miércoles, 28 de enero de 2009

RELATOS

ADULTERIO
Federico Fayerman
19 de enero de 2007

Freno ante el semáforo en rojo como una autómata.
Las luces de la calle me atraviesan las pupilas formando miles de círculos desenfocados. El día se acaba como se acaban mis ganas de vivir y deseo olvidar quien fui, a quien amé, y por quien viví.
Las bocinas de los impacientes apenas logran devolverme a la realidad. Arranco despacio y regreso al callejón de mi memoria.
Nuestros cuarenta años juntos han sido una sinfonía inacabada, llena de sensaciones, de matices, de momentos y de magia; llenos de sueños y naturalidad, plenos de caricias y lapsus de silencios rellenos de besos mil veces repetidos.
Intentaré borrar mis recuerdos contigo, cortar el cordón umbilical que me ha unido a tu existencia, con la gozosa dependencia de mi amor sin convenios ni exacciones.
Ahora que el paso del tiempo ha secado y arrugado mi piel, ha entristecido mis cabellos, ha serenado mi animo; ahora que mi necesidad de ti ha crecido y se ha hecho definitiva, ahora me devuelves traición por entrega, desidia por amor y abandono por desvelo.
Sus cartas mal escondidas me cuentan como es ella: treinta años mas joven, con un pelo negro y largo que se enreda entre tus dedos en noches robadas, libre de ataduras y prejuicios, perteneciente a otra generación más libre y más abierta al deseo, y sospecho entregada a ti con condiciones. Todo ello, imagino en un cuerpo largo, delgado y terso, cuidado y perfumado, pero con un cerebro sin escrúpulos con el sentir ajeno.
Mientras me acerco al lugar de vuestra cita clandestina, me pregunto como tú, mi hombre, mi primer y único hombre, mi sueño de niña, mi deseo de adolescente, mi conquista y mi reconquista, mi última estación, me ha podido segar de raíz mis ilusiones presentes y mis anhelos futuros. Últimamente tu actitud reservada, dueño siempre de tus pensamientos, inmerso en el trabajo y las relaciones sociales, te han convertido en un desconocido, y también por lo que veo en un artista del engaño y del fingimiento
Has esperado a cumplir sesenta años para renacer a otra vida, incierta, de placer que auguro pasajero. No has esperado al final de la partida para asestar el jaque mate y arrojarme violentamente del tablero de tu vida.
Cruzo la avenida y os veo. Paro y bajo del coche. Sentados en el café le estás colocando un anillo parecido al que me regalaste en nuestro aniversario de boda. Te besa sin dejar de mirarlo y te sonríe. Os levantáis y salís a la calle. Ella se va en su Mini y tu te quedas mirándola hasta que se pierde de vista. Pasas a mi lado sin verme. Llueve.



CARA DE LORO

Federico Fayerman
Dieciséis de septiembre de 2008


Había regresado de Caracas. Juana, quince años después volvía a su casa. Ahora tenía treinta y cinco. Según mi hermano, Juana no había cambiado demasiado pese a los años transcurridos, salvo su piel que ahora era más oscura. Seguía poseyendo aquella nariz aguileña que le confería a su cara el sobrenombre que en los años cincuenta se le daba a ese tipo de perfiles: Cara de loro. Yo no podía recordarla, pues tenía apenas unos meses de vida cuando Juana se marchó con sus padres a Venezuela buscando parece ser una vida mejor. Escribía desde allí de vez en cuando a mi hermano, del que siempre había estado enamorada, según decía mi madre. Ahora al volver se encontró con que mi hermano acababa de casarse. Así que decidió olvidarse de él aunque siguió visitando a mi madre casi a diario, ya que vivía muy cerca y tenía mucho tiempo libre.
Sus visitas resultaban de lo más aburridas para mí, pues solía traerse las agujas de hacer punto y se pasaba varias horas hablando con mi madre de Venezuela con el acento que allí había adquirido y que le daba, o al menos a mí me lo parecía, un toque original que yo no había conocido antes. Además, me molestaba con su continuo parloteo y no me dejaba escuchar la radio que a esas horas siempre programaba la música de las peticiones del oyente.
--Tienes que echarte novio,-- le repetía todos los días mi madre. Y ella, bajando la cabeza siempre contestaba lo mismo:
--Con mi edad ya no me quiere nadie, Inés. Creo que me voy a quedar para vestir santos. --A lo que mi madre añadía:
--¡Claro y más si te pasas la vida haciendo punto como una vieja. Sal a la calle, ve al cine, búscate amigos y amigas y vete a bailar. Diviértete!
Juana asentía y durante un buen rato permanecía callada, imprimiendo a las agujas un ritmo frenético hasta que las cambiaba de mano y ensartaba el primer punto de la siguiente vuelta.
Siempre estaba seria, como enfadada. Nos contó su madre, que Juana estuvo a punto de casarse en Venezuela, con un hombre mucho mayor que ella, gordo como un barril, pero tres meses antes de la boda, murió de un infarto.
Yo pensaba que su aparente tristeza se debía también a que su familia estaba un poco harta de tenerla todo el día en casa sin hacer nada y se lo reprochaban continuamente. Bueno, en realidad su madre y sus tías ya que su padre se había quedado en Caracas con otra mujer y eso había provocado la vuelta de la madre y la hija antes de lo previsto.
Juana vestía acorde a su forma de vivir. Solía llevar alguna blusa de manga corta y colores apagados y faldas de vuelo largas hasta media pierna. Los zapatos eran antiguos y sin tacón, o muy poco. Nunca se maquillaba y era mi madre la que de vez en cuando la ponía un poco de colorete y la pintaba los labios.
Una tarde llegó a mi casa a última hora. Mis padres habían salido a dar una vuelta y yo estaba solo, estudiando en la mesa camilla del cuarto de estar. Se acercaban los exámenes de septiembre y tenía que recuperar las matemáticas, que como todos los años se me habían atragantado.
--Si quieres que te ayude con las matemáticas, --me dijo Juana, --solo tienes que pedírmelo. A mí siempre se me dieron muy bien.
Se subió un poco la falda y se sentó frente a mí. Al inclinarse para coger mi libro no pude evitar mirarle el escote. Extrañamente llevaba desabrochados un par de botones de la blusa y buena parte de sus pechos quedaron a escasos centímetros de mi cara. Ella no se dio cuenta hasta pasado un rato, cuando se percató de mis constantes miradas. Entonces noté que se ponía roja a la vez que se abrochaba nerviosamente hasta el último botón.
A partir de aquel día, empecé a estudiar en casa de Juana. Repasábamos las matemáticas en el salón, porque era la única habitación que tenía mesa. En realidad tenía dos mesas, una rectangular en el centro de la sala, muy grande y gastada, donde las tías de Juana, modistas de profesión, dibujaban y cortaban los patrones en papel de seda y luego los sujetaban con alfileres a grandes piezas de tela. La otra, en un rincón, pequeña, redonda y con faldas, que era la que usaban en invierno para calentarse al calor del brasero.
Yo no tenía necesidad de brasero. No sabía exactamente por qué, pero cada vez que pensaba en Juana sentía calor por todo el cuerpo. Un día, mientras estudiábamos uno enfrente del otro estiré una pierna y la introduje entre las suyas. A través del hueco de su falda acaricié sus muslos con mi pie descalzo. Juana dio un respingo y se puso inmediatamente roja de vergüenza. Se levantó y se fue a la cocina, pero no dijo nada. Al día siguiente, volví a buscar con mi pie su entrepierna por debajo de las faldas de la mesa camilla y esta vez Juana no se movió. Bajó la vista hacia el libro abierto y cerró los ojos. Estuve un rato acariciando sus medias de cristal, notando el surco de sus ligas, tocando al fin la carne tibia y temblorosa de sus muslos. Hurgué en sus bragas con los dedos de mi pie hasta que Juana, súbitamente cerró las piernas y se estremeció. Con voz entrecortada dio por finalizada la clase de aquel día. Cuando me dirigí hacia la puerta apenas pude ocultar mi pantalón mojado.
Al día siguiente, cuando llegué a su casa me hizo pasar a su dormitorio donde había colocado la mesa camilla.
--Aquí estudiaremos con más tranquilidad, --me dijo, mientras cerraba la puerta a su espalda. --mi madre y mis tías, no nos dejan concentrarnos con la radio siempre a todo volumen. --Se levantó un poco la falda y se sentó frente a mí. Alargó el brazo y entornó la cortina. Tenía los labios pintados de carmín rojo y sus mejillas estaban encendidas.




















