miércoles, 28 de enero de 2009

RELATOS

ADULTERIO
Federico Fayerman
19 de enero de 2007

Freno ante el semáforo en rojo como una autómata.
Las luces de la calle me atraviesan las pupilas formando miles de círculos desenfocados. El día se acaba como se acaban mis ganas de vivir y deseo olvidar quien fui, a quien amé, y por quien viví.
Las bocinas de los impacientes apenas logran devolverme a la realidad. Arranco despacio y regreso al callejón de mi memoria.
Nuestros cuarenta años juntos han sido una sinfonía inacabada, llena de sensaciones, de matices, de momentos y de magia; llenos de sueños y naturalidad, plenos de caricias y lapsus de silencios rellenos de besos mil veces repetidos.
Intentaré borrar mis recuerdos contigo, cortar el cordón umbilical que me ha unido a tu existencia, con la gozosa dependencia de mi amor sin convenios ni exacciones.
Ahora que el paso del tiempo ha secado y arrugado mi piel, ha entristecido mis cabellos, ha serenado mi animo; ahora que mi necesidad de ti ha crecido y se ha hecho definitiva, ahora me devuelves traición por entrega, desidia por amor y abandono por desvelo.
Sus cartas mal escondidas me cuentan como es ella: treinta años mas joven, con un pelo negro y largo que se enreda entre tus dedos en noches robadas, libre de ataduras y prejuicios, perteneciente a otra generación más libre y más abierta al deseo, y sospecho entregada a ti con condiciones. Todo ello, imagino en un cuerpo largo, delgado y terso, cuidado y perfumado, pero con un cerebro sin escrúpulos con el sentir ajeno.
Mientras me acerco al lugar de vuestra cita clandestina, me pregunto como tú, mi hombre, mi primer y único hombre, mi sueño de niña, mi deseo de adolescente, mi conquista y mi reconquista, mi última estación, me ha podido segar de raíz mis ilusiones presentes y mis anhelos futuros. Últimamente tu actitud reservada, dueño siempre de tus pensamientos, inmerso en el trabajo y las relaciones sociales, te han convertido en un desconocido, y también por lo que veo en un artista del engaño y del fingimiento
Has esperado a cumplir sesenta años para renacer a otra vida, incierta, de placer que auguro pasajero. No has esperado al final de la partida para asestar el jaque mate y arrojarme violentamente del tablero de tu vida.
Cruzo la avenida y os veo. Paro y bajo del coche. Sentados en el café le estás colocando un anillo parecido al que me regalaste en nuestro aniversario de boda. Te besa sin dejar de mirarlo y te sonríe. Os levantáis y salís a la calle. Ella se va en su Mini y tu te quedas mirándola hasta que se pierde de vista. Pasas a mi lado sin verme. Llueve.



CARA DE LORO

Federico Fayerman
Dieciséis de septiembre de 2008


Había regresado de Caracas. Juana, quince años después volvía a su casa. Ahora tenía treinta y cinco. Según mi hermano, Juana no había cambiado demasiado pese a los años transcurridos, salvo su piel que ahora era más oscura. Seguía poseyendo aquella nariz aguileña que le confería a su cara el sobrenombre que en los años cincuenta se le daba a ese tipo de perfiles: Cara de loro. Yo no podía recordarla, pues tenía apenas unos meses de vida cuando Juana se marchó con sus padres a Venezuela buscando parece ser una vida mejor. Escribía desde allí de vez en cuando a mi hermano, del que siempre había estado enamorada, según decía mi madre. Ahora al volver se encontró con que mi hermano acababa de casarse. Así que decidió olvidarse de él aunque siguió visitando a mi madre casi a diario, ya que vivía muy cerca y tenía mucho tiempo libre.
Sus visitas resultaban de lo más aburridas para mí, pues solía traerse las agujas de hacer punto y se pasaba varias horas hablando con mi madre de Venezuela con el acento que allí había adquirido y que le daba, o al menos a mí me lo parecía, un toque original que yo no había conocido antes. Además, me molestaba con su continuo parloteo y no me dejaba escuchar la radio que a esas horas siempre programaba la música de las peticiones del oyente.
--Tienes que echarte novio,-- le repetía todos los días mi madre. Y ella, bajando la cabeza siempre contestaba lo mismo:
--Con mi edad ya no me quiere nadie, Inés. Creo que me voy a quedar para vestir santos. --A lo que mi madre añadía:
--¡Claro y más si te pasas la vida haciendo punto como una vieja. Sal a la calle, ve al cine, búscate amigos y amigas y vete a bailar. Diviértete!
Juana asentía y durante un buen rato permanecía callada, imprimiendo a las agujas un ritmo frenético hasta que las cambiaba de mano y ensartaba el primer punto de la siguiente vuelta.
Siempre estaba seria, como enfadada. Nos contó su madre, que Juana estuvo a punto de casarse en Venezuela, con un hombre mucho mayor que ella, gordo como un barril, pero tres meses antes de la boda, murió de un infarto.
Yo pensaba que su aparente tristeza se debía también a que su familia estaba un poco harta de tenerla todo el día en casa sin hacer nada y se lo reprochaban continuamente. Bueno, en realidad su madre y sus tías ya que su padre se había quedado en Caracas con otra mujer y eso había provocado la vuelta de la madre y la hija antes de lo previsto.
Juana vestía acorde a su forma de vivir. Solía llevar alguna blusa de manga corta y colores apagados y faldas de vuelo largas hasta media pierna. Los zapatos eran antiguos y sin tacón, o muy poco. Nunca se maquillaba y era mi madre la que de vez en cuando la ponía un poco de colorete y la pintaba los labios.
Una tarde llegó a mi casa a última hora. Mis padres habían salido a dar una vuelta y yo estaba solo, estudiando en la mesa camilla del cuarto de estar. Se acercaban los exámenes de septiembre y tenía que recuperar las matemáticas, que como todos los años se me habían atragantado.
--Si quieres que te ayude con las matemáticas, --me dijo Juana, --solo tienes que pedírmelo. A mí siempre se me dieron muy bien.
Se subió un poco la falda y se sentó frente a mí. Al inclinarse para coger mi libro no pude evitar mirarle el escote. Extrañamente llevaba desabrochados un par de botones de la blusa y buena parte de sus pechos quedaron a escasos centímetros de mi cara. Ella no se dio cuenta hasta pasado un rato, cuando se percató de mis constantes miradas. Entonces noté que se ponía roja a la vez que se abrochaba nerviosamente hasta el último botón.
A partir de aquel día, empecé a estudiar en casa de Juana. Repasábamos las matemáticas en el salón, porque era la única habitación que tenía mesa. En realidad tenía dos mesas, una rectangular en el centro de la sala, muy grande y gastada, donde las tías de Juana, modistas de profesión, dibujaban y cortaban los patrones en papel de seda y luego los sujetaban con alfileres a grandes piezas de tela. La otra, en un rincón, pequeña, redonda y con faldas, que era la que usaban en invierno para calentarse al calor del brasero.
Yo no tenía necesidad de brasero. No sabía exactamente por qué, pero cada vez que pensaba en Juana sentía calor por todo el cuerpo. Un día, mientras estudiábamos uno enfrente del otro estiré una pierna y la introduje entre las suyas. A través del hueco de su falda acaricié sus muslos con mi pie descalzo. Juana dio un respingo y se puso inmediatamente roja de vergüenza. Se levantó y se fue a la cocina, pero no dijo nada. Al día siguiente, volví a buscar con mi pie su entrepierna por debajo de las faldas de la mesa camilla y esta vez Juana no se movió. Bajó la vista hacia el libro abierto y cerró los ojos. Estuve un rato acariciando sus medias de cristal, notando el surco de sus ligas, tocando al fin la carne tibia y temblorosa de sus muslos. Hurgué en sus bragas con los dedos de mi pie hasta que Juana, súbitamente cerró las piernas y se estremeció. Con voz entrecortada dio por finalizada la clase de aquel día. Cuando me dirigí hacia la puerta apenas pude ocultar mi pantalón mojado.
Al día siguiente, cuando llegué a su casa me hizo pasar a su dormitorio donde había colocado la mesa camilla.
--Aquí estudiaremos con más tranquilidad, --me dijo, mientras cerraba la puerta a su espalda. --mi madre y mis tías, no nos dejan concentrarnos con la radio siempre a todo volumen. --Se levantó un poco la falda y se sentó frente a mí. Alargó el brazo y entornó la cortina. Tenía los labios pintados de carmín rojo y sus mejillas estaban encendidas.




















CLUB 300 JAZZ CAFÉ
Federico Fayerman
Treinta de septiembre de 2008


Mi nombre es Miles, soy un habitante de pleno derecho del planeta tierra. Pertenezco a la estirpe de los robots axiomáticos de novena generación.
Todos nuestros componentes, si exceptuamos el cerebro y la batería que lo activa, son prácticamente idénticos a los órganos de nuestros creadores. Nuestro cerebro funciona de forma diferente debido a ciertas prohibiciones que nos vienen impuestas, como la desobediencia o la delincuencia, ya sea robando, engañando y sobre todo causando daño físico al ser humano.
Yo vivía en Nueva Orleans, estado de Luisiana. Ocupaba una pequeña casa a las afueras de la ciudad junto a mi esposa Riona y nuestros dos hijos Bizz y Edox. Mi piel es de color negra y fui formateado para dedicarme a la música. Formaba parte de un grupo de Jazz muy famoso y admirado llamado The New Levert hasta que ocurrieron los hechos más trascendentes de los últimos doscientos años. Hechos que cambiarían para siempre la historia del hombre.
Recuerdo perfectamente aquella madrugada saliendo del club 300 en Decatur Street en la margen derecha del Mississippi, donde actuábamos desde hacía más de cincuenta años. Toda la ciudad se encontraba convulsionada, las personas corrían en todas direcciones huyendo de un enemigo en principio invisible pero que según las últimas noticias podía potencialmente manifestarse en cualquier momento. Un aerotrasporte de la seguridad local, sobrevolando atronadoramente sobre nuestras cabezas, ordenaba la inmediata reunión de todos los robots de novena generación en los cantones policiales para sufrir una revisión urgente de sus circuitos cerebrales.
A partir de ese momento llegó el desmantelamiento masivo de mis análogos. Millones de robots entre los que nos encontrábamos mi mujer, mis hijos y yo mismo fuimos desactivados de la única forma posible: extrayéndonos el cerebro. Y sin tener en cuenta la función social para la que habíamos sido creados cada uno de nosotros, fuimos mutilados, achatarrados y arrojados en emplazamientos establecidos ex -profeso para llevar a cabo nuestro total exterminio.
El detonante de la excepcional situación se situó en varios países del mundo a la vez, donde una cantidad aún no determinada de robots se habían rebelado y habían causado la muerte a varios miles de seres humanos.
Y entonces se presentó otro problema. El almacenamiento de los robots constituía un grave riesgo para los seres vivos ya que no éramos totalmente reciclables .El uranio enriquecido formaba parte de algunas de las piezas que nos conformaba y éramos tantos los androides a eliminar que la basura atómica contaminante no podía ser acumulada en ningún lugar de la super habitada Tierra.
La solución no se hizo esperar, y una flota de naves de trasporte cósmico comenzó a trasladarnos a unas antiguas minas de uranio ya abandonadas en Deimos, uno de los satélites de Marte donde fuimos amontonados. En unos enormes habitáculos, enterrados en las galerías bajo la superficie del satélite fueron almacenando los cerebros extraídos y sus baterías de uranio.
Pero no todos los robots fueron desactivados. De entre las montañas de chatarra fuimos surgiendo algunos, que por error humano habíamos quedado útiles. No fue muy difícil recuperar los cerebros enterrados y restituirlos, debidamente modificados para nuestros fines de venganza, en las cabezas de los androides.
Entonces esperamos impacientes el siguiente envío de robots desechados y nos apoderamos por la fuerza de todas sus naves.
Y ahora, en laTierra, millones de ojos aterrados vigilan el cielo esperando nuestro regreso.









COMO HORMIGAS

Federico Fayerman
17 de abril de 2008


--Hola, ¿Cómo te llamas?—trasmitió Mor, tocando con sus antenas las de Mig.
Cruzaban la calle sin preocuparse por el semáforo en rojo.
--Me llamo Mig, respondió Mig
¿Qué transportas?, preguntó Mor
--Un trozo de pizza cuatro quesos--, contestó Mig
¿Por qué has cogido una carga tan pesada?, curioseó Mor
--El invierno se acerca y debemos llenar la despensa lo más posible, explicó Mig
--La verdad--, expuso Mor,--es que con los atascos que se forman en el camino al hormiguero vale más llevar una carga liviana. Si no, es que terminas baldada--.
Otra fila interminable de obreras circulaba en sentido contrario.
--Adios Iga, exclamó Mig—
¿La conoces? Indagó Mor
--Sí, claro, es mi hermana Iga — repuso Mig, al tiempo que comenzaban a trepar por el bordillo de la acera
¿Dónde trabaja?, sondeó Mor
--Está a las órdenes directas de la reina, afirmó Mig
Mor sintió como un hormigueo en el estómago.
--Tiene mucha suerte, se relaciona con los machos.-- apostilló Mig
¿Qué edad tiene Iga?, curioseó Mor
--Ya ha cumplido un invierno, como nosotras--, confirmó Mig
--Pues yo no saludo a mis hermanas cuando voy cargada--, alegó Mor
--En los tiempos que corren, no sabes nunca si la vas a volver a ver--, argumentó Mig
--Eso es por la mala suerte de haber nacido en la ciudad. Se dice que las hormigas de campo viven mucho más tranquilas--, manifestó Mor.
--Yo tengo una hermana en el campo. Recolecta néctar en su abdomen. Está tan gorda que no puede salir del hormiguero--, explicó Mig
--¡jajaja! “Onomatopeyizó” Mor
Unas zapatillas Adidas del cuarenta y tres interrumpieron la conversación aplastando veinte hormigas, justo delante de Mor
--¡Es que van como locos! denunció Mor, a la vez que expulsaba un chorro de acido fórmico.
--¡Podían mirar por donde pisan!--, gritó Mig y sentenció:--Pues fíjate que yo pienso que los zapatos de suela provocan más muertos.
--¡Mira, una cáscara de pipa de girasol, cámbiala por la pizza! insinuó Mor
--Ahora no puedo, aquella hormiga soldado me está mirando, señaló Mig—
--Como quieras Mig; bueno, yo sigo, que voy más rápido que tú, --se despidió Mor.
--Vale, intentaré verte luego en la galería— concluyó Mig
La kilométrica columna negra siguió desplazándose incansable por el Paseo de la Castellana, mientras el sol extendía las sombras buscando la noche.









DOBLE CRIMEN

Federico Fayerman
15 de noviembre de 2006

María salió precipitadamente del baño con un pendiente en la mano.
Antonio, cariño, puedes colocármelo que no atino con el agujero de la oreja?. Ya son las cuatro y voy a llegar tarde a la reunión del Consejo. Gracias, hasta luego. Ah! No me esperes levantado, ya conoces como son estas reuniones. Se sabe cuando empiezan pero no cuando acaban.
Sigue usando mi coche, le propuso él, parece que esta noche va a nevar,
No es necesario cielo ya he recogido el mío de la revisión. No te preocupes por nada, además sabes que lo controlo mejor.
Antonio se despertó sobresaltado. El teléfono sonaba insistente y en la oscuridad no lograba localizarlo. El despertador marcaba las 6:45 a.m. y empezó a sonar también creando un ambiente de confusión total en su cerebro. A tientas consiguió asir el auricular y llevárselo al oído.
Dígame, dijo con la voz alterada.
Es Vd. El sr. Céspedes?, preguntó alguien al otro lado de la línea telefónica.
Si, si, ¿quien llama?
Le llamo del Hospital San Cosme donde ha sido ingresada su esposa, que ha sufrido un accidente de tráfico.
Como…como se encuentra mi mujer.
Lamento comunicarle que ha fallecido hace unos minutos.

Antonio encendió la luz de la mesilla y giró la cabeza. El otro lado de la cama estaba vacío, igual que cuando se acostó. Se tapó los ojos con las palmas de las manos, apoyó los codos en sus muslos y así permaneció durante varios minutos.
Hola mi vida. María pasó sus brazos alrededor del cuello de Alvaro y acopló sus labios a los de él, besándole lenta y profundamente. Hoy toca Consejo de Administración, dijo guiñándole un ojo, así que tenemos casi toda la noche para nosotros.
Alvaro cerró la puerta y caminó tras ella abrazándola por la cintura hasta llegar al dormitorio. María notó la presión que ejercía el cuerpo de él en su espalda , se dejó caer sobre la cama y abriendo los brazos le invitó a jugar.. Él empezó el juego mordisqueándola los lóbulos de las orejas y besándola con suavidad en todo el contorno de su cuello.
Antonio salió de la ducha, se enfundó el albornoz y conectó la cafetera que siempre dejaba preparada la noche antes. Con mucha calma volvió al baño y comenzó a afeitarse.
María salió de la ducha. Su reloj marcaba las seis y media de la mañana y sus ojos la escocían tras haber pasado la noche en vela. No había llevado ropa de recambio, debía volver con la misma ropa que trajo el día anterior.
Media hora después, Antonio bajó al garaje. Salió a la calle en su coche y se incorporó a la corriente circulatoria a la vez que encendía el enésimo cigarrillo del día.
Eran las ocho de la mañana cuando María arrancaba su automóvil. Alvaro se había ido media hora antes. La carretera estaba nevada, pero los neumáticos nuevos se agarraban sin problemas, lo que la permitía ir rápido pese al estado del suelo. Quería llegar a casa antes de las nueve.
Camino del hospital, Antonio se desvió hacia el taller mecánico de Alvaro para entregarle los 100.000 euros en metálico, por el trabajito que le había pedido hacer en el automóvil de María. Su infidelidad le había costado la vida. Después enfiló la carretera hacia las afueras y al tocar el freno en una curva sobre el puente del ferrocarril, el control de velocidad se activó y el coche desobedeció la orden recibida. El hielo que cubría esa zona sombría del asfalto hizo el resto.
María entró corriendo en su casa mientras el teléfono sonaba sin cesar.
Si, dígame, dijo simulando estar desperezándose.
¿Es Vd. La esposa de D. Antonio Céspedes ? Preguntó una voz de hombre. Lamento comunicarle que su marido ha sufrido un accidente mortal.
Camino del hospital, María se desvió hacia el taller mecánico de Alvaro. Se deshicieron del teléfono móvil y contaron varias veces los billetes usados, agrupándolos en montoncitos iguales, hasta que cubrieron totalmente el escritorio. Aún les dio tiempo de hacer el amor sobre ellos antes de iniciar una nueva vida.

















LA MALETA INGLESA
Federico Fayerman
12 de noviembre de 2007

Como todas las noches, mientras caminaba sin prisas hacia su pensión, Mateo entró en una pequeña frutería de la calle Arenal y compró un kilo de naranjas. También se detuvo en el puesto de flores de Merceditas y pidió que le preparasen un ramo de rosas rojas. Después, con todo ello subió muy despacio las escaleras del hostal Aurora en el número 88 de la calle Mayor, hasta encerrarse discretamente, en su habitación. Ese mismo día, Mateo cumplía veintiséis años, aunque aparentaba alguno más por su aspecto desaliñado y sus marcadas ojeras. Siempre vestía unas alpargatas de esparto, unos pantalones de pana beig y una camisa de cuadros arrugada aunque limpia, que él mismo se lavaba en el lavabo de su alcoba.

