dibujo de una gran estrella que según decía mi padre nos protegía a todos. El agua de su caño, siempre a la sombra bajo el balcón de la entrada principal, se ofrecía deliciosamente fresca en verano.
Durante esas fiestas, mis abuelos y sus invitados cenaban y después algunos bailaban tangos y foxtrots durante toda la noche, al son de los negros discos de pasta, que giraban a setenta y ocho revoluciones en un gramófono de La Voz de su Amo. Yo los veía bailar desde la pequeña ventana abierta, que trasmitía el olor de los jazmines hasta el salón. A veces, alguna pareja de los más jóvenes salían a pasear entre las flores y las sombras y sentados en el banco de azulejos o al pie del eucaliptus centenario se besaban. Bajo la parra de diminutas uvas ácidas, los mayores se reunían unos frente a otros, sentados en sillas de madera y hablaban y hablaban y hablaban.
Subimos de nuevo al salón donde mi abuela seguía riendo y, disimulando la cojera caminaba hasta sentarse en un sillón de terciopelo gastado, que alguien le había cedido cortésmente. La encantaba verse rodeada y agasajada. Mi tío seguía sentado en la misma silla, cerca del samovar, bebiendo té.
Me fui de la casa sin despedirme, atravesé el jardín y antes de abrir el cerrojo de la cancela me volví hacia la ventana. Mi abuela seguía mirándome tras ella con su pelo blanco y sus gafas de gruesos cristales. Y entonces me pareció ver que me sonreía. Sí, estoy seguro, me sonreía. Así la recordaré. Detrás de ella vi la cabeza de mi padre que giraba y desaparecía.
Ya era de noche cuando me alejé por la calle de casa de Baba. No miré atrás. Era consciente de que su casa hacía muchos años que ya no existía.

viernes, 20 de febrero de 2009

PURO CELULOIDE

Federico Fayerman
24 de noviembre de 2008


Son las doce de la noche y en el salón, sentados frente al televisor, nadie se mueve. La película está terminando. Estrujados los tres en el mismo sofá contienen el aliento. Charo cierra los ojos mientras con se agarra con fuerza al brazo de Luis. Elenita ha metido la cabeza bajo el hombro de su madre y se tapa los oídos con ambas manos. Luis espera intrigado el final. En el recién inaugurado videoclub, donde ha alquilado la película, las de terror están de oferta. Según la pálida y enlutada vendedora, son realitys de producción propia y al alquilarla participan en un sorteo. No le ha dicho en qué consiste.
La cámara propone un plano general donde se ve una pequeña aldea, apenas una veintena de casas de piedra cubiertas por planchas de pizarra.
En las calles, de tierra y aristas, todavía se aprecian las marcas de las ruedas de los carros que han estado transportando el trigo.
Desde la era hasta el molino.
Al borde del río.
Un rio huraño que ansía la visita de las primeras aguas que le envíen las montañas cercanas.
Está anocheciendo y las calles están desiertas. El cielo cubierto anuncia lluvia, y las chimeneas humeantes invitan a recogerse.
A la derecha del plano, en el bosque, los robles guardan parte de su follaje para sobrevivir al invierno. También hay pinos que se han desprendido hace tiempo de sus frutos y sus agujas.
La cámara desciende lentamente acercándose a la fronda hasta que las hojas de los arboles se funden sobre su objetivo.
Ahora capta una escena interior. Remigio y su familia están reunidos frente a la lumbre con la vista puesta en el puchero burbujeante.
En silencio.
Sopa y pan para cenar. Y algo de matanza.
La cámara recorre una por una sus caras ruborizadas y gira hacia una ventana. Se acerca a ella. A través de uno de los pequeños cuadrados de cristal se insinúa en el exterior la estirada y siniestra figura de un hombre, recortada sobre la sombría tarde que cae.
Golpes en la puerta y, en el siguiente plano corto, la cámara plasma los destellos del hacha que porta el desconocido en su mano derecha.
La puerta se abre y la cámara retrocede dejando sitio a Remigio que cae hacia atrás con la cabeza destrozada.
Como acobardado en un rincón, el objetivo retransmite la persecución del asesino al resto de la familia, y cómo, a golpes de hacha ensangrentada, termina con la vida de todos ellos.
Después, lentamente, el homicida se sirve un tazón de sopa caliente y la sorbe a pequeños tragos.
Sentado frente a la chimenea salpicada.
Cuando las primeras gotas de lluvia empiezan a caer sobre el pueblo, ya desde la calle, la cámara, utilizando un trávelin, acompaña al verdugo hasta la salida del pueblo.
A la altura de la última casa el criminal se para y vuelve la cabeza. La cámara, ahora fija en su trípode lo ve por fin alejarse hasta que desaparece. Ha sido testigo de la tercera matanza que el psicópata del hacha ha cometido desde que se escapó del psiquiátrico.
El timbre del móvil coincide con un apagón general. Luis, guiado por la luz de la pantalla del teléfono, lo coge y contesta.
--Les llamo del videoclub. ¿Han terminado de ver la película?
--Hace apenas un minuto…
--Solo quería comunicarles que han sido ustedes elegidos como protagonistas de la nueva producción y el rodaje va a comenzar ya. Cierren bien las puertas de su casa y miren por la ventana. Tienen visita.
¡SEGUNDOS FUERA!

Federico Fayerman
Seis de febrero de 2009


--¡Cuidado con su zurda, gira siempre hacia la derecha y mantenlo a distancia con jabs y uno-dos! --se oye a Ben, el preparador de Kid Martin dar las últimas instrucciones a su pupilo. Va a comenzar el decimosegundo y último round del combate que enfrenta al aspirante Kid Martin (calzón rojo) y al campeón Fred Morris (calzón negro) por la corona mundial de los welters. A sus treinta y siete años es la última oportunidad que se le presenta a Kid de conseguir el título.
Se levanta, flexiona las piernas y hace rechinar las suelas de sus zapatillas sobre la lona.
Al grito de --¡segundos fuera! –Ben recoge la banqueta, el cubo y la esponja y con la toalla sobre sus hombros se escabulle entre las cuerdas.
--¡Suerte! --grita Lola.
Cuando suena la campana, Kid empuja con el guante izquierdo el protector dentro de la boca y acude al centro del ring.
--“El público no puede contener la emoción y se pone en pie, --transmite el speaker --Los tres últimos minutos prometen ser dramáticos. Ambos púgiles sangran por las cejas y sus rostros están amoratados por el terrible castigo que se han infringido durante el combate que en apariencia está muy igualado; Se enfrentan y chocan los guantes; Kid gira constantemente alrededor de Morris cediéndole la iniciativa y tratando de huir de sus demoledores puños. La guardia invertida de su rival le está poniendo en graves aprietos. Tras un intercambio de golpes en el centro del cuadrilátero, Morris parece tomar ventaja en los puntos lo que hace que Kid ataque ahora alocadamente y reciba un par de contras en la cara, que terminan de cerrarle el tumefacto ojo derecho”--.
Con el ojo bueno, Kid recorre la primera fila de sillas hasta que encuentra a Lola. Ella le proporciona el apoyo y la fuerza que necesita para aguantar el castigo al que le está sometiendo su rival. Se abraza a Morris.
--¡Break!, --grita el árbitro y los dos púgiles tratan de separarse con las escasas fuerzas que les quedan. --¡Break, Break! --Y finalmente el árbitro es el que los empuja y consigue que se suelten.
Morris persigue a Kid por todo el ring lanzándole directos y crochets. A la cara, a los riñones, otra vez a la cara hasta que Kid cae a la lona tras golpearse con las cuerdas.
--¡Descansa hasta ocho, no te levantes hasta la cuenta de ocho!
Kid se levanta y el árbitro le sujeta por los guantes. --¿Cómo se encuentra?, --le pregunta; Kid asiente con la cabeza y el árbitro indica a ambos púgiles que continúen el combate.
Durante el siguiente minuto Kid se cubre la cara con los guantes y los antebrazos y a la menor ocasión se agarra a Morris. Mira a Ben que tiene la toalla en la mano. Le niega con la cabeza, le suplica que no la lance al ring.
--¡De acuerdo! --grita el preparador de Kid, --¡entonces inténtalo!--
Ahora bajo la guardia y él va a intentar pegarme con su zurda… doy un paso atrás… le dejo fuera de distancia, le esquivo…y le lanzo un crochet con todas mis fuerzas.
Un paso atrás… le dejo fuera de distancia, esquivo el golpe y lanzo el crochet a su rostro… Morris se tambalea y entonces le conecto un cross de izquierda al estómago… cuando se dobla lo derribo con un uppercut a la mandíbula… Morris está tumbado en la lona con los ojos cerrados y el protector manchado de sangre fuera de su boca… El árbitro se ha quedado mudo como el resto del público, pero puedo leer en sus labios la cuenta: ocho, nueve, diez, K.O...Levanto los brazos hacia el alto techo del pabellón y cegado por cientos de focos grito de júbilo por mi victoria.
Lola, ¿dónde estás?, ¡sube al ring para celebrarlo conmigo! ¡Ya soy el campeón y ahora somos ricos! Te prometo que vamos a casarnos por fin y te voy a llevar a París y a Nueva York y adonde quieras ir. ¡Porque soy el campeón, soy el campeón!
Los cachetes de Ben le hacen volver en sí. Kid abre el ojo izquierdo. No hay altos techos, ni público en pie aclamándolo, ni cientos de luces que le deslumbran. Solo una bombilla de sesenta vatios, en una pequeña lámpara que oscila sobre su dolorida cabeza y que pasea sombras derrotadas de un lado al otro del vestuario. Y niebla. Y dolor.
A la derecha de la camilla está Ben limpiándole la sangre de la cara con una toalla húmeda. A la izquierda, Lola. Los guantes, abandonados en el suelo. El título, el dinero, París y Nueva York han huido a lomos de su sueño.
Solo los sollozos de Lola fragmentan el silencio.
ROSI ES TODO AMOR
Federico Fayerman
Veinticuatro de enero de 2009