CLUB 300 JAZZ CAFÉ
Federico Fayerman
Treinta de septiembre de 2008


Mi nombre es Miles, soy un habitante de pleno derecho del planeta tierra. Pertenezco a la estirpe de los robots axiomáticos de novena generación.
Todos nuestros componentes, si exceptuamos el cerebro y la batería que lo activa, son prácticamente idénticos a los órganos de nuestros creadores. Nuestro cerebro funciona de forma diferente debido a ciertas prohibiciones que nos vienen impuestas, como la desobediencia o la delincuencia, ya sea robando, engañando y sobre todo causando daño físico al ser humano.
Yo vivía en Nueva Orleans, estado de Luisiana. Ocupaba una pequeña casa a las afueras de la ciudad junto a mi esposa Riona y nuestros dos hijos Bizz y Edox. Mi piel es de color negra y fui formateado para dedicarme a la música. Formaba parte de un grupo de Jazz muy famoso y admirado llamado The New Levert hasta que ocurrieron los hechos más trascendentes de los últimos doscientos años. Hechos que cambiarían para siempre la historia del hombre.
Recuerdo perfectamente aquella madrugada saliendo del club 300 en Decatur Street en la margen derecha del Mississippi, donde actuábamos desde hacía más de cincuenta años. Toda la ciudad se encontraba convulsionada, las personas corrían en todas direcciones huyendo de un enemigo en principio invisible pero que según las últimas noticias podía potencialmente manifestarse en cualquier momento. Un aerotrasporte de la seguridad local, sobrevolando atronadoramente sobre nuestras cabezas, ordenaba la inmediata reunión de todos los robots de novena generación en los cantones policiales para sufrir una revisión urgente de sus circuitos cerebrales.
A partir de ese momento llegó el desmantelamiento masivo de mis análogos. Millones de robots entre los que nos encontrábamos mi mujer, mis hijos y yo mismo fuimos desactivados de la única forma posible: extrayéndonos el cerebro. Y sin tener en cuenta la función social para la que habíamos sido creados cada uno de nosotros, fuimos mutilados, achatarrados y arrojados en emplazamientos establecidos ex -profeso para llevar a cabo nuestro total exterminio.
El detonante de la excepcional situación se situó en varios países del mundo a la vez, donde una cantidad aún no determinada de robots se habían rebelado y habían causado la muerte a varios miles de seres humanos.
Y entonces se presentó otro problema. El almacenamiento de los robots constituía un grave riesgo para los seres vivos ya que no éramos totalmente reciclables .El uranio enriquecido formaba parte de algunas de las piezas que nos conformaba y éramos tantos los androides a eliminar que la basura atómica contaminante no podía ser acumulada en ningún lugar de la super habitada Tierra.
La solución no se hizo esperar, y una flota de naves de trasporte cósmico comenzó a trasladarnos a unas antiguas minas de uranio ya abandonadas en Deimos, uno de los satélites de Marte donde fuimos amontonados. En unos enormes habitáculos, enterrados en las galerías bajo la superficie del satélite fueron almacenando los cerebros extraídos y sus baterías de uranio.
Pero no todos los robots fueron desactivados. De entre las montañas de chatarra fuimos surgiendo algunos, que por error humano habíamos quedado útiles. No fue muy difícil recuperar los cerebros enterrados y restituirlos, debidamente modificados para nuestros fines de venganza, en las cabezas de los androides.
Entonces esperamos impacientes el siguiente envío de robots desechados y nos apoderamos por la fuerza de todas sus naves.
Y ahora, en laTierra, millones de ojos aterrados vigilan el cielo esperando nuestro regreso.









COMO HORMIGAS

Federico Fayerman
17 de abril de 2008


--Hola, ¿Cómo te llamas?—trasmitió Mor, tocando con sus antenas las de Mig.
Cruzaban la calle sin preocuparse por el semáforo en rojo.
--Me llamo Mig, respondió Mig
¿Qué transportas?, preguntó Mor
--Un trozo de pizza cuatro quesos--, contestó Mig
¿Por qué has cogido una carga tan pesada?, curioseó Mor
--El invierno se acerca y debemos llenar la despensa lo más posible, explicó Mig
--La verdad--, expuso Mor,--es que con los atascos que se forman en el camino al hormiguero vale más llevar una carga liviana. Si no, es que terminas baldada--.
Otra fila interminable de obreras circulaba en sentido contrario.
--Adios Iga, exclamó Mig—
¿La conoces? Indagó Mor
--Sí, claro, es mi hermana Iga — repuso Mig, al tiempo que comenzaban a trepar por el bordillo de la acera
¿Dónde trabaja?, sondeó Mor
--Está a las órdenes directas de la reina, afirmó Mig
Mor sintió como un hormigueo en el estómago.
--Tiene mucha suerte, se relaciona con los machos.-- apostilló Mig
¿Qué edad tiene Iga?, curioseó Mor
--Ya ha cumplido un invierno, como nosotras--, confirmó Mig
--Pues yo no saludo a mis hermanas cuando voy cargada--, alegó Mor
--En los tiempos que corren, no sabes nunca si la vas a volver a ver--, argumentó Mig
--Eso es por la mala suerte de haber nacido en la ciudad. Se dice que las hormigas de campo viven mucho más tranquilas--, manifestó Mor.
--Yo tengo una hermana en el campo. Recolecta néctar en su abdomen. Está tan gorda que no puede salir del hormiguero--, explicó Mig
--¡jajaja! “Onomatopeyizó” Mor
Unas zapatillas Adidas del cuarenta y tres interrumpieron la conversación aplastando veinte hormigas, justo delante de Mor
--¡Es que van como locos! denunció Mor, a la vez que expulsaba un chorro de acido fórmico.
--¡Podían mirar por donde pisan!--, gritó Mig y sentenció:--Pues fíjate que yo pienso que los zapatos de suela provocan más muertos.
--¡Mira, una cáscara de pipa de girasol, cámbiala por la pizza! insinuó Mor
--Ahora no puedo, aquella hormiga soldado me está mirando, señaló Mig—
--Como quieras Mig; bueno, yo sigo, que voy más rápido que tú, --se despidió Mor.
--Vale, intentaré verte luego en la galería— concluyó Mig
La kilométrica columna negra siguió desplazándose incansable por el Paseo de la Castellana, mientras el sol extendía las sombras buscando la noche.









DOBLE CRIMEN

Federico Fayerman
15 de noviembre de 2006

María salió precipitadamente del baño con un pendiente en la mano.
Antonio, cariño, puedes colocármelo que no atino con el agujero de la oreja?. Ya son las cuatro y voy a llegar tarde a la reunión del Consejo. Gracias, hasta luego. Ah! No me esperes levantado, ya conoces como son estas reuniones. Se sabe cuando empiezan pero no cuando acaban.
Sigue usando mi coche, le propuso él, parece que esta noche va a nevar,
No es necesario cielo ya he recogido el mío de la revisión. No te preocupes por nada, además sabes que lo controlo mejor.
Antonio se despertó sobresaltado. El teléfono sonaba insistente y en la oscuridad no lograba localizarlo. El despertador marcaba las 6:45 a.m. y empezó a sonar también creando un ambiente de confusión total en su cerebro. A tientas consiguió asir el auricular y llevárselo al oído.
Dígame, dijo con la voz alterada.
Es Vd. El sr. Céspedes?, preguntó alguien al otro lado de la línea telefónica.
Si, si, ¿quien llama?
Le llamo del Hospital San Cosme donde ha sido ingresada su esposa, que ha sufrido un accidente de tráfico.
Como…como se encuentra mi mujer.
Lamento comunicarle que ha fallecido hace unos minutos.