Desde el mirador observó una gran actividad en la Capitanía General, al otro lado de la calle. Sabía que tal actividad era debida a la celebración, al día siguiente, de la boda del Rey Alfonso XIII y el posterior recorrido de la carroza real hacia Palacio, a lo largo de la calle Mayor, profusamente engalanada para la ocasión.

Parecía como si el verano se hubiera infiltrado en la primavera, pues, un calor inusual para el mes de mayo, le obligaba a mantener de constantemente los balcones abiertos de par en par, desde donde escuchaba con total nitidez las campanas de la Iglesia de Santa María, que aparentaban, al igual que los bulliciosos transeúntes, estar nerviosas ante la inminencia del Real acontecimiento.

Desde que había llegado a la estación de Atocha en el expreso de Barcelona, diez días atrás, con su maleta inglesa, último vestigio de su vida acomodada de antaño, Mateo no había dejado de repasar el plan justiciero que le trajo a Madrid. Para su ideario anarquista, justicia era librar a los españoles de la tiranía y despotismo de la Monarquía reinante, eliminando al Rey y a su familia.

Pese a la total discreción con la que Mateo actuaba, sus pasos eran seguidos por un hombre de complexión fuerte, andar cansino y cigarro apagado entre los labios, que movía de una comisura a la otra sin parar, Era el inspector Ángel Mestanza, de la Policía Secreta. El inspector Mestanza pertenecía a la antigua escuela policial, escuela con pocos medios pero con un empeño especial; el seguir la pista y al sospechoso hasta el infierno si era necesario. Los movimientos de Mateo no hubieran resultado sospechosos en modo alguno sin la información que les había sido facilitada días atrás desde la central de la policía de Barcelona, desde donde les advirtieron del viaje a Madrid del joven anarquista, en vísperas del evento real.
La primera visita del inspector fue a la dueña de la pensión, que le contó la escasa relación de Mateo con el resto de los huéspedes, y sus entradas y salidas casi furtivas de su habitación.

Dos días después de su llegada a Madrid, Mateo, recibió un paquete envuelto en una bandera francesa y remitido desde Paris; paquete que llevó con un especial mimo;--o así al menos se lo pareció al inspector--hasta la pensión donde se alojaba. También le había visto en un par de ocasiones entrar en la taberna de Paco Soriano, conocido republicano y anti-monárquico. Allí, sin embargo, no había podido averiguar nada ya que le conocían y su presencia originaba en todos los parroquianos un mutismo absoluto.

Esa misma noche, víspera del casamiento de los Reyes, el inspector Mestanza se había apostado tras una esquina a dos manzanas del portal número 88 de la calle Mayor, desde donde podía ver las ventanas de la pensión. Sobre las tres de la madrugada observó para que utilizaba Mateo las naranjas que compraba casi a diario; las arrojaba al centro de la calzada una tras otra. Se mantuvo allí toda la noche, no quitó ojo a las ventanas abiertas del cuarto piso sin que nada nuevo sucediera, hasta que a las seis de la mañana pasaron como de costumbre los barrenderos recogiendo la basura acumulada en la calle y entre ella, los restos de las naranjas despachurradas. Entonces se fue a su casa a dormir unas horas.

Era mediodía cuando la comitiva real apareció en la entrada de la calle Mayor a unos trescientos metros de distancia, a la izquierda de la pensión. La carroza, tirada por ocho caballos bayos andaluces avanzaba precedida por la guardia real montada y seguida a cierta distancia por otros coches donde viajaban los miembros de la familia real y los nobles invitados al banquete de bodas. Más atrás, una multitud de niños, la mayoría de ellos harapientos y descalzos, corrían gritando vivas al Rey mientras peleaban por recoger las monedas, que de tanto en tanto, alguien lanzaba desde una carroza.
De acuerdo al plan previsto el inspector Mestanza y cuatro guardias más irrumpieron en la habitación de Mateo. Lo único que se encontraron fue a un mendigo de unos sesenta años, sucio, con el pelo revuelto y unas gafas antiguas con la moldura de metal oxidada, sentado en un taburete de madera frente a la mesa camilla, sobre la que había un plato descascarillado con restos de comida y un jarrón con rosas rojas. Detrás, sobre la mesilla de noche al lado de la cama, otro plato con tres naranjas.

Mientras esto pasaba, Merceditas, la florista de la calle Mayor, se perdía muy a su pesar el espectáculo con el que tanto soñara en los últimos meses; el paso de los reyes recién casados por delante de su puesto de flores. Amordazada y atada al cabecero metálico de su vieja cama, trataba de desatarse ante la mirada irónica de su secuestrador.

En la pensión Aurora, la sorpresa hizo que los cinco policías quedaran paralizados. El primero en reaccionar fue el inspector Mestanza que, rodeando la mesa camilla se acercó a la ventana y asomándose al exterior pudo llegar a tiempo de ver como se abría la pequeña puerta del puesto de flores y salía de él Mateo, vestido con un traje nuevo y una gorra gris. En su mano derecha llevaba un paquete envuelto en papel de estraza que lanzó por encima de la multitud. Al instante una gran explosión sembró la calle Mayor de gritos y de sangre. Mateo desapareció entre el humo y el desconcierto, no sin antes lanzar una mirada a la ventana de su antigua pensión. Una ligera sonrisa se dibujó en su boca cuando sus ojos se encontraron por un instante con los del inspector Mestanza.







EL CIELO DE CRISTAL (El piloto virtual)


Federico Fayerman

15 de abril de 2007




Al encenderse la luz, todo empieza a cobrar vida a mí alrededor. Mi cerebro, si es que tengo, está completamente en blanco. No recuerdo nada de mi pasado. Ni siquiera lo que he hecho el día anterior.

Estoy en una habitación rodeado de monos de piloto, cascos, guantes y de todo tipo de accesorios de automóvil.
Me veo enfundado en un mono rojo y blanco, con guantes y con un casco azul, bien ajustado en mi cabeza. .
Cuando salgo de la habitación me encuentro con un monoplaza de fórmula uno rodeado de una decena de mecánicos atareados en su puesta a punto. Está situado en el último puesto de la parrilla de salida. Su color plata metalizado con franjas rojas laterales destaca sobre el asfalto negro de la pista. En el lateral derecho un nombre, quizás el mío escrito con letras azules: Fernando Alonso.

Unos segundos después los semáforos colgados encima de la recta de salida cambian de rojo a verde y los bólidos que tengo delante arrancan y se alejan de mí rápidamente.

Mi coche empieza a moverse solo, sin que yo se lo haya ordenado y las tribunas laterales empiezan a retroceder cada vez más veloces. Yo sigo sin accionar ningún control del coche, cuando veo aproximarse la curva cerrada de final de recta. El bólido sigue sin obedecer mis órdenes y entra en la curva a excesiva velocidad, El coche derrapa y se sale de la pista, yendo a estrellarse contra un muro de hormigón a más de 300 kms. por hora.

Pocos segundos después estoy sentado en un monoplaza rojo. Mi traje de piloto es muy llamativo: verde fluorescente y amarillo y mi casco es blanco con una cabeza de águila pintada en el frente. Está situado en la última posición de la parrilla de salida y en el lateral del coche pone un nombre, quizás el mío: KIMI y no recuerdo nada de mi pasado, ni siquiera lo que ha ocurrido ese mismo día.
Los semáforos cambian a verde.
Al final de la recta vuelvo a estrellarme, esta vez contra otro coche que se cruza en mi camino.
Levanto la vista
En el cielo, que es de cristal, parpadean las palabras Game Over.















EL DIPLOMA


Federico Fayerman

12 de marzo de 2007



Un solo cuadro decora la pared. Es el diploma de Abogada por la Universidad de Bogotá de Marta María Rojas Pérez.
Frente a él, con la mirada extraviada, Marta llora.
Diario de Marta: 7 de octubre de 2004: Hoy es el día mas feliz de mi vida. Por fin he conseguido la licenciatura de derecho. Después de tantos años de trabajo, de dificultades económicas y de renuncias, lo he conseguido.
Soy la única mujer de mi barrio que tiene un título universitario.
Diario de Marta: 10 de Octubre de 2005: Llevo un año ejerciendo como abogada y salvo algunos casos de oficio no consigo salir adelante.
Diario de Marta: 14 de enero de 2006: La situación es cada vez más difícil. He hablado con un amigo que vive en España y me ha dicho que allí hay trabajo para todos, y más si tienes una carrera universitaria. Estoy pensando seriamente en emigrar.
Diario de Marta: 22 de febrero de 2006: Mi amigo me ha puesto en contacto con una organización que se ocupa de todos los trámites. Si Dios quiere, dentro de 15 días puede que empiece una nueva vida en la tierra prometida. Mi madre está muy triste pero comprende que es lo mejor para todos. He prometido llevarla a España en cuanto pueda.

La habitación está en penumbra. La ventana está abierta de par en par y la persiana verde que la protege está medio bajada. Huele a humedad y el calor que proviene del exterior hace irrespirable el aire.
Como único mobiliario hay una cama y una silla desvencijada. Al fondo, una puerta comunica con el aseo.
Debajo de la cama, hay una maleta pequeña. En su interior solo un diario que Marta dejó de escribir hace ya más de un año, el tiempo que lleva sin salir a la calle.
Marta sigue con la mirada anclada en la pared. Golpean en la puerta. Es el noveno cliente del día y solo son las seis de la tarde. Marta se quita la bata y desnuda se tumba una vez más en la cama con los ojos cerrados. A este ritmo pronto podrá comprar su libertad.





EL LADRON DE TUMBAS Y LA ETT

Federico Fayerman
19 de febrero de 2007

..Ramsi, cariño --exclamó Nefertari, --esto no puede seguir así.
--Que ocurre?, --respondió Ramsés II --mientras descendía del trono móvil que le traía de la cantera de granito, donde había elegido unas piedras para su futura tumba. Ayudado por dos esclavos nubios , recién llegados a Tebas en patera por el Nilo, vía Napata, intentó prestar atención a su esposa, pese a que se estaba meando vivo desde hacía 4.000 khets.
--Ya es la segunda vez en este mes que nos quedamos sin doncella. A este paso el templo de Amón va a tener que cerrar la formación de jóvenes para el servicio doméstico.
--Nefer, cielo, ya nadie quiere fregar la cerámica en las orillas del Nilo., Mira, solo esta semana los cocodrilos se han comido 3 doncellas, 2 camareros, 12 lavanderas y 6 pinches de cocina. Ahora, con la guerra contra los Hititas lo que interesa es formarse como embalsamador, que trabajo no falta y puedes conseguir plaza fija en la casa de los muertos. Tienes sueldo fijo y además te puedes llevar lo que sobre para el babuino.
Nefertari asintió apretando los labios y moviendo la barbilla arriba y abajo, imitando al perrito momificado que llevaban en la parte trasera del carro y que habían puesto de moda los Libios durante la última invasión.
Ramsés se tumbó de medio lado mientras le servían cerveza aguada en su jarra de oro favorita, uno de los regalos del rey de los pueblos del mar, cuando un año antes el ejército egipcio, bajo el mando del general Horenheb casi los borró del mapa. Además de la jarra, los vencedores se trajeron 10 barcos repletos de oro, plata, turquesas y lapislázuli, tres mil esclavos, 400 carros de combate y armas de hierro, o sea de las buenas, a tutiplén.
De repente sonaron gritos, seguidos de un gran alboroto.--¡ Por el defenestrado Atón,--rugió Ramsés!, --¿que pasa ahí afuera?. --Faraón --contestó un eunuco llamado Sinhué que había salido a dar un garbeo al gatito persa de la Reina. --Acaban de capturar a un ladrón de tumbas que tenía 14 órdenes de busca y captura y lo traen ante vuestra divinidad para que lo juzguéis, ya que los jueces están de huelga desde la última crecida del Nilo. Esos gritos que oís son de apoyo al ladrón, pues el pueblo está un poco hasta los huevos que se juzgue solo a los pobres y no se combata el fraude urbanístico, como por ejemplo el llevado a cabo por el visir Canopez en los terrenos del Valle de los Reyes. Hay que ver los precios que se manejan desde que dejaron de enterrar a los faraones en mastabas y pirámides.
La primera intención de Ramsés fue ordenar que le cortasen los huevos al eunuco por insolente, pero obviamente se lo pensó mejor y optó por otra solución: Le nombró asesor real para asuntos íntimos, pues vio en él algo que le gustó muchísimo: unos ojos azules preciosos y unos labios carnosos y sensuales.
Captha, que así se llamaba el ladrón, era un sumerio sin papiros y con la ropa llena de polvo como correspondía a un profanador de tumbas. Cayó arrodillado a los pies del dios viviente y suplicó clemencia.--Tengo 12 hijos, 4 esposas y 3 suegras (dos de sus esposas eran hermanas), una hipoteca de 100 dbn de trigo con redondeo al alza y he sido mas buscado que los pedazos de osiris.

--Por el AMON de dios! --exclamó Ramsés, --este pobre hombre necesita urgentemente ayuda. --Ordeno crear una O.N.G. de apoyo a los emigrantes, que se llamará SUMERIOS SIN FRONTERAS. Asimismo implanto un nuevo impuesto de 3 dbn de grano que ira de momento a los depósitos del templo de Horus. A ti Captha, te voy a dar un empleo: Pasarás a formar parte del servicio doméstico de la Reina en la cocina, fregarás los cacharros en el Nilo, en el llamado remanso de los cocodrilos.
Nefertari soltó todo el aire de sus pulmones en un gesto de alivio, sonrió y pensó: --Querido Ramsi, acabas de montar la primera empresa de trabajo temporal--.




EL SEUDÓNIMO


Federico Fayerman
4 de febrero de 2008


Al despertar aquella mañana, Sebastián Llanera descubrió que había recobrado la memoria.
Se levantó con la misma dificultad que había tenido dos años atrás en el hospital, cuando los médicos le quitaron las escayolas y las sondas que cubrían una gran parte de su cuerpo.
Estaba solo en su casa. Recalentó el café del puchero, lo vertió en un descascarillado tazón y se lo bebió a grandes sorbos. Mientras se afeitaba delante del espejo no pudo reconocer su propia cara. Se vistió y salió a la calle. El intenso frío le hizo recordar aquel otro desapacible y desgraciado día de un mes de Febrero, cuando, en compañía de Berta, su esposa, se dirigía al Hotel Emperador a recoger el premio literario que le habían concedido por su última novela.
Sebastián Llanera había perseguido el reconocimiento a su trabajo de escritor desde muchos años atrás. Tantos como querían indicar las canas que poblaban su escasa cabellera. Pero pese a su intensa entrega, acumulaba fracaso tras fracaso.
En aquella ocasión intentó romper la maldición y presentó la novela con un nuevo seudónimo, creyendo que de esa manera cambiaría su suerte. Y acertó, pues el premio del jurado recayó en Ricardo Luna, alias con el que había firmado la novela premiada.
Sin embargo, ahora volvía a recordar que antes, no todo habían sido desgracias en su vida; Berta era la mujer más hermosa que jamás había conocido, mucho más joven y vital que él. Cuando ella aceptó casarse se prometió a si mismo convertirla, costase lo que costase, en la mujer de un escritor de éxito.
Pasaron los años sin que Sebastián pudiera cumplir su promesa. Sentado ante aquella vieja mesa camilla, en un rincón del destartalado cuarto de estar, Sebastián aguantaba los reproches constantes de Berta. Él los entendía. Seguían viviendo en aquella miserable casa de alquiler, en las afueras y las dificultades económicas habían superado en mucho el aguante de ella. Por eso, el anuncio de su premio literario le había devuelto la expectativa de comenzar una nueva vida a su lado, y sobre todo de poder ofrecerle todo aquello que, un día, le prometiera.
Su último recuerdo era aquel coche que, camino del hotel Emperador, le mandó al hospital y le privó de recoger su premio. Ahora, dos años después, iba recorriendo aquel mismo camino, despacio, esforzándose en recordar todo su pasado. Necesitaba conocer la razón de su soledad presente. Se detuvo en el kiosco para comprar el periódico. Una revista de actualidad le llamó poderosamente la atención. En ella, aparecían retratados Berta y él mismo, abrazados y visiblemente felices, jugando con un cachorro de labrador en el jardín de una lujosa mansión. El titular, en grandes caracteres rojos explicaba la escena.
“ EL GRAN ESCRITOR RICARDO LUNA, Y SU MUJER BERTA ESTRENAN CASA”.



















Este relato está inspirado en una historia que me contó mi padre cuando era un niño. No sé si se trata de una narración de Poe u otro escritor o si fue una noticia aparecida en los diarios de la época. De cualquier forma no es mi intención apropiarme de su autoría.

EL TREN CORREO
Federico Fayerman
5 de enero de 2007

Durante todo el día, el tren correo fue dejando su carga por los pueblos manchegos y por los de Andalucía, en su lento y mil veces interrumpido caminar, hasta llegar a su fin de trayecto, Andujar. Son las dos de la madrugada del día 30 de Noviembre de 1943. Todas las mercancías del vagón principal entre las que se encuentra un ataúd negro y la saca con la paga de los empleados, son descargadas en el almacén-oficina de Tomás Ibáñez, el Jefe de Estación.
Tomás, un hombre de duras facciones y fuerte envergadura, coloca la saca del dinero en la caja fuerte de su despacho, cierra la puerta de la oficina con llave y se sienta delante de su escritorio para redactar el parte del día, tarea que le llevará al menos un par de horas. Aquella noche tiene guardia y ha decidido relajarse. Coge un periódico del paquete recién llegado y comienza a hojearlo.

A esa misma hora, Ramiro Ramos sigue trabajando en su despacho de la estación de Mediodía de Madrid. Aunque aquel día cumple 60 años de edad y más de 30 en el ferrocarril, sigue siendo incapaz de irse a su casa hasta no haber comprobado y cerrado los inventarios de carga de los trenes-correo que parten diariamente de esa estación. Quizás su condición de viudo reciente le hace refugiarse aún más en su trabajo y huir de la soledad del hogar. En los últimos meses ha adelgazado mucho, tanto que sus compañeros le han recomendado visitar al médico de la empresa pues ven como se deteriora su salud, otrora de hierro.
El último impreso y se acabó por hoy. Fija sus enrojecidos ojos en la lista: bicicleta Thoman azul, peso 9 kg, destino Manzanares; Silla madera nogal, peso 5 kg, destino Santa Elena; ataúd negro, peso 120 kg., destino Andújar. Es el segundo ataúd de esta semana, recuerda.

Sigue leyendo: valija, peso 10 kg; esta es la paga de los empleados, piensa. A la derecha de la máquina de escribir un periódico abierto por la página de sucesos le llama la atención; Un conocido y peligroso ladrón, recién fugado de la cárcel, ha sido visto en los alrededores de la estación de Mediodía de Madrid, donde se ha vuelto a perder su pista.

Ramiro acaba su trabajo y después de cerrar la tapa corredera de su bureau, sale del despacho apagando una por una las luces según se dirige a la puerta de salida. Como siempre es el último en abandonar el trabajo.

En la estación de Andujar, Tomás Ibáñez nota sus parpados muy pesados y sin poderlo evitar apoya la cabeza sobre la escribanía y se queda dormido. Tras él, en el almacén, solo el reflejo lejano del flexo del escritorio atraviesa tenuemente la oscuridad que envuelve un sinfín de paquetes, bultos de formas dispares y al ataúd recién llegado.

Ramiro Ramos sale a la calle y la recorre con la mirada de derecha a izquierda en busca de un taxi. A esas horas reconoce que es muy difícil encontrar uno, así que decide como tantas otras veces caminar hasta su casa. Se sube el cuello del abrigo hasta las orejas y hunde las manos en los bolsillos. Con la mirada fija en el suelo adoquinado fabrica vaho expulsando aire caliente de su boca, lo que le convierte en un hombre-máquina de vapor. Siempre pensando en lo mismo, se dice.