¡Rosi!
¡oh Rosi!
¡Que bonita es Rosi
¡Todo en ella es amor!
La conocí en la carretera. Iba en un coche azul a toda velocidad. Me adelantó y la miré y después la adelanté yo. Me volvió a adelantar y así anduvimos durante muchos kilómetros. Por fin paró en una gasolinera y yo lo hice detrás.
Hablamos mientras cargaba de gasolina su Mini y rechazó una invitación en el bar. Seguimos. Yo detrás de ella hasta que paró otra vez. En el Parador de Turismo. Allí me aceptó una copa y hablamos. Después otra y se puso bastante contenta.
¡Que bonita es Rosi cuando ríe,es un amor!
Pronto se hizo de noche y me dijo que no le gustaba conducir con poca luz, así que cenamos en el restaurante con una flor blanca de tallo muy largo y una vela encendida en el centro de la mesa y con un camarero pesado que no paraba de retirarnos los platos y los cubiertos, para cambiarlos por otros limpios y rellenarnos los vasos de vino, cada vez que bebíamos un trago. Hasta la servilleta me cambió porque se me había caído al suelo. Hablamos. Me contó que iba a reunirse con unos amigos de Valencia para pasar el fin de semana en un festival de música. Me habló de los cantantes que iban a actuar allí: Leonard Cohen, The Kills, Morrissey, New York Dolls… pero yo no conocía a ninguno. También me dijo que sus padres pensaban que estaba en Madrid en casa de una amiga enferma. Me hizo una seña de que estuviera en silencio y los llamó por el móvil para decirles que se iba a quedar a dormir en casa de su amiga y cuando colgó me dirigió una mirada pícara y me preguntó a donde me dirigía. Le dije que solamente había salido a la carretera para hacerle unos kilómetros al coche que acababa de comprarme y que cuando la vi se me olvidó que tenía que volver. No pude mentirle y le dije que estaba casado pero mi mujer desapareció un día y nunca supimos mas de ella. Le conté que yo trabajaba en una atracción de feria y que recorría los pueblos, durante los días de las fiestas patronales que en verano eran muy corrientes en toda la provincia. También le dije que este trabajo me permitía conocer a muchas mujeres, pero ninguna era tan bonita como ella. Ella era la más guapa de todas. Le dije que me gustaba su pelo negro, sus manos blancas y sus dedos un poco gordinflones. Que era muy simpática y que sus ojos me miraban riéndose como yo nunca había visto igual. Ella no se atrevía o no quería decirme qué le gustaba de mí. A lo mejor es que no le gustaba nada, pero supongo que prefería no decírmelo por timidez o para no molestarme ya que la había invitado a cenar. Se lo dije antes de sentarnos.
Entre plato y plato se levantó y fue al lavabo. Tardó mucho, y sentí miedo de que se hubiera ido, así que fui a buscarla. No estaba en los aseos y cuando volví la encontré sentada otra vez a la mesa. Me dijo que había ido a preguntar en conserjería si había una habitación libre porque no pensaba seguir el viaje hasta el día siguiente.
Terminamos la cena y pedimos una copa en la sala de la televisión pero allí no se podía hablar así que cogimos los cubatas y nos salimos a la calle. Nos sentamos en unas escaleras anchas de baldosas rojas y ella se agarró a la barandilla con una mano mientras bebía con la otra. Estuvimos un buen rato mirando la carretera que pasaba por delante de nosotros. Eran ya las once de la noche pero la circulación aún era intensa. Me propuso jugar a contar los coches que iban en uno u otro sentido y allí estuvimos contado coches hasta que nos cansamos. Ganaron los que circulaban hacia Valencia. Entonces le dije que si quería dar una vuelta por los alrededores y me dijo que sí. Estaba muy oscuro aunque se podía ver algo gracias a los faros de los automóviles y a la luna que estaba casi llena. Detrás del parador le pedí un beso y me lo dio.
¡Dios, que bonita es Rosi!
¡Nunca me había besado una chica como Rosi!
¡Es todo amor!
Regresamos al parador y nos besamos en las escaleras rojas, en la recepción, en la barra del bar y muchas veces más. Pedimos otro cubata y Rosi estaba mareada de tanto alcohol. Yo también. Pedí la llave en el mostrador y la acompañé a su habitación. Esto fue todo lo que pasó.
¡Seguro que está durmiendo todavía en la habitación, está durmiendo cruzada en la cama, con el pelo colgando casi tocando el suelo, como recuerdo que la dejé!
¡Es tan bonita, es la chica más bella que he visto en mi vida!
Ni siquiera le toqué un pelo, lo pueden comprobar!
¡Ni siquiera hicimos el amor para que no pensara que la quería violar!
¿Por qué insisten en que está muerta y que yo la he matado?
¡Ella duerme aún. Pueden ver que aún es virgen!
Solo estuvimos hablando. Hablamos toda la noche. Estuvimos conversando de música, de sus amigas y del chico que la pretendía. Pero el chico era muy infantil y a Rosi le gustan un poco mayores, según me dijo.
¡Y ella insistía e insistía en que quería seguir siendo virgen!
¡Rosi!
¡oh Rosi!
¡Que bonita es Rosi!
¡todo en ella es amor!
MARTES y TRECE


Federico Fayerman
Diecinueve de enero de 2009


Marcos ayudó a su mujer y a sus hijos a subir al tren. Eran las diez y cuarto de la noche y la estación del Carmen de Murcia estaba casi vacía. No fue complicado encontrar tres asientos libres, ya que la pequeña Cati iría en brazos de su madre. Marcos, después de colocar las maletas en el altillo, pudo por fin sentarse y descansar. La guerra había terminado y con ello el destierro que había sufrido su familia durante dos largos años. Vuelta a Madrid para reencontrarse con los padres y los hermanos que habían permanecido en la capital.
Martes, trece. Todos los amigos de Marcos le habían aconsejado no viajar ese día. Pero Marcos no creía en supersticiones y además deseaba ver cuanto antes a los suyos. Después de haber sobrevivido a la contienda no podía pensar ni remotamente en dejarse convencer --pese a la insistencia de algunos vecinos-- de que pospusiera el viaje para día siguiente.
Y La Parca acudió a la cita con el tren de las diez y cuarto. Treinta muertos y más de cien heridos. Miércoles, catorce.
Solo Dios dice a La Muerte cuándo debe ejecutar su penoso trabajo.
EL ASCENSOR Y EL ALFANJE


Federico Fayerman
Tres de enero de 2009


Me llamo Jorge, tengo 33 años y estoy recién divorciado. Ahora, después de ocho años he regresado a casa de mis padres. ¿He vuelto en busca de mi infancia?
El reencuentro con el pasado no me ha supuesto mejorar mi estado anímico sino más bien todo lo contrario. No sé si por el hecho de considerar un fracaso mi experiencia matrimonial y un tiempo perdido que no sé si seré capaz de recuperar, me ha hecho rebajar mi autoestima que ya de por sí era bastante baja. No tengo ganas de ir a trabajar y me paso los días revolviendo en los recuerdos que dejé abandonados en estas habitaciones hace años.
Sin embargo mis padres están felices de tenerme otra vez con ellos. Parece como que hubieran recuperado a un hijo pequeño, pues me colman de regalos y no se van a dormir sin darme el preceptivo beso de buenas noches. Se preocupan si salgo después de cenar, aunque esas salidas nocturnas son muy escasas.
Y encima estos malditos sueños de ascensores. Si, pueden parecer una tontería, pero los sueños se repetían desde que siendo un niño me quedé encerrado en un montacargas durante más de una hora, a oscuras, colgado entre el cuarto y el quinto piso. Esos sueños en los que me veía subido en un ascensor sin paredes, que se balanceaba sin ofrecerme lugar alguno donde poder agarrarme, o aquellos otros sueños donde el ascensor de turno subía y subía y se pasaba incomprensiblemente del último piso, no eran para mí ninguna sandez. Solía despertarme sobresaltado, con el estómago encogido y temiendo volver a dormirme por si se repetían.
Afortunadamente estos sueños no habían vuelto en los últimos años, justamente los que llevaba fuera de casa. Pero hace varios días me volví a quedar encerrado en el ascensor y seguramente esto los ha hecho regresar. Esa noche tuve un nuevo sueño y me desperté justo en el momento en que el ascensor se precipitaba al vacío. No llegué a gritar porque me faltó aire para hacerlo. Abrí los ojos a la semioscuridad de mi dormitorio y me incorporé sobre la almohada para tratar de recuperar la respiración. Una débil luz proveniente de las farolas de la calle penetraba por las rendijas de la persiana a medio cerrar. La puerta, entornada, también dejaba pasar algo de claridad. Mi perro Doff abrió un ojo y gruñó pero siguió durmiendo sobre la colcha caída a los pies de la cama.
Todavía alterado escuché un ruido que procedía del comedor. El chasquido del picaporte y el arrastrar de la puerta del balcón me produjeron un escalofrío que se paseó por todo mi cuerpo. Varios hombres hablaban en voz baja, pero yo no podía entender lo que decían. Eran sin duda extranjeros. Supuse que ladrones, o amigos de lo ajeno como recordaba que solía llamarles mi padre. ¿Y por qué no asesinos? Pensé en mis padres, que debían estar durmiendo en su habitación al otro lado del pasillo. Posiblemente ellos lo habrían escuchado también y estarían levantándose para ver qué pasaba. Yo no me atreví. Me limité a oír a los ladrones recorriendo la casa y supongo que despojándonos de todo lo que tuviera valor. Entonces vi una sombra emerger de debajo de la puerta de mi cuarto, y esta comenzó a abrirse. Me deslicé bajo las sábanas y me cubrí la cabeza. Oí como Doff se levantaba y salía de la habitación, ladró furiosamente durante unos segundos y después no volví a oírle. Contuve la respiración durante unos interminables segundos hasta que escuché nuevamente como cerraban la puerta, pero esta vez del todo. Dejé pasar el tiempo mientras percibía el ir y venir sigiloso de los ladrones. Entonces recordé que estaba solo en la casa, que mis padres habían salido esa noche a una fiesta y seguramente no habrían vuelto aún. Debajo de las sábanas consulté mi reloj de manillas fluorescentes, Las dos y media.
No entiendo porqué, pero me sentí por primera vez desde hacía años desprotegido y a la vez avergonzado, pero mis músculos no me permitían moverme. Poco a poco los ruidos se fueron apagando y yo seguí inmóvil. Empecé a relajarme y me quedé, sin querer, profundamente dormido. Entonces comencé a soñar de nuevo. Esta vez por fortuna no había ascensores. Yo era un guerrero cristiano que luchaba contra una banda de ladrones barbudos con elegantes turbantes sobre la cabeza. Portaban afilados alfanjes y me rodeaban. Eran tres pero ni aún así conseguían vencerme. Salté sobre mi caballo, que curiosamente era Doff, y emprendí la huída llevando en la grupa a mi dama, que también curiosamente se parecía mucho a mi ex mujer y a la que había salvado de los fieros sarracenos que la tenían secuestrada. Estos sí que eran los sueños que a mí me gustaban de niño. Tras una veloz cabalgada paramos en lo alto de la montaña y saltamos al suelo. Mi dama me rodeó el cuello con sus largos brazos y bajo la atenta mirada de mi caballo/perro Doff me besó profundamente en señal de agradecimiento.

La voz de mi madre, gritando desde el salón me despertó. Recordando lo ocurrido durante la noche y temiéndome lo peor brinqué de la cama y todavía con un dulce sabor en los labios salí al pasillo. Agarrada a la cintura de mi padre, con una sonrisa de oreja a oreja y con Doff sentado a su lado, mi madre me mostraba los regalos que me habían dejado esa noche los Reyes Magos.

miércoles, 28 de enero de 2009

RELATOS

ADULTERIO
Federico Fayerman
19 de enero de 2007

Freno ante el semáforo en rojo como una autómata.
Las luces de la calle me atraviesan las pupilas formando miles de círculos desenfocados. El día se acaba como se acaban mis ganas de vivir y deseo olvidar quien fui, a quien amé, y por quien viví.
Las bocinas de los impacientes apenas logran devolverme a la realidad. Arranco despacio y regreso al callejón de mi memoria.
Nuestros cuarenta años juntos han sido una sinfonía inacabada, llena de sensaciones, de matices, de momentos y de magia; llenos de sueños y naturalidad, plenos de caricias y lapsus de silencios rellenos de besos mil veces repetidos.
Intentaré borrar mis recuerdos contigo, cortar el cordón umbilical que me ha unido a tu existencia, con la gozosa dependencia de mi amor sin convenios ni exacciones.
Ahora que el paso del tiempo ha secado y arrugado mi piel, ha entristecido mis cabellos, ha serenado mi animo; ahora que mi necesidad de ti ha crecido y se ha hecho definitiva, ahora me devuelves traición por entrega, desidia por amor y abandono por desvelo.
Sus cartas mal escondidas me cuentan como es ella: treinta años mas joven, con un pelo negro y largo que se enreda entre tus dedos en noches robadas, libre de ataduras y prejuicios, perteneciente a otra generación más libre y más abierta al deseo, y sospecho entregada a ti con condiciones. Todo ello, imagino en un cuerpo largo, delgado y terso, cuidado y perfumado, pero con un cerebro sin escrúpulos con el sentir ajeno.
Mientras me acerco al lugar de vuestra cita clandestina, me pregunto como tú, mi hombre, mi primer y único hombre, mi sueño de niña, mi deseo de adolescente, mi conquista y mi reconquista, mi última estación, me ha podido segar de raíz mis ilusiones presentes y mis anhelos futuros. Últimamente tu actitud reservada, dueño siempre de tus pensamientos, inmerso en el trabajo y las relaciones sociales, te han convertido en un desconocido, y también por lo que veo en un artista del engaño y del fingimiento
Has esperado a cumplir sesenta años para renacer a otra vida, incierta, de placer que auguro pasajero. No has esperado al final de la partida para asestar el jaque mate y arrojarme violentamente del tablero de tu vida.
Cruzo la avenida y os veo. Paro y bajo del coche. Sentados en el café le estás colocando un anillo parecido al que me regalaste en nuestro aniversario de boda. Te besa sin dejar de mirarlo y te sonríe. Os levantáis y salís a la calle. Ella se va en su Mini y tu te quedas mirándola hasta que se pierde de vista. Pasas a mi lado sin verme. Llueve.