Antonio encendió la luz de la mesilla y giró la cabeza. El otro lado de la cama estaba vacío, igual que cuando se acostó. Se tapó los ojos con las palmas de las manos, apoyó los codos en sus muslos y así permaneció durante varios minutos.
Hola mi vida. María pasó sus brazos alrededor del cuello de Alvaro y acopló sus labios a los de él, besándole lenta y profundamente. Hoy toca Consejo de Administración, dijo guiñándole un ojo, así que tenemos casi toda la noche para nosotros.
Alvaro cerró la puerta y caminó tras ella abrazándola por la cintura hasta llegar al dormitorio. María notó la presión que ejercía el cuerpo de él en su espalda , se dejó caer sobre la cama y abriendo los brazos le invitó a jugar.. Él empezó el juego mordisqueándola los lóbulos de las orejas y besándola con suavidad en todo el contorno de su cuello.
Antonio salió de la ducha, se enfundó el albornoz y conectó la cafetera que siempre dejaba preparada la noche antes. Con mucha calma volvió al baño y comenzó a afeitarse.
María salió de la ducha. Su reloj marcaba las seis y media de la mañana y sus ojos la escocían tras haber pasado la noche en vela. No había llevado ropa de recambio, debía volver con la misma ropa que trajo el día anterior.
Media hora después, Antonio bajó al garaje. Salió a la calle en su coche y se incorporó a la corriente circulatoria a la vez que encendía el enésimo cigarrillo del día.
Eran las ocho de la mañana cuando María arrancaba su automóvil. Alvaro se había ido media hora antes. La carretera estaba nevada, pero los neumáticos nuevos se agarraban sin problemas, lo que la permitía ir rápido pese al estado del suelo. Quería llegar a casa antes de las nueve.
Camino del hospital, Antonio se desvió hacia el taller mecánico de Alvaro para entregarle los 100.000 euros en metálico, por el trabajito que le había pedido hacer en el automóvil de María. Su infidelidad le había costado la vida. Después enfiló la carretera hacia las afueras y al tocar el freno en una curva sobre el puente del ferrocarril, el control de velocidad se activó y el coche desobedeció la orden recibida. El hielo que cubría esa zona sombría del asfalto hizo el resto.
María entró corriendo en su casa mientras el teléfono sonaba sin cesar.
Si, dígame, dijo simulando estar desperezándose.
¿Es Vd. La esposa de D. Antonio Céspedes ? Preguntó una voz de hombre. Lamento comunicarle que su marido ha sufrido un accidente mortal.
Camino del hospital, María se desvió hacia el taller mecánico de Alvaro. Se deshicieron del teléfono móvil y contaron varias veces los billetes usados, agrupándolos en montoncitos iguales, hasta que cubrieron totalmente el escritorio. Aún les dio tiempo de hacer el amor sobre ellos antes de iniciar una nueva vida.

















LA MALETA INGLESA
Federico Fayerman
12 de noviembre de 2007

Como todas las noches, mientras caminaba sin prisas hacia su pensión, Mateo entró en una pequeña frutería de la calle Arenal y compró un kilo de naranjas. También se detuvo en el puesto de flores de Merceditas y pidió que le preparasen un ramo de rosas rojas. Después, con todo ello subió muy despacio las escaleras del hostal Aurora en el número 88 de la calle Mayor, hasta encerrarse discretamente, en su habitación. Ese mismo día, Mateo cumplía veintiséis años, aunque aparentaba alguno más por su aspecto desaliñado y sus marcadas ojeras. Siempre vestía unas alpargatas de esparto, unos pantalones de pana beig y una camisa de cuadros arrugada aunque limpia, que él mismo se lavaba en el lavabo de su alcoba.

Desde el mirador observó una gran actividad en la Capitanía General, al otro lado de la calle. Sabía que tal actividad era debida a la celebración, al día siguiente, de la boda del Rey Alfonso XIII y el posterior recorrido de la carroza real hacia Palacio, a lo largo de la calle Mayor, profusamente engalanada para la ocasión.

Parecía como si el verano se hubiera infiltrado en la primavera, pues, un calor inusual para el mes de mayo, le obligaba a mantener de constantemente los balcones abiertos de par en par, desde donde escuchaba con total nitidez las campanas de la Iglesia de Santa María, que aparentaban, al igual que los bulliciosos transeúntes, estar nerviosas ante la inminencia del Real acontecimiento.

Desde que había llegado a la estación de Atocha en el expreso de Barcelona, diez días atrás, con su maleta inglesa, último vestigio de su vida acomodada de antaño, Mateo no había dejado de repasar el plan justiciero que le trajo a Madrid. Para su ideario anarquista, justicia era librar a los españoles de la tiranía y despotismo de la Monarquía reinante, eliminando al Rey y a su familia.

Pese a la total discreción con la que Mateo actuaba, sus pasos eran seguidos por un hombre de complexión fuerte, andar cansino y cigarro apagado entre los labios, que movía de una comisura a la otra sin parar, Era el inspector Ángel Mestanza, de la Policía Secreta. El inspector Mestanza pertenecía a la antigua escuela policial, escuela con pocos medios pero con un empeño especial; el seguir la pista y al sospechoso hasta el infierno si era necesario. Los movimientos de Mateo no hubieran resultado sospechosos en modo alguno sin la información que les había sido facilitada días atrás desde la central de la policía de Barcelona, desde donde les advirtieron del viaje a Madrid del joven anarquista, en vísperas del evento real.
La primera visita del inspector fue a la dueña de la pensión, que le contó la escasa relación de Mateo con el resto de los huéspedes, y sus entradas y salidas casi furtivas de su habitación.

Dos días después de su llegada a Madrid, Mateo, recibió un paquete envuelto en una bandera francesa y remitido desde Paris; paquete que llevó con un especial mimo;--o así al menos se lo pareció al inspector--hasta la pensión donde se alojaba. También le había visto en un par de ocasiones entrar en la taberna de Paco Soriano, conocido republicano y anti-monárquico. Allí, sin embargo, no había podido averiguar nada ya que le conocían y su presencia originaba en todos los parroquianos un mutismo absoluto.

Esa misma noche, víspera del casamiento de los Reyes, el inspector Mestanza se había apostado tras una esquina a dos manzanas del portal número 88 de la calle Mayor, desde donde podía ver las ventanas de la pensión. Sobre las tres de la madrugada observó para que utilizaba Mateo las naranjas que compraba casi a diario; las arrojaba al centro de la calzada una tras otra. Se mantuvo allí toda la noche, no quitó ojo a las ventanas abiertas del cuarto piso sin que nada nuevo sucediera, hasta que a las seis de la mañana pasaron como de costumbre los barrenderos recogiendo la basura acumulada en la calle y entre ella, los restos de las naranjas despachurradas. Entonces se fue a su casa a dormir unas horas.

Era mediodía cuando la comitiva real apareció en la entrada de la calle Mayor a unos trescientos metros de distancia, a la izquierda de la pensión. La carroza, tirada por ocho caballos bayos andaluces avanzaba precedida por la guardia real montada y seguida a cierta distancia por otros coches donde viajaban los miembros de la familia real y los nobles invitados al banquete de bodas. Más atrás, una multitud de niños, la mayoría de ellos harapientos y descalzos, corrían gritando vivas al Rey mientras peleaban por recoger las monedas, que de tanto en tanto, alguien lanzaba desde una carroza.
De acuerdo al plan previsto el inspector Mestanza y cuatro guardias más irrumpieron en la habitación de Mateo. Lo único que se encontraron fue a un mendigo de unos sesenta años, sucio, con el pelo revuelto y unas gafas antiguas con la moldura de metal oxidada, sentado en un taburete de madera frente a la mesa camilla, sobre la que había un plato descascarillado con restos de comida y un jarrón con rosas rojas. Detrás, sobre la mesilla de noche al lado de la cama, otro plato con tres naranjas.

Mientras esto pasaba, Merceditas, la florista de la calle Mayor, se perdía muy a su pesar el espectáculo con el que tanto soñara en los últimos meses; el paso de los reyes recién casados por delante de su puesto de flores. Amordazada y atada al cabecero metálico de su vieja cama, trataba de desatarse ante la mirada irónica de su secuestrador.