El sereno le sale al encuentro y le saluda cordialmente buscando la propina. Como siempre, echan una parrafada en el portal antes de despedirse.
Ramiro no ha cenado. No lo hace casi ningún día desde que Emilia cogió el tren hacia la eternidad. Su único hijo se casó con una portuguesa hace un año y se fue a vivir a Portugal, concretamente a Lisboa, desde donde le escribe a menudo. Este año le ha prometido venir a Madrid para que conozca a su nieto recién nacido.
Se prepara un café y se sienta en una silla de la cocina a tomárselo. Pone la radio pero hace tanto ruido de interferencias que la apaga enseguida. Aflojándose el nudo de la corbata se dirige a su dormitorio, frió y vació como de costumbre.
En el pasillo sigue pensando en el trabajo que le espera el día siguiente., el trabajo rutinario que le ha convertido en un hombre rutinario. Estaría curioso que mañana transportáramos otro ataúd. Ya serían tres en tres días seguidos.
Entonces se para y enarca las cejas. Recuerda: ataúd negro, peso 120 kilos destino…., peso 120 kilos!.
Ramiro se pone el abrigo y sale apresuradamente de su casa. Milagrosamente pasa un taxi en ese momento por delante del portal y se sube a él. A la estación de Mediodía por favor, indica al conductor.

En la oficina del jefe de estación de Andujar, Tomás Ibáñez sigue dormitando. Detrás de él, el ataúd parece cobrar vida.


Señorita por favor, necesito urgentemente una conferencia con Andujar. Con la estación del ferrocarril. Es muy urgente. Ramiro cuelga el auricular y pasea arriba y abajo por el despacho. Señorita por favor, necesito esa conferencia ya, le repito que es muy urgente. Lo siento, le responde la telefonista, tenemos una avería en la línea y no se podrá restablecer el servicio hasta dentro de unas horas, según me indican. Se está haciendo todo lo posible por subsanar este fallo.

Ramiro Ramos se dirige a la oficina de comunicaciones de la Central y se sienta delante del Telégrafo. Apoyando la palma de la mano derecha en el pulsador comienza a transmitir.

En la estación de Andujar, el receptor de código Morse empieza a emitir una serie continua de sonidos cortos y largos.. Tomás escucha como en sueños la transmisión y traduce mentalmente el mensaje que llega.

¡¡¡ Cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd!!!

Ibáñez se despierta sobresaltado, levanta la vista hacia el espejo que se encuentra en la pared sobre el escritorio y ve reflejada la figura de un hombre corpulento, con una pistola en la mano, avanzando hacia él. Detrás del hombre, el ataúd abierto.

Como impulsado por un resorte abre el cajón, saca una pistola y dispara tres veces. Mientras cae al suelo oye el espejo romperse en mil pedazos. Después, todo se detiene.
Cierra los ojos y escucha. El ruido de un cuerpo al caer sobre la tarima le certifica que ha alcanzado el blanco. Se incorpora y contempla al hombre tendido boca abajo sobre un charco de sangre. Lo voltea ayudándose de un pie y comprueba que está muerto.
En una esquina del despacho, el telégrafo sigue insistiendo:¡¡¡ cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd; ¡!!

Al día siguiente, en las oficinas de la estación de Mediodía solo se habla del frustrado robo a la valija del dinero del tren correo de Andujar gracias a la valentía de Tomás Ibáñez y a la oportuna intervención del jefe de expediciones Don Ramiro Ramos Rojas.







ESTA LANA DE MI JERSEY AZUL

Federico y Ana Fayerman Martinez
15 de marzo de 2008

Sé que te pasas mucho tiempo pensando, callada, mirando al infinito y que tus ojos se han vuelto tristes de tanta soledad. Lo sé, aunque no pueda penetrar en tus pensamientos ni en las emociones que fluyen a través del rocío de tus lágrimas. Seguramente ahora estás pensando en tu madre, porque has dejado la costura a un lado, has levantado la vista y has dicho --¿Mamá tienes hilo blanco de hilvanar?- Como últimamente sueles hacer (malditas rodillas) te levantas despacio del sofá, ese sofá que has decidido por fin cambiar por otro nuevo mas moderno, ese sofá y el resto de los muebles del salón que te acompañan desde hace mas de veinte años. Ahora quieres cambiar el salón y algunas otras cosas de tu vida aunque sabes que ya no es posible. Otras no las cambiarías por nada en el mundo. Tus sentimientos tampoco los podrás cambiar. Y eso solo lo sabes tú.
Caminas hasta la entrada. A la derecha de la puerta está la máquina de coser. Una Wertheim muy antigua, tan antigua que para coser tienes que pisar un gran pedal metálico y ayudarte en ocasiones con la mano para girar la rueda que hace subir y bajar la aguja. La vieja máquina de coser de tu madre que se ha convertido en un estático intermediario entre el cielo y tú. Abres el cajoncito largo de la izquierda y rebuscas en el interior. Como esperabas, el hilo blanco de hilvanar está allí. Allí está desde hace tantos años que tú no puedes recordar. Está como todo lo que le pides a tu madre cuando estás cosiendo. Todo lo que tú recuerdas de niña lo tenía tu madre en el cajón de la máquina. -¿Mamá tienes hilo de coser rojo?--: lo tiene; que el hilo tiene que ser verde, o blanco o de cualquier color: lo tiene.¿Mamá tienes una aguja, unos alfileres, un dedal, unas tijeras, incluso un lápiz?, pues también lo tiene. Hace unos días, rebuscando en él, encontraste un pequeño ovillo de lana azul que tenía un papelito clavado con un alfiler. El papelito decía: “esta lana es de mi jersey azul”. Ese día comprobaste que es posible reír y llorar al mismo tiempo.
Pero ahora estás delante del escritorio viajero. Supongo que tú lo llamarás así, porque viajes ha hecho un montón. ¿Recuerdas cuando Vicente, el novio de tu hermana Caty lo compró en mil novecientos sesenta, poco antes de casarse? Lo usó para estudiar su carrera de Perito Agrícola. Cuando terminó los estudios le destinaron a Valencia y allí se fueron los tres (ya había nacido tu primer sobrino). El escritorio viajó hasta un altillo situado sobre el despacho que tu padre tenía en su fábrica. Allí durmió casi veinte años y tú lo recuperaste para el estanco que acababas de abrir. Durante otros veintitantos años sirvió para soportar el pequeño ordenador y los papeles del negocio. Nunca en esos años bajaste su tapa corredera, pero cuando vendiste el estanco y pensaste en llevarte el escritorio a tu casa para restaurarlo, lo cerraste. Lo cerraste con papeles importante dentro. Y claro, ahora necesitas esos papeles pero no tienes la llave. ¿Cómo vas a tener la llave de un escritorio que lleva dando tumbos desde hace cincuenta años y que además siempre estuvo abierto? Entonces solo se te ocurre una solución infalible:
--Mamá, ¿tienes la llave del escritorio de Vicente?—
(Para Mari Carmen, mi hermana pequeña. Como me lo contó ella.)















GARDENIA ORTIZ Y EL CASO DE LA FUNERARIA

Federico Fayerman
25 de enero de 2008


Apenas llevaba recorridos dos kilómetros, cuando el zumbido del busca interrumpió su sesión de footing mañanero. Gardenia, sin dejar de correr regresó a su casa.
Kira, su Coker, esperaba impaciente en el jardín. El constante sonido del teléfono la ponía muy nerviosa.
--Gardenia, soy Marga, hay un 112 en la calle Heredia número 9. Siento despertarte a estas horas pero el jefe me ha pedido que te llamara ya.
-No hay problema Marga, estaba levantada. Me ducho y voy para allá, respondió Gardenia, a la vez que se deshacía de la camiseta mojada. Unas gotas de sudor transparentes se deslizaban por su cuerpo bronceado.
Gardenia llevaba 12 años en la Brigada de Investigación Criminal y aquel, si no pasaba nada especial iba a ser su primer caso en solitario. No exactamente en solitario, parecía quejarse Kira con su mirada y su lengua fuera, desde el asiento del copiloto.
La detective Gardenia Ortiz aparcó el Seat Ibiza en la entrada de coches de la funeraria. --Funeraria La Esperanza-- rezaba el luminoso. Kira se quedó en el coche.
Dentro, cuatro personas la esperaban sentadas en las sillas de la sala de espera y otra en el suelo. Ésta con una pistola en la mano derecha y un agujero en la sien del mismo lado. Alrededor del cuerpo inmóvil manchas de sangre seca. --Hace seis horas más o menos que murió--- afirmó el ayudante del forense mientras tomaba huellas en la pistola.
La primera en prestar declaración fue Amanda. Es la secretaria de Tomás Castro, el dueño de la funeraria:
--Llegué a las ocho y media esta mañana y me resultó muy extraño que el sr. Castro, que se había quedado esta noche de guardia no abriera la puerta cuando llamé al timbre. Lo intenté con el móvil pero tampoco contestó. Entonces telefoneé a Esperanza su mujer, que con él .son las dos únicas personas que tienen llave de la funeraria.
--Serían las 9 más o menos cuando llegué a la empresa, intervino Esperanza. Traté de abrir la puerta pero no pude. Avisé a un cerrajero que después de forzarla encontró la causa del problema: La llave de Tomás estaba colocada en la cerradura por dentro, lo que impedía la apertura desde fuera. Entonces encontramos el cadáver de mi marido en el suelo de su despacho.
--¿Ha echado en falta alguna cosa o visto algo que le llame la atención?— inquirió Gardenia.
--Si, el cuadro que está en el suelo apoyado en la pared detrás del escritorio es el que usa Tomás para esconder la caja fuerte. Raramente se olvidaba de ponerlo después de cerrarla--.
--¿Tiene Vd. llave de la caja?, preguntó Gardenia
--Sí
--Por favor, ábrala sin tocarla y dígame si cree que está todo en orden.
--Falta mi joyero y el dinero que cobramos ayer de un cliente. Solo quedan los talonarios y algunos documentos--.
Este descubrimiento cambió la investigación. Gardenia partía de la hipótesis de un suicidio al ver que Tomás había pasado la noche solo y que la posición de las llaves en la puerta parecían descartar un crimen. Nadie podía haber entrado y lo que era más concluyente nadie podía haber salido después de cometerlo.
--Ayer por la tarde, siguió Esperanza, después de hacernos unas fotografías toda la plantilla en la puerta de la funeraria nos fuimos a cenar a un restaurante al otro lado de la ciudad. Fuimos todos menos Ricardo que tuvo que quedarse de guardia. Estuvimos celebrando el treinta aniversario de la empresa.
--¿Que hicieron después de la cena, preguntó Gardenia?
--Yo me fui directamente a mi casa, contestó Amanda. El portero de la finca puede corroborarlo--.
--Yo también me fui a casa, dijo Agapito, el chofer de los coches fúnebres. Antes de subir, estuve tomando unas copas en el Pub London hasta las tres de la mañana--.
--Yo me fui a dormir a casa de mi hija, informó Esperanza. No quería pasar la noche sola en casa.
--¿Y Vd. Sr. López, que hizo esta noche?;
--Ricardo López--, interviene Esperanza--, es el Administrativo y contable de la empresa. Vive justo encima de la funeraria.
--Yo me quedé como ya sabe haciendo guardia ayer por la tarde. Me entretuve imprimiendo las fotografías que nos hicimos, para enmarcarlas y colocarlas en la entrada, al lado de las que conmemoran los diez y los veinte años de la empresa. A eso de las doce de la noche volvió el Sr. Castro a relevarme. Entonces subí a mi piso a cenar y dormir.
La detective Gardenia Ortiz, aprovechó mientras el juez, que acababa de llegar, ordenaba levantar el cadáver, para recorrer todo el recinto de la funeraria, parándose un buen rato delante del ataúd vacío que estaba expuesto en el velatorio. Después estuvo registrando el despacho y examinando las fotografías impresas por Ricardo López.
Gardenia Ortiz salió a la calle y regresó dos minutos después con Kira. La llevó al velatorio y la hizo olfatear el interior del ataud. Después la puso delante de los cuatro empleados. Kira los olfateó y se encaramó sobre Ricardo López.
--Sr. López--, dijo Gardenia Ortiz dirigiéndose a Ricardo: --Queda detenido como sospechoso del robo y del asesinato de Tomás Castro--.
--Es un error, contestó Ricardo, yo no he hecho nada. Vd. no tiene ninguna prueba contra mí--.
--Cuando el Sr. Castro vino a relevarle anoche--, explicó la detective--, Vd. no se fue a su casa, si no que se escondió en el féretro, según prueba el olfato de Kira. Previamente había desactivado las cámaras de videograbación de seguridad. A eso de las dos de la mañana salió de su escondite y amenazó a Tomás con la pistola que le había sustraído de su escritorio la tarde antes. Le obligó a abrir la caja fuerte y después le mató. Colocó la llave en la cerradura por dentro para hacer creer en un suicidio y se volvió a esconder en el ataúd. Aprovechando el revuelo que se formó al descubrir Amanda y Esperanza el cadáver, salió y fingió entrar en la funeraria.
--El asesino, en este caso Vd. tuvo que permanecer por fuerza en el interior de la funeraria y por ello no tuvo ocasión de cambiarse de ropa como han hecho el resto de sus compañeros. La fotografía de ayer lo delata, Sr. López.












GUAU, GUAU (Os quiero mucho)

Federico Fayerman
26 de noviembre de 2006

Aquel trigal, invadido por enormes monstruos de cabeza ancha y giratoria, impedía su visión, y eso que ella, Senda, era una perra pastor alemán de buen tamaño. Por eso tenía puestos todos sus sentidos en orientarse a través de esa jungla asfixiante
Estaba anocheciendo, eso si podía verlo a través de las crestas de trigo, que formando olas al viento, dejaban pasar olores característicos del campo en plena siega. También el crepúsculo tenía su propio olor a trigo fresco, que se mezclaba con el de la tierra seca, que distaba apenas veinte centímetros de su hocico.
Cuando salió de aquel gigantesco cepillo laberíntico, observó como su sombra, mas negra que su propio pelo negro rojizo, había adelgazado y se había alargado Eso le recordó los días que llevaba sin comer.
Mientras pateaba una empinada y embriagada carretera, surcada de vez en cuando por parejas de luces que la deslumbraban, recordó cuando también a la luz de la luna jugaba al escondite con sus amos - Enrique, su mujer Luisa y sus hijas Bea y Laura- en el jardín de su casa. Salía a buscarlos siempre al lugar donde los había encontrado la última vez y cuando los hallaba se volvía loca de alegría y volvía otra vez dentro de la casa a esperar que la llamarán cuando ellos se hubieran escondido de nuevo, aprovechando las sombras de las encinas o de los setos de aligustre.
Estos pensamientos la llevaron a olvidar el cansancio que se acumulaba por momentos en todo su magullado cuerpo y cuando el sol empezó a salpicar su deslucido lomo se apartó del camino y buscó algún lugar donde refrescarse y lavarse las heridas que cubrían su cuerpo, para poder continuar su camino, pues en su cerebro no existía otra idea que no fuera la de seguir avanzando
Ahora eran unos prados secos, guardados por altas vallas construidas con piedras de musgo, los obstáculos que tuvo que salvar para alcanzar otra carretera que transcurría de norte a sur.
Un viejo toro negro la observó con curiosidad levantando lentamente la cabeza del terreno agrietado donde intentaba encontrar un poco de hierba que llevarse a la boca, y eso volvió a sumirla en recuerdos queridos y añorados. Se encontraba otra vez en el jardín de su casa y acababa de recibir un baño en toda regla, lavado, marcado y peinado, que le había devuelto el brillo a su pelo y la alegría de correr por la hierba sacudiéndose el agua mientras todos huían del chaparrón. Entonces aparecía su amo con una toalla en las manos y durante un largo rato ambos realizaban giros y movimientos, que trataban de imitar el noble arte de Cúchares entre las risas de toda la familia y el estupor de algún vecino, que no podía creerse lo que estaba viendo. Entre capotazo y capotazo los olés estallaban y ella se iba secando poco a poco hasta que quedaba rendida y se tumbaba en el césped mientras las niñas la abrazaban.
Día tras día siguió su camino, atravesando pueblos, huyendo de los automóviles y recordando su vida pasada: Aquel día en que defendió a su amo del ataque de otro perro o cuando mantenía largas conversaciones con él a base de GUAUS que estaba segura eran entendidos. En definitiva, catorce años de convivencia con aquella familia, que la había rescatado cuando tenía 7 meses de su primer dueño que la educó a golpes. Una convivencia que se había truncado en aquel maldito accidente de tráfico a más de quinientos kilómetros de casa.
Sabía que nadie la esperaba allí, pero juró para sus adentros, que aunque le costara cien años, encontraría el camino de vuelta a su hogar y hallaría el lugar donde por fin descansaría sobre la larga y aplastada sombra de un ciprés, al lado de sus queridos amos, para siempre.









HABIA UNA VEZ, UN CIRCO.
Federico Fayerman
7 de marzo de 2008

¡Que niño más guapo! dijeron todas las vecinas cuando me vieron por primera vez en los brazos de mi madre. Me contó mi padre.
Y durante los cinco años siguientes no hubo vez en que al cruzarme con alguna de ellas no alabaran mi belleza y no me decoraran la cara con carmín.
Al cumplir los cinco años, y como regalo de aniversario, mi padre me llevó al circo. Nos sentamos en lo más alto de la grada que recuerdo como suspendida en el aire y desde aquella altura descubrí que quería ser artista cuando fuera mayor. Artista de circo.
Crecí siendo muy guapo (También me lo contó mi padre). Posiblemente el niño más guapo del mundo. No lo decía solo él. Todas las vecinas seguían diciéndolo. Todas me querían para casarme con sus hijas cuando creciéramos.
El día que cumplí los doce años llegó a mi ciudad el Circo Americano y mi padre volvió a llevarme. Sentado de nuevo en la grada, recordé haber decidido que cuando fuera mayor iba a ser artista. Artista de circo. Y a partir de ese momento me puse manos a la obra.
Empecé a coleccionar todo lo que se relacionaba con el espectáculo circense. Postales de domadores famosos, de payasos, de animales salvajes. Estudié la historia del circo. Memoricé los nombres de los más famosos artistas así como sus números más célebres; Incluso me fabriqué un látigo con una correa vieja de mi padre y andaba todo el día detrás de mi perro Dof tratando de domarle. Desistí de ser domador cuando Dof, harto de mis persecuciones me dio un mordisco en el culo que me quitó de golpe un buen tanto por ciento de mi artística vocación. Reflexioné en cómo sería el mordisco de un león o de un tigre comparado con el de un perro.
Pero aún podía ser hombre-bala, pensé. Convencí a mi madre para que me confeccionara un traje de colores vivos, muy ceñido al cuerpo, al que añadí un casco de vikingo que me habían echado los reyes el año anterior y al que extirpé los cuernos. Para ensayar me hice lanzar al aire por varios amigos del barrio, con tan mala suerte que en lugar de caer en el montón de arena que habíamos dispuesto, fui a caer directamente sobre el empedrado rompiéndome un brazo. Ante este resultado borré de mi lista la pretensión de convertirme en hombre-bala.
¡Cada día es más guapo! Ya no solo lo decía mi madre y las vecinas sino todas las mujeres que me conocían. Será artista de cine. Y sí, yo quería ser artista, pero artista de circo.
Ya tenía dieciocho años y seguía intentando elegir un arte circense que se adaptara a mis características. Probé a ser malabarista. Al principio la cosa no se dio mal. Era capaz de mover en el aire tres pelotitas de goma pero temí que aquello no fuera suficiente para triunfar, así que inventé un número original con platos y tazas de porcelana. Mi madre se enteró justo el mismo día en que terminé con la última pieza de la vajilla. Me hizo prometerle que olvidaría el circo (por supuesto crucé los dedos en mi espalda). Yo a la vez me prometí a mí mismo que le regalaría una vajilla nueva con mi primer sueldo de artista. De artista de circo, claro.
Mi siguiente paso en la búsqueda de mi anhelada vocación me llevó a pintarme la cara, ponerme una pelota de pin-pon agujereada en la punta de la nariz y delante de un espejo contar chistes y hacer muecas grotescas. El público que seguía mis actuaciones, es decir mis hermanos pequeños me convencieron de que abandonara, pues según ellos, tenía menos gracia que una almorrana.
Tan obsesionado estaba con hacerme artista, que dejé pasar los años sin desarrollar ninguna profesión ni, pese a estar muy solicitado por las mujeres encontrar novia y casarme como hicieron casi todos mis amigos.
Fue al cumplir los treinta años y ojeando una revista antigua de circo cuando descubrí por fin cual iba a ser el arte circense al que estaba abocado. A escondidas de mis padres empecé a hormonarme y cuando tuve un buen par de tetas me dejé crecer el pelo hasta conseguir una larga melena rubia y también me dejé crecer la barba un palmo aproximadamente. Con mi cuerpo depilado, un poco de maquillaje y lo guapo que era no tuve problema para cumplir mi sueño. Trabajar en un circo. De mujer barbuda.