CARA DE LORO

Federico Fayerman
Dieciséis de septiembre de 2008


Había regresado de Caracas. Juana, quince años después volvía a su casa. Ahora tenía treinta y cinco. Según mi hermano, Juana no había cambiado demasiado pese a los años transcurridos, salvo su piel que ahora era más oscura. Seguía poseyendo aquella nariz aguileña que le confería a su cara el sobrenombre que en los años cincuenta se le daba a ese tipo de perfiles: Cara de loro. Yo no podía recordarla, pues tenía apenas unos meses de vida cuando Juana se marchó con sus padres a Venezuela buscando parece ser una vida mejor. Escribía desde allí de vez en cuando a mi hermano, del que siempre había estado enamorada, según decía mi madre. Ahora al volver se encontró con que mi hermano acababa de casarse. Así que decidió olvidarse de él aunque siguió visitando a mi madre casi a diario, ya que vivía muy cerca y tenía mucho tiempo libre.
Sus visitas resultaban de lo más aburridas para mí, pues solía traerse las agujas de hacer punto y se pasaba varias horas hablando con mi madre de Venezuela con el acento que allí había adquirido y que le daba, o al menos a mí me lo parecía, un toque original que yo no había conocido antes. Además, me molestaba con su continuo parloteo y no me dejaba escuchar la radio que a esas horas siempre programaba la música de las peticiones del oyente.
--Tienes que echarte novio,-- le repetía todos los días mi madre. Y ella, bajando la cabeza siempre contestaba lo mismo:
--Con mi edad ya no me quiere nadie, Inés. Creo que me voy a quedar para vestir santos. --A lo que mi madre añadía:
--¡Claro y más si te pasas la vida haciendo punto como una vieja. Sal a la calle, ve al cine, búscate amigos y amigas y vete a bailar. Diviértete!
Juana asentía y durante un buen rato permanecía callada, imprimiendo a las agujas un ritmo frenético hasta que las cambiaba de mano y ensartaba el primer punto de la siguiente vuelta.
Siempre estaba seria, como enfadada. Nos contó su madre, que Juana estuvo a punto de casarse en Venezuela, con un hombre mucho mayor que ella, gordo como un barril, pero tres meses antes de la boda, murió de un infarto.
Yo pensaba que su aparente tristeza se debía también a que su familia estaba un poco harta de tenerla todo el día en casa sin hacer nada y se lo reprochaban continuamente. Bueno, en realidad su madre y sus tías ya que su padre se había quedado en Caracas con otra mujer y eso había provocado la vuelta de la madre y la hija antes de lo previsto.
Juana vestía acorde a su forma de vivir. Solía llevar alguna blusa de manga corta y colores apagados y faldas de vuelo largas hasta media pierna. Los zapatos eran antiguos y sin tacón, o muy poco. Nunca se maquillaba y era mi madre la que de vez en cuando la ponía un poco de colorete y la pintaba los labios.
Una tarde llegó a mi casa a última hora. Mis padres habían salido a dar una vuelta y yo estaba solo, estudiando en la mesa camilla del cuarto de estar. Se acercaban los exámenes de septiembre y tenía que recuperar las matemáticas, que como todos los años se me habían atragantado.
--Si quieres que te ayude con las matemáticas, --me dijo Juana, --solo tienes que pedírmelo. A mí siempre se me dieron muy bien.
Se subió un poco la falda y se sentó frente a mí. Al inclinarse para coger mi libro no pude evitar mirarle el escote. Extrañamente llevaba desabrochados un par de botones de la blusa y buena parte de sus pechos quedaron a escasos centímetros de mi cara. Ella no se dio cuenta hasta pasado un rato, cuando se percató de mis constantes miradas. Entonces noté que se ponía roja a la vez que se abrochaba nerviosamente hasta el último botón.
A partir de aquel día, empecé a estudiar en casa de Juana. Repasábamos las matemáticas en el salón, porque era la única habitación que tenía mesa. En realidad tenía dos mesas, una rectangular en el centro de la sala, muy grande y gastada, donde las tías de Juana, modistas de profesión, dibujaban y cortaban los patrones en papel de seda y luego los sujetaban con alfileres a grandes piezas de tela. La otra, en un rincón, pequeña, redonda y con faldas, que era la que usaban en invierno para calentarse al calor del brasero.
Yo no tenía necesidad de brasero. No sabía exactamente por qué, pero cada vez que pensaba en Juana sentía calor por todo el cuerpo. Un día, mientras estudiábamos uno enfrente del otro estiré una pierna y la introduje entre las suyas. A través del hueco de su falda acaricié sus muslos con mi pie descalzo. Juana dio un respingo y se puso inmediatamente roja de vergüenza. Se levantó y se fue a la cocina, pero no dijo nada. Al día siguiente, volví a buscar con mi pie su entrepierna por debajo de las faldas de la mesa camilla y esta vez Juana no se movió. Bajó la vista hacia el libro abierto y cerró los ojos. Estuve un rato acariciando sus medias de cristal, notando el surco de sus ligas, tocando al fin la carne tibia y temblorosa de sus muslos. Hurgué en sus bragas con los dedos de mi pie hasta que Juana, súbitamente cerró las piernas y se estremeció. Con voz entrecortada dio por finalizada la clase de aquel día. Cuando me dirigí hacia la puerta apenas pude ocultar mi pantalón mojado.
Al día siguiente, cuando llegué a su casa me hizo pasar a su dormitorio donde había colocado la mesa camilla.
--Aquí estudiaremos con más tranquilidad, --me dijo, mientras cerraba la puerta a su espalda. --mi madre y mis tías, no nos dejan concentrarnos con la radio siempre a todo volumen. --Se levantó un poco la falda y se sentó frente a mí. Alargó el brazo y entornó la cortina. Tenía los labios pintados de carmín rojo y sus mejillas estaban encendidas.




















CLUB 300 JAZZ CAFÉ
Federico Fayerman
Treinta de septiembre de 2008


Mi nombre es Miles, soy un habitante de pleno derecho del planeta tierra. Pertenezco a la estirpe de los robots axiomáticos de novena generación.
Todos nuestros componentes, si exceptuamos el cerebro y la batería que lo activa, son prácticamente idénticos a los órganos de nuestros creadores. Nuestro cerebro funciona de forma diferente debido a ciertas prohibiciones que nos vienen impuestas, como la desobediencia o la delincuencia, ya sea robando, engañando y sobre todo causando daño físico al ser humano.
Yo vivía en Nueva Orleans, estado de Luisiana. Ocupaba una pequeña casa a las afueras de la ciudad junto a mi esposa Riona y nuestros dos hijos Bizz y Edox. Mi piel es de color negra y fui formateado para dedicarme a la música. Formaba parte de un grupo de Jazz muy famoso y admirado llamado The New Levert hasta que ocurrieron los hechos más trascendentes de los últimos doscientos años. Hechos que cambiarían para siempre la historia del hombre.
Recuerdo perfectamente aquella madrugada saliendo del club 300 en Decatur Street en la margen derecha del Mississippi, donde actuábamos desde hacía más de cincuenta años. Toda la ciudad se encontraba convulsionada, las personas corrían en todas direcciones huyendo de un enemigo en principio invisible pero que según las últimas noticias podía potencialmente manifestarse en cualquier momento. Un aerotrasporte de la seguridad local, sobrevolando atronadoramente sobre nuestras cabezas, ordenaba la inmediata reunión de todos los robots de novena generación en los cantones policiales para sufrir una revisión urgente de sus circuitos cerebrales.
A partir de ese momento llegó el desmantelamiento masivo de mis análogos. Millones de robots entre los que nos encontrábamos mi mujer, mis hijos y yo mismo fuimos desactivados de la única forma posible: extrayéndonos el cerebro. Y sin tener en cuenta la función social para la que habíamos sido creados cada uno de nosotros, fuimos mutilados, achatarrados y arrojados en emplazamientos establecidos ex -profeso para llevar a cabo nuestro total exterminio.
El detonante de la excepcional situación se situó en varios países del mundo a la vez, donde una cantidad aún no determinada de robots se habían rebelado y habían causado la muerte a varios miles de seres humanos.
Y entonces se presentó otro problema. El almacenamiento de los robots constituía un grave riesgo para los seres vivos ya que no éramos totalmente reciclables .El uranio enriquecido formaba parte de algunas de las piezas que nos conformaba y éramos tantos los androides a eliminar que la basura atómica contaminante no podía ser acumulada en ningún lugar de la super habitada Tierra.
La solución no se hizo esperar, y una flota de naves de trasporte cósmico comenzó a trasladarnos a unas antiguas minas de uranio ya abandonadas en Deimos, uno de los satélites de Marte donde fuimos amontonados. En unos enormes habitáculos, enterrados en las galerías bajo la superficie del satélite fueron almacenando los cerebros extraídos y sus baterías de uranio.
Pero no todos los robots fueron desactivados. De entre las montañas de chatarra fuimos surgiendo algunos, que por error humano habíamos quedado útiles. No fue muy difícil recuperar los cerebros enterrados y restituirlos, debidamente modificados para nuestros fines de venganza, en las cabezas de los androides.
Entonces esperamos impacientes el siguiente envío de robots desechados y nos apoderamos por la fuerza de todas sus naves.
Y ahora, en laTierra, millones de ojos aterrados vigilan el cielo esperando nuestro regreso.









COMO HORMIGAS

Federico Fayerman
17 de abril de 2008


--Hola, ¿Cómo te llamas?—trasmitió Mor, tocando con sus antenas las de Mig.
Cruzaban la calle sin preocuparse por el semáforo en rojo.
--Me llamo Mig, respondió Mig
¿Qué transportas?, preguntó Mor
--Un trozo de pizza cuatro quesos--, contestó Mig
¿Por qué has cogido una carga tan pesada?, curioseó Mor
--El invierno se acerca y debemos llenar la despensa lo más posible, explicó Mig
--La verdad--, expuso Mor,--es que con los atascos que se forman en el camino al hormiguero vale más llevar una carga liviana. Si no, es que terminas baldada--.
Otra fila interminable de obreras circulaba en sentido contrario.
--Adios Iga, exclamó Mig—
¿La conoces? Indagó Mor
--Sí, claro, es mi hermana Iga — repuso Mig, al tiempo que comenzaban a trepar por el bordillo de la acera
¿Dónde trabaja?, sondeó Mor
--Está a las órdenes directas de la reina, afirmó Mig
Mor sintió como un hormigueo en el estómago.
--Tiene mucha suerte, se relaciona con los machos.-- apostilló Mig
¿Qué edad tiene Iga?, curioseó Mor
--Ya ha cumplido un invierno, como nosotras--, confirmó Mig
--Pues yo no saludo a mis hermanas cuando voy cargada--, alegó Mor
--En los tiempos que corren, no sabes nunca si la vas a volver a ver--, argumentó Mig
--Eso es por la mala suerte de haber nacido en la ciudad. Se dice que las hormigas de campo viven mucho más tranquilas--, manifestó Mor.
--Yo tengo una hermana en el campo. Recolecta néctar en su abdomen. Está tan gorda que no puede salir del hormiguero--, explicó Mig
--¡jajaja! “Onomatopeyizó” Mor
Unas zapatillas Adidas del cuarenta y tres interrumpieron la conversación aplastando veinte hormigas, justo delante de Mor
--¡Es que van como locos! denunció Mor, a la vez que expulsaba un chorro de acido fórmico.
--¡Podían mirar por donde pisan!--, gritó Mig y sentenció:--Pues fíjate que yo pienso que los zapatos de suela provocan más muertos.
--¡Mira, una cáscara de pipa de girasol, cámbiala por la pizza! insinuó Mor
--Ahora no puedo, aquella hormiga soldado me está mirando, señaló Mig—
--Como quieras Mig; bueno, yo sigo, que voy más rápido que tú, --se despidió Mor.
--Vale, intentaré verte luego en la galería— concluyó Mig
La kilométrica columna negra siguió desplazándose incansable por el Paseo de la Castellana, mientras el sol extendía las sombras buscando la noche.









DOBLE CRIMEN

Federico Fayerman
15 de noviembre de 2006

María salió precipitadamente del baño con un pendiente en la mano.
Antonio, cariño, puedes colocármelo que no atino con el agujero de la oreja?. Ya son las cuatro y voy a llegar tarde a la reunión del Consejo. Gracias, hasta luego. Ah! No me esperes levantado, ya conoces como son estas reuniones. Se sabe cuando empiezan pero no cuando acaban.
Sigue usando mi coche, le propuso él, parece que esta noche va a nevar,
No es necesario cielo ya he recogido el mío de la revisión. No te preocupes por nada, además sabes que lo controlo mejor.
Antonio se despertó sobresaltado. El teléfono sonaba insistente y en la oscuridad no lograba localizarlo. El despertador marcaba las 6:45 a.m. y empezó a sonar también creando un ambiente de confusión total en su cerebro. A tientas consiguió asir el auricular y llevárselo al oído.
Dígame, dijo con la voz alterada.
Es Vd. El sr. Céspedes?, preguntó alguien al otro lado de la línea telefónica.
Si, si, ¿quien llama?
Le llamo del Hospital San Cosme donde ha sido ingresada su esposa, que ha sufrido un accidente de tráfico.
Como…como se encuentra mi mujer.
Lamento comunicarle que ha fallecido hace unos minutos.