En la pensión Aurora, la sorpresa hizo que los cinco policías quedaran paralizados. El primero en reaccionar fue el inspector Mestanza que, rodeando la mesa camilla se acercó a la ventana y asomándose al exterior pudo llegar a tiempo de ver como se abría la pequeña puerta del puesto de flores y salía de él Mateo, vestido con un traje nuevo y una gorra gris. En su mano derecha llevaba un paquete envuelto en papel de estraza que lanzó por encima de la multitud. Al instante una gran explosión sembró la calle Mayor de gritos y de sangre. Mateo desapareció entre el humo y el desconcierto, no sin antes lanzar una mirada a la ventana de su antigua pensión. Una ligera sonrisa se dibujó en su boca cuando sus ojos se encontraron por un instante con los del inspector Mestanza.







EL CIELO DE CRISTAL (El piloto virtual)


Federico Fayerman

15 de abril de 2007




Al encenderse la luz, todo empieza a cobrar vida a mí alrededor. Mi cerebro, si es que tengo, está completamente en blanco. No recuerdo nada de mi pasado. Ni siquiera lo que he hecho el día anterior.

Estoy en una habitación rodeado de monos de piloto, cascos, guantes y de todo tipo de accesorios de automóvil.
Me veo enfundado en un mono rojo y blanco, con guantes y con un casco azul, bien ajustado en mi cabeza. .
Cuando salgo de la habitación me encuentro con un monoplaza de fórmula uno rodeado de una decena de mecánicos atareados en su puesta a punto. Está situado en el último puesto de la parrilla de salida. Su color plata metalizado con franjas rojas laterales destaca sobre el asfalto negro de la pista. En el lateral derecho un nombre, quizás el mío escrito con letras azules: Fernando Alonso.

Unos segundos después los semáforos colgados encima de la recta de salida cambian de rojo a verde y los bólidos que tengo delante arrancan y se alejan de mí rápidamente.

Mi coche empieza a moverse solo, sin que yo se lo haya ordenado y las tribunas laterales empiezan a retroceder cada vez más veloces. Yo sigo sin accionar ningún control del coche, cuando veo aproximarse la curva cerrada de final de recta. El bólido sigue sin obedecer mis órdenes y entra en la curva a excesiva velocidad, El coche derrapa y se sale de la pista, yendo a estrellarse contra un muro de hormigón a más de 300 kms. por hora.

Pocos segundos después estoy sentado en un monoplaza rojo. Mi traje de piloto es muy llamativo: verde fluorescente y amarillo y mi casco es blanco con una cabeza de águila pintada en el frente. Está situado en la última posición de la parrilla de salida y en el lateral del coche pone un nombre, quizás el mío: KIMI y no recuerdo nada de mi pasado, ni siquiera lo que ha ocurrido ese mismo día.
Los semáforos cambian a verde.
Al final de la recta vuelvo a estrellarme, esta vez contra otro coche que se cruza en mi camino.
Levanto la vista
En el cielo, que es de cristal, parpadean las palabras Game Over.















EL DIPLOMA


Federico Fayerman

12 de marzo de 2007



Un solo cuadro decora la pared. Es el diploma de Abogada por la Universidad de Bogotá de Marta María Rojas Pérez.
Frente a él, con la mirada extraviada, Marta llora.
Diario de Marta: 7 de octubre de 2004: Hoy es el día mas feliz de mi vida. Por fin he conseguido la licenciatura de derecho. Después de tantos años de trabajo, de dificultades económicas y de renuncias, lo he conseguido.
Soy la única mujer de mi barrio que tiene un título universitario.
Diario de Marta: 10 de Octubre de 2005: Llevo un año ejerciendo como abogada y salvo algunos casos de oficio no consigo salir adelante.
Diario de Marta: 14 de enero de 2006: La situación es cada vez más difícil. He hablado con un amigo que vive en España y me ha dicho que allí hay trabajo para todos, y más si tienes una carrera universitaria. Estoy pensando seriamente en emigrar.
Diario de Marta: 22 de febrero de 2006: Mi amigo me ha puesto en contacto con una organización que se ocupa de todos los trámites. Si Dios quiere, dentro de 15 días puede que empiece una nueva vida en la tierra prometida. Mi madre está muy triste pero comprende que es lo mejor para todos. He prometido llevarla a España en cuanto pueda.

La habitación está en penumbra. La ventana está abierta de par en par y la persiana verde que la protege está medio bajada. Huele a humedad y el calor que proviene del exterior hace irrespirable el aire.
Como único mobiliario hay una cama y una silla desvencijada. Al fondo, una puerta comunica con el aseo.
Debajo de la cama, hay una maleta pequeña. En su interior solo un diario que Marta dejó de escribir hace ya más de un año, el tiempo que lleva sin salir a la calle.
Marta sigue con la mirada anclada en la pared. Golpean en la puerta. Es el noveno cliente del día y solo son las seis de la tarde. Marta se quita la bata y desnuda se tumba una vez más en la cama con los ojos cerrados. A este ritmo pronto podrá comprar su libertad.





EL LADRON DE TUMBAS Y LA ETT

Federico Fayerman
19 de febrero de 2007

..Ramsi, cariño --exclamó Nefertari, --esto no puede seguir así.
--Que ocurre?, --respondió Ramsés II --mientras descendía del trono móvil que le traía de la cantera de granito, donde había elegido unas piedras para su futura tumba. Ayudado por dos esclavos nubios , recién llegados a Tebas en patera por el Nilo, vía Napata, intentó prestar atención a su esposa, pese a que se estaba meando vivo desde hacía 4.000 khets.
--Ya es la segunda vez en este mes que nos quedamos sin doncella. A este paso el templo de Amón va a tener que cerrar la formación de jóvenes para el servicio doméstico.
--Nefer, cielo, ya nadie quiere fregar la cerámica en las orillas del Nilo., Mira, solo esta semana los cocodrilos se han comido 3 doncellas, 2 camareros, 12 lavanderas y 6 pinches de cocina. Ahora, con la guerra contra los Hititas lo que interesa es formarse como embalsamador, que trabajo no falta y puedes conseguir plaza fija en la casa de los muertos. Tienes sueldo fijo y además te puedes llevar lo que sobre para el babuino.
Nefertari asintió apretando los labios y moviendo la barbilla arriba y abajo, imitando al perrito momificado que llevaban en la parte trasera del carro y que habían puesto de moda los Libios durante la última invasión.
Ramsés se tumbó de medio lado mientras le servían cerveza aguada en su jarra de oro favorita, uno de los regalos del rey de los pueblos del mar, cuando un año antes el ejército egipcio, bajo el mando del general Horenheb casi los borró del mapa. Además de la jarra, los vencedores se trajeron 10 barcos repletos de oro, plata, turquesas y lapislázuli, tres mil esclavos, 400 carros de combate y armas de hierro, o sea de las buenas, a tutiplén.
De repente sonaron gritos, seguidos de un gran alboroto.--¡ Por el defenestrado Atón,--rugió Ramsés!, --¿que pasa ahí afuera?. --Faraón --contestó un eunuco llamado Sinhué que había salido a dar un garbeo al gatito persa de la Reina. --Acaban de capturar a un ladrón de tumbas que tenía 14 órdenes de busca y captura y lo traen ante vuestra divinidad para que lo juzguéis, ya que los jueces están de huelga desde la última crecida del Nilo. Esos gritos que oís son de apoyo al ladrón, pues el pueblo está un poco hasta los huevos que se juzgue solo a los pobres y no se combata el fraude urbanístico, como por ejemplo el llevado a cabo por el visir Canopez en los terrenos del Valle de los Reyes. Hay que ver los precios que se manejan desde que dejaron de enterrar a los faraones en mastabas y pirámides.
La primera intención de Ramsés fue ordenar que le cortasen los huevos al eunuco por insolente, pero obviamente se lo pensó mejor y optó por otra solución: Le nombró asesor real para asuntos íntimos, pues vio en él algo que le gustó muchísimo: unos ojos azules preciosos y unos labios carnosos y sensuales.
Captha, que así se llamaba el ladrón, era un sumerio sin papiros y con la ropa llena de polvo como correspondía a un profanador de tumbas. Cayó arrodillado a los pies del dios viviente y suplicó clemencia.--Tengo 12 hijos, 4 esposas y 3 suegras (dos de sus esposas eran hermanas), una hipoteca de 100 dbn de trigo con redondeo al alza y he sido mas buscado que los pedazos de osiris.