HISTORIAS DE ANTIOQUIA

2.- El duende Rojo de Antioquia

Federico Fayerman
2 de marzo de 2008


Dos años después de los sucesos de Abejorral, cuando mi hermano Simón perdió, a manos de una bruja, primero la razón y después la vida, recibí una llamada de mi prima Mari Cris, Madre Superiora del Convento de las Dominicas de Medellín. Solicitaba mi ayuda para resolver ciertos asuntos burocráticos del internado.
.Allí me presenté pocos días después, alegre y preparada a colaborar con Mari Cris, a quien no veía desde hacía 3 años. Como enseguida sabréis, mi alegría duró poco y el responsable no fue otro que el llamado Duende Rojo de Antioquia.
Tras presentarme en el claustro a la comunidad y reponer fuerzas en el refectorio, me adjudicaron la única celda libre del convento. En realidad era una celda que nadie quería ocupar. La causa de este miedo venía provocada parece ser, por una serie de acontecimientos que tenían lugar, desde hacía varios años en el ala este del convento, zona donde se ubicaba la cilla, las cocinas, y esa celda, que en tiempos fue ocupada por Fray Celestino, sacerdote encargado de oficiar las misas, y que murió completamente loco, sin que nadie supiera nunca la razón de tal enajenación.
Intenté no dar crédito a las leyendas que circulaban sobre el duende de Antioquia, enano vestido de rojo, tocado con un gorro de igual color y que dedicaba su tiempo a molestar y asustar a la gente cambiando de sitio las cosas, provocando ruidos y alterando el sueño de la persona que elegía para sus fechorías. Los hechos que relato a continuación me convencieron de que el Duende se había aposentado en dicha celda con propósito de continuidad.
Mi primera noche la pasé en blanco, pues nada más apagar la luz empecé a oír arrastrar cadenas por el suelo, ruido de pasos, abrir y cerrar portones e incluso escuché una risa maquiavélica que rebotaba en las cuatro paredes de mi celda.
La noche siguiente, nada más quedarse en silencio el convento, los hechos volvieron a repetirse. Noté que la cama se movía y que al instante el techo se derrumbaba. Me incorporé y encendí la luz. Esperaba encontrarme sepultada bajo los escombros. Sin embargo el techo estaba en su sitio y yo no tenía ni un solo rasguño. Mi cama se encontraba cruzada delante de la puerta. Entonces, la risa histérica del duende volvió a invadir el pequeño cuarto.
Por la mañana, durante el desayuno le conté todo a Mari Cris. No se extrañó, ya que conocía que, desde hacía varios meses, venían ocurriendo cosas extrañas en el convento. Entró en nuestra conversación la hermana Benigna, la monja más joven, recién llegada desde Santa Marta. Dijo conocer el remedio para alejar al Duende y acto seguido se puso en contacto con una religiosa de su antiguo convento, que resultó de gran ayuda para todas nosotras y en especial para mí, que ya estaba pensando en abandonar el lugar y volver a mi casa en Abejorral.
Así pues me asignaron la misión de ir a recoger el pergamino original donde aparecía manuscrita una oración que ahuyentaba a los duendes, siendo esta, según dijo la hermana Benigna, también efectiva aunque en menor grado contra brujas y demonios.
Tras un accidentado viaje en autobús por la Pan-Americana, llegué a Santa Marta. Mis planes eran regresar al día siguiente a Medellín pero me encontré con un inesperado problema. La Madre Aurora, poseedora del pergamino había sido trasladada urgentemente a un Hospital en Barranquilla, aquejada de un mal desconocido.
Me alojé esa noche en el dormitorio de legos del convento y a la mañana siguiente cogí el autobús con dirección a Cartagena y bajé en Barranquilla hacia el mediodía. En el hospital, la Madre Aurora me informó que había vendido por treinta pesos el pergamino a un hombre que dijo necesitarlo para curar a su hijo de diez años, que se estaba volviendo loco. Estos ataques de locura le ocurrían siempre que iba a clase de religión en el colegio. Poco después de haber hablado conmigo la madre Aurora cayó en un coma profundo del que, parece ser, no volvió a salir jamás.
Volví a viajar, esta vez en expreso a Bucaramanga, en la provincia de Santander donde esperaba encontrar por fin el pergamino, pero al llegar a la dirección que me había facilitado la Madre Aurora me encontré con el entierro del niño saliendo de la casa y dirigiéndose al cementerio entre sollozos y lamentos de sus familiares.
Al día siguiente, estando el padre del difunto algo más sereno pude conversar con él y me narró lo sucedido. Parece ser que para intentar frenar la locura que perseguía a su hijo, el cura había pretendido hacer un exorcismo en la iglesia, regando al pobre chiquillo con agua milagrosa. Súbitamente apareció un perro negro enorme y atacó al muchacho mordiéndole en la yugular y causándole la muerte. Según los presentes se trataba del mismísimo demonio, que ante la posibilidad de que su posesión sobre el niño quedara anulada por el exorcismo decidió matarlo. Al poco llegó el padre con la oración, pero ya nada pudo hacer por su hijo.
Senén, que así se llamaba el afligido progenitor me vendió el pergamino por cincuenta pesos, deseándome que éste solucionara el problema que afectaba al convento de las Dominicas.
Tres días después, llegué por fin a Medellín y me dirigí rápidamente al convento donde las hermanas y la Madre Superiora me esperaban con ansiedad, ya que el duende se estaba manifestando desde mi partida con gran saña. Reunidas en el locutorio, aprendimos de memoria la oración y la rezamos a todas horas. Quince días después la invocación surtió efecto y el Duende Rojo desapareció.
Durante los dos meses que pasé ayudando a Mari Cris no volvió a molestarme.
Cuando nos despedimos, la hermana Benigna me dijo que si vendía la oración a otra persona que la necesitara, lo hiciera a mayor precio que el que yo había pagado por ella y entregara la diferencia a los pobres.

Así ocurrió, pero eso forma parte de otra historia.













HISTORIAS DE ANTIOQUIA

1-Las brujas de Abejorral

Federico Fayerman
20 de marzo de 2007

El regreso de mi hermano Simón de Venezuela, después de trabajar allí durante 5 años en los yacimientos petrolíferos del lago Maracaibo, constituyó una gran alegría para toda la familia, ajenos como estábamos a las consecuencias que tal regreso nos ocasionaría.
Como supongo conocéis ya, mi país Colombia, ha sido siempre cuna de leyendas y enigmas como El Dorado en la época de la colonización española. Sin embargo, lo que voy a relatar a continuación no es fruto de locuras ni alucinaciones provocados por la coca y sí por los hechos que acontecieron hace no más de 10 años en mi pueblo natal Abejorral, en la región andina de Antioquia.
Mi nombre es Gladis, tengo 35 años y vivo con mis padres y dos de mis hermanos en una hacienda en el campo, donde criamos ganado que vendemos en Medellín, capital de la provincia.

Simón, cuatro años menor que yo, era mi hermano preferido y no dudé en cederle mi dormitorio en su regreso a la casa familiar, acomodándome yo con mi hermana mayor. Regresaba mi hermano realmente cansado de Maracaibo. Su excesiva delgadez, sus pómulos prominentes y la languidez de sus ojos, denotaban un estado de ansiedad y zozobra que me preocupó seriamente.

Le pregunté que le pasaba y me refirió que desde hacía más de un año tenía la sensación de que alguien le acosaba. Desde entonces nada le salía bien, había perdido dos veces el trabajo, su novia le había abandonado y hasta sus amigos le habían ido dando poco a poco la espalda. Llevaba largo tiempo sin poder dormir y por eso tomó la decisión de regresar a Colombia para ver si la causa de sus males, una bruja, según las creencias rurales, dejaba de perseguirle. Su explicación no me resultó en modo alguno creíble pero lo que ocurrió a continuación me hizo cambiar de opinión.
Durante los siguientes quince días su situación se agravó. A las profundas ojeras se le unió la inapetencia y el agotamiento general. Apenas tenía fuerzas para salir de la casa y pasear algunos metros. Enseguida volvía sobre sus pasos y regresaba hasta su habitación para tumbarse nuevamente en la cama con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada.
Simón me confesó que la bruja le había seguido desde Venezuela y pretendía acabar con él, así que pensaba irse pronto a otra ciudad, donde le habían hablado de una mujer que las espantaba. A la mañana siguiente, muy temprano salió de la casa sin despedirse, dejando una nota en la que lo explicaba todo. No dejó dirección alguna donde localizarle para evitar que la bruja pudiera seguirle.

Volví a instalarme en mi dormitorio y la primera noche que pasé en el no pude conciliar el sueño. Los recuerdos de mi infancia con Simón se amontonaban en mi cabeza. Nuestros juegos por el campo, siempre corriendo o escondiéndonos de enemigos invisibles, a los que siempre derrotábamos y volvíamos a vencer al día siguiente, o yendo hasta el pueblo cercano precedidos siempre por nuestro perro Dof, a cumplir algún encargo de nuestra madre, donde nos gastábamos el poco dinero que teníamos en cuentos y golosinas. El mismo Dof, diez años más viejo, que dormía en el pasillo delante de la puerta de mi dormitorio. De madrugada y sin razón aparente Dof empezó a ladrar. Tumbada en la cama desvelada tuve la sensación de que alguien, quizás una sombra abandonaba la habitación. Me levanté asustada. Dof corría hacia el patio dando grandes saltos como si quisiera agarrar algo que para mí era invisible. Al llegar a la tapia que daba al exterior colocó sus patas delanteras sobre el muro y se quedó quieto mirando hacia el cielo, gruñendo furiosamente.
Una semana después, recibí una llamada desde Bogotá. Me comunicaban la muerte de mi hermano tras un ataque de locura que nadie pudo entender.
Dof, que había permanecido tumbado desde su marcha junto a la pared del patio, no volvió a comer ni a beber.
Murió dos días después.




LA CUEVA DEL CIGALÓN
Federico Fayerman
10 de marzo de 2007

--¿Ha visto alguien a mi hijo?
- No señor –Contestamos al unísono.
La primera vez que entré en la oficina mi cuerpo era una mezcla de miedo y sus sinónimos, recelo, aprensión, desconfianza, turbación y desasosiego. Es decir no sabía muy bien que hacía en tan siniestro lugar. Corría el mes de octubre y en lugar de estar con mis compañeros de colegio como todos los años, iniciaba mi vida laboral con más que dudosas expectativas.

La oficina que resultó ser mi primer trabajo era un piso distribuido en torno a un largo y oscuro pasillo. En un extremo se hallaba el salón-comedor, con dos balcones a la calle Alcalá. En él trabajaban 6 personas: Rodríguez el cajero, de unos 45 años, calvo, gordo y con cara de aburrido; Roque, chupatintas vocacional de 35 años, el rey del escaqueo y tres oficinistas más dignos de un comic de Ibañez. Vigilándoles a todos, el jefe, Don Luis “El gran Cigalón”. Lo de cigalón era por sus ojos enrojecidos y saltones, siempre ocultos tras unas gafas oscuras de concha marrón.
¿Ha visto alguien a mi hijo?, repitió poniendo un gesto de incredulidad.
No señor, contestamos todos otra vez al unísono, poniendo cara de bobos.
Su hijo era “Luisito” , un inútil de veintitrés años al que su Padre había colocado en la Empresa no se sabe muy bien para que cometido.
Al otro extremo del pasillo estaba el archivo, zona desmilitarizada. Allí se podía comer el bocadillo y echar un cigarro fuera del alcance del radar del cigalón. A lo largo del pasillo había otro despacho, la sala de visitas y el cuarto de baño.
Y en el archivo comenzó mi actividad profesional, a razón de 800 pesetas al mes.

Ocurrió un lunes por la mañana. Aún no estábamos totalmente despiertos y la zona desmilitarizada estaba muy concurrida. El señor Julián, un hombre de unos 70 años que era el encargado de archivar los expedientes y salir a los recados, había recibido el encargo de Roque de liarle unos cuantos cigarrillos en un ingenio rudimentario que él mismo había construido. Yo me había unido a tan interesante y desconocida faena cuando alguien en el pasillo nos dio el agua. O lo que es lo mismo, que el cigalón había iniciado una maniobra de aproximación a la zona sur. En apenas unos segundos se organizó un zafarrancho que llevó a cada combatiente a su verdadero puesto de combate. El señor Julián escondió el tabaco bajo la mesa y se subió en una banqueta a colocar expedientes, Roque salió del archivo a grandes zancadas, yo por mi parte agarré el sello de caucho y me puse a dar golpes al papel de pagos ( al que odiaba profundamente ) como un poseso. A mi lado, José Antonio movía unas cajas de un sitio a otro nerviosamente sin levantar la cabeza. El cigalón entró como un torpedo a punto de impactar contra el blanco y dirigiéndose a todos y a la vez a ninguno (consecuencia de mirar a través de unas gafas oscuras) preguntó tres veces
- ¿ Ha visto alguien a mi hijo?, a la vez que se quitaba las gafas y se restregaba los ojos con el puño cerrado de su mano derecha.
No señor, contestamos otras tres veces, y pensé: mira, igual que San Pedro. Don Luís recorrió con su mirada cigalítica toda la habitación y salió a la misma velocidad que había entrado. Al pasar delante del cuarto de baño, una explosión casi hizo que rodara por el suelo. Una alfombra de humo negro salía por debajo de la puerta del baño, señalando el lugar donde se había producido la deflagración. Al momento se abrió la puerta y apareció “Luisito” con la cara y las manos chamuscadas, y corriendo sin parar hasta la puerta de la calle salió para no volver nunca más a pisar la oficina. Poco a poco, todos nos fuimos asomando a la zona cero. En el centro del cuarto de baño, sobre una gran mancha negra de pólvora, un artilugio de cartón y papel de plata con un rótulo que decía Sputnik-13, ardía tras su fracasado lanzamiento al espacio sideral del distrito Centro de Madrid.




LA DOBLE VIDA DE GORRIONCETE

Federico Fayerman
7 de julio de 2008

Gorrioncete nació el veintiuno de junio. Llegó el primer día de verano al nido que sus padres habían montado en una acacia en la calle O´donnell. Era uno de los tres pequeños glotones que no cesaban de piar, reclamando con sus picos abiertos hacia el cielo, comida y más comida.
El hombre del tiempo, al mediodía mediodía, había dicho que iba a hacer mucho viento en Madrid y así sucedió, de forma que en un momento del vendaval, gorrioncete se precipitó desde su nido y cayó, empujado por el viento, al patio de mi amigo Pepe, con el que yo estaba hablando, desde la ventana del cuarto de estar en el segundo piso. Pepe, rápidamente lo cogió y empezó a lanzarlo al aire para ver si sabía volar un poco. Pero era que no. De hecho tampoco sabía aterrizar.
Entonces se me ocurrió una idea: ¡Pepe!, --le dije, --mete al gorrión en una bolsa de papel, yo te echo una cuerda y una pinza de la ropa y me lo mandas! -- Pepe dice que sí, que vale y me lo envía. Ya está en casa. Le pongo en el pico un poco de leche con un cuentagotas que cojo del armarito de las medicinas del cuarto de baño. Después llega mi hermana pequeña y entre los dos le preparamos con trapos una cama y le dejamos al lado un plato con leche y migas de pan, por el que inmediatamente comienza a caminar, salpicando todo a su alrededor.
Así transcurren los días y gorrioncete va aprendiendo a volar. Desde la mesa del comedor a mi cabeza, de allí a la cabeza de mi hermana y de allí al reloj de pared. Como es verano tenemos las ventanas abiertas y los visillos echados. Gorrioncete vuela hasta la barra de los visillos y de ahí sale por la ventana y se aleja por encima de los patios de las casas vecinas. Nos quedamos muy apenados sobre todo mi madre y mi hermana que se pasan llorando un buen rato. A las diez , en plena cena familiar Gorrioncete aparece a través de los visillos y se posa en el centro de la mesa para comerse las migas del mantel. Lo celebramos con vino y gaseosa. Rompemos la hucha y con nuestros escasos ahorros le compramos una pequeña jaula con una barrita horizontal donde se mete él solo y pasa las noches. No le cerramos la puerta de la jaula ni la ventana del comedor. No sale. Solo lo hace después de desayunar y vuelve por la tarde. Jugamos. Le pongo los dedos de mis manos como si fueran una escalera y él sube hasta donde ya no puedo más. Come cañamones de mi boca y me picotea los parpados y las cejas. También me picotea la cabeza. Siempre está por las alturas porque Mimi, nuestra gata no le pierde de vista y noto como a veces le mira con ojos golosines. Han llegado las vacaciones y mi madre no me deja llevarlo conmigo, así que se lo dejo a mi amigo Pepe hasta que vuelva. Será solo un mes. Sin embargo se me hace interminable y estoy desando volver para verle. Cuando regresamos a Madrid, en lugar de subir a casa entro directamente en la de Pepe. Me dice que Gorrrioncete se escapó y que durante muchas tardes le vio volar hasta mi ventana, picotear en el cristal y después marcharse otra vez.
Ahora me paso el día mirando a la calle, con la jaula en la mano por si vuelve y tengo que abrirle la ventana. Es que ha llegado el otoño y como hace un poco de frío mi madre la tiene siempre cerrada.
LA RADIO ASESINA
Federico Fayerman
20 de octubre de 2008