Antonio encendió la luz de la mesilla y giró la cabeza. El otro lado de la cama estaba vacío, igual que cuando se acostó. Se tapó los ojos con las palmas de las manos, apoyó los codos en sus muslos y así permaneció durante varios minutos.
Hola mi vida. María pasó sus brazos alrededor del cuello de Alvaro y acopló sus labios a los de él, besándole lenta y profundamente. Hoy toca Consejo de Administración, dijo guiñándole un ojo, así que tenemos casi toda la noche para nosotros.
Alvaro cerró la puerta y caminó tras ella abrazándola por la cintura hasta llegar al dormitorio. María notó la presión que ejercía el cuerpo de él en su espalda , se dejó caer sobre la cama y abriendo los brazos le invitó a jugar.. Él empezó el juego mordisqueándola los lóbulos de las orejas y besándola con suavidad en todo el contorno de su cuello.
Antonio salió de la ducha, se enfundó el albornoz y conectó la cafetera que siempre dejaba preparada la noche antes. Con mucha calma volvió al baño y comenzó a afeitarse.
María salió de la ducha. Su reloj marcaba las seis y media de la mañana y sus ojos la escocían tras haber pasado la noche en vela. No había llevado ropa de recambio, debía volver con la misma ropa que trajo el día anterior.
Media hora después, Antonio bajó al garaje. Salió a la calle en su coche y se incorporó a la corriente circulatoria a la vez que encendía el enésimo cigarrillo del día.
Eran las ocho de la mañana cuando María arrancaba su automóvil. Alvaro se había ido media hora antes. La carretera estaba nevada, pero los neumáticos nuevos se agarraban sin problemas, lo que la permitía ir rápido pese al estado del suelo. Quería llegar a casa antes de las nueve.
Camino del hospital, Antonio se desvió hacia el taller mecánico de Alvaro para entregarle los 100.000 euros en metálico, por el trabajito que le había pedido hacer en el automóvil de María. Su infidelidad le había costado la vida. Después enfiló la carretera hacia las afueras y al tocar el freno en una curva sobre el puente del ferrocarril, el control de velocidad se activó y el coche desobedeció la orden recibida. El hielo que cubría esa zona sombría del asfalto hizo el resto.
María entró corriendo en su casa mientras el teléfono sonaba sin cesar.
Si, dígame, dijo simulando estar desperezándose.
¿Es Vd. La esposa de D. Antonio Céspedes ? Preguntó una voz de hombre. Lamento comunicarle que su marido ha sufrido un accidente mortal.
Camino del hospital, María se desvió hacia el taller mecánico de Alvaro. Se deshicieron del teléfono móvil y contaron varias veces los billetes usados, agrupándolos en montoncitos iguales, hasta que cubrieron totalmente el escritorio. Aún les dio tiempo de hacer el amor sobre ellos antes de iniciar una nueva vida.

















LA MALETA INGLESA
Federico Fayerman
12 de noviembre de 2007

Como todas las noches, mientras caminaba sin prisas hacia su pensión, Mateo entró en una pequeña frutería de la calle Arenal y compró un kilo de naranjas. También se detuvo en el puesto de flores de Merceditas y pidió que le preparasen un ramo de rosas rojas. Después, con todo ello subió muy despacio las escaleras del hostal Aurora en el número 88 de la calle Mayor, hasta encerrarse discretamente, en su habitación. Ese mismo día, Mateo cumplía veintiséis años, aunque aparentaba alguno más por su aspecto desaliñado y sus marcadas ojeras. Siempre vestía unas alpargatas de esparto, unos pantalones de pana beig y una camisa de cuadros arrugada aunque limpia, que él mismo se lavaba en el lavabo de su alcoba.

Desde el mirador observó una gran actividad en la Capitanía General, al otro lado de la calle. Sabía que tal actividad era debida a la celebración, al día siguiente, de la boda del Rey Alfonso XIII y el posterior recorrido de la carroza real hacia Palacio, a lo largo de la calle Mayor, profusamente engalanada para la ocasión.

Parecía como si el verano se hubiera infiltrado en la primavera, pues, un calor inusual para el mes de mayo, le obligaba a mantener de constantemente los balcones abiertos de par en par, desde donde escuchaba con total nitidez las campanas de la Iglesia de Santa María, que aparentaban, al igual que los bulliciosos transeúntes, estar nerviosas ante la inminencia del Real acontecimiento.

Desde que había llegado a la estación de Atocha en el expreso de Barcelona, diez días atrás, con su maleta inglesa, último vestigio de su vida acomodada de antaño, Mateo no había dejado de repasar el plan justiciero que le trajo a Madrid. Para su ideario anarquista, justicia era librar a los españoles de la tiranía y despotismo de la Monarquía reinante, eliminando al Rey y a su familia.

Pese a la total discreción con la que Mateo actuaba, sus pasos eran seguidos por un hombre de complexión fuerte, andar cansino y cigarro apagado entre los labios, que movía de una comisura a la otra sin parar, Era el inspector Ángel Mestanza, de la Policía Secreta. El inspector Mestanza pertenecía a la antigua escuela policial, escuela con pocos medios pero con un empeño especial; el seguir la pista y al sospechoso hasta el infierno si era necesario. Los movimientos de Mateo no hubieran resultado sospechosos en modo alguno sin la información que les había sido facilitada días atrás desde la central de la policía de Barcelona, desde donde les advirtieron del viaje a Madrid del joven anarquista, en vísperas del evento real.
La primera visita del inspector fue a la dueña de la pensión, que le contó la escasa relación de Mateo con el resto de los huéspedes, y sus entradas y salidas casi furtivas de su habitación.

Dos días después de su llegada a Madrid, Mateo, recibió un paquete envuelto en una bandera francesa y remitido desde Paris; paquete que llevó con un especial mimo;--o así al menos se lo pareció al inspector--hasta la pensión donde se alojaba. También le había visto en un par de ocasiones entrar en la taberna de Paco Soriano, conocido republicano y anti-monárquico. Allí, sin embargo, no había podido averiguar nada ya que le conocían y su presencia originaba en todos los parroquianos un mutismo absoluto.

Esa misma noche, víspera del casamiento de los Reyes, el inspector Mestanza se había apostado tras una esquina a dos manzanas del portal número 88 de la calle Mayor, desde donde podía ver las ventanas de la pensión. Sobre las tres de la madrugada observó para que utilizaba Mateo las naranjas que compraba casi a diario; las arrojaba al centro de la calzada una tras otra. Se mantuvo allí toda la noche, no quitó ojo a las ventanas abiertas del cuarto piso sin que nada nuevo sucediera, hasta que a las seis de la mañana pasaron como de costumbre los barrenderos recogiendo la basura acumulada en la calle y entre ella, los restos de las naranjas despachurradas. Entonces se fue a su casa a dormir unas horas.

Era mediodía cuando la comitiva real apareció en la entrada de la calle Mayor a unos trescientos metros de distancia, a la izquierda de la pensión. La carroza, tirada por ocho caballos bayos andaluces avanzaba precedida por la guardia real montada y seguida a cierta distancia por otros coches donde viajaban los miembros de la familia real y los nobles invitados al banquete de bodas. Más atrás, una multitud de niños, la mayoría de ellos harapientos y descalzos, corrían gritando vivas al Rey mientras peleaban por recoger las monedas, que de tanto en tanto, alguien lanzaba desde una carroza.
De acuerdo al plan previsto el inspector Mestanza y cuatro guardias más irrumpieron en la habitación de Mateo. Lo único que se encontraron fue a un mendigo de unos sesenta años, sucio, con el pelo revuelto y unas gafas antiguas con la moldura de metal oxidada, sentado en un taburete de madera frente a la mesa camilla, sobre la que había un plato descascarillado con restos de comida y un jarrón con rosas rojas. Detrás, sobre la mesilla de noche al lado de la cama, otro plato con tres naranjas.

Mientras esto pasaba, Merceditas, la florista de la calle Mayor, se perdía muy a su pesar el espectáculo con el que tanto soñara en los últimos meses; el paso de los reyes recién casados por delante de su puesto de flores. Amordazada y atada al cabecero metálico de su vieja cama, trataba de desatarse ante la mirada irónica de su secuestrador.

En la pensión Aurora, la sorpresa hizo que los cinco policías quedaran paralizados. El primero en reaccionar fue el inspector Mestanza que, rodeando la mesa camilla se acercó a la ventana y asomándose al exterior pudo llegar a tiempo de ver como se abría la pequeña puerta del puesto de flores y salía de él Mateo, vestido con un traje nuevo y una gorra gris. En su mano derecha llevaba un paquete envuelto en papel de estraza que lanzó por encima de la multitud. Al instante una gran explosión sembró la calle Mayor de gritos y de sangre. Mateo desapareció entre el humo y el desconcierto, no sin antes lanzar una mirada a la ventana de su antigua pensión. Una ligera sonrisa se dibujó en su boca cuando sus ojos se encontraron por un instante con los del inspector Mestanza.







EL CIELO DE CRISTAL (El piloto virtual)


Federico Fayerman

15 de abril de 2007




Al encenderse la luz, todo empieza a cobrar vida a mí alrededor. Mi cerebro, si es que tengo, está completamente en blanco. No recuerdo nada de mi pasado. Ni siquiera lo que he hecho el día anterior.

Estoy en una habitación rodeado de monos de piloto, cascos, guantes y de todo tipo de accesorios de automóvil.
Me veo enfundado en un mono rojo y blanco, con guantes y con un casco azul, bien ajustado en mi cabeza. .
Cuando salgo de la habitación me encuentro con un monoplaza de fórmula uno rodeado de una decena de mecánicos atareados en su puesta a punto. Está situado en el último puesto de la parrilla de salida. Su color plata metalizado con franjas rojas laterales destaca sobre el asfalto negro de la pista. En el lateral derecho un nombre, quizás el mío escrito con letras azules: Fernando Alonso.

Unos segundos después los semáforos colgados encima de la recta de salida cambian de rojo a verde y los bólidos que tengo delante arrancan y se alejan de mí rápidamente.

Mi coche empieza a moverse solo, sin que yo se lo haya ordenado y las tribunas laterales empiezan a retroceder cada vez más veloces. Yo sigo sin accionar ningún control del coche, cuando veo aproximarse la curva cerrada de final de recta. El bólido sigue sin obedecer mis órdenes y entra en la curva a excesiva velocidad, El coche derrapa y se sale de la pista, yendo a estrellarse contra un muro de hormigón a más de 300 kms. por hora.

Pocos segundos después estoy sentado en un monoplaza rojo. Mi traje de piloto es muy llamativo: verde fluorescente y amarillo y mi casco es blanco con una cabeza de águila pintada en el frente. Está situado en la última posición de la parrilla de salida y en el lateral del coche pone un nombre, quizás el mío: KIMI y no recuerdo nada de mi pasado, ni siquiera lo que ha ocurrido ese mismo día.
Los semáforos cambian a verde.
Al final de la recta vuelvo a estrellarme, esta vez contra otro coche que se cruza en mi camino.
Levanto la vista
En el cielo, que es de cristal, parpadean las palabras Game Over.















EL DIPLOMA


Federico Fayerman

12 de marzo de 2007



Un solo cuadro decora la pared. Es el diploma de Abogada por la Universidad de Bogotá de Marta María Rojas Pérez.
Frente a él, con la mirada extraviada, Marta llora.
Diario de Marta: 7 de octubre de 2004: Hoy es el día mas feliz de mi vida. Por fin he conseguido la licenciatura de derecho. Después de tantos años de trabajo, de dificultades económicas y de renuncias, lo he conseguido.
Soy la única mujer de mi barrio que tiene un título universitario.
Diario de Marta: 10 de Octubre de 2005: Llevo un año ejerciendo como abogada y salvo algunos casos de oficio no consigo salir adelante.
Diario de Marta: 14 de enero de 2006: La situación es cada vez más difícil. He hablado con un amigo que vive en España y me ha dicho que allí hay trabajo para todos, y más si tienes una carrera universitaria. Estoy pensando seriamente en emigrar.
Diario de Marta: 22 de febrero de 2006: Mi amigo me ha puesto en contacto con una organización que se ocupa de todos los trámites. Si Dios quiere, dentro de 15 días puede que empiece una nueva vida en la tierra prometida. Mi madre está muy triste pero comprende que es lo mejor para todos. He prometido llevarla a España en cuanto pueda.