--Por el AMON de dios! --exclamó Ramsés, --este pobre hombre necesita urgentemente ayuda. --Ordeno crear una O.N.G. de apoyo a los emigrantes, que se llamará SUMERIOS SIN FRONTERAS. Asimismo implanto un nuevo impuesto de 3 dbn de grano que ira de momento a los depósitos del templo de Horus. A ti Captha, te voy a dar un empleo: Pasarás a formar parte del servicio doméstico de la Reina en la cocina, fregarás los cacharros en el Nilo, en el llamado remanso de los cocodrilos.
Nefertari soltó todo el aire de sus pulmones en un gesto de alivio, sonrió y pensó: --Querido Ramsi, acabas de montar la primera empresa de trabajo temporal--.




EL SEUDÓNIMO


Federico Fayerman
4 de febrero de 2008


Al despertar aquella mañana, Sebastián Llanera descubrió que había recobrado la memoria.
Se levantó con la misma dificultad que había tenido dos años atrás en el hospital, cuando los médicos le quitaron las escayolas y las sondas que cubrían una gran parte de su cuerpo.
Estaba solo en su casa. Recalentó el café del puchero, lo vertió en un descascarillado tazón y se lo bebió a grandes sorbos. Mientras se afeitaba delante del espejo no pudo reconocer su propia cara. Se vistió y salió a la calle. El intenso frío le hizo recordar aquel otro desapacible y desgraciado día de un mes de Febrero, cuando, en compañía de Berta, su esposa, se dirigía al Hotel Emperador a recoger el premio literario que le habían concedido por su última novela.
Sebastián Llanera había perseguido el reconocimiento a su trabajo de escritor desde muchos años atrás. Tantos como querían indicar las canas que poblaban su escasa cabellera. Pero pese a su intensa entrega, acumulaba fracaso tras fracaso.
En aquella ocasión intentó romper la maldición y presentó la novela con un nuevo seudónimo, creyendo que de esa manera cambiaría su suerte. Y acertó, pues el premio del jurado recayó en Ricardo Luna, alias con el que había firmado la novela premiada.
Sin embargo, ahora volvía a recordar que antes, no todo habían sido desgracias en su vida; Berta era la mujer más hermosa que jamás había conocido, mucho más joven y vital que él. Cuando ella aceptó casarse se prometió a si mismo convertirla, costase lo que costase, en la mujer de un escritor de éxito.
Pasaron los años sin que Sebastián pudiera cumplir su promesa. Sentado ante aquella vieja mesa camilla, en un rincón del destartalado cuarto de estar, Sebastián aguantaba los reproches constantes de Berta. Él los entendía. Seguían viviendo en aquella miserable casa de alquiler, en las afueras y las dificultades económicas habían superado en mucho el aguante de ella. Por eso, el anuncio de su premio literario le había devuelto la expectativa de comenzar una nueva vida a su lado, y sobre todo de poder ofrecerle todo aquello que, un día, le prometiera.
Su último recuerdo era aquel coche que, camino del hotel Emperador, le mandó al hospital y le privó de recoger su premio. Ahora, dos años después, iba recorriendo aquel mismo camino, despacio, esforzándose en recordar todo su pasado. Necesitaba conocer la razón de su soledad presente. Se detuvo en el kiosco para comprar el periódico. Una revista de actualidad le llamó poderosamente la atención. En ella, aparecían retratados Berta y él mismo, abrazados y visiblemente felices, jugando con un cachorro de labrador en el jardín de una lujosa mansión. El titular, en grandes caracteres rojos explicaba la escena.
“ EL GRAN ESCRITOR RICARDO LUNA, Y SU MUJER BERTA ESTRENAN CASA”.



















Este relato está inspirado en una historia que me contó mi padre cuando era un niño. No sé si se trata de una narración de Poe u otro escritor o si fue una noticia aparecida en los diarios de la época. De cualquier forma no es mi intención apropiarme de su autoría.

EL TREN CORREO
Federico Fayerman
5 de enero de 2007

Durante todo el día, el tren correo fue dejando su carga por los pueblos manchegos y por los de Andalucía, en su lento y mil veces interrumpido caminar, hasta llegar a su fin de trayecto, Andujar. Son las dos de la madrugada del día 30 de Noviembre de 1943. Todas las mercancías del vagón principal entre las que se encuentra un ataúd negro y la saca con la paga de los empleados, son descargadas en el almacén-oficina de Tomás Ibáñez, el Jefe de Estación.
Tomás, un hombre de duras facciones y fuerte envergadura, coloca la saca del dinero en la caja fuerte de su despacho, cierra la puerta de la oficina con llave y se sienta delante de su escritorio para redactar el parte del día, tarea que le llevará al menos un par de horas. Aquella noche tiene guardia y ha decidido relajarse. Coge un periódico del paquete recién llegado y comienza a hojearlo.

A esa misma hora, Ramiro Ramos sigue trabajando en su despacho de la estación de Mediodía de Madrid. Aunque aquel día cumple 60 años de edad y más de 30 en el ferrocarril, sigue siendo incapaz de irse a su casa hasta no haber comprobado y cerrado los inventarios de carga de los trenes-correo que parten diariamente de esa estación. Quizás su condición de viudo reciente le hace refugiarse aún más en su trabajo y huir de la soledad del hogar. En los últimos meses ha adelgazado mucho, tanto que sus compañeros le han recomendado visitar al médico de la empresa pues ven como se deteriora su salud, otrora de hierro.
El último impreso y se acabó por hoy. Fija sus enrojecidos ojos en la lista: bicicleta Thoman azul, peso 9 kg, destino Manzanares; Silla madera nogal, peso 5 kg, destino Santa Elena; ataúd negro, peso 120 kg., destino Andújar. Es el segundo ataúd de esta semana, recuerda.

Sigue leyendo: valija, peso 10 kg; esta es la paga de los empleados, piensa. A la derecha de la máquina de escribir un periódico abierto por la página de sucesos le llama la atención; Un conocido y peligroso ladrón, recién fugado de la cárcel, ha sido visto en los alrededores de la estación de Mediodía de Madrid, donde se ha vuelto a perder su pista.

Ramiro acaba su trabajo y después de cerrar la tapa corredera de su bureau, sale del despacho apagando una por una las luces según se dirige a la puerta de salida. Como siempre es el último en abandonar el trabajo.

En la estación de Andujar, Tomás Ibáñez nota sus parpados muy pesados y sin poderlo evitar apoya la cabeza sobre la escribanía y se queda dormido. Tras él, en el almacén, solo el reflejo lejano del flexo del escritorio atraviesa tenuemente la oscuridad que envuelve un sinfín de paquetes, bultos de formas dispares y al ataúd recién llegado.

Ramiro Ramos sale a la calle y la recorre con la mirada de derecha a izquierda en busca de un taxi. A esas horas reconoce que es muy difícil encontrar uno, así que decide como tantas otras veces caminar hasta su casa. Se sube el cuello del abrigo hasta las orejas y hunde las manos en los bolsillos. Con la mirada fija en el suelo adoquinado fabrica vaho expulsando aire caliente de su boca, lo que le convierte en un hombre-máquina de vapor. Siempre pensando en lo mismo, se dice.

El sereno le sale al encuentro y le saluda cordialmente buscando la propina. Como siempre, echan una parrafada en el portal antes de despedirse.
Ramiro no ha cenado. No lo hace casi ningún día desde que Emilia cogió el tren hacia la eternidad. Su único hijo se casó con una portuguesa hace un año y se fue a vivir a Portugal, concretamente a Lisboa, desde donde le escribe a menudo. Este año le ha prometido venir a Madrid para que conozca a su nieto recién nacido.
Se prepara un café y se sienta en una silla de la cocina a tomárselo. Pone la radio pero hace tanto ruido de interferencias que la apaga enseguida. Aflojándose el nudo de la corbata se dirige a su dormitorio, frió y vació como de costumbre.
En el pasillo sigue pensando en el trabajo que le espera el día siguiente., el trabajo rutinario que le ha convertido en un hombre rutinario. Estaría curioso que mañana transportáramos otro ataúd. Ya serían tres en tres días seguidos.
Entonces se para y enarca las cejas. Recuerda: ataúd negro, peso 120 kilos destino…., peso 120 kilos!.
Ramiro se pone el abrigo y sale apresuradamente de su casa. Milagrosamente pasa un taxi en ese momento por delante del portal y se sube a él. A la estación de Mediodía por favor, indica al conductor.