Aún le temblaban las manos cuando rasgó y abrió el sobre color sepia. De su interior extrajo una hoja de papel del mismo color doblada en cuatro. La carta, escrita con tinta azul y trazos angulosos, estaba dirigida al Director del psiquiátrico. En el centro de la habitación, un hombre desnudo colgaba ahorcado de una cuerda fabricada con su propia ropa. La radio, colocada sobre una balda en la pared, emitía música clásica.
Sr. Director: No le extrañe el tono formal de mi carta pues desearía que fuese tomada tan en serio como lo son los hechos que quiero narrarle. Primero me presentaré ya que aunque llevo cerca de veinte años en este manicomio, y perdone la expresión, no he tenido jamás el gusto o el disgusto de conocerle. En realidad solo conozco las cuatro paredes de mi celda (habitación lo llaman ustedes), mi cama oxidada y cantarina y al carcelero, perdón quise decir enfermero, que se encarga de traerme la comida cada día. Sin embargo y aunque pueda parecerle sorprendente, mi estancia en este centro ha resultado altamente beneficiosa para mi integridad física. Supongo que Vd. habrá leído mi expediente en el que si no se falta a la verdad, constará que he vivido amenazado de muerte desde mi infancia y curiosamente eso es lo que me trajo aquí. También consta mi nombre en esos papeles, supongo.
Cuando cumplí los diez años de edad, --espero que no se aburra y siga usted leyendo esta carta--, mis padres alquilaron una casita en las afuera de la ciudad. Aunque era bastante antigua, vigas de madera, cocina de carbón y todas esas cosas, el tejado se encontraba en muy buen estado y esto junto con lo que parecía ser una construcción sólida fue lo que convenció a mi padre para alquilarla. El hecho de que los dueños hubieran muerto recientemente de forma extraña no les importó lo más mínimo. En el reparto, a mí me fue adjudicado un dormitorio en la planta alta al final del pasillo, en cuyo techo había una pequeña puerta que comunicaba con el desván.
Mis primeros años allí fueron realmente felices. Disponíamos de un espacio de terreno ante la casa que a mi madre le gustaba llamar jardín, pero que en realidad solo tenía tierra, malas hierbas y una fuente de piedra que el ayuntamiento había colocado practicando un agujero en la tapia, que separaba la casa de la calle, y que algún funcionario gracioso había colocado con el grifo hacia dentro de nuestro jardín. Esto obligaba a que cada vez que un vecino (afortunadamente solo teníamos cuatro) necesitaba coger agua tenía que llamar a nuestra puerta. Yo era el encargado de abrir y cerrar el grifo de la fuente cada vez que nos lo solicitaban. Dos años después de vivir en esa casa, el ayuntamiento canalizó el agua corriente y la fuente pasó a ser de nuestra exclusiva propiedad.
En estos menesteres de aguador y en asistir al colegio del barrio por las mañanas ocupaba yo mi tiempo hasta que cumplí los quince años. El día de aquel cumpleaños se reunió toda la familia. La tía Engracia, el tío Agustín, las primas gemelas Rosa y Luisa, de las que estaba perdidamente enamorado, los abuelos maternos y un sargento de artillería que siempre asistía a mi cumpleaños y nunca supe en calidad de qué. --Es un amigo de tu padre de cuando estuvo en el ejército, --decía mi madre, pero nunca les vi saludarse o hablar del tiempo pasado durante la guerra. Fue durante la celebración cuando mi padre pensó en amenizarla con un poco de música, así que subimos a mi cuarto y ayudándome de una silla me subí hasta la altura del techo y abrí, con bastante esfuerzo la pesada puerta del desván. Entré en él y busqué un aparato de radio que los hijos de los dueños de la casa habían guardado allí. Tuve que acostumbrarme a la oscuridad de la estancia y recorrerla varias veces entre sillas cojas y muebles desarmados hasta dar con el aparato. —busca también el voltímetro,--oí gritar a mi padre.
Aquella tarde la pasé bailando con mis primas hasta que mi tía les ordenó sentarse a merendar y poco después, sobre las ocho se fueron, porque vivían al otro lado de la ciudad y el tranvía tardaba más de una hora en llegar.
Esa misma noche, mi padre colocó la radio sobre el aparador de la habitación de estar y a partir de aquel día pasábamos todas las tardes escuchando las novelas y las peticiones del oyente. A partir de las nueve y media conectábamos con la 825 AM, una emisora que siempre radiaba música clásica, que era lo que más le gustaba a mi madre.
Mi padre se acostaba antes de las diez, porque tenía que levantarse muy temprano por las mañanas y mi madre solía quedarse dormida oyendo la música y haciendo ganchillo en la mecedora de enea al lado de la estufa. Y entonces ocurrió por primera vez. Eran las diez de la noche cuando comenzó a sonar La Sugestión Diabólica de Prokofiev y su interpretación al piano frenética y escalofriante fluyó desde el aparato hasta mis oídos. Una sensación de mareo y nauseas se apoderó de mí. Noté que me faltaba aire en los pulmones, que el cuerpo se me convulsionaba a ritmo de escalofríos incontrolables y mis parpados se abrían tanto que los ojos amenazaban con salirse de sus órbitas. Después no recuerdo nada más; solo que a la mañana siguiente mi padre me despertó a gritos. Yo estaba caído en el suelo de la habitación de estar y mi madre se balanceaba, colgada por el cuello, de una cuerda atada a la lámpara de araña del altísimo techo de la casa. La policía no encontró explicación a lo sucedido y menos por la versión que yo les conté. El caso quedó archivado como suicidio.
A partir de entonces no quise volver a escuchar la radio. Me encerraba en mi cuarto para no oírla ya que el sonido trepaba incluso por el hueco de la escalera. Dormía con la luz encendida como cuando era un niño pequeño y dejé de comer casi totalmente. Unos tres meses después accedí nuevamente a quedarme oyendo la radio con mi padre, y a las diez en punto, cuando volvió a sonar en la radio la fatídica pieza los acontecimientos se repitieron y esta vez fue mi padre el que murió en las mismas extrañas circunstancias. Los vecinos nos encontraron dos días después, yo dormido sobre la alfombra y mi padre estrangulado sobre la mecedora de enea. Traté de explicar a la policía que la radio había sido la causante de la muerte de mis padres, pero no me creyeron. Entonces les pregunté donde me iban a llevar. Les sugerí la casa mis tíos, y durante varios días estuve imaginando lo feliz que sería viviendo con mis queridas primas. Pero terminaron acusándome de las dos muertes y me ingresaron, como usted bien sabe, en este manicomio de por vida.
Entre las pocas cosas que me permitieron traer aquí estaba la radio asesina, que ha permanecido guardada en los sótanos del manicomio hasta que la semana pasada pedí que me fuera entregada. Porque por fin creo que esta noche ha llegado el momento de demostrarles a todos que yo tenía razón.
El director volvió a doblar en cuatro la carta y la introdujo en el sobre.
–A continuación desde la 825 de Onda Media les ofrecemos nuevamente La Sugestión Diabólica, Opus 4 No 4, de Prokofiev, --dijo el locutor.
Eran las doce de la noche. --Realmente suena terrorífica, --comentó el enfermero; es la primera vez que la escucho. El director cerró la puerta y se volvió tambaleándose hacia él. --Yo también, --dijo mirándole fijamente a través de sus pequeños ojos inyectados en sangre.








LA VENGANZA ES REDONDA COMO UN BALON DE FUTBOL
Federico Fayerman
17 de marzo de 2008

Francisco Campos no temía los ataques de los delanteros rivales. Cuando veía peligro para su portería chasqueaba los dedos de su mano derecha y todo a su alrededor se ralentizaba. Entonces veía la jugada a cámara lenta y atajaba siempre el balón adelantándose a todos.
Así llevaba tres años. Tres años que habían reportado a su club, el atlétic tres ligas, tres copas, dos champions y una intercontinental.
Había mantenido imbatida su portería durante tres campeonatos consecutivos y las victorias de su equipo eran exactamente las mismas que partidos había disputado. Si algún domingo sus compañeros no marcaban goles él chasqueaba los dedos y se iba a rematar algún corner o a finalizar alguna jugada en gol, siempre gracias a la lentitud con que se movían los contrarios. Cuando lo deseaba chasqueaba los dedos de la mano izquierda y todo volvía a su velocidad normal. Únicamente debía tener cuidado de no chasquear los dedos de las dos manos al mismo tiempo. En ese caso no podría ralentizar su entorno nunca más.
Todo había empezado con aquel sueño que tuvo tres años atrás cuando contaba sesenta. Soñó que le era concedido el don de parar la acción a su alrededor y él lo utilizó para cumplir su mayor anhelo: jugar de portero en el club de sus amores: el Real. Sin embargo, cuando ofreció sus servicios al Real fue rechazado y lo que fue aún peor, fue ridiculizado por el propio presidente y el departamento de RR.PP. publicando una nota de prensa en los periódicos de la capital con lo que ellos llamaron “una chistosa intromisión de la tercera edad en el fútbol profesional”. Así pues recaló en el eterno rival, el atlétic, donde fue recibido con escepticismo y después querido y aclamado durante los tres años que duró su exitosa trayectoria
Y por fin, apoyándose en su gran poderío económico surgió la super oferta del Real. Trescientos millones de euros al año, durante diez temporadas. Francisco Campos añadió varias cláusulas al contrato: No podían despedirle bajo ningún concepto, cobraría fuera o no titular y la mitad de su sueldo iría a varias organizaciones benéficas de una lista que él mismo facilitó al club.
Y llegó el día tan largamente esperado. Su debut en la portería del Real, su club amado desde pequeño, el club que le había despreciado pero que para ficharle ahora había tenido que traspasar a sus mejores figuras e hipotecar el estadio.
Su primer rival en el campo era su antiguo club, el Atlétic. Las gradas hervían de pasión como nunca. Las pancartas con su nombre ondeaban en todos los graderíos que parecían a punto de reventar. En el palco de honor, el Presidente se pavoneaba ante el Rey, el Primer Ministro y la crème de la jet set, llegada al campo para hacerse las fotos en tan histórico momento.
Empezó el partido de los eternos rivales y fiel a su don, Francisco Campos mantuvo a cero su portería durante los primeros cuarenta y cinco minutos.
Un momento antes de iniciarse el segundo tiempo, Francisco Campos Santín, a la sazón mejor portero del mundo y flamante fichaje a base de talonario del Real recorrió el campo hasta situarse debajo del palco de personalidades y en un gesto que nadie llegó a entender nunca levantó los brazos, miró fijamente al presidente y a su junta directiva y chasqueó con rabia los dedos de sus dos manos a la vez. (Para Paco, el mejor amigo de mi padre)














LOS MARTES, LENTEJAS

Federico Fayerman

26 de abril de 2007



El cartel luminoso - Restaurante Royal - o más bien lo que quedaba de el, suponía el último vestigio de lo que en tiempos había sido este establecimiento, ahora reducido a un oscuro bar, angosto y estirado, rematado con seis mesas hacinadas al fondo.

--Buenas tardes don Alberto…y compañía.
--Buenas tardes, buenas tardes, coreaban todos los camareros según íbamos paseando la barra, y percibiendo cada vez con más intensidad el olor a fritanga que salía de la pequeña cocina, haciendo honor tal vez al precio del menú. Como casi todas las personas mayores, mi tío seguía ahorrando, no sé para que y no quería ir a comer a otro sitio mejor, pese a mis recomendaciones y me imagino las de su estómago.

Llevaba mi tío Alberto más de quince años yendo a comer allí. Siempre acompañado de mi tía Ana Mari. Desde que se jubilaron, no dejaron ni un solo día de acudir al Royal y ahora que se había quedado viudo lo hacía él solo, salvo los martes, que le acompañaba yo. Nunca supe lo que mi compañía supuso en su ánimo, pues aunque me lo agradecía continuamente, no estaba seguro de su total sinceridad.
Su vida se había quedado reducida a la sala de estar, sofá y Televisión y al Royal. Incluso había dejado una de sus principales aficiones: leer. Seguía teniendo muchos conocidos de buenos días don Alberto, buenas tardes don Alberto, pero pocos amigos. Ya no los deseaba. Tampoco tuvo hijos.
En su rutinario recorrido hacia el Royal, siempre la misma liturgia. En Islas Filipinas la limosna a Ramón, ex boxeador, medio vagabundo y algo tarado. En la esquina con Guzmán el Bueno otra dádiva a la gitana enlutada que siempre le sonreía agradecida. Otra gitana que vendía flores medio le reverenciaba. -------Que tal don Alberto, me alegro de verle.

Había sido un hombre totalmente dependiente de su mujer y ahora que estaba solo había quedado reducido a un juguete del destino, pues no sabía ni deseaba luchar por la vida. Eso se notaba también en su aspecto personal, que mientras vivió mi tía fue impecable. Ahora su ropa estaba mal planchada, lucía algún lamparón que otro en la chaqueta o en los pantalones, normalmente fruto de sus visitas al Royal, y una cazadora que parecía de espectáculo circense debido a los brillos, causado, imagino por la falta de visitas a la tintorería.

Sin embargo era un hombre muy respetado en el barrio por su gran cultura y formación. Hablaba correctamente cuatro idiomas. Tenía asimismo una buena educación, aunque en temas políticos se mostraba intransigente e incluso en ocasiones verbalmente agresivo. En la intimidad le gustaba soltar tacos, los más fuertes que encontrara en ese momento.
No era muy fácil entablar una conversación con él, siempre inmerso en un mutismo post tía Ana Mari. Pero, cuando a base de preguntas y mas preguntas comenzaba a hablar, era un torrente de vivencias.
Después de la guerra había ocupado algún puesto político de poca importancia, pero que le había permitido conocer a mucha gente influyente. Miles de anécdotas estaban perfectamente archivadas en su mente, que jamás dio señales de envejecer al mismo ritmo que el resto de su persona. Una de las historias más jugosas que me contó mi padre sobre él, siendo yo aún un adolescente, fue sin duda su visita como intérprete, de una delegación española a Himmler, en su cuartel general en Berlín durante la segunda guerra mundial. Pese a sus ochenta años conservaba una memoria prodigiosa.

Los martes lentejas. Antes, en la barra, una cañita de cerveza y unos torreznos. Una pequeña parrafada con Lola y su amiga, siempre por cierto la misma y tópica parrafada sobre el tiempo, y siempre sobre los mismos taburetes altos, con el skay negro de los asientos roto, que dejaba brotar la goma espuma amarillenta que los rellenaba.
Una vez sentados en la última mesa, la única que admitía hasta cuatro bocas, llegaban Luís y Elena, los amigos de toda la vida de mis tíos. Siempre llegaban con un poco de retraso, debido a que cada día les costaba más recorrer la corta distancia entre su casa y el Royal. Invariablemente, mi tío se quejaba de la falta de puntualidad de sus amigos.

Jesús, el camarero que atendía las mesas del comedor era un hombre de unos cuarenta años. Delgado y muy simpático, nos hacía más amena la comida menospreciando al cocinero. --Aprendió en un cuartel a cocinar, --solía decir a menudo. Así que cuando pedíamos el menú siempre le llamábamos rancho. Cuando nos enunciaba los platos del día, nos indicaba con un gesto aquellos que no nos recomendaba.

Fueron tres años de Royal hasta que mi tío consiguió enfermar y huir en busca de su Anita.

Alguna vez paso por el Royal de visita y siempre me invitan a un café o a una caña. --Buenos días, --buenos días Jesús, --¿que tenéis hoy de rancho?
Al fondo en una mesa para dos, Luís y Elena, ahora solos, siguen aún sufriendo las lentejas de los martes.


MARINA
Federico Fayerman
24 diciembre 2006
Es de noche. En la calle llueve con furia. Un rayo la ilumina durante un instante.
Hugo se aparta de la ventana y camina hacia su viejo sillón de cuero.
Entonces truena con fuerza.
Se sienta. A la izquierda, en una pequeña mesa reposa su cachimba. La coge, la carga y la enciende con movimientos lentos y aprendidos. Siente el calor de la madera en su mano y le invade el olor dulzón como a chocolate del tabaco picado. Da una calada profunda y aprieta los dientes sobre la boquilla, dejando escapar el humo poco a poco.
A la derecha del sillón, en el suelo, dentro del revistero busca la novela que está leyendo por enésima vez. La abre ayudándose del marca páginas y lee con la yema de sus dedos.
Hace más de una hora que se ha ido la luz y según la radio, gran parte de la ciudad está a oscuras. El lo está desde los diez años y ya tiene cuarenta. Vive solo con su gato, sus libros y sus tinieblas. También escribe relatos con lo que se gana la vida. Al rato deja la novela en el revistero y coge la grabadora que se encuentra al lado. Después de encenderla empieza a grabar: - La noche del apagón-. Hugo dicta a su grabadora cuando escucha que llaman a la puerta. Se levanta y sale al pasillo. Pichi, su gato de angora negro se aparta para que no le pise y camina detrás de él. Antes de abrir la puerta ya sabe que es Marina. Recién duchada y perfumada. Dior. Su perfume favorito. Se lo pone para él; Marina está parada en el rellano de la escalera, lleva una vela encendida en una mano y una botella de vino empezada en la otra.
- Rioja del bueno – dice él. La atrae hacia sí. Marina tiene el pelo rubio y largo. Lleva una bata con encajes sobre el camisón de seda azul claro que le regaló él. Debajo del camisón cuarenta años de mujer bastante bien llevados.
-Me asusta la tormenta- dice, y Hugo la hace pasar.
Por el oscuro pasillo la empuja suavemente de la cintura. Pichi se restriega contra las piernas de Marina y ronronea feliz. Entran en la cocina. La vela encendida proyecta sus siluetas acrecidas sobre los muebles.
Hugo la apaga. – que tal si estamos en igualdad de condiciones -– dice - .Marina cierra los ojos y dibuja en su mente un plano de la cocina Busca en la oscuridad la vitrina de las copas, coge dos y tira otras dos que por fortuna no se rompen. Las coloca en la encimera de granito al lado de la botella de vino. Hugo llena las copas y le pone una en la mano. Brindan por el apagón.
Beben y después se besan .El le lame los labios; Vino y carmín, deliciosa combinación.
- Como llevas la novela – pregunta ella.
- Atascada, desde anteayer solo he escrito dos líneas, pero no estaba pensando en eso ahora – responde Hugo - Te espero donde tu ya sabes – y Marina siente que el se aleja como flotando en la oscuridad. Trata de agarrarlo pero no lo encuentra. Se concentra y percibe el roce de las zapatillas de Hugo al fondo del pasillo. Sale de la cocina y palpa la pared. Cuenta los huecos de las puertas mientras avanza, uno, dos, un par de pasos más y gira a la izquierda. Pichi bufa y sale huyendo. Acaba de pisarle el rabo. – Lo siento - se disculpa Marina.
Por fin encuentra el dormitorio. Entra despacio con los brazos extendidos hasta que sus piernas se topan con la cama. Las manos de Hugo la ayudan a tumbarse y a partir de ese momento no existe la oscuridad. Sus cuerpos se mueven acordes. Conocen cada centímetro de la anatomía del otro y sin embargo vuelven a explorarse como si fuera la primera vez.
La ropa está ya en el suelo y ellos ruedan desnudos sobre la cama. Sus bocas se conectan en la oscuridad inundada de silencios. En la calle ha dejado de llover y las farolas vuelven a iluminarse poco a poco. Marina se estremece. Arropa a Hugo, se levanta y sale del dormitorio. Al pasar por la salita, tenuemente iluminada por las farolas de la calle, descubre a Pichi acurrucado en el sillón de cuero de Hugo. Vuelve al dormitorio con las dos copas de vino y beben. Beben y hacen el amor sin encender la luz. Cuando se duermen, la lluvia vuelve a caer, ahora monótona, y su apagado golpeteo es como una nana que quiere custodiar su sueño-.
Hugo para la grabadora y la deja en la mesa. La calle sigue estando a oscuras y llueve a mares. Enciende otra vez la pipa. Están llamando a la puerta. Se levanta y sale al pasillo. Pichi, su gato de angora negro se aparta para que no le pise y camina detrás de él. Antes de abrir la puerta ya sabe que es Marina…


ME ENAMORE DE UN ANGEL
Federico Fayerman
27 de noviembre de 2007

Este relato está inspirado en la canción “Me enamoré de un ángel” del conjunto español Los Estudiantes. Grabado en 1959. La música es el Romance Anónimo. Los Estudiantes fueron uno de los primeros conjuntos que surgieron en España y en él actúo como baterista Fernando Arbex, que escribió la letra e hizo los arreglos de esta canción.