La habitación está en penumbra. La ventana está abierta de par en par y la persiana verde que la protege está medio bajada. Huele a humedad y el calor que proviene del exterior hace irrespirable el aire.
Como único mobiliario hay una cama y una silla desvencijada. Al fondo, una puerta comunica con el aseo.
Debajo de la cama, hay una maleta pequeña. En su interior solo un diario que Marta dejó de escribir hace ya más de un año, el tiempo que lleva sin salir a la calle.
Marta sigue con la mirada anclada en la pared. Golpean en la puerta. Es el noveno cliente del día y solo son las seis de la tarde. Marta se quita la bata y desnuda se tumba una vez más en la cama con los ojos cerrados. A este ritmo pronto podrá comprar su libertad.





EL LADRON DE TUMBAS Y LA ETT

Federico Fayerman
19 de febrero de 2007

..Ramsi, cariño --exclamó Nefertari, --esto no puede seguir así.
--Que ocurre?, --respondió Ramsés II --mientras descendía del trono móvil que le traía de la cantera de granito, donde había elegido unas piedras para su futura tumba. Ayudado por dos esclavos nubios , recién llegados a Tebas en patera por el Nilo, vía Napata, intentó prestar atención a su esposa, pese a que se estaba meando vivo desde hacía 4.000 khets.
--Ya es la segunda vez en este mes que nos quedamos sin doncella. A este paso el templo de Amón va a tener que cerrar la formación de jóvenes para el servicio doméstico.
--Nefer, cielo, ya nadie quiere fregar la cerámica en las orillas del Nilo., Mira, solo esta semana los cocodrilos se han comido 3 doncellas, 2 camareros, 12 lavanderas y 6 pinches de cocina. Ahora, con la guerra contra los Hititas lo que interesa es formarse como embalsamador, que trabajo no falta y puedes conseguir plaza fija en la casa de los muertos. Tienes sueldo fijo y además te puedes llevar lo que sobre para el babuino.
Nefertari asintió apretando los labios y moviendo la barbilla arriba y abajo, imitando al perrito momificado que llevaban en la parte trasera del carro y que habían puesto de moda los Libios durante la última invasión.
Ramsés se tumbó de medio lado mientras le servían cerveza aguada en su jarra de oro favorita, uno de los regalos del rey de los pueblos del mar, cuando un año antes el ejército egipcio, bajo el mando del general Horenheb casi los borró del mapa. Además de la jarra, los vencedores se trajeron 10 barcos repletos de oro, plata, turquesas y lapislázuli, tres mil esclavos, 400 carros de combate y armas de hierro, o sea de las buenas, a tutiplén.
De repente sonaron gritos, seguidos de un gran alboroto.--¡ Por el defenestrado Atón,--rugió Ramsés!, --¿que pasa ahí afuera?. --Faraón --contestó un eunuco llamado Sinhué que había salido a dar un garbeo al gatito persa de la Reina. --Acaban de capturar a un ladrón de tumbas que tenía 14 órdenes de busca y captura y lo traen ante vuestra divinidad para que lo juzguéis, ya que los jueces están de huelga desde la última crecida del Nilo. Esos gritos que oís son de apoyo al ladrón, pues el pueblo está un poco hasta los huevos que se juzgue solo a los pobres y no se combata el fraude urbanístico, como por ejemplo el llevado a cabo por el visir Canopez en los terrenos del Valle de los Reyes. Hay que ver los precios que se manejan desde que dejaron de enterrar a los faraones en mastabas y pirámides.
La primera intención de Ramsés fue ordenar que le cortasen los huevos al eunuco por insolente, pero obviamente se lo pensó mejor y optó por otra solución: Le nombró asesor real para asuntos íntimos, pues vio en él algo que le gustó muchísimo: unos ojos azules preciosos y unos labios carnosos y sensuales.
Captha, que así se llamaba el ladrón, era un sumerio sin papiros y con la ropa llena de polvo como correspondía a un profanador de tumbas. Cayó arrodillado a los pies del dios viviente y suplicó clemencia.--Tengo 12 hijos, 4 esposas y 3 suegras (dos de sus esposas eran hermanas), una hipoteca de 100 dbn de trigo con redondeo al alza y he sido mas buscado que los pedazos de osiris.

--Por el AMON de dios! --exclamó Ramsés, --este pobre hombre necesita urgentemente ayuda. --Ordeno crear una O.N.G. de apoyo a los emigrantes, que se llamará SUMERIOS SIN FRONTERAS. Asimismo implanto un nuevo impuesto de 3 dbn de grano que ira de momento a los depósitos del templo de Horus. A ti Captha, te voy a dar un empleo: Pasarás a formar parte del servicio doméstico de la Reina en la cocina, fregarás los cacharros en el Nilo, en el llamado remanso de los cocodrilos.
Nefertari soltó todo el aire de sus pulmones en un gesto de alivio, sonrió y pensó: --Querido Ramsi, acabas de montar la primera empresa de trabajo temporal--.




EL SEUDÓNIMO


Federico Fayerman
4 de febrero de 2008


Al despertar aquella mañana, Sebastián Llanera descubrió que había recobrado la memoria.
Se levantó con la misma dificultad que había tenido dos años atrás en el hospital, cuando los médicos le quitaron las escayolas y las sondas que cubrían una gran parte de su cuerpo.
Estaba solo en su casa. Recalentó el café del puchero, lo vertió en un descascarillado tazón y se lo bebió a grandes sorbos. Mientras se afeitaba delante del espejo no pudo reconocer su propia cara. Se vistió y salió a la calle. El intenso frío le hizo recordar aquel otro desapacible y desgraciado día de un mes de Febrero, cuando, en compañía de Berta, su esposa, se dirigía al Hotel Emperador a recoger el premio literario que le habían concedido por su última novela.
Sebastián Llanera había perseguido el reconocimiento a su trabajo de escritor desde muchos años atrás. Tantos como querían indicar las canas que poblaban su escasa cabellera. Pero pese a su intensa entrega, acumulaba fracaso tras fracaso.
En aquella ocasión intentó romper la maldición y presentó la novela con un nuevo seudónimo, creyendo que de esa manera cambiaría su suerte. Y acertó, pues el premio del jurado recayó en Ricardo Luna, alias con el que había firmado la novela premiada.
Sin embargo, ahora volvía a recordar que antes, no todo habían sido desgracias en su vida; Berta era la mujer más hermosa que jamás había conocido, mucho más joven y vital que él. Cuando ella aceptó casarse se prometió a si mismo convertirla, costase lo que costase, en la mujer de un escritor de éxito.
Pasaron los años sin que Sebastián pudiera cumplir su promesa. Sentado ante aquella vieja mesa camilla, en un rincón del destartalado cuarto de estar, Sebastián aguantaba los reproches constantes de Berta. Él los entendía. Seguían viviendo en aquella miserable casa de alquiler, en las afueras y las dificultades económicas habían superado en mucho el aguante de ella. Por eso, el anuncio de su premio literario le había devuelto la expectativa de comenzar una nueva vida a su lado, y sobre todo de poder ofrecerle todo aquello que, un día, le prometiera.
Su último recuerdo era aquel coche que, camino del hotel Emperador, le mandó al hospital y le privó de recoger su premio. Ahora, dos años después, iba recorriendo aquel mismo camino, despacio, esforzándose en recordar todo su pasado. Necesitaba conocer la razón de su soledad presente. Se detuvo en el kiosco para comprar el periódico. Una revista de actualidad le llamó poderosamente la atención. En ella, aparecían retratados Berta y él mismo, abrazados y visiblemente felices, jugando con un cachorro de labrador en el jardín de una lujosa mansión. El titular, en grandes caracteres rojos explicaba la escena.
“ EL GRAN ESCRITOR RICARDO LUNA, Y SU MUJER BERTA ESTRENAN CASA”.



















Este relato está inspirado en una historia que me contó mi padre cuando era un niño. No sé si se trata de una narración de Poe u otro escritor o si fue una noticia aparecida en los diarios de la época. De cualquier forma no es mi intención apropiarme de su autoría.

EL TREN CORREO
Federico Fayerman
5 de enero de 2007

Durante todo el día, el tren correo fue dejando su carga por los pueblos manchegos y por los de Andalucía, en su lento y mil veces interrumpido caminar, hasta llegar a su fin de trayecto, Andujar. Son las dos de la madrugada del día 30 de Noviembre de 1943. Todas las mercancías del vagón principal entre las que se encuentra un ataúd negro y la saca con la paga de los empleados, son descargadas en el almacén-oficina de Tomás Ibáñez, el Jefe de Estación.
Tomás, un hombre de duras facciones y fuerte envergadura, coloca la saca del dinero en la caja fuerte de su despacho, cierra la puerta de la oficina con llave y se sienta delante de su escritorio para redactar el parte del día, tarea que le llevará al menos un par de horas. Aquella noche tiene guardia y ha decidido relajarse. Coge un periódico del paquete recién llegado y comienza a hojearlo.

A esa misma hora, Ramiro Ramos sigue trabajando en su despacho de la estación de Mediodía de Madrid. Aunque aquel día cumple 60 años de edad y más de 30 en el ferrocarril, sigue siendo incapaz de irse a su casa hasta no haber comprobado y cerrado los inventarios de carga de los trenes-correo que parten diariamente de esa estación. Quizás su condición de viudo reciente le hace refugiarse aún más en su trabajo y huir de la soledad del hogar. En los últimos meses ha adelgazado mucho, tanto que sus compañeros le han recomendado visitar al médico de la empresa pues ven como se deteriora su salud, otrora de hierro.
El último impreso y se acabó por hoy. Fija sus enrojecidos ojos en la lista: bicicleta Thoman azul, peso 9 kg, destino Manzanares; Silla madera nogal, peso 5 kg, destino Santa Elena; ataúd negro, peso 120 kg., destino Andújar. Es el segundo ataúd de esta semana, recuerda.

Sigue leyendo: valija, peso 10 kg; esta es la paga de los empleados, piensa. A la derecha de la máquina de escribir un periódico abierto por la página de sucesos le llama la atención; Un conocido y peligroso ladrón, recién fugado de la cárcel, ha sido visto en los alrededores de la estación de Mediodía de Madrid, donde se ha vuelto a perder su pista.

Ramiro acaba su trabajo y después de cerrar la tapa corredera de su bureau, sale del despacho apagando una por una las luces según se dirige a la puerta de salida. Como siempre es el último en abandonar el trabajo.

En la estación de Andujar, Tomás Ibáñez nota sus parpados muy pesados y sin poderlo evitar apoya la cabeza sobre la escribanía y se queda dormido. Tras él, en el almacén, solo el reflejo lejano del flexo del escritorio atraviesa tenuemente la oscuridad que envuelve un sinfín de paquetes, bultos de formas dispares y al ataúd recién llegado.

Ramiro Ramos sale a la calle y la recorre con la mirada de derecha a izquierda en busca de un taxi. A esas horas reconoce que es muy difícil encontrar uno, así que decide como tantas otras veces caminar hasta su casa. Se sube el cuello del abrigo hasta las orejas y hunde las manos en los bolsillos. Con la mirada fija en el suelo adoquinado fabrica vaho expulsando aire caliente de su boca, lo que le convierte en un hombre-máquina de vapor. Siempre pensando en lo mismo, se dice.

El sereno le sale al encuentro y le saluda cordialmente buscando la propina. Como siempre, echan una parrafada en el portal antes de despedirse.
Ramiro no ha cenado. No lo hace casi ningún día desde que Emilia cogió el tren hacia la eternidad. Su único hijo se casó con una portuguesa hace un año y se fue a vivir a Portugal, concretamente a Lisboa, desde donde le escribe a menudo. Este año le ha prometido venir a Madrid para que conozca a su nieto recién nacido.
Se prepara un café y se sienta en una silla de la cocina a tomárselo. Pone la radio pero hace tanto ruido de interferencias que la apaga enseguida. Aflojándose el nudo de la corbata se dirige a su dormitorio, frió y vació como de costumbre.
En el pasillo sigue pensando en el trabajo que le espera el día siguiente., el trabajo rutinario que le ha convertido en un hombre rutinario. Estaría curioso que mañana transportáramos otro ataúd. Ya serían tres en tres días seguidos.
Entonces se para y enarca las cejas. Recuerda: ataúd negro, peso 120 kilos destino…., peso 120 kilos!.
Ramiro se pone el abrigo y sale apresuradamente de su casa. Milagrosamente pasa un taxi en ese momento por delante del portal y se sube a él. A la estación de Mediodía por favor, indica al conductor.