En la oficina del jefe de estación de Andujar, Tomás Ibáñez sigue dormitando. Detrás de él, el ataúd parece cobrar vida.


Señorita por favor, necesito urgentemente una conferencia con Andujar. Con la estación del ferrocarril. Es muy urgente. Ramiro cuelga el auricular y pasea arriba y abajo por el despacho. Señorita por favor, necesito esa conferencia ya, le repito que es muy urgente. Lo siento, le responde la telefonista, tenemos una avería en la línea y no se podrá restablecer el servicio hasta dentro de unas horas, según me indican. Se está haciendo todo lo posible por subsanar este fallo.

Ramiro Ramos se dirige a la oficina de comunicaciones de la Central y se sienta delante del Telégrafo. Apoyando la palma de la mano derecha en el pulsador comienza a transmitir.

En la estación de Andujar, el receptor de código Morse empieza a emitir una serie continua de sonidos cortos y largos.. Tomás escucha como en sueños la transmisión y traduce mentalmente el mensaje que llega.

¡¡¡ Cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd!!!

Ibáñez se despierta sobresaltado, levanta la vista hacia el espejo que se encuentra en la pared sobre el escritorio y ve reflejada la figura de un hombre corpulento, con una pistola en la mano, avanzando hacia él. Detrás del hombre, el ataúd abierto.

Como impulsado por un resorte abre el cajón, saca una pistola y dispara tres veces. Mientras cae al suelo oye el espejo romperse en mil pedazos. Después, todo se detiene.
Cierra los ojos y escucha. El ruido de un cuerpo al caer sobre la tarima le certifica que ha alcanzado el blanco. Se incorpora y contempla al hombre tendido boca abajo sobre un charco de sangre. Lo voltea ayudándose de un pie y comprueba que está muerto.
En una esquina del despacho, el telégrafo sigue insistiendo:¡¡¡ cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd; ¡!!

Al día siguiente, en las oficinas de la estación de Mediodía solo se habla del frustrado robo a la valija del dinero del tren correo de Andujar gracias a la valentía de Tomás Ibáñez y a la oportuna intervención del jefe de expediciones Don Ramiro Ramos Rojas.







ESTA LANA DE MI JERSEY AZUL

Federico y Ana Fayerman Martinez
15 de marzo de 2008

Sé que te pasas mucho tiempo pensando, callada, mirando al infinito y que tus ojos se han vuelto tristes de tanta soledad. Lo sé, aunque no pueda penetrar en tus pensamientos ni en las emociones que fluyen a través del rocío de tus lágrimas. Seguramente ahora estás pensando en tu madre, porque has dejado la costura a un lado, has levantado la vista y has dicho --¿Mamá tienes hilo blanco de hilvanar?- Como últimamente sueles hacer (malditas rodillas) te levantas despacio del sofá, ese sofá que has decidido por fin cambiar por otro nuevo mas moderno, ese sofá y el resto de los muebles del salón que te acompañan desde hace mas de veinte años. Ahora quieres cambiar el salón y algunas otras cosas de tu vida aunque sabes que ya no es posible. Otras no las cambiarías por nada en el mundo. Tus sentimientos tampoco los podrás cambiar. Y eso solo lo sabes tú.
Caminas hasta la entrada. A la derecha de la puerta está la máquina de coser. Una Wertheim muy antigua, tan antigua que para coser tienes que pisar un gran pedal metálico y ayudarte en ocasiones con la mano para girar la rueda que hace subir y bajar la aguja. La vieja máquina de coser de tu madre que se ha convertido en un estático intermediario entre el cielo y tú. Abres el cajoncito largo de la izquierda y rebuscas en el interior. Como esperabas, el hilo blanco de hilvanar está allí. Allí está desde hace tantos años que tú no puedes recordar. Está como todo lo que le pides a tu madre cuando estás cosiendo. Todo lo que tú recuerdas de niña lo tenía tu madre en el cajón de la máquina. -¿Mamá tienes hilo de coser rojo?--: lo tiene; que el hilo tiene que ser verde, o blanco o de cualquier color: lo tiene.¿Mamá tienes una aguja, unos alfileres, un dedal, unas tijeras, incluso un lápiz?, pues también lo tiene. Hace unos días, rebuscando en él, encontraste un pequeño ovillo de lana azul que tenía un papelito clavado con un alfiler. El papelito decía: “esta lana es de mi jersey azul”. Ese día comprobaste que es posible reír y llorar al mismo tiempo.
Pero ahora estás delante del escritorio viajero. Supongo que tú lo llamarás así, porque viajes ha hecho un montón. ¿Recuerdas cuando Vicente, el novio de tu hermana Caty lo compró en mil novecientos sesenta, poco antes de casarse? Lo usó para estudiar su carrera de Perito Agrícola. Cuando terminó los estudios le destinaron a Valencia y allí se fueron los tres (ya había nacido tu primer sobrino). El escritorio viajó hasta un altillo situado sobre el despacho que tu padre tenía en su fábrica. Allí durmió casi veinte años y tú lo recuperaste para el estanco que acababas de abrir. Durante otros veintitantos años sirvió para soportar el pequeño ordenador y los papeles del negocio. Nunca en esos años bajaste su tapa corredera, pero cuando vendiste el estanco y pensaste en llevarte el escritorio a tu casa para restaurarlo, lo cerraste. Lo cerraste con papeles importante dentro. Y claro, ahora necesitas esos papeles pero no tienes la llave. ¿Cómo vas a tener la llave de un escritorio que lleva dando tumbos desde hace cincuenta años y que además siempre estuvo abierto? Entonces solo se te ocurre una solución infalible:
--Mamá, ¿tienes la llave del escritorio de Vicente?—
(Para Mari Carmen, mi hermana pequeña. Como me lo contó ella.)