LETRA DE LA CANCION
Pienso que fue un bello sueño tu amor
Pero Dios quiso hacerlo perpetuo en los dos
Te llevó y ya no se si exististe en mi vida
O Todo fue una ilusión
Pienso que siempre estuviste así
Cuando blanca de nieve entre flores te vi
Y con tenue sonrisa en silencia te oía
Siempre seré para ti
Sueño aquel día jugando los dos
Te miré y sin palabras nació nuestro amor
Nuestras manos se unieron temblando tal vez
Y ese instante despierto soñé.






Mi nombre es Anastasio, nací en Madrid, en el barrio de Retiro, hace 65 años.
Durante este tiempo Madrid ha cambiado mucho, el estilo de vida de sus gentes es muy diferente al de entonces, cuando los niños jugaban en la calle, los serenos golpeaban en la acera con sus chuzos acudiendo a la llamada de los trasnochadores o cuando, de madrugada, aún con los faroles de gas encendidos, los carros de la basura recorrían las empedradas calles recién regadas.
Sin embargo, mientras paseo ahora por mi antiguo barrio siento como que todo sigue igual pues cada calle, cada casa, me recuerdan mi infancia y mi juventud.
Aquel mes de octubre del 56, estaba a punto de cumplir los catorce años y mi madre decía que iba a dar el estirón de un momento a otro. También eran los días de la vuelta al colegio, que reunía como todos los años las mismas expectativas, el reencuentro con los compañeros de siempre y los nuevos profesores. En el lado negativo estaba el volver a madrugar y el alejarte de los amigos del barrio, con los que habías pasado todo el verano.
Pero aquel año ocurrió algo que alteró mi rutinaria vida de colegial. Una nueva alumna se había incorporado al colegio. Se llamaba Celia, tenía 13 años y era de San Sebastián. Era morena, con el pelo largo y suelto, menuda y siempre estaba sonriendo. Su padre era militar y le habían trasladado a Madrid. Habían alquilado un piso en la calle Menorca, muy cerca de mi casa. Lo primero que pensé cuando la vi fue que había llegado un ángel al barrio.
Todo esto lo averigüé el primer día que pude acompañarla a su casa a la salida de clase.
Supongo que no le caí mal porque quedamos en vernos ese jueves y yo le enseñaría el barrio
Anduvimos durante toda la tarde arriba y abajo. Le mostré todos los rincones donde solía parar con los amigos, le enseñé también algunas tiendas donde tendría que hacer los recados para su madre: la lechería, donde se obraba diariamente el milagro de la multiplicación de la leche por obra y gracia del grifo de agua de la trastienda, la bodega con sus enormes barricas de madera llenas de vino que despachaban a granel, la panadería con su ancho mostrador de mármol blanco siempre cubierto de harina. Por Fernán González nos cruzamos con Agapito, el recadero de Ultramarinos Morales, siempre cargado con los pedidos de los clientes más pudientes del barrio. Un poco más lejos, casi en la esquina estaba la mercería. Todo su interior estaba forrado con cientos de cajoncitos con botones de colores pegados en el frente. En un rincón, bajo la luz de un flexo metálico, una mujer cogía puntos a las medias.
Terminamos en el Retiro. Paseamos por los caminos alfombrados de hojas secas entre eucaliptos y acacias, Tuvimos tiempo incluso de alquilar una bicicleta en la Chopera y dejamos pendiente para el domingo, después de misa volver para dar una vuelta en la motora del estanque.
Cuando la acompañé a su casa y nos despedimos en el portal me dio un beso en la cara y salió corriendo escaleras arriba. Todavía, cuando lo recuerdo creo notar el roce de sus labios en mi mejilla.
Celia tenía una hermana más pequeña, que utilizábamos para enviarnos mensajes cuando a ella no la dejaban bajar a la calle. “te manda un beso” me decía siempre avergonzada cuando terminaba de darme el recado de Celia.
Aprovechábamos cualquier oportunidad para estar juntos. A veces cuando salíamos a hacer algún encargo de nuestra madre; otras veces con la excusa de bajar a comprar un lápiz, un cuaderno o una plumilla.
Durante los siguientes dos años nuestro amor fue creciendo y ya no concebíamos pasar un solo día sin vernos, aunque fuera solo en el trayecto del colegio a casa.
Me encantaba oírla hablar con su acento vasco, o cómo llamaba a sus padres, amá y aitá, o cuando me decía “me gusto de ti”, que era la expresión que utilizaba para decirme cuanto le gustaba.
Una tarde la llevé a la calle Dr. Castelo y le mostré mi arte para trepar a las farolas y apagarlas cerrando el mecanismo del gas. Las parejas de novios que se arrullaban contra la tapia de la antigua maternidad nos dieron las gracias.
Pasábamos muchos ratos con nuestros amigos Luís, Gloria, Pepe y su hermano Quique, jugando en la calle al rescate, al clavo e incluso a la piedra y a la comba. Después cuando nos cansábamos de jugar nos sentábamos en el bordillo de la acera a comer pipas.
Los domingos por la mañana, mientras Celia iba con sus padres y su hermana a misa, yo jugaba al fútbol en los descampados de Dr. Esquerdo. Después, nos encontrábamos delante de la Iglesia de Los Sacramentinos y dábamos un paseo, cogidos de la mano o de la cintura por el Retiro, hacia la casa de fieras, cruzábamos a la rosaleda y desde allí, por el ancho paseo de coches hasta la salida de la calle O´donnell.
Solo el mes de agosto representaba un calvario para los dos. Celia se marchaba con su familia a San Sebastián y solo nos quedaba el recurso de enviarnos alguna carta y dejar pasar lentamente los días hasta que volvíamos a encontrarnos.
En aquel agosto del 58 trasladaron de nuevo a su padre y no nos volvimos a ver más. Ni siquiera pudimos despedirnos pues ella no regresó ya a Madrid.
Sigo recorriendo las calles de mi barrio y aunque ya no está la lechera milagrosa ni la mujer cogiendo puntos a las medias, aunque el cine es ahora un bingo y la bodega un supermercado, las calles están asfaltadas y no se ven niños jugando, mi imaginación vuela al lado de aquel ángel que pasó por mi vida y que también milagrosamente tiene en mis sueños, 48 años después, los mismos maravillosos 15 años de entonces.















O QUIZAS LO PENSÉ
Federico Fayerman
Dos de octubre de 2008
En la noche del 20 de diciembre de 1849, un violentísimo huracán azotaba a Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de piratas formidables, situada en el mar de la malasia, a pocos centenares de millas de las costas occidentales de Borneo.
Gracias tío Alberto, le dije a la vez que, poniéndome de puntillas, le daba un sonoro beso. Sujeté con fuerza la novela y salí a escape del taller. Me fui directamente a casa. Corrí por el pasillo y me encerré en mi cuarto. Y allí estuve toda la tarde leyendo hasta que se me cansaron los ojos. A medianoche me desperté y en silencio encendí la luz y seguí leyendo hasta que los ojos se me volvieron a cansar y me quedé dormido.
--¡Vámonos Sandokan! -- dijo Yañez.
--¡Ya te sigo! –contestó el Tigre de la Malasia, reteniendo un suspiro.
Cinco minutos después volvían a saltar la cerca del parque y se internaban en la tenebrosa floresta. FIN
Cerré la vieja novela. Gonzalo se había quedado dormido un rato antes sin que yo me diera cuenta. Le arropé y apagué la luz. Desde la puerta le contemplé una vez más. --Seguro que mañana serás Sandokán como lo fue tu abuelo hace muchos años.


POR GOLOSO
Federico Fayerman
3 de enero de 2008
Antes de nada debo confesar que soy muy goloso. Aunque de niño no lo era, cosa bastante extraña, con el paso de los años mi cuerpo me iba pidiendo que lo endulzara al menos una vez al día. Y yo le daba el capricho, ya fuera con una chocolatina, un bombón, o una galleta. Mi dulce diario estuviera donde estuviera.
Y estaba en Granada, camino del hotel donde me alojaba siempre que venía a trabajar a esta ciudad. Eran las ocho de la tarde y había terminado mis visitas a los clientes de la zona. Descendía a pie por la calle Real cuando pasé por delante de la pastelería. Estaba abierta, lo cual no debería ser ninguna noticia especial, pero sí que lo era para mí. Llevaba al menos ocho años viajando a Granada, hospedándome habitualmente en el mismo hotel y pasando a diario por delante de la confitería y los cierres metálicos de ésta siempre habían permanecido cerrados, acumulando oxido y suciedad. Sus cristales se habían tornado opacos, su rótulo de cristal tenía los extremos rotos, dejando al descubierto unos tubos fluorescentes fundidos desde hacía mucho tiempo. Y aquella tarde, para mi sorpresa y por que no decirlo para mi gozo, la pastelería estaba otra vez abierta.
Vista desde el exterior, la tienda no había cambiado su aspecto; sus cierres aunque levantados seguían estando oxidados; sus cristales, sucios y las luces interiores apagadas, como el rótulo. En sus escaparates se apreciaban a duras penas gran cantidad de cajas de colores anunciando bombones, chocolates, chocolatinas, caramelos, turrones, golosinas y tartas de gustos variados que inmediatamente pusieron en acción mis papilas gustativas. De un salto salvé los dos escalones y abrí la pesada puerta de cristal que chirrío con estrépito.
En el interior, con la poca claridad que dejaban pasar los sucios cristales pude distinguir a dos personas de edad avanzada. Un hombre, sentado ante una antigua caja registradora y una mujer de pie detrás del largo mostrador de madera que dividía en dos la tienda. Sobre las estanterías y dentro del mueble expendedor, más de lo mismo, es decir gran cantidad de cajas de dulces colocadas con un cierto desorden que llamaron mi atención. Estaba repasando con la mirada la mercancía que se me ofrecía a fin de decidir cuál sería el manjar elegido cuando una sensación extraña, nunca sentida anteriormente me sobresaltó. Todas las cajas expuestas estaban abiertas y vacías. Ni un solo bombón, ni un solo caramelo aparecían a mi vista. Solo polvo. Me volví hacia el escaparate y también en este las cajas estaban sucias y completamente vacías. La mujer del otro lado del mostrador me miraba muy fijamente, como impacientándose por conocer cuál iba a ser mi imposible decisión de compra. Pese a encontrarnos en plena primavera, la temperatura dentro de la tienda apenas superaría los diez grados o al menos a mi me lo pareció cuando miré de nuevo los ojos medio cerrados de la anciana. De pronto, estos se abrieron desmesuradamente, se volvieron brillantes y amenazadores y la expresión de su cara se endureció de tal manera que su boca se entreabrió mostrando unos dientes negros y carcomidos. Y entonces ocurrió lo que me temía: Los dos ancianos esbozaron una especie de sonrisa terrible y salieron desde detrás del mostrador avanzando hacia mí. Reculé intentando abrir la puerta a mis espaldas sin conseguirlo. Noté sus frías y huesudas manos sobre mi cuello y traté desesperadamente de soltarme del mortal abrazo.
El timbre del teléfono atravesó mis oídos. Me desperté con mis propias manos agarrotadas alrededor de mi cuello y con el corazón a punto de estallar. Eran las siete y media de la mañana y la pesadilla había terminado justo a tiempo.
Me levanté pasados unos minutos. La ducha caliente consiguió relajarme y devolverme a la realidad. Me vestí y bajé a desayunar al comedor del hotel. Rubén, el camarero debió notarme algo en la cara cuando me preguntó que tal había pasado la noche. Le comenté mi pesadilla a grandes rasgos, tratando de darle un aire cómico al relato. Rubén se quedó pensativo un momento.
-- ¿Conoció Vd. a los dueños de la pastelería, --me preguntó?
--No. Desde que vengo a Granada la confitería siempre ha permanecido cerrada y por su aspecto abandonada, --le contesté.
--Claro, --dijo, --hace diez años que los propietarios fueron salvajemente asesinados durante un robo y la tienda fue precintada.
El mollete tostado con aceite y el café bien calentito obró como siempre el milagro de cargarme las pilas para las siguientes horas. Era justo lo que necesitaba ya que era viernes y por la tarde regresaría a casa a pasar el fin de semana con mi familia.
Con ese espíritu optimista salí del hotel y subí por la calle Real hacia el aparcamiento de la plaza de España. A media calle me encontré nuevamente frente a la pastelería. Seguí mi camino sin atreverme a mirarla. Pero finalmente no pude resistirlo y volví sobre mis pasos. La tienda estaba abierta pero esta vez se veía luz en el interior. La puerta de par en par me incitó a pasar.

















REGRESO A REXTOWN
Federico Fayerman
5 de junio de 2008

El tren se detuvo en la estación de Rextown a las cuatro en punto, inundando de humo blanco el viejo y vacío andén. Por el pueblo se extendió rápidamente la noticia: Stefan Carling había regresado vivo de la guerra.
El dispensario médico, situado en una de las polvorientas travesías de la ancha calle central, ofrecía el mismo estado de abandono que el resto del pueblo. Solo sus ventanas blancas y la gran cruz roja pintada en su entrada anunciaban su función, ya que incluso el cartel que antaño coronara la puerta principal había desaparecido.
Stefan ocupó la única cama, de la única habitación utilizable con que contaba el “servicio hospitalario”. Su largo y esquelético cuerpo rebosaba los límites del camastro, dejando al aire su huesudo pie derecho.
Cuatro años antes, Rextown era un próspero pueblo del sur del país. Sus entonces más de trescientos vecinos vivían principalmente de la agricultura, gracias a su clima cálido y a la humedad que le proporcionaba estar al borde del mar. Sin embargo, estalló la guerra y con ella la etapa más oscura para esa comunidad.
Al principio se alistaron en el ejército los hombres con edades entre veinte y cincuenta años, pero poco a poco se tuvieron que incorporar los más jóvenes hasta que no quedó en el pueblo ningún hombre mayor de dieciséis. Ahora, por fin, la guerra había terminado. Pero de los más de cien soldados que aportó Rextown al conflicto, el único superviviente del pueblo había sido Stefan.
Su supervivencia le había costado varias amputaciones. Como consecuencia de la explosión de una granada en la trinchera donde se refugiaba, perdió la pierna izquierda, dos dedos de una mano y la visión de su ojo derecho. Además, el pelo de su cabeza era ahora una costra marrón repugnante.
Stefan había sido el único pastor del pueblo. Cuidaba sus cabras en los montes que rodeaban Rextown y siempre vivió alejado y despreciado por sus vecinos. Su vestimenta sucia y su fuerte olor a rebaño, marcaban una frontera entre él y los demás. Sobre todo entre él y las mujeres del pueblo. A sus treinta años no había tenido ocasión de cortejar a ninguna y solo con Margot había cruzado algunas palabras cuando ésta subía al monte para llevarle comida o algún recado de su padre, el dueño del rebaño. Estos encuentros fugaces eran esperados con ansiedad por Stefan, pero, una vez frente a la muchacha era incapaz de trasmitirle sus profundos y amorosos sentimientos.
La falta de mano de obra masculina y la situación de penuria económica durante los largos cuatro años de guerra, habían arruinado los campos y limitado las cosechas. Y también habían acabado con las cabras que cuidaba Stefan.
Y ahora Stefan ya no era solo el único pastor del pueblo. Ahora, era también el único hombre soltero de Rextown, descartando a los niños, al cura y al anciano médico.
Durante los días siguientes a su regreso, encabezados por Marlenne, la Alcaldesa, los pocos más de cien habitantes que aún permanecían en el pueblo, la mayoría mujeres, fueron desfilando por delante de la cama de Stefan, como si de un velatorio se tratase. Unas le llevaban flores, otras, algún detalle que le pudiera alegrar la vista a su ojo derecho y la mayoría le regalaban una sonrisa y algún beso huidizo en la mejilla. Pero, la única mujer a la que deseaba volver a ver no apareció por el dispensario.
Dentro de la cama, tapado hasta el cuello y con la cabeza vendada, la apariencia de Stefan no despertaba rechazo y por eso algunas vecinas volvían a diario y le hacían cariñosa compañía, contándole como había transcurrido la vida del pueblo durante los años en que él estuvo fuera y lo necesario que era que se curase pronto. Stefan comprendía las intenciones de las mujeres hacia él. La ayuda de un hombre joven, aunque tullido, sería bien recibida en muchos hogares.
En un periodo de tres meses, Stefan recibió no menos de quince peticiones de matrimonio, algunas directamente y otras a través del cura del pueblo, con quien había entablado una amistad hasta aquel momento imposible. Desde Mila, la hija del viejo cartero, Molly, la dueña de la taberna, hasta la propia Marlenne, la alcaldesa, le brindaban la posibilidad de una nueva y prometedora vida.
Sin embargo, cuando curó de sus heridas, reunió las pocas pertenencias que le quedaban y se volvió al monte, a su cabaña de piedra y brezo que aún se mantenía en pie.
Y Stefan subía cada mañana hasta el risco más alto del monte. Y allí, apoyado en su muleta, la esperaba.














SOLEDADES
Federico Fayerman
19 de noviembre de 2008


Andaba yo en esas de pensar en mi soledad y en los recién cumplidos sesenta, mientras regresaba, como cada mañana, de llevarle unas flores a mi mujer, cuando me di cuenta de que acababa de cruzarme con mi amigo Luis; mi amigo del alma. Al volverme lo encontré parado, vuelto hacia mí, con cara de incredulidad y los brazos en jarras como pidiéndome explicaciones de mi despiste mañanero. Luis, mi amigo de la infancia, mi amigo del alma, como a mí me gusta llamarle tiene un taller mecánico, un taller de barrio, pequeño, limpio y de los llamados de “confianza”. Como todo taller que se precie, goza del olor a lubricante y del color de la grasa consistente en los suelos de terrazo y en las paredes. Incluso, curiosamente, lo luce en el techo y en los papeles que amontona en el pequeñísimo despacho en el que casi no cabe su humanidad y que le sirve a la vez de recepción, sala de juntas, departamento de RR.HH. y lo más importante: donde guarda, en una minúscula caja metálica de color rojo, la recaudación del día.
Luis ocupa su tiempo entre su taller y El Diamante. El Diamante es el bar que está en la calle un poco más abajo que su taller, o bien mirado desde mi posición, es su taller el que está un poco más arriba. En definitiva están prácticamente el uno frente al otro. En El Diamante, lo sabe todo el mundo, sirven las porras más grandes del barrio. Pero lo mejor de El Diamante no son sus porras, lo mejor es la hija de Paco, el dueño, que tras la barra, te obsequia con una sonrisa desvanecedora cuando asomas la cabeza por una puerta que siempre se resiste, pero que termina al fin cediendo impetuosamente.
María, que así se llama la preciosidad, aprovecha sus encantos para conseguir que los clientes vuelvan una y otra vez y consuman solo por tener la ocasión de poder verla. María tiene un novio que se llama Emilio y trabaja en el taller de Luis como mecánico. Es de los que siempre coloca una manta sobre la aleta del coche cuando se asoma al interior del motor para no manchar la carrocería con su mono o sus manos. También es poco hablador.
Emilio vive dos calles más abajo. Vive con sus padres y con su perro Doff, que a veces le acompaña al taller y se queda en la puerta, tumbado y atento al paso de los viandantes. Solo se levanta cuando pasa alguien conocido para saludarlo lamiéndole una pierna o cuando entra o sale algún coche del taller para que no lo atropellen.
Dentro del taller, y dispuesto para ser reparado se encuentra la Citröen Berlingo de Remigio, el kioskero. Él es el encargado de informar a todo el barrio de lo que ocurre en él y fuera de él. Remigio odia al mundo y sobre todo a los niños. Seguramente porque no paran de hacerle gamberradas mientras corren, insultándole, alrededor del puesto de periódicos. Se ríen de su cojera, o para ser más exactos de que le falta una pierna y no puede ir tras ellos. Da la impresión de que Remigio odia incluso a su propio hijo al que conmina constantemente con grandes gritos a realizar todo tipo de recados.
--¿En qué vas pensando? --me dice Luis poniéndome su manaza sobre el hombro.
Le contesto con una leve sonrisa, mitad culpable, mitad suplicante pero en cualquier caso totalmente sincera. –Pensaba en mis cosas y en ti y en Paco y en Remigio y en Emilio y en María. Incluso en Doff.
--¿Nos tomamos un vermut? invito yo.
Descendemos por nuestra calle y pasamos por delante del taller de Luis. Desde el interior nos saluda Emilio y Doff cruza valientemente la calle para chuparnos una pierna. Nos cruzamos con el retoño de Remigio al que vocea su padre desde el kiosko empapelado y terminamos asomándonos a la puerta del bar de Paco.
Después de conseguir abrirla de un fuerte empujón nos topamos con la maravillosa sonrisa de María.