En la oficina del jefe de estación de Andujar, Tomás Ibáñez sigue dormitando. Detrás de él, el ataúd parece cobrar vida.


Señorita por favor, necesito urgentemente una conferencia con Andujar. Con la estación del ferrocarril. Es muy urgente. Ramiro cuelga el auricular y pasea arriba y abajo por el despacho. Señorita por favor, necesito esa conferencia ya, le repito que es muy urgente. Lo siento, le responde la telefonista, tenemos una avería en la línea y no se podrá restablecer el servicio hasta dentro de unas horas, según me indican. Se está haciendo todo lo posible por subsanar este fallo.

Ramiro Ramos se dirige a la oficina de comunicaciones de la Central y se sienta delante del Telégrafo. Apoyando la palma de la mano derecha en el pulsador comienza a transmitir.

En la estación de Andujar, el receptor de código Morse empieza a emitir una serie continua de sonidos cortos y largos.. Tomás escucha como en sueños la transmisión y traduce mentalmente el mensaje que llega.

¡¡¡ Cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd!!!

Ibáñez se despierta sobresaltado, levanta la vista hacia el espejo que se encuentra en la pared sobre el escritorio y ve reflejada la figura de un hombre corpulento, con una pistola en la mano, avanzando hacia él. Detrás del hombre, el ataúd abierto.

Como impulsado por un resorte abre el cajón, saca una pistola y dispara tres veces. Mientras cae al suelo oye el espejo romperse en mil pedazos. Después, todo se detiene.
Cierra los ojos y escucha. El ruido de un cuerpo al caer sobre la tarima le certifica que ha alcanzado el blanco. Se incorpora y contempla al hombre tendido boca abajo sobre un charco de sangre. Lo voltea ayudándose de un pie y comprueba que está muerto.
En una esquina del despacho, el telégrafo sigue insistiendo:¡¡¡ cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd; ¡!!

Al día siguiente, en las oficinas de la estación de Mediodía solo se habla del frustrado robo a la valija del dinero del tren correo de Andujar gracias a la valentía de Tomás Ibáñez y a la oportuna intervención del jefe de expediciones Don Ramiro Ramos Rojas.







ESTA LANA DE MI JERSEY AZUL

Federico y Ana Fayerman Martinez
15 de marzo de 2008

Sé que te pasas mucho tiempo pensando, callada, mirando al infinito y que tus ojos se han vuelto tristes de tanta soledad. Lo sé, aunque no pueda penetrar en tus pensamientos ni en las emociones que fluyen a través del rocío de tus lágrimas. Seguramente ahora estás pensando en tu madre, porque has dejado la costura a un lado, has levantado la vista y has dicho --¿Mamá tienes hilo blanco de hilvanar?- Como últimamente sueles hacer (malditas rodillas) te levantas despacio del sofá, ese sofá que has decidido por fin cambiar por otro nuevo mas moderno, ese sofá y el resto de los muebles del salón que te acompañan desde hace mas de veinte años. Ahora quieres cambiar el salón y algunas otras cosas de tu vida aunque sabes que ya no es posible. Otras no las cambiarías por nada en el mundo. Tus sentimientos tampoco los podrás cambiar. Y eso solo lo sabes tú.
Caminas hasta la entrada. A la derecha de la puerta está la máquina de coser. Una Wertheim muy antigua, tan antigua que para coser tienes que pisar un gran pedal metálico y ayudarte en ocasiones con la mano para girar la rueda que hace subir y bajar la aguja. La vieja máquina de coser de tu madre que se ha convertido en un estático intermediario entre el cielo y tú. Abres el cajoncito largo de la izquierda y rebuscas en el interior. Como esperabas, el hilo blanco de hilvanar está allí. Allí está desde hace tantos años que tú no puedes recordar. Está como todo lo que le pides a tu madre cuando estás cosiendo. Todo lo que tú recuerdas de niña lo tenía tu madre en el cajón de la máquina. -¿Mamá tienes hilo de coser rojo?--: lo tiene; que el hilo tiene que ser verde, o blanco o de cualquier color: lo tiene.¿Mamá tienes una aguja, unos alfileres, un dedal, unas tijeras, incluso un lápiz?, pues también lo tiene. Hace unos días, rebuscando en él, encontraste un pequeño ovillo de lana azul que tenía un papelito clavado con un alfiler. El papelito decía: “esta lana es de mi jersey azul”. Ese día comprobaste que es posible reír y llorar al mismo tiempo.
Pero ahora estás delante del escritorio viajero. Supongo que tú lo llamarás así, porque viajes ha hecho un montón. ¿Recuerdas cuando Vicente, el novio de tu hermana Caty lo compró en mil novecientos sesenta, poco antes de casarse? Lo usó para estudiar su carrera de Perito Agrícola. Cuando terminó los estudios le destinaron a Valencia y allí se fueron los tres (ya había nacido tu primer sobrino). El escritorio viajó hasta un altillo situado sobre el despacho que tu padre tenía en su fábrica. Allí durmió casi veinte años y tú lo recuperaste para el estanco que acababas de abrir. Durante otros veintitantos años sirvió para soportar el pequeño ordenador y los papeles del negocio. Nunca en esos años bajaste su tapa corredera, pero cuando vendiste el estanco y pensaste en llevarte el escritorio a tu casa para restaurarlo, lo cerraste. Lo cerraste con papeles importante dentro. Y claro, ahora necesitas esos papeles pero no tienes la llave. ¿Cómo vas a tener la llave de un escritorio que lleva dando tumbos desde hace cincuenta años y que además siempre estuvo abierto? Entonces solo se te ocurre una solución infalible:
--Mamá, ¿tienes la llave del escritorio de Vicente?—
(Para Mari Carmen, mi hermana pequeña. Como me lo contó ella.)















GARDENIA ORTIZ Y EL CASO DE LA FUNERARIA

Federico Fayerman
25 de enero de 2008


Apenas llevaba recorridos dos kilómetros, cuando el zumbido del busca interrumpió su sesión de footing mañanero. Gardenia, sin dejar de correr regresó a su casa.
Kira, su Coker, esperaba impaciente en el jardín. El constante sonido del teléfono la ponía muy nerviosa.
--Gardenia, soy Marga, hay un 112 en la calle Heredia número 9. Siento despertarte a estas horas pero el jefe me ha pedido que te llamara ya.
-No hay problema Marga, estaba levantada. Me ducho y voy para allá, respondió Gardenia, a la vez que se deshacía de la camiseta mojada. Unas gotas de sudor transparentes se deslizaban por su cuerpo bronceado.
Gardenia llevaba 12 años en la Brigada de Investigación Criminal y aquel, si no pasaba nada especial iba a ser su primer caso en solitario. No exactamente en solitario, parecía quejarse Kira con su mirada y su lengua fuera, desde el asiento del copiloto.
La detective Gardenia Ortiz aparcó el Seat Ibiza en la entrada de coches de la funeraria. --Funeraria La Esperanza-- rezaba el luminoso. Kira se quedó en el coche.
Dentro, cuatro personas la esperaban sentadas en las sillas de la sala de espera y otra en el suelo. Ésta con una pistola en la mano derecha y un agujero en la sien del mismo lado. Alrededor del cuerpo inmóvil manchas de sangre seca. --Hace seis horas más o menos que murió--- afirmó el ayudante del forense mientras tomaba huellas en la pistola.
La primera en prestar declaración fue Amanda. Es la secretaria de Tomás Castro, el dueño de la funeraria:
--Llegué a las ocho y media esta mañana y me resultó muy extraño que el sr. Castro, que se había quedado esta noche de guardia no abriera la puerta cuando llamé al timbre. Lo intenté con el móvil pero tampoco contestó. Entonces telefoneé a Esperanza su mujer, que con él .son las dos únicas personas que tienen llave de la funeraria.
--Serían las 9 más o menos cuando llegué a la empresa, intervino Esperanza. Traté de abrir la puerta pero no pude. Avisé a un cerrajero que después de forzarla encontró la causa del problema: La llave de Tomás estaba colocada en la cerradura por dentro, lo que impedía la apertura desde fuera. Entonces encontramos el cadáver de mi marido en el suelo de su despacho.
--¿Ha echado en falta alguna cosa o visto algo que le llame la atención?— inquirió Gardenia.
--Si, el cuadro que está en el suelo apoyado en la pared detrás del escritorio es el que usa Tomás para esconder la caja fuerte. Raramente se olvidaba de ponerlo después de cerrarla--.
--¿Tiene Vd. llave de la caja?, preguntó Gardenia
--Sí
--Por favor, ábrala sin tocarla y dígame si cree que está todo en orden.
--Falta mi joyero y el dinero que cobramos ayer de un cliente. Solo quedan los talonarios y algunos documentos--.
Este descubrimiento cambió la investigación. Gardenia partía de la hipótesis de un suicidio al ver que Tomás había pasado la noche solo y que la posición de las llaves en la puerta parecían descartar un crimen. Nadie podía haber entrado y lo que era más concluyente nadie podía haber salido después de cometerlo.
--Ayer por la tarde, siguió Esperanza, después de hacernos unas fotografías toda la plantilla en la puerta de la funeraria nos fuimos a cenar a un restaurante al otro lado de la ciudad. Fuimos todos menos Ricardo que tuvo que quedarse de guardia. Estuvimos celebrando el treinta aniversario de la empresa.
--¿Que hicieron después de la cena, preguntó Gardenia?
--Yo me fui directamente a mi casa, contestó Amanda. El portero de la finca puede corroborarlo--.
--Yo también me fui a casa, dijo Agapito, el chofer de los coches fúnebres. Antes de subir, estuve tomando unas copas en el Pub London hasta las tres de la mañana--.
--Yo me fui a dormir a casa de mi hija, informó Esperanza. No quería pasar la noche sola en casa.
--¿Y Vd. Sr. López, que hizo esta noche?;
--Ricardo López--, interviene Esperanza--, es el Administrativo y contable de la empresa. Vive justo encima de la funeraria.
--Yo me quedé como ya sabe haciendo guardia ayer por la tarde. Me entretuve imprimiendo las fotografías que nos hicimos, para enmarcarlas y colocarlas en la entrada, al lado de las que conmemoran los diez y los veinte años de la empresa. A eso de las doce de la noche volvió el Sr. Castro a relevarme. Entonces subí a mi piso a cenar y dormir.
La detective Gardenia Ortiz, aprovechó mientras el juez, que acababa de llegar, ordenaba levantar el cadáver, para recorrer todo el recinto de la funeraria, parándose un buen rato delante del ataúd vacío que estaba expuesto en el velatorio. Después estuvo registrando el despacho y examinando las fotografías impresas por Ricardo López.
Gardenia Ortiz salió a la calle y regresó dos minutos después con Kira. La llevó al velatorio y la hizo olfatear el interior del ataud. Después la puso delante de los cuatro empleados. Kira los olfateó y se encaramó sobre Ricardo López.
--Sr. López--, dijo Gardenia Ortiz dirigiéndose a Ricardo: --Queda detenido como sospechoso del robo y del asesinato de Tomás Castro--.
--Es un error, contestó Ricardo, yo no he hecho nada. Vd. no tiene ninguna prueba contra mí--.
--Cuando el Sr. Castro vino a relevarle anoche--, explicó la detective--, Vd. no se fue a su casa, si no que se escondió en el féretro, según prueba el olfato de Kira. Previamente había desactivado las cámaras de videograbación de seguridad. A eso de las dos de la mañana salió de su escondite y amenazó a Tomás con la pistola que le había sustraído de su escritorio la tarde antes. Le obligó a abrir la caja fuerte y después le mató. Colocó la llave en la cerradura por dentro para hacer creer en un suicidio y se volvió a esconder en el ataúd. Aprovechando el revuelo que se formó al descubrir Amanda y Esperanza el cadáver, salió y fingió entrar en la funeraria.
--El asesino, en este caso Vd. tuvo que permanecer por fuerza en el interior de la funeraria y por ello no tuvo ocasión de cambiarse de ropa como han hecho el resto de sus compañeros. La fotografía de ayer lo delata, Sr. López.