GARDENIA ORTIZ Y EL CASO DE LA FUNERARIA

Federico Fayerman
25 de enero de 2008


Apenas llevaba recorridos dos kilómetros, cuando el zumbido del busca interrumpió su sesión de footing mañanero. Gardenia, sin dejar de correr regresó a su casa.
Kira, su Coker, esperaba impaciente en el jardín. El constante sonido del teléfono la ponía muy nerviosa.
--Gardenia, soy Marga, hay un 112 en la calle Heredia número 9. Siento despertarte a estas horas pero el jefe me ha pedido que te llamara ya.
-No hay problema Marga, estaba levantada. Me ducho y voy para allá, respondió Gardenia, a la vez que se deshacía de la camiseta mojada. Unas gotas de sudor transparentes se deslizaban por su cuerpo bronceado.
Gardenia llevaba 12 años en la Brigada de Investigación Criminal y aquel, si no pasaba nada especial iba a ser su primer caso en solitario. No exactamente en solitario, parecía quejarse Kira con su mirada y su lengua fuera, desde el asiento del copiloto.
La detective Gardenia Ortiz aparcó el Seat Ibiza en la entrada de coches de la funeraria. --Funeraria La Esperanza-- rezaba el luminoso. Kira se quedó en el coche.
Dentro, cuatro personas la esperaban sentadas en las sillas de la sala de espera y otra en el suelo. Ésta con una pistola en la mano derecha y un agujero en la sien del mismo lado. Alrededor del cuerpo inmóvil manchas de sangre seca. --Hace seis horas más o menos que murió--- afirmó el ayudante del forense mientras tomaba huellas en la pistola.
La primera en prestar declaración fue Amanda. Es la secretaria de Tomás Castro, el dueño de la funeraria:
--Llegué a las ocho y media esta mañana y me resultó muy extraño que el sr. Castro, que se había quedado esta noche de guardia no abriera la puerta cuando llamé al timbre. Lo intenté con el móvil pero tampoco contestó. Entonces telefoneé a Esperanza su mujer, que con él .son las dos únicas personas que tienen llave de la funeraria.
--Serían las 9 más o menos cuando llegué a la empresa, intervino Esperanza. Traté de abrir la puerta pero no pude. Avisé a un cerrajero que después de forzarla encontró la causa del problema: La llave de Tomás estaba colocada en la cerradura por dentro, lo que impedía la apertura desde fuera. Entonces encontramos el cadáver de mi marido en el suelo de su despacho.
--¿Ha echado en falta alguna cosa o visto algo que le llame la atención?— inquirió Gardenia.
--Si, el cuadro que está en el suelo apoyado en la pared detrás del escritorio es el que usa Tomás para esconder la caja fuerte. Raramente se olvidaba de ponerlo después de cerrarla--.
--¿Tiene Vd. llave de la caja?, preguntó Gardenia
--Sí
--Por favor, ábrala sin tocarla y dígame si cree que está todo en orden.
--Falta mi joyero y el dinero que cobramos ayer de un cliente. Solo quedan los talonarios y algunos documentos--.
Este descubrimiento cambió la investigación. Gardenia partía de la hipótesis de un suicidio al ver que Tomás había pasado la noche solo y que la posición de las llaves en la puerta parecían descartar un crimen. Nadie podía haber entrado y lo que era más concluyente nadie podía haber salido después de cometerlo.
--Ayer por la tarde, siguió Esperanza, después de hacernos unas fotografías toda la plantilla en la puerta de la funeraria nos fuimos a cenar a un restaurante al otro lado de la ciudad. Fuimos todos menos Ricardo que tuvo que quedarse de guardia. Estuvimos celebrando el treinta aniversario de la empresa.
--¿Que hicieron después de la cena, preguntó Gardenia?
--Yo me fui directamente a mi casa, contestó Amanda. El portero de la finca puede corroborarlo--.
--Yo también me fui a casa, dijo Agapito, el chofer de los coches fúnebres. Antes de subir, estuve tomando unas copas en el Pub London hasta las tres de la mañana--.
--Yo me fui a dormir a casa de mi hija, informó Esperanza. No quería pasar la noche sola en casa.
--¿Y Vd. Sr. López, que hizo esta noche?;
--Ricardo López--, interviene Esperanza--, es el Administrativo y contable de la empresa. Vive justo encima de la funeraria.
--Yo me quedé como ya sabe haciendo guardia ayer por la tarde. Me entretuve imprimiendo las fotografías que nos hicimos, para enmarcarlas y colocarlas en la entrada, al lado de las que conmemoran los diez y los veinte años de la empresa. A eso de las doce de la noche volvió el Sr. Castro a relevarme. Entonces subí a mi piso a cenar y dormir.
La detective Gardenia Ortiz, aprovechó mientras el juez, que acababa de llegar, ordenaba levantar el cadáver, para recorrer todo el recinto de la funeraria, parándose un buen rato delante del ataúd vacío que estaba expuesto en el velatorio. Después estuvo registrando el despacho y examinando las fotografías impresas por Ricardo López.
Gardenia Ortiz salió a la calle y regresó dos minutos después con Kira. La llevó al velatorio y la hizo olfatear el interior del ataud. Después la puso delante de los cuatro empleados. Kira los olfateó y se encaramó sobre Ricardo López.
--Sr. López--, dijo Gardenia Ortiz dirigiéndose a Ricardo: --Queda detenido como sospechoso del robo y del asesinato de Tomás Castro--.
--Es un error, contestó Ricardo, yo no he hecho nada. Vd. no tiene ninguna prueba contra mí--.
--Cuando el Sr. Castro vino a relevarle anoche--, explicó la detective--, Vd. no se fue a su casa, si no que se escondió en el féretro, según prueba el olfato de Kira. Previamente había desactivado las cámaras de videograbación de seguridad. A eso de las dos de la mañana salió de su escondite y amenazó a Tomás con la pistola que le había sustraído de su escritorio la tarde antes. Le obligó a abrir la caja fuerte y después le mató. Colocó la llave en la cerradura por dentro para hacer creer en un suicidio y se volvió a esconder en el ataúd. Aprovechando el revuelo que se formó al descubrir Amanda y Esperanza el cadáver, salió y fingió entrar en la funeraria.
--El asesino, en este caso Vd. tuvo que permanecer por fuerza en el interior de la funeraria y por ello no tuvo ocasión de cambiarse de ropa como han hecho el resto de sus compañeros. La fotografía de ayer lo delata, Sr. López.












GUAU, GUAU (Os quiero mucho)

Federico Fayerman
26 de noviembre de 2006

Aquel trigal, invadido por enormes monstruos de cabeza ancha y giratoria, impedía su visión, y eso que ella, Senda, era una perra pastor alemán de buen tamaño. Por eso tenía puestos todos sus sentidos en orientarse a través de esa jungla asfixiante
Estaba anocheciendo, eso si podía verlo a través de las crestas de trigo, que formando olas al viento, dejaban pasar olores característicos del campo en plena siega. También el crepúsculo tenía su propio olor a trigo fresco, que se mezclaba con el de la tierra seca, que distaba apenas veinte centímetros de su hocico.
Cuando salió de aquel gigantesco cepillo laberíntico, observó como su sombra, mas negra que su propio pelo negro rojizo, había adelgazado y se había alargado Eso le recordó los días que llevaba sin comer.
Mientras pateaba una empinada y embriagada carretera, surcada de vez en cuando por parejas de luces que la deslumbraban, recordó cuando también a la luz de la luna jugaba al escondite con sus amos - Enrique, su mujer Luisa y sus hijas Bea y Laura- en el jardín de su casa. Salía a buscarlos siempre al lugar donde los había encontrado la última vez y cuando los hallaba se volvía loca de alegría y volvía otra vez dentro de la casa a esperar que la llamarán cuando ellos se hubieran escondido de nuevo, aprovechando las sombras de las encinas o de los setos de aligustre.
Estos pensamientos la llevaron a olvidar el cansancio que se acumulaba por momentos en todo su magullado cuerpo y cuando el sol empezó a salpicar su deslucido lomo se apartó del camino y buscó algún lugar donde refrescarse y lavarse las heridas que cubrían su cuerpo, para poder continuar su camino, pues en su cerebro no existía otra idea que no fuera la de seguir avanzando
Ahora eran unos prados secos, guardados por altas vallas construidas con piedras de musgo, los obstáculos que tuvo que salvar para alcanzar otra carretera que transcurría de norte a sur.
Un viejo toro negro la observó con curiosidad levantando lentamente la cabeza del terreno agrietado donde intentaba encontrar un poco de hierba que llevarse a la boca, y eso volvió a sumirla en recuerdos queridos y añorados. Se encontraba otra vez en el jardín de su casa y acababa de recibir un baño en toda regla, lavado, marcado y peinado, que le había devuelto el brillo a su pelo y la alegría de correr por la hierba sacudiéndose el agua mientras todos huían del chaparrón. Entonces aparecía su amo con una toalla en las manos y durante un largo rato ambos realizaban giros y movimientos, que trataban de imitar el noble arte de Cúchares entre las risas de toda la familia y el estupor de algún vecino, que no podía creerse lo que estaba viendo. Entre capotazo y capotazo los olés estallaban y ella se iba secando poco a poco hasta que quedaba rendida y se tumbaba en el césped mientras las niñas la abrazaban.
Día tras día siguió su camino, atravesando pueblos, huyendo de los automóviles y recordando su vida pasada: Aquel día en que defendió a su amo del ataque de otro perro o cuando mantenía largas conversaciones con él a base de GUAUS que estaba segura eran entendidos. En definitiva, catorce años de convivencia con aquella familia, que la había rescatado cuando tenía 7 meses de su primer dueño que la educó a golpes. Una convivencia que se había truncado en aquel maldito accidente de tráfico a más de quinientos kilómetros de casa.
Sabía que nadie la esperaba allí, pero juró para sus adentros, que aunque le costara cien años, encontraría el camino de vuelta a su hogar y hallaría el lugar donde por fin descansaría sobre la larga y aplastada sombra de un ciprés, al lado de sus queridos amos, para siempre.