SOLO NECESITO PODER RESPIRAR PARA AMARTE

Federico Fayerman
31 de enero de 2008


Cuando la viste llegar, caminando por la calle hacia ti, casi levitando sobre sus pies perfectos, tu mundo se detuvo.
Cuando te besó en la boca y cerrasteis los ojos a la vez, ya nunca más volvió a importarte la luz del sol.
Y tu mundo estuvo parado un año o puede que dos, ya da igual, mientras os amabais a escondidas.
Dejaste de ser tu mismo y te convertiste en otra dimensión de ella. Borraste, aun a sabiendas de que era injusto, de que era indigno, todo lo que te rodeaba. Huyendo de tu mentira, te refugiaste en su realidad.
Cuando al final de aquella tarde te susurró “no quiero irme”, lloraste por ti.
Pero se fue, o quizás la obligaste tú y te conformaste con su perfume y te oliste mil veces las manos que estaban empapadas de ella. Y te quedaste dentro del coche, viendo cómo se alejaba caminando por la calle, casi levitando sobre sus pies perfectos.

SOLO NECESITO PODER RESPIRAR PARA AMARTE

Federico Fayerman
31 de enero de 2008

Cuando la viste llegar,
Caminando por la calle hacia ti,
Casi levitando sobre sus pies perfectos,
Tu mundo se detuvo.

Cuando te besó en la boca y cerrasteis los ojos a la vez,
Ya nunca más volvió a importarte la luz del sol.
Y tu mundo estuvo parado un año o puede que dos, ya da igual,
Mientras os amabais a escondidas.

Dejaste de ser tu mismo y te convertiste en otra dimensión de ella.
Borraste, aun a sabiendas de que era injusto,
De que era indigno,
Todo lo que te rodeaba.

Huyendo de tu mentira, te refugiaste en su realidad.
Cuando al final de aquella tarde te susurró “no quiero irme”,
Lloraste por ti.
Pero se fue, o quizás la obligaste tú y te conformaste con su perfume

Y te oliste mil veces las manos que estaban empapadas de ella.
Y te quedaste dentro del coche,
Viendo cómo se alejaba caminando por la calle,
Casi levitando sobre sus pies perfectos.









SU PESO EN ORO
Federico Fayerman
25 de marzo de 2008


Londres, catorce de febrero de dos mil ocho. 20:00 horas.
A pie de escalinata, Sir Richard Hamilton y Lady Elizabeth reciben a sus ilustres invitados. Banqueros, políticos y empresarios acompañados de sus elegantes esposas acuden a la cita del millonario diplomático recién llegado de África.
Sir Richard, lo dice todo el mundo, es el anfitrión perfecto. En sus fiestas todo suele ser sorprendente y sus convidados esperan siempre alguna excentricidad de su parte. Todo en su casa tiene connotaciones africanas, desde máscaras Bambara de Mali o Baulé de Costa de Marfil, hasta lanzas, flechas y escudos Massai, además de muchos trofeos de caza, relatan la historia pasada en el continente negro por sus antepasados y por él mismo.
Su biblioteca, una de las más completas de Inglaterra se ha visto enriquecida en los últimos años por más de un centenar de libros sobre el continente Africano, sin duda la mayor pasión de Sir Richard.
Con una copa de Jerez inician una velada que tardarán en olvidar.

Montañas Rwenzor, Parque Nacional de Virunga. En el este de Zaire. Dos días antes.
El volcán Nyarongo señala el camino de los furtivos. Son tres días de marcha a pie, por caminos medio escondidos entre la profusa vegetación de la zona. Avanzan rápidamente eludiendo a los guardabosques del Parque. Les siguen a cierta distancia dos todoterreno NISSAN doble cabina. Otro vehículo de apoyo, un camión frigorífico camuflado espera en Goma la llamada del grupo de furtivos. Aún es de noche y a la dificultad lógica de la falta de luz se suma una húmeda neblina provocada por la proximidad del Lago Alberto.
La expedición la conforman los hermanos Jean Pierre y Joseph Kongolo, el guía Kofi Katumba y los porteadores Karaha y Kifúa.
A su alrededor, los arboles alcanzan una altura de unos 40 o 50 metros y entrecruzan sus copas formando un cielo verde oscuro impenetrable.
A una señal de Katumba, el guía, todos se detienen. Un gesto de pedir silencio y no se oye ni sus respiraciones. Con el brazo derecho extendido señala con su dedo índice un pequeño claro en cuyo centro crece un gigantesco árbol del caucho. La luna llena ilumina fantasmagóricamente el lugar. En las ramas más bajas del árbol duermen apaciblemente varios ejemplares de gorila en sus nidos construidos cada día con hojas. En el suelo, un imponente gorila macho de más de 140 kilos guarda el descanso de la familia.
Los hermanos Kongolo avanzan unos metros todavía protegidos por los arbustos y preparan sus rifles Maanlicher scout. Disparan a la vez. Jean Pierre al macho dominante y Joseph a una hembra de mediana envergadura, que al caer arrastra con ella a una cría de apenas tres meses de vida. El resto de la familia de gorilas huye trepando ágilmente por las ramas y se esconden en la copa del árbol. Un tercer disparo acaba con la vida del joven simio, aún abrazado a su madre.
--Este vale su peso en oro--, exclama Joseph.
.
Londres, catorce de febrero de dos mil ocho: 21:00 horas.
El coctel en el hall de la mansión da paso a los comensales al enorme salón donde les espera la cena. Mientras saborean unas ostras de Mombasa y una sopa de coco y guisantes, ritmos africanos ponen fondo a las aventuras vividas por Sir Richard durante los años que ha pasado en África y que él mismo relata, causando la admiración de sus invitados.
A continuación, los camareros sirven el segundo plato. En unas bandejas de porcelana de Limoges ofrecen a los presentes una suculenta ración de carne de gorila joven, recién llegada del Congo.
Mientras tanto, en el África profunda, los gorilas están a punto de desaparecer para siempre.





TITANIA

Federico Fayerman
Seis de septiembre de 2008



El vuelo había sido perfecto. Desde que los nuevos aviones solares eran pilotados por sistemas electrónicos robotizados, el tráfico aéreo se había hecho mucho más seguro. Además, el servicio de a bordo, atendido por auxiliares cibernéticos resultaba verdaderamente excitante. Con solo pulsar unos sensores en el apoyabrazos de tu asiento, podías configurarlos: azafata guapa, rubia, con minifalda y un gúisqui. O: auxiliar alto, moreno, musculoso y un pipermín. A gusto del pasajero. Desde aquel día, los horarios se cumplían escrupulosamente. Habían desaparecido los retrasos y el overbooking ya era historia.
Mientras esperaba mi maleta en la monumental sala de recogida de equipajes presidida por el gran mural con la figura del Líder, volví a pensar en Titania. Llevaba solo tres días fuera de casa y ya la echaba de menos. La conferencia sobre génesis robótica que había oficiado en Nueva York me había llevado más tiempo del previsto. Por suerte todo había ido bien. Incluso tuve un poco de tiempo libre para comprarle un regalo: una pulsera gravitatoria de titanio con cuatro signos del zodiaco girando alrededor. Esperaba con ello hacerle cambiar la expresión de enfado, que a mí al menos me parecía ver reflejado en su rostro desde hacía unas semanas. Pero ahora, me sentía al límite de mis fuerzas, estaba realmente agotado y tenía verdadera necesidad de llegar otra vez a Palmer Woods, mi barrio en Detroit
Por fin apareció mi equipaje en la cinta y tras bajar al nivel 32 por el deslizador electromagnético salí a la calle y tomé un aerotaxi. Marqué en el panel electrónico la dirección y me recosté en el respaldo que automáticamente se ajustó a mi cuerpo. Activé el equipo multifónico de música.
–¡Inserte una moneda de 1 crédito, por favor!
Seleccioné una canción de Virginia, la estrella de la Motown de principios de siglo.
Al compás de su melodiosa voz, el aerotaxi se elevó suavemente sobre su vertical y se sumergió en el trepidante tráfico de la ciudad
Diez minutos después, mientras volaba hacia casa volví a pensar en Titania.
--¡Si desea conversar con el sistema, inserte una moneda de diez créditos!, --dijo una voz de latón.
Lo hice.
–¡Si desea oír voz de hombre, pulse 1 en su botonera; si desea que sea de mujer, pulse 2!
Pulsé 1.
–¡Seleccione el tema de conversación, 1 política, 2 deportes, 3 mujeres, 4 hombres!
Pulsé 1.
–Lo sentimos pero esa opción está temporalmente desactivada, elija otra, por favor.
--Pulsé exit, pero el sistema no me devolvió los diez créditos.
–Gracias, respondió la misma voz metálica del principio.
Fijé la vista en el cielo cubierto de aeromóviles y después miré mi reloj. Habían pasado otros diez minutos. Pensé en Titania una vez más.
Había conocido a Titania en la fábrica de R.I.A (Robótica e Inteligencia Artificial) de Detroit, la antigua fábrica de General Motors. Yo era el Director de Supervisión de la planta de androides de segunda generación y Titania trabajaba en la cadena robotizada de montaje del cableado de sistemas nerviosos, Empezamos a frecuentarnos en la cantina del piso treinta y seis, durante el tiempo que los empleados dedicaban, unos a descansar y otros a cargar sus baterías. A partir de ahí, todo fue sobre ruedas y una semana más tarde Titania y yo nos fuimos a vivir a un apartamento híbrido en Michigan Ave..
Titania tenía una figura espectacular. Sus medidas eran las que yo mismo hubiera diseñado, Claro que no solo sus medidas corporales eran impresionantes, su cerebro era de los más lógicos que yo había conocido jamás, técnicamente perfecto y eso nos permitía una muy buena comunicación. Nuestros dos hijos poseían también un nivel cerebral muy alto, un ocho en la escala Hawking. Se podía decir que formábamos una verdadera familia feliz.
Nueve minutos después, el aerotaxi se posó en la azotea del edificio. Bajé apresuradamente las escaleras hasta el piso sesenta y dos olvidándome de utilizar el ascensor, tales eran las ganas que tenía de reunirme con Titania. Me estaba esperando con la puerta abierta y los brazos extendidos. Su maravillosa voz mineral inundó mis circuitos más profundos y nos fundimos en un abrazo largo.
Esa noche, mientras yo recargaba mis baterías conectado a la red, Titania ejecutó un baile sensual al ritmo de nuestra canción favorita. Fue al día siguiente cuando me habló de su intención de desmantelarme y cuando pulsó mi botón de reset, no pude evitar el vaciado total de mi depósito de lágrimas.

Epílogo:
No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces, pero, desmontado sobre la cinta transportadora, mientras me estoy reiniciando, deseo para la nueva personalidad que me adjudiquen, no volver a estar programado para enamorarme de una humana.





TRUN-973
Federico Fayerman
1 de abril de 2008

Una mañana de un día cualquiera despegué desde el garaje de mi casa. Mi perro Dof, me acompañaba como siempre.
Aburrido de recorrer el sistema solar, brincando de un planeta a otro en mi nave TRUN-973, decidí dar el salto a otras galaxias. La adopción del sistema V.L.1000 me lo haría posible sin tener que dedicar toda mi vida al viaje. Además, la utilización del dispositivo C.A.G (Creador de Agujeros de Gusano) me permitiría pasar de una galaxia a otra por un atajo de apenas un billón de kilómetros en menos de una unidad de tiempo U.T.C. (Una hora terrestre)
Conecté el cuaderno de bitácora virtual, donde se irían grabando todos los pensamientos y sensaciones, que fuera experimentando a lo largo del crucero por las estrellas que acabábamos de iniciar.
La vía láctea, contemplada desde los cien mil años luz, ofrecía una imagen idílica. Desde mi pequeño módulo de control podía ver millones de puntos rojos y blancos, moviéndose como células sumergidas en un espeso mar purpúreo.
Magallanes, Sculptor, Fornax, Leo, Andrómeda, fueron quedando atrás, conformando asimismo elementos rojos y blancos que en la distancia parecían fusionarse, creando una materia esponjosa, nervuda y húmeda.
Una vez rebasadas las galaxias registradas en la unidad sistematizadora de la TRUN, el paisaje galáctico continuó ofreciendo parecidas imágenes, salvo cuando, al cabo de un año sideral de viaje, mi nave entró en un espacio mucho más fluido, como una especie de corriente escarlata que nos absorbió y expulsó tiempo después.
En otro momento unas fuertes turbulencias hicieron ingobernable la nave, lo que me obligó a utilizar nuevamente el C.A.G. y crear un agujero de gusano que nos permitió salir de la difícil situación.
Sin que el C.B.V (cuaderno de bitácora virtual) registrase otra novedad reseñable, continuamos el viaje durante varios meses más y cuando, aburrido, me encontraba a punto de regresar, observé en la lejanía un reflejo azul intenso que, con el trascurso de los días fue convirtiéndose en una gran pantalla monocromática, en un escaparate traslúcido que poco a poco abarcó todo mi campo de visión. Después, suavemente me inundó, me atravesó y quedó a mi espalda.
Un nuevo espacio nos rodeaba ahora. Era blanco, luminoso, brillante como un manto perpetuamente níveo, jamás hollado. Y seguimos viajando en línea recta durante tres meses siderales. Y allí no había posibilidad de crear agujeros de gusano porque aquello era una nada blanca. La nave desarrollaba ahora una velocidad cien mil veces más rápida, pero la nada blanca seguía rodeándonos como única compañera. No sentía miedo, pero poco a poco empecé a experimentar en el estómago una sensación de vacío, de ingravidez y de absoluta soledad que me conduciría inexorablemente a la locura. Y fue en ese momento cuando decidí volver. Encendí los retrocohetes y viré la nave ciento ochenta grados.
Entonces lo vi.
Desde sus infinitos y eternos ojos azul celeste nos contemplaba sonriente.














TWIST AND SHOUT
Federico Fayerman
10 de junio de 2008

Me había prometido no escribir sobre mi vida. Pero el jueves pasado, conversando delante de una copa de cerveza, mi compañera de taller de creación literaria y sin embargo amiga Alicia, apuntó una frase que me llegó al alma. Dijo, con cierta tristeza en su cara:” Llegué tarde a Los Beatles”. Así que no he podido resistir la tentación de contar un remoto sucedido que, constituyó uno de los momentos más importantes de mi vida. Así que allá va:
Corría el año mil novecientos sesenta y tres, y yo, con dieciséis años de los de entonces, veraneaba con mis padres en Alicante. Eran mis primeras vacaciones de verano de los últimos años, ya que hasta entonces las había pasado estudiando y los exámenes de junio me proyectaban automáticamente a los de septiembre, sin posibilidad de distraerme en verano lo que me había distraído durante todo el curso. Como digo, estaba yo de vacaciones en Alicante sin más destino que aburrirme durante un mes y anhelando el momento de reunirme nuevamente con mis amigos cuando regresara a Madrid. Larguísimas mañanas de playa y tediosas tardes de paseo por la explanada y como único estímulo una horchata en el kiosco de Verdú. Ni posibilidades me quedaban de intentar ligar ya que, por si fuera poco me encontraba en la más espantosa bancarrota.
Los días pasaban para mí más despacio que de costumbre y solo la compañía de mi hermana me hacía soportable aquel ardiente destierro agosteño. Había fijado con una chincheta en la pared de la habitación, sobre la cabecera de mi cama, una hoja de calendario, cuyos días iba tachando ansiosamente con un rotulador rojo que había mangado a Julito, el hijo de la dueña de la casa donde nos alojábamos. Aclararé que dicho muchacho, un poco mayor que yo, era músico en la banda municipal local y además un engreído insoportable. Y digo insoportable porque por las noches se dedicaba a ensayar con su clarinete; y engreído porque por el día no paraba de presumir de su virtuosismo con el susodicho instrumento musical, cosa que a mí me ponía de los nervios. Además siempre llevaba dinero en el bolsillo.
Andaba yo esos días, también tengo que confesarlo, un poco triste por haber tenido que alejarme de Carmen, mi novia presunta, protagonista de un noviazgo unilateral. Qué felicidad al abrazarla mientras bailábamos en los guateques las canciones de Paul Anka, de Neil Sedaka o del Dúo Dinámico. Que escalofríos al rozar su mejilla con la mía, al acariciar furtivamente su espalda, al apretar su pequeña mano dentro de la mía, al sentir el leve roce de sus pechos sobre mi pecho. De modo que a cuestas con mis recuerdos, mi tristeza, mi poco dinero, mi aburrimiento creciente y el tonto de Julito, estaba pasando unas vacaciones que no se las recomendaría a nadie.
Pero no todo podía ser negativo, pensé yo aquella mañana en que, en compañía (como no) de mi padre, mi madre y mi hermana, salí de la casa del “bandolero” dispuesto a desayunar como todos los días en el bar de la esquina. Siento de veras no recordar el nombre ni la dirección de la cafetería porque no cabe duda de que se hubiera convertido en un lugar de culto para mí. Sin embargo lo importante me estaba esperando como cada mañana en su interior.
Ahora me sitúo en la barra de aquel bar, delante de un espantoso café con leche en taza grande y un reluciente croissant partido por la mitad y untado con mantequilla. A mi izquierda, bajo la ventana, se encuentra una máquina de discos de la época. En su interior treinta microsurcos de cuarenta y cinco r.p.m. formando una negra y redonda columna. En el frente de la máquina treinta ventanitas en tres filas de a diez, con etiquetas en su interior en las que se puede leer el título de los discos y su intérprete. Ahora estamos, frente a la máquina mi hermana y yo. Allí, en la ventanita no me acuerdo qué número, para que voy a mentir a estas alturas, se encuentra escondida la felicidad musical. Aquellas dos pesetas rubias, algo roñosas que salen del monedero de mi hermana y caen en las entrañas de la máquina de discos, hacen salir al vinilo seleccionado de la pilastra negra, lo giran y lo sitúan justo debajo del brazo que sujeta la aguja de gramófono.
Entonces vuelve a sonar TWIST AND SHOUT, el mismo TWIST AND SHOUT de Los Beatles que hacemos sonar varias veces cada día desde que lo descubrimos en la máquina de discos del bar. Al fondo, en una mesa con mantel de papel, envueltos en una nube de humo de sus propios cigarrillos, cuatro jóvenes siguen el ritmo de la música y me observan. Llevan el pelo muy largo, con flequillos que les tapa la frente. Visten trajes oscuros sin solapas. Cuando se disipa un poco el humo creo reconocerlos: ¡son ellos! Me giro para decírselo a mi hermana y cuando vuelvo a mirar hacia el rincón, solo quedan unos vasos vacios sobre la mesa y el humo de los cigarrillos.
Esa noche, todavía eufórico le cuento todo a Julito. El muy imbécil levanta los hombros y se pone a soplar en su clarinete en un claro gesto de desprecio. Sin embargo al día siguiente, intrigado, viene con nosotros a desayunar al bar. Al fondo, en la pared tras la mesa del milagro solo hay un poster con la foto de los cuatro Beatles. Mientras tomamos un café consigo que Julito escuche su música.
Hoy, dos años después he vuelto por Alicante. Paso por la casa de Julito y su madre me dice, que ha dejado la Banda Municipal y ha cambiado el clarinete por una guitarra eléctrica. Ahora, sigue diciéndome, toca en un grupo de Rock y termina todas las actuaciones con el TWIST AND SHOUT de LOS BEATLES en recuerdo de no sé qué amigo que le cambió la vida.
Y aquel maldito verano del sesenta y tres se convirtió en el verano más feliz de mi existencia.
Afortunadamente, querida Alicia, yo si llegué a LOS BEATLES.
(Para Alicia G. Arribas)




UN VIAJE EN EL TIEMPO
Federico Fayerman
25 de febrero de 2008

¡Tren rápido, con destino a Burgos, San Sebastián e Irún, se encuentra estacionado en vía 2. Efectuará su salida a las ocho horas y treinta minutos!
Ya dentro del vagón, Anastasio se acomodó en el largo asiento de plástico gris del compartimento. Lo hizo cerca de la ventanilla para no perderse nada del primer viaje largo que hacía en su vida. Acababa de cumplir once años y por fin iba a conocer el mar. Cierto es que a los dos años ya había estado en San Sebastián, pero como no lo recordaba era como si no hubiera sucedido nunca. Mientras Julián, su padre, se ocupaba de colocar las maletas en la repisa, su madre bajó la ventanilla y se asomó con la cara rebosante de felicidad, y agitando el brazo, lanzó una despedida al aire. Después, cuando el tren comenzó a moverse, se sentó frente a Anastasio y empezó a preparar los bocadillos.