GUAU, GUAU (Os quiero mucho)

Federico Fayerman
26 de noviembre de 2006

Aquel trigal, invadido por enormes monstruos de cabeza ancha y giratoria, impedía su visión, y eso que ella, Senda, era una perra pastor alemán de buen tamaño. Por eso tenía puestos todos sus sentidos en orientarse a través de esa jungla asfixiante
Estaba anocheciendo, eso si podía verlo a través de las crestas de trigo, que formando olas al viento, dejaban pasar olores característicos del campo en plena siega. También el crepúsculo tenía su propio olor a trigo fresco, que se mezclaba con el de la tierra seca, que distaba apenas veinte centímetros de su hocico.
Cuando salió de aquel gigantesco cepillo laberíntico, observó como su sombra, mas negra que su propio pelo negro rojizo, había adelgazado y se había alargado Eso le recordó los días que llevaba sin comer.
Mientras pateaba una empinada y embriagada carretera, surcada de vez en cuando por parejas de luces que la deslumbraban, recordó cuando también a la luz de la luna jugaba al escondite con sus amos - Enrique, su mujer Luisa y sus hijas Bea y Laura- en el jardín de su casa. Salía a buscarlos siempre al lugar donde los había encontrado la última vez y cuando los hallaba se volvía loca de alegría y volvía otra vez dentro de la casa a esperar que la llamarán cuando ellos se hubieran escondido de nuevo, aprovechando las sombras de las encinas o de los setos de aligustre.
Estos pensamientos la llevaron a olvidar el cansancio que se acumulaba por momentos en todo su magullado cuerpo y cuando el sol empezó a salpicar su deslucido lomo se apartó del camino y buscó algún lugar donde refrescarse y lavarse las heridas que cubrían su cuerpo, para poder continuar su camino, pues en su cerebro no existía otra idea que no fuera la de seguir avanzando
Ahora eran unos prados secos, guardados por altas vallas construidas con piedras de musgo, los obstáculos que tuvo que salvar para alcanzar otra carretera que transcurría de norte a sur.
Un viejo toro negro la observó con curiosidad levantando lentamente la cabeza del terreno agrietado donde intentaba encontrar un poco de hierba que llevarse a la boca, y eso volvió a sumirla en recuerdos queridos y añorados. Se encontraba otra vez en el jardín de su casa y acababa de recibir un baño en toda regla, lavado, marcado y peinado, que le había devuelto el brillo a su pelo y la alegría de correr por la hierba sacudiéndose el agua mientras todos huían del chaparrón. Entonces aparecía su amo con una toalla en las manos y durante un largo rato ambos realizaban giros y movimientos, que trataban de imitar el noble arte de Cúchares entre las risas de toda la familia y el estupor de algún vecino, que no podía creerse lo que estaba viendo. Entre capotazo y capotazo los olés estallaban y ella se iba secando poco a poco hasta que quedaba rendida y se tumbaba en el césped mientras las niñas la abrazaban.
Día tras día siguió su camino, atravesando pueblos, huyendo de los automóviles y recordando su vida pasada: Aquel día en que defendió a su amo del ataque de otro perro o cuando mantenía largas conversaciones con él a base de GUAUS que estaba segura eran entendidos. En definitiva, catorce años de convivencia con aquella familia, que la había rescatado cuando tenía 7 meses de su primer dueño que la educó a golpes. Una convivencia que se había truncado en aquel maldito accidente de tráfico a más de quinientos kilómetros de casa.
Sabía que nadie la esperaba allí, pero juró para sus adentros, que aunque le costara cien años, encontraría el camino de vuelta a su hogar y hallaría el lugar donde por fin descansaría sobre la larga y aplastada sombra de un ciprés, al lado de sus queridos amos, para siempre.









HABIA UNA VEZ, UN CIRCO.
Federico Fayerman
7 de marzo de 2008

¡Que niño más guapo! dijeron todas las vecinas cuando me vieron por primera vez en los brazos de mi madre. Me contó mi padre.
Y durante los cinco años siguientes no hubo vez en que al cruzarme con alguna de ellas no alabaran mi belleza y no me decoraran la cara con carmín.
Al cumplir los cinco años, y como regalo de aniversario, mi padre me llevó al circo. Nos sentamos en lo más alto de la grada que recuerdo como suspendida en el aire y desde aquella altura descubrí que quería ser artista cuando fuera mayor. Artista de circo.
Crecí siendo muy guapo (También me lo contó mi padre). Posiblemente el niño más guapo del mundo. No lo decía solo él. Todas las vecinas seguían diciéndolo. Todas me querían para casarme con sus hijas cuando creciéramos.
El día que cumplí los doce años llegó a mi ciudad el Circo Americano y mi padre volvió a llevarme. Sentado de nuevo en la grada, recordé haber decidido que cuando fuera mayor iba a ser artista. Artista de circo. Y a partir de ese momento me puse manos a la obra.
Empecé a coleccionar todo lo que se relacionaba con el espectáculo circense. Postales de domadores famosos, de payasos, de animales salvajes. Estudié la historia del circo. Memoricé los nombres de los más famosos artistas así como sus números más célebres; Incluso me fabriqué un látigo con una correa vieja de mi padre y andaba todo el día detrás de mi perro Dof tratando de domarle. Desistí de ser domador cuando Dof, harto de mis persecuciones me dio un mordisco en el culo que me quitó de golpe un buen tanto por ciento de mi artística vocación. Reflexioné en cómo sería el mordisco de un león o de un tigre comparado con el de un perro.
Pero aún podía ser hombre-bala, pensé. Convencí a mi madre para que me confeccionara un traje de colores vivos, muy ceñido al cuerpo, al que añadí un casco de vikingo que me habían echado los reyes el año anterior y al que extirpé los cuernos. Para ensayar me hice lanzar al aire por varios amigos del barrio, con tan mala suerte que en lugar de caer en el montón de arena que habíamos dispuesto, fui a caer directamente sobre el empedrado rompiéndome un brazo. Ante este resultado borré de mi lista la pretensión de convertirme en hombre-bala.
¡Cada día es más guapo! Ya no solo lo decía mi madre y las vecinas sino todas las mujeres que me conocían. Será artista de cine. Y sí, yo quería ser artista, pero artista de circo.
Ya tenía dieciocho años y seguía intentando elegir un arte circense que se adaptara a mis características. Probé a ser malabarista. Al principio la cosa no se dio mal. Era capaz de mover en el aire tres pelotitas de goma pero temí que aquello no fuera suficiente para triunfar, así que inventé un número original con platos y tazas de porcelana. Mi madre se enteró justo el mismo día en que terminé con la última pieza de la vajilla. Me hizo prometerle que olvidaría el circo (por supuesto crucé los dedos en mi espalda). Yo a la vez me prometí a mí mismo que le regalaría una vajilla nueva con mi primer sueldo de artista. De artista de circo, claro.
Mi siguiente paso en la búsqueda de mi anhelada vocación me llevó a pintarme la cara, ponerme una pelota de pin-pon agujereada en la punta de la nariz y delante de un espejo contar chistes y hacer muecas grotescas. El público que seguía mis actuaciones, es decir mis hermanos pequeños me convencieron de que abandonara, pues según ellos, tenía menos gracia que una almorrana.
Tan obsesionado estaba con hacerme artista, que dejé pasar los años sin desarrollar ninguna profesión ni, pese a estar muy solicitado por las mujeres encontrar novia y casarme como hicieron casi todos mis amigos.
Fue al cumplir los treinta años y ojeando una revista antigua de circo cuando descubrí por fin cual iba a ser el arte circense al que estaba abocado. A escondidas de mis padres empecé a hormonarme y cuando tuve un buen par de tetas me dejé crecer el pelo hasta conseguir una larga melena rubia y también me dejé crecer la barba un palmo aproximadamente. Con mi cuerpo depilado, un poco de maquillaje y lo guapo que era no tuve problema para cumplir mi sueño. Trabajar en un circo. De mujer barbuda.





HISTORIAS DE ANTIOQUIA

2.- El duende Rojo de Antioquia

Federico Fayerman
2 de marzo de 2008


Dos años después de los sucesos de Abejorral, cuando mi hermano Simón perdió, a manos de una bruja, primero la razón y después la vida, recibí una llamada de mi prima Mari Cris, Madre Superiora del Convento de las Dominicas de Medellín. Solicitaba mi ayuda para resolver ciertos asuntos burocráticos del internado.
.Allí me presenté pocos días después, alegre y preparada a colaborar con Mari Cris, a quien no veía desde hacía 3 años. Como enseguida sabréis, mi alegría duró poco y el responsable no fue otro que el llamado Duende Rojo de Antioquia.
Tras presentarme en el claustro a la comunidad y reponer fuerzas en el refectorio, me adjudicaron la única celda libre del convento. En realidad era una celda que nadie quería ocupar. La causa de este miedo venía provocada parece ser, por una serie de acontecimientos que tenían lugar, desde hacía varios años en el ala este del convento, zona donde se ubicaba la cilla, las cocinas, y esa celda, que en tiempos fue ocupada por Fray Celestino, sacerdote encargado de oficiar las misas, y que murió completamente loco, sin que nadie supiera nunca la razón de tal enajenación.
Intenté no dar crédito a las leyendas que circulaban sobre el duende de Antioquia, enano vestido de rojo, tocado con un gorro de igual color y que dedicaba su tiempo a molestar y asustar a la gente cambiando de sitio las cosas, provocando ruidos y alterando el sueño de la persona que elegía para sus fechorías. Los hechos que relato a continuación me convencieron de que el Duende se había aposentado en dicha celda con propósito de continuidad.
Mi primera noche la pasé en blanco, pues nada más apagar la luz empecé a oír arrastrar cadenas por el suelo, ruido de pasos, abrir y cerrar portones e incluso escuché una risa maquiavélica que rebotaba en las cuatro paredes de mi celda.
La noche siguiente, nada más quedarse en silencio el convento, los hechos volvieron a repetirse. Noté que la cama se movía y que al instante el techo se derrumbaba. Me incorporé y encendí la luz. Esperaba encontrarme sepultada bajo los escombros. Sin embargo el techo estaba en su sitio y yo no tenía ni un solo rasguño. Mi cama se encontraba cruzada delante de la puerta. Entonces, la risa histérica del duende volvió a invadir el pequeño cuarto.
Por la mañana, durante el desayuno le conté todo a Mari Cris. No se extrañó, ya que conocía que, desde hacía varios meses, venían ocurriendo cosas extrañas en el convento. Entró en nuestra conversación la hermana Benigna, la monja más joven, recién llegada desde Santa Marta. Dijo conocer el remedio para alejar al Duende y acto seguido se puso en contacto con una religiosa de su antiguo convento, que resultó de gran ayuda para todas nosotras y en especial para mí, que ya estaba pensando en abandonar el lugar y volver a mi casa en Abejorral.
Así pues me asignaron la misión de ir a recoger el pergamino original donde aparecía manuscrita una oración que ahuyentaba a los duendes, siendo esta, según dijo la hermana Benigna, también efectiva aunque en menor grado contra brujas y demonios.
Tras un accidentado viaje en autobús por la Pan-Americana, llegué a Santa Marta. Mis planes eran regresar al día siguiente a Medellín pero me encontré con un inesperado problema. La Madre Aurora, poseedora del pergamino había sido trasladada urgentemente a un Hospital en Barranquilla, aquejada de un mal desconocido.
Me alojé esa noche en el dormitorio de legos del convento y a la mañana siguiente cogí el autobús con dirección a Cartagena y bajé en Barranquilla hacia el mediodía. En el hospital, la Madre Aurora me informó que había vendido por treinta pesos el pergamino a un hombre que dijo necesitarlo para curar a su hijo de diez años, que se estaba volviendo loco. Estos ataques de locura le ocurrían siempre que iba a clase de religión en el colegio. Poco después de haber hablado conmigo la madre Aurora cayó en un coma profundo del que, parece ser, no volvió a salir jamás.
Volví a viajar, esta vez en expreso a Bucaramanga, en la provincia de Santander donde esperaba encontrar por fin el pergamino, pero al llegar a la dirección que me había facilitado la Madre Aurora me encontré con el entierro del niño saliendo de la casa y dirigiéndose al cementerio entre sollozos y lamentos de sus familiares.
Al día siguiente, estando el padre del difunto algo más sereno pude conversar con él y me narró lo sucedido. Parece ser que para intentar frenar la locura que perseguía a su hijo, el cura había pretendido hacer un exorcismo en la iglesia, regando al pobre chiquillo con agua milagrosa. Súbitamente apareció un perro negro enorme y atacó al muchacho mordiéndole en la yugular y causándole la muerte. Según los presentes se trataba del mismísimo demonio, que ante la posibilidad de que su posesión sobre el niño quedara anulada por el exorcismo decidió matarlo. Al poco llegó el padre con la oración, pero ya nada pudo hacer por su hijo.
Senén, que así se llamaba el afligido progenitor me vendió el pergamino por cincuenta pesos, deseándome que éste solucionara el problema que afectaba al convento de las Dominicas.
Tres días después, llegué por fin a Medellín y me dirigí rápidamente al convento donde las hermanas y la Madre Superiora me esperaban con ansiedad, ya que el duende se estaba manifestando desde mi partida con gran saña. Reunidas en el locutorio, aprendimos de memoria la oración y la rezamos a todas horas. Quince días después la invocación surtió efecto y el Duende Rojo desapareció.
Durante los dos meses que pasé ayudando a Mari Cris no volvió a molestarme.
Cuando nos despedimos, la hermana Benigna me dijo que si vendía la oración a otra persona que la necesitara, lo hiciera a mayor precio que el que yo había pagado por ella y entregara la diferencia a los pobres.

Así ocurrió, pero eso forma parte de otra historia.













HISTORIAS DE ANTIOQUIA

1-Las brujas de Abejorral

Federico Fayerman
20 de marzo de 2007

El regreso de mi hermano Simón de Venezuela, después de trabajar allí durante 5 años en los yacimientos petrolíferos del lago Maracaibo, constituyó una gran alegría para toda la familia, ajenos como estábamos a las consecuencias que tal regreso nos ocasionaría.
Como supongo conocéis ya, mi país Colombia, ha sido siempre cuna de leyendas y enigmas como El Dorado en la época de la colonización española. Sin embargo, lo que voy a relatar a continuación no es fruto de locuras ni alucinaciones provocados por la coca y sí por los hechos que acontecieron hace no más de 10 años en mi pueblo natal Abejorral, en la región andina de Antioquia.
Mi nombre es Gladis, tengo 35 años y vivo con mis padres y dos de mis hermanos en una hacienda en el campo, donde criamos ganado que vendemos en Medellín, capital de la provincia.

Simón, cuatro años menor que yo, era mi hermano preferido y no dudé en cederle mi dormitorio en su regreso a la casa familiar, acomodándome yo con mi hermana mayor. Regresaba mi hermano realmente cansado de Maracaibo. Su excesiva delgadez, sus pómulos prominentes y la languidez de sus ojos, denotaban un estado de ansiedad y zozobra que me preocupó seriamente.

Le pregunté que le pasaba y me refirió que desde hacía más de un año tenía la sensación de que alguien le acosaba. Desde entonces nada le salía bien, había perdido dos veces el trabajo, su novia le había abandonado y hasta sus amigos le habían ido dando poco a poco la espalda. Llevaba largo tiempo sin poder dormir y por eso tomó la decisión de regresar a Colombia para ver si la causa de sus males, una bruja, según las creencias rurales, dejaba de perseguirle. Su explicación no me resultó en modo alguno creíble pero lo que ocurrió a continuación me hizo cambiar de opinión.
Durante los siguientes quince días su situación se agravó. A las profundas ojeras se le unió la inapetencia y el agotamiento general. Apenas tenía fuerzas para salir de la casa y pasear algunos metros. Enseguida volvía sobre sus pasos y regresaba hasta su habitación para tumbarse nuevamente en la cama con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada.
Simón me confesó que la bruja le había seguido desde Venezuela y pretendía acabar con él, así que pensaba irse pronto a otra ciudad, donde le habían hablado de una mujer que las espantaba. A la mañana siguiente, muy temprano salió de la casa sin despedirse, dejando una nota en la que lo explicaba todo. No dejó dirección alguna donde localizarle para evitar que la bruja pudiera seguirle.

Volví a instalarme en mi dormitorio y la primera noche que pasé en el no pude conciliar el sueño. Los recuerdos de mi infancia con Simón se amontonaban en mi cabeza. Nuestros juegos por el campo, siempre corriendo o escondiéndonos de enemigos invisibles, a los que siempre derrotábamos y volvíamos a vencer al día siguiente, o yendo hasta el pueblo cercano precedidos siempre por nuestro perro Dof, a cumplir algún encargo de nuestra madre, donde nos gastábamos el poco dinero que teníamos en cuentos y golosinas. El mismo Dof, diez años más viejo, que dormía en el pasillo delante de la puerta de mi dormitorio. De madrugada y sin razón aparente Dof empezó a ladrar. Tumbada en la cama desvelada tuve la sensación de que alguien, quizás una sombra abandonaba la habitación. Me levanté asustada. Dof corría hacia el patio dando grandes saltos como si quisiera agarrar algo que para mí era invisible. Al llegar a la tapia que daba al exterior colocó sus patas delanteras sobre el muro y se quedó quieto mirando hacia el cielo, gruñendo furiosamente.
Una semana después, recibí una llamada desde Bogotá. Me comunicaban la muerte de mi hermano tras un ataque de locura que nadie pudo entender.
Dof, que había permanecido tumbado desde su marcha junto a la pared del patio, no volvió a comer ni a beber.
Murió dos días después.




LA CUEVA DEL CIGALÓN
Federico Fayerman
10 de marzo de 2007

--¿Ha visto alguien a mi hijo?
- No señor –Contestamos al unísono.
La primera vez que entré en la oficina mi cuerpo era una mezcla de miedo y sus sinónimos, recelo, aprensión, desconfianza, turbación y desasosiego. Es decir no sabía muy bien que hacía en tan siniestro lugar. Corría el mes de octubre y en lugar de estar con mis compañeros de colegio como todos los años, iniciaba mi vida laboral con más que dudosas expectativas.

La oficina que resultó ser mi primer trabajo era un piso distribuido en torno a un largo y oscuro pasillo. En un extremo se hallaba el salón-comedor, con dos balcones a la calle Alcalá. En él trabajaban 6 personas: Rodríguez el cajero, de unos 45 años, calvo, gordo y con cara de aburrido; Roque, chupatintas vocacional de 35 años, el rey del escaqueo y tres oficinistas más dignos de un comic de Ibañez. Vigilándoles a todos, el jefe, Don Luis “El gran Cigalón”. Lo de cigalón era por sus ojos enrojecidos y saltones, siempre ocultos tras unas gafas oscuras de concha marrón.
¿Ha visto alguien a mi hijo?, repitió poniendo un gesto de incredulidad.
No señor, contestamos todos otra vez al unísono, poniendo cara de bobos.
Su hijo era “Luisito” , un inútil de veintitrés años al que su Padre había colocado en la Empresa no se sabe muy bien para que cometido.
Al otro extremo del pasillo estaba el archivo, zona desmilitarizada. Allí se podía comer el bocadillo y echar un cigarro fuera del alcance del radar del cigalón. A lo largo del pasillo había otro despacho, la sala de visitas y el cuarto de baño.
Y en el archivo comenzó mi actividad profesional, a razón de 800 pesetas al mes.

Ocurrió un lunes por la mañana. Aún no estábamos totalmente despiertos y la zona desmilitarizada estaba muy concurrida. El señor Julián, un hombre de unos 70 años que era el encargado de archivar los expedientes y salir a los recados, había recibido el encargo de Roque de liarle unos cuantos cigarrillos en un ingenio rudimentario que él mismo había construido. Yo me había unido a tan interesante y desconocida faena cuando alguien en el pasillo nos dio el agua. O lo que es lo mismo, que el cigalón había iniciado una maniobra de aproximación a la zona sur. En apenas unos segundos se organizó un zafarrancho que llevó a cada combatiente a su verdadero puesto de combate. El señor Julián escondió el tabaco bajo la mesa y se subió en una banqueta a colocar expedientes, Roque salió del archivo a grandes zancadas, yo por mi parte agarré el sello de caucho y me puse a dar golpes al papel de pagos ( al que odiaba profundamente ) como un poseso. A mi lado, José Antonio movía unas cajas de un sitio a otro nerviosamente sin levantar la cabeza. El cigalón entró como un torpedo a punto de impactar contra el blanco y dirigiéndose a todos y a la vez a ninguno (consecuencia de mirar a través de unas gafas oscuras) preguntó tres veces
- ¿ Ha visto alguien a mi hijo?, a la vez que se quitaba las gafas y se restregaba los ojos con el puño cerrado de su mano derecha.
No señor, contestamos otras tres veces, y pensé: mira, igual que San Pedro. Don Luís recorrió con su mirada cigalítica toda la habitación y salió a la misma velocidad que había entrado. Al pasar delante del cuarto de baño, una explosión casi hizo que rodara por el suelo. Una alfombra de humo negro salía por debajo de la puerta del baño, señalando el lugar donde se había producido la deflagración. Al momento se abrió la puerta y apareció “Luisito” con la cara y las manos chamuscadas, y corriendo sin parar hasta la puerta de la calle salió para no volver nunca más a pisar la oficina. Poco a poco, todos nos fuimos asomando a la zona cero. En el centro del cuarto de baño, sobre una gran mancha negra de pólvora, un artilugio de cartón y papel de plata con un rótulo que decía Sputnik-13, ardía tras su fracasado lanzamiento al espacio sideral del distrito Centro de Madrid.




LA DOBLE VIDA DE GORRIONCETE

Federico Fayerman
7 de julio de 2008

Gorrioncete nació el veintiuno de junio. Llegó el primer día de verano al nido que sus padres habían montado en una acacia en la calle O´donnell. Era uno de los tres pequeños glotones que no cesaban de piar, reclamando con sus picos abiertos hacia el cielo, comida y más comida.
El hombre del tiempo, al mediodía mediodía, había dicho que iba a hacer mucho viento en Madrid y así sucedió, de forma que en un momento del vendaval, gorrioncete se precipitó desde su nido y cayó, empujado por el viento, al patio de mi amigo Pepe, con el que yo estaba hablando, desde la ventana del cuarto de estar en el segundo piso. Pepe, rápidamente lo cogió y empezó a lanzarlo al aire para ver si sabía volar un poco. Pero era que no. De hecho tampoco sabía aterrizar.
Entonces se me ocurrió una idea: ¡Pepe!, --le dije, --mete al gorrión en una bolsa de papel, yo te echo una cuerda y una pinza de la ropa y me lo mandas! -- Pepe dice que sí, que vale y me lo envía. Ya está en casa. Le pongo en el pico un poco de leche con un cuentagotas que cojo del armarito de las medicinas del cuarto de baño. Después llega mi hermana pequeña y entre los dos le preparamos con trapos una cama y le dejamos al lado un plato con leche y migas de pan, por el que inmediatamente comienza a caminar, salpicando todo a su alrededor.
Así transcurren los días y gorrioncete va aprendiendo a volar. Desde la mesa del comedor a mi cabeza, de allí a la cabeza de mi hermana y de allí al reloj de pared. Como es verano tenemos las ventanas abiertas y los visillos echados. Gorrioncete vuela hasta la barra de los visillos y de ahí sale por la ventana y se aleja por encima de los patios de las casas vecinas. Nos quedamos muy apenados sobre todo mi madre y mi hermana que se pasan llorando un buen rato. A las diez , en plena cena familiar Gorrioncete aparece a través de los visillos y se posa en el centro de la mesa para comerse las migas del mantel. Lo celebramos con vino y gaseosa. Rompemos la hucha y con nuestros escasos ahorros le compramos una pequeña jaula con una barrita horizontal donde se mete él solo y pasa las noches. No le cerramos la puerta de la jaula ni la ventana del comedor. No sale. Solo lo hace después de desayunar y vuelve por la tarde. Jugamos. Le pongo los dedos de mis manos como si fueran una escalera y él sube hasta donde ya no puedo más. Come cañamones de mi boca y me picotea los parpados y las cejas. También me picotea la cabeza. Siempre está por las alturas porque Mimi, nuestra gata no le pierde de vista y noto como a veces le mira con ojos golosines. Han llegado las vacaciones y mi madre no me deja llevarlo conmigo, así que se lo dejo a mi amigo Pepe hasta que vuelva. Será solo un mes. Sin embargo se me hace interminable y estoy desando volver para verle. Cuando regresamos a Madrid, en lugar de subir a casa entro directamente en la de Pepe. Me dice que Gorrrioncete se escapó y que durante muchas tardes le vio volar hasta mi ventana, picotear en el cristal y después marcharse otra vez.
Ahora me paso el día mirando a la calle, con la jaula en la mano por si vuelve y tengo que abrirle la ventana. Es que ha llegado el otoño y como hace un poco de frío mi madre la tiene siempre cerrada.