--¡Mira Jorge, este pueblo es Alsasua; ya queda poco para llegar a San Sebastián!—dijo Anastasio a su hijo, pasándole un brazo por encima de los hombros. –Cuando yo vine las primeras veces, la línea férrea no estaba totalmente electrificada y el tren paraba aquí para cambiar la máquina de carbón por una eléctrica. Para entonces, todos los que habíamos ido asomados a las ventanillas llevábamos la cara tiznada del humo negro que soltaba la locomotora—
Jorge rió de buena gana tratando de imaginar a su padre con cara de deshollinador y apretó su cuerpo al de él. Anastasio alborotó con cariño la rubia cabellera de su hijo y se reconoció en él con treinta años menos.
Salió al pasillo tratando de evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Recordó la tarde, en que, desde el paseo de la Concha, cogido de la mano de su padre, vio el mar por primera vez y como bajó a la playa y anduvo descalzo por la orilla, con el corazón latiéndole a mil por hora. Recordó los veranos siguientes, el parque de Amara, donde, cosa insólita para aquellos tiempos estaba permitido pisar la hierba. La pequeña Plaza Easo, las caminatas por el Paseo Nuevo, que realmente lo era porque cada año tenían que repararlo a causa de la fuerza de las olas; los cangrejos cocidos que sus padres compraban en el puerto y las horas, que muchas tardes pasaba pescando en el espigón, al pie del Acuario. Pero sobre todo recordaba que allí fue donde, presenciando las regatas de traineras desde el balneario de La Perla, conoció a María, la que años más tarde se convertiría en su mujer y en la madre de Jorge, aunque esto último solo fuera por cinco días, que fueron los que ella tardó en morir tras dar a luz.
Tres meses más tarde, Anastasio abandonó San Sebastián y regresó a Madrid con su hijo. Ahora, diez años más tarde, Anastasio rompía la promesa que se hizo de no volver a la ciudad que tras haberle dado unos años de felicidad se los había arrebatado de golpe y para siempre. Quería, una vez superados todos sus rencores, enseñar a su hijo Jorge los lugares donde su madre y él mismo habían vivido la etapa más feliz de sus vidas.

--¡Tren Talgo, procedente de Madrid está haciendo su entrada por vía 1!—Anunciaban los altavoces en el andén de la estación de San Sebastián.
Jorge bajó despacio del vagón. Llevaba una voluminosa bolsa en la mano y un rictus de tristeza en el rostro. Volvió a reconocer ahora, veinte años después, el olor característico del rio Urumea con marea baja, el puente de María Cristina, el bulevar y los Jardines de Alberdi Eder. Recorrió el paseo de la Concha hasta Ondarreta acariciando el pasamano de su barandilla blanca y rugosa y subió en el funicular al Monte Igueldo. Desde el mirador, la bahía seguía ofreciendo la postal más maravillosa que unos ojos humanos hubieran visto jamás. Después regresó hasta el puerto y alquiló una pequeña barca fuera borda. Cuando llegó al centro de la ensenada pronunció en voz alta, a modo de epitafio, las palabras que oyó decir en algunas ocasiones a Anastasio, su padre:” los hombres no son de donde nacen si no de donde quieren morir”. Entonces abrió la bolsa, sacó la urna y lentamente sembró el mar con sus cenizas.




UNA MESA CON ZANCOS


Federico Fayerman
Tres de noviembre de 2008


Aquí estamos los granos
de todos los países,
orzuelos de miseria
en esta sociedad que llaman de consumo.
Aquí, codo con codo,
más de cuerpo presente
que en festín de abundancia.
Y aquí desesperamos
servidos a una mesa
lejanamente alta,
una mesa con zancos
que no alcanzan las manos
que se mueren de hambre,
aunque a bombo y platillo nos pregonen.
Fragmento del Poema de Pedro García Cabrera. “La mesa está servida”.


Baba está de enhorabuena. Toda la familia Gambele lo está. Por fin ha llegado el día de la partida. En la aldea se celebra una fiesta silenciosa, pero los rostros están serios, los ojos de los hombres y de las mujeres están a punto de dejar escapar lágrimas largamente contenidas. Ha llegado el día de la tan deseada y a la vez temida marcha hacia un desconocido y prometido futuro en mitad del océano, donde, según las noticias de los que marcharon antes, les espera una nueva vida y por qué no la felicidad de la que creen carecer en su tierra. Para la ocasión, tanto Baba como Mwana se han puesto sus mejores ropas.
Baba ayuda a Mwana a subir al camión y ambos se despiden de mama Jamila y de los cuatro pequeños. En la oscuridad de la carretera cubierta de baches, mientras inician el camino hacia la costa, treinta gargantas negras cantan en voz alta y rezan en voz muy baja.
Mwana se queda confuso con lo que ve. No es el puerto de Dakar el que aparece ante sus ojos, como le había dicho su padre, que ahora le mira de reojo con un gesto de decepción. Es Diogué, un poblado de aspecto tremendamente pobre, sin luz ni agua corriente. Por las calles, secándose al sol hay toneladas de pescado que desprenden un olor tan desagradable que incluso sus propios habitantes lo soportan a duras penas. --Tengo mucha suerte, --piensa Mwana, porque ya conoce, pese a tener solo diez años, otros pueblos, otro país, una playa de arenas doradas y sobre todo lo que hay detrás: el mar, --El océano, --le corrige Baba. Un enorme océano de aguas azules que llega hasta tan lejos que termina uniéndose al cielo.
Mamá Jamila y sus cuatro hijos que se han quedado con ella, han estado rezando por la noche. Pero ahora, cuando está a punto de amanecer salen todos a la carretera. Deberán recorrer diez kilómetros para recoger cacahuetes, como cada día en las tierras comunales. Después, cuando no haya más cacahuetes tendrán que sobrevivir recogiendo lo poco que quede en la tierra reseca. Cuando Baba los llame, al término de su viaje, desde el país que está en medio del océano, no tendrán que volver a preocuparse y la riqueza de la tierra que los acoja revertirá en todos ellos. Así al menos lo dice mamá Jamila mientras camina, tratando de protegerse de la plaga de moscas que este verano, como casi todos los veranos, ha invadido las tierras de su país.
Baba reserva un lugar en el centro del cayuco para Mwana, pero Mwana quiere sentarse cerca de la borda, para poder tocar el agua y Baba sonríe y le cambia de sitio. Varias horas después de zarpar, ya inmersos en la aventura, Mwana duerme acurrucado en los brazos de su padre.
Durante los siguientes días el tiempo pasa muy despacio, tan despacio que ya han agotado las historias que se cuentan unos a otros para distraerse. De vez en cuando Mwana se levanta y se estira subido en el descascarillado banco de madera y mira al horizonte. A veces le parece ver algo, pero es su imaginación la que le hace descubrir tierras, barcos o pájaros en la lejanía.
El encargado de repartir el agua y los víveres recorta cada día más las raciones y Baba comparte la suya con su hijo, que parece enflaquecer un poco cada hora que pasa.
A mitad de camino el mar se encoleriza. La barca trepa y se despeña sin control por mil torres encrestadas de agua salada. Baba sujeta a Mwana y trata de quitarle el miedo que él mismo no puede soportar. El viento y las olas arrancan los bancos de madera y el motor fuera- borda de la lancha. Cuando cesa la galerna solo queda una desvencijada nave vacía. A su alrededor, flotan una docena de ahogados. Eso es lo que ven desde el helicóptero de rescate, que con el girar de sus aspas, forma sobre el agua círculos que huyen de la macabra escena.
La noche, húmeda y calurosa ha sorprendido a Baba y a Mwana yaciendo en nichos sin embargo fríos. Están en bóvedas separadas porque nadie sabe que son padre e hijo. En las tapas, recién selladas con una pestilente masilla gris, el mismo empleado que los ha confinado ha escrito sus nombres con un rotulador negro: Desconocido. Desconocido. Y la fecha.
Mamá Jamila despierta a los niños. Hoy no hay trabajo, pero cada vez falta menos para que Baba los mande a buscar desde la tierra de promisión.
--Entonces seremos verdaderamente felices, --les dice. Y todos ríen.










VACACIONES DE VERANO
Federico Fayerman
25 de julio de 2007


J
ulio, sol, calor y playa. Es mediodía. José Canícula está sentado en su butaca. Sobre el asiento a rayas blancas y azules y bajo su trasero se intercala una toalla azul oscuro protectora. Sus pies del 44 surgen bajo la sombrilla y clavan sus talones en la fina y ardiente arena, al lado de una colilla de Marlboro. Tras las Rayban oscuras, sus ojos contemplan el mundo que le rodea. Al fondo de la contemplación hay un pelotón de triángulos de colores, recortados sobre el azul cielo del cielo y el verde mar del mar. Seccionados por la raya del horizonte inflan sus velas con glotonería.
Un poco más cerca de la playa, más mar verde mar. Otro poco más cerca hay cabezas que suben y bajan y que aparecen y desaparecen al ritmo del vals de las olas. Mas cerca aún, cuerpos que van y cuerpos que vienen empujados por la espuma blanca de las olas que acaban de romper.
En primer plano, infinidad de sombrillas surgidas a semejanza de hongos multicolores. Gente pasando de derecha a izquierda y de izquierda a derecha infatigablemente por el filo del agua, salpicándose entre ellos. Hombres canguro, con el bañador por debajo de la bolsa marsupial, mujeres con el bikini semioculto bajo los michelines, pepitos piscina marcando paquete bajo un mini bañador negro, tangas milimétricos en cuerpos de mujer sin cara. Y sobre todo tetas, muchas tetas ,. Grandes, pequeñas, caídas hacia abajo y caídas hacia arriba, bien y mal operadas, achicharradas, lechosas, oscilantes, desparramadas, furtivas, minúsculas, inexistentes, desafiantes, negras y bicolores.

A la derecha de José Canícula, sobre las rocas, pescadores de piel renegrida, con más moral que el alcoyano, sueñan con conseguir por fin este año su primera captura.
Medio metro delante de José Canícula, una pareja de unos cuarenta años, con dos niños de aspecto terrible, intenta clavar una sombrilla, como si no existiera mas espacio en la playa. Una vez conseguido empieza el desembarco. Tres toallas desplegadas sobre la arena; tumbona de tres cuerpos, cochecito de niño, bolsa de playa, bolsa conteniendo todo tipo de juguetes (cubo, pala, rastrillo, moldes diversos, balón hinchable, gafas de bucear, aletas, flotadores, churro), bolsa de comida para el pequeño, libros, barca de plástico, mini iglú, dos tablas de surf y colchoneta con forma de cocodrilo, todo ello desperdigado alrededor de la sombrilla que se ladea, sale volando y se estrella contra las piernas de un grupo de hombres que, brazos en jarras contemplan un juego de petanca desde hace horas.
Mientras el pequeño no cesa de llorar, el hermano mayor se dedica a llenar de arena las toallas pisoteándolas y a saltar sobre los flanes de arena que el padre construye al hermano menor.. Los gritos del padre ahogan los del hijo llorón y consiguen, sumándose al sonido de las voces de los demás playistas, al tole tole machacón del oleaje, a los gritos de los que juegan con las palas y al ritmo rapero de los coches tuneados que pasan en ese momento por la carretera, crear un ambiente de relajación impropio de unas vacaciones tan largamente deseadas.
Al lado de José Canícula, una mujer con el cuerpo brillante de copertone, come una manzana a grandes y sonoros mordiscos. Detrás, en la zona de nadie, en el blando y ardiente camino de vuelta al apartamento, las duchan babean apenas un hilo de agua tibia. Una larga fila de bañistas espera su turno para limpiar las patas metálicas de sus sillas.
Los chiringuitos de la zona están llenos a rebosar. Al nauseabundo aroma de la fritanga se le une el no menos repugnante perfume de sudor reconcentrado del tío de la camiseta heavy de tirantes, que basa su limpieza corporal en el baño diario en el mar. Apuntalado en la barra y fumando un purito a sotavento, el de los tirantes y la tripa cervecera está acompañado, inexplicablemente por una mujer mucho más joven que el, con mini falda, escote liberal y zapatillas de esparto con cuña. Para dar fe de que es su pareja, al lado tienen aparcado un cochecito en el que, un chupete que sube y que baja sin parar, medio tapa la cara de un bebé sudoroso y aletargado.
En la mesa de al lado, una familia guiri, compuesta por cuatro o cinco adultos y cuatro o cinco niños, se zampan sin pestañear otros tantos platos combinados del número 4, compuestos de una esmerada selección de hamburguesa, salchichas, huevo frito y patatas fritas. Todo ello bajo una capa espesa de tomate ketchup.
José Canícula, recoge el campamento y vuelve a su apartamento. De no ser por su orientación oeste, por ser un ático, por no tener aire acondicionado y por tener que aguantar hasta las cuatro de la madrugada a que cierre el escandaloso bar de abajo para poder dormir, sería un lugar ideal para descansar. Se consuela pensando que solo le quedan catorce días de vacaciones pagadas.











VEINTITRES DE DICIEMBRE (Cuento de Navidad)
Federico Fayerman
12 de diciembre de 2007

Mis primeros recuerdos me sitúan con siete años en el muelle abarrotado de un puerto de mar; me hablan de gritos, carreras, empujones; me traen la imagen de mi madre agarrándome con fuerza de la mano, tirando de mí y a la vez de ella misma.
Tropiezo continuamente con el adoquinado y cada vez que lo hago mi madre me aprieta la mano con más fuerza. A veces finjo que tropiezo solo para notar su presión protectora.
Ella no se da cuenta porque el dolor que siente le impide pensar. Tiene los ojos colmados de lágrimas y fijos en el barco anclado al final del embarcadero.
El barco es negro y me parece muy largo y estrecho, con una chimenea enmohecida en el centro. Tiene grúas delante y detrás y sus anclas son como enormes pendientes de mujer.
Mi madre me abraza, me besa una y otra vez, me hace daño de tanto apretujarme y cuando subo por la empinada rampa de madera me vuelvo y la veo, arrodillada en el suelo encharcado. Después se me desvanece entre una marea humana que empuja.
Antonia es una mujer de unos cuarenta años. Es viuda desde hace diez, es morena, con algunas canas y bastantes curvas disimuladas bajo una bata rosa de estar por casa. Tiene unos grandes ojos castaños aunque su mirada triste hace que parezcan más pequeños. Mientras me sirve una taza de té, sentados en el sofá granate del salón de su casa, noto su pulso alterado a través del tintineo de la taza contra el plato cuando me lo ofrece. Bebemos a pequeños sorbos. Me gusta Antonia. Trato de imaginar cómo sería mi vida con ella, olvidándome de la soledad pasada, sintiéndome querido por fin. Quizás ella está pensando lo mismo, porque me observa callada y muy seria mientras hablo. En realidad está callada casi desde que llegué a su casa hace algunas horas.
--Cuando llegamos a Leningrado--sigo con mi monólogo--, era noche cerrada. Las calles estaban cubiertas de nieve helada y se me hacía muy difícil caminar y mantenerme de pie. Formábamos una larguísima fila de niños tiritando y resbalando a cada instante como si fuéramos inestables fichas de dominó--.
Le cuento mi vida en Rusia y posteriormente en Cuba. Le cuento que el recuerdo de mis padres, a través de una vieja fotografía cuarteada por el paso de los años, es una de las pocas cosas que me han mantenido ilusionado con un retorno a mis raíces. Le explico que la dirección anotada al dorso de la fotografía es lo que me ha permitido llegar a su casa. Antonia habla por fin y me cuenta que mis padres estuvieron escondidos aquí nada más acabar la guerra. Que un año antes, en el 38, decidieron enviarme a Rusia hasta que la contienda terminara; Que según su madre, que fue quien les ocultó, no volvió a saber nada de ellos; que antes de partir dejaron una maleta no sabe con qué contenido pues nunca la abrieron; Y que esa maleta todavía está en el mismo sitio donde la guardaron.
La noticia me devuelve mucha de la ilusión perdida durante casi cuarenta años en soledad. Buscamos en las estanterías del pequeño aseo que hace también las veces de trastero hasta encontrarla. Subida en lo alto de la escalera, Antonia me mira y me sonríe. Coge la maleta y me la da. También un montón de cartas sin abrir. Llevo la maleta casi a rastras hasta el salón. Es pesada incluso para un hombre fuerte como yo. La dejo sobre la alfombra, desato la correa que la bloquea y la abro.
Seguimos conversando durante varias horas más, hasta que se hace de noche. Entonces me levanto despacio, como si me costara dar ese paso y la beso con timidez en la mejilla. Guardo las cartas en la maleta, la cojo y me dirijo a la puerta de la calle.
En el descansillo me vuelvo una vez más hacia ella tratando de esbozar una sonrisa, que más que una sonrisa es una mueca de infinita tristeza. Bajo la mirada al suelo y desaparezco tras el recodo de la escalera. Antonia se asoma por el hueco y me grita:--¡Mañana es Nochebuena y mi mesa estará vacía. Me gustaría que vinieras a cenar conmigo! Luego baja la voz.-- Si tú quieres--.