HABIA UNA VEZ, UN CIRCO.
Federico Fayerman
7 de marzo de 2008

¡Que niño más guapo! dijeron todas las vecinas cuando me vieron por primera vez en los brazos de mi madre. Me contó mi padre.
Y durante los cinco años siguientes no hubo vez en que al cruzarme con alguna de ellas no alabaran mi belleza y no me decoraran la cara con carmín.
Al cumplir los cinco años, y como regalo de aniversario, mi padre me llevó al circo. Nos sentamos en lo más alto de la grada que recuerdo como suspendida en el aire y desde aquella altura descubrí que quería ser artista cuando fuera mayor. Artista de circo.
Crecí siendo muy guapo (También me lo contó mi padre). Posiblemente el niño más guapo del mundo. No lo decía solo él. Todas las vecinas seguían diciéndolo. Todas me querían para casarme con sus hijas cuando creciéramos.
El día que cumplí los doce años llegó a mi ciudad el Circo Americano y mi padre volvió a llevarme. Sentado de nuevo en la grada, recordé haber decidido que cuando fuera mayor iba a ser artista. Artista de circo. Y a partir de ese momento me puse manos a la obra.
Empecé a coleccionar todo lo que se relacionaba con el espectáculo circense. Postales de domadores famosos, de payasos, de animales salvajes. Estudié la historia del circo. Memoricé los nombres de los más famosos artistas así como sus números más célebres; Incluso me fabriqué un látigo con una correa vieja de mi padre y andaba todo el día detrás de mi perro Dof tratando de domarle. Desistí de ser domador cuando Dof, harto de mis persecuciones me dio un mordisco en el culo que me quitó de golpe un buen tanto por ciento de mi artística vocación. Reflexioné en cómo sería el mordisco de un león o de un tigre comparado con el de un perro.
Pero aún podía ser hombre-bala, pensé. Convencí a mi madre para que me confeccionara un traje de colores vivos, muy ceñido al cuerpo, al que añadí un casco de vikingo que me habían echado los reyes el año anterior y al que extirpé los cuernos. Para ensayar me hice lanzar al aire por varios amigos del barrio, con tan mala suerte que en lugar de caer en el montón de arena que habíamos dispuesto, fui a caer directamente sobre el empedrado rompiéndome un brazo. Ante este resultado borré de mi lista la pretensión de convertirme en hombre-bala.
¡Cada día es más guapo! Ya no solo lo decía mi madre y las vecinas sino todas las mujeres que me conocían. Será artista de cine. Y sí, yo quería ser artista, pero artista de circo.
Ya tenía dieciocho años y seguía intentando elegir un arte circense que se adaptara a mis características. Probé a ser malabarista. Al principio la cosa no se dio mal. Era capaz de mover en el aire tres pelotitas de goma pero temí que aquello no fuera suficiente para triunfar, así que inventé un número original con platos y tazas de porcelana. Mi madre se enteró justo el mismo día en que terminé con la última pieza de la vajilla. Me hizo prometerle que olvidaría el circo (por supuesto crucé los dedos en mi espalda). Yo a la vez me prometí a mí mismo que le regalaría una vajilla nueva con mi primer sueldo de artista. De artista de circo, claro.
Mi siguiente paso en la búsqueda de mi anhelada vocación me llevó a pintarme la cara, ponerme una pelota de pin-pon agujereada en la punta de la nariz y delante de un espejo contar chistes y hacer muecas grotescas. El público que seguía mis actuaciones, es decir mis hermanos pequeños me convencieron de que abandonara, pues según ellos, tenía menos gracia que una almorrana.
Tan obsesionado estaba con hacerme artista, que dejé pasar los años sin desarrollar ninguna profesión ni, pese a estar muy solicitado por las mujeres encontrar novia y casarme como hicieron casi todos mis amigos.
Fue al cumplir los treinta años y ojeando una revista antigua de circo cuando descubrí por fin cual iba a ser el arte circense al que estaba abocado. A escondidas de mis padres empecé a hormonarme y cuando tuve un buen par de tetas me dejé crecer el pelo hasta conseguir una larga melena rubia y también me dejé crecer la barba un palmo aproximadamente. Con mi cuerpo depilado, un poco de maquillaje y lo guapo que era no tuve problema para cumplir mi sueño. Trabajar en un circo. De mujer barbuda.





HISTORIAS DE ANTIOQUIA

2.- El duende Rojo de Antioquia

Federico Fayerman
2 de marzo de 2008


Dos años después de los sucesos de Abejorral, cuando mi hermano Simón perdió, a manos de una bruja, primero la razón y después la vida, recibí una llamada de mi prima Mari Cris, Madre Superiora del Convento de las Dominicas de Medellín. Solicitaba mi ayuda para resolver ciertos asuntos burocráticos del internado.
.Allí me presenté pocos días después, alegre y preparada a colaborar con Mari Cris, a quien no veía desde hacía 3 años. Como enseguida sabréis, mi alegría duró poco y el responsable no fue otro que el llamado Duende Rojo de Antioquia.
Tras presentarme en el claustro a la comunidad y reponer fuerzas en el refectorio, me adjudicaron la única celda libre del convento. En realidad era una celda que nadie quería ocupar. La causa de este miedo venía provocada parece ser, por una serie de acontecimientos que tenían lugar, desde hacía varios años en el ala este del convento, zona donde se ubicaba la cilla, las cocinas, y esa celda, que en tiempos fue ocupada por Fray Celestino, sacerdote encargado de oficiar las misas, y que murió completamente loco, sin que nadie supiera nunca la razón de tal enajenación.
Intenté no dar crédito a las leyendas que circulaban sobre el duende de Antioquia, enano vestido de rojo, tocado con un gorro de igual color y que dedicaba su tiempo a molestar y asustar a la gente cambiando de sitio las cosas, provocando ruidos y alterando el sueño de la persona que elegía para sus fechorías. Los hechos que relato a continuación me convencieron de que el Duende se había aposentado en dicha celda con propósito de continuidad.
Mi primera noche la pasé en blanco, pues nada más apagar la luz empecé a oír arrastrar cadenas por el suelo, ruido de pasos, abrir y cerrar portones e incluso escuché una risa maquiavélica que rebotaba en las cuatro paredes de mi celda.
La noche siguiente, nada más quedarse en silencio el convento, los hechos volvieron a repetirse. Noté que la cama se movía y que al instante el techo se derrumbaba. Me incorporé y encendí la luz. Esperaba encontrarme sepultada bajo los escombros. Sin embargo el techo estaba en su sitio y yo no tenía ni un solo rasguño. Mi cama se encontraba cruzada delante de la puerta. Entonces, la risa histérica del duende volvió a invadir el pequeño cuarto.
Por la mañana, durante el desayuno le conté todo a Mari Cris. No se extrañó, ya que conocía que, desde hacía varios meses, venían ocurriendo cosas extrañas en el convento. Entró en nuestra conversación la hermana Benigna, la monja más joven, recién llegada desde Santa Marta. Dijo conocer el remedio para alejar al Duende y acto seguido se puso en contacto con una religiosa de su antiguo convento, que resultó de gran ayuda para todas nosotras y en especial para mí, que ya estaba pensando en abandonar el lugar y volver a mi casa en Abejorral.
Así pues me asignaron la misión de ir a recoger el pergamino original donde aparecía manuscrita una oración que ahuyentaba a los duendes, siendo esta, según dijo la hermana Benigna, también efectiva aunque en menor grado contra brujas y demonios.
Tras un accidentado viaje en autobús por la Pan-Americana, llegué a Santa Marta. Mis planes eran regresar al día siguiente a Medellín pero me encontré con un inesperado problema. La Madre Aurora, poseedora del pergamino había sido trasladada urgentemente a un Hospital en Barranquilla, aquejada de un mal desconocido.
Me alojé esa noche en el dormitorio de legos del convento y a la mañana siguiente cogí el autobús con dirección a Cartagena y bajé en Barranquilla hacia el mediodía. En el hospital, la Madre Aurora me informó que había vendido por treinta pesos el pergamino a un hombre que dijo necesitarlo para curar a su hijo de diez años, que se estaba volviendo loco. Estos ataques de locura le ocurrían siempre que iba a clase de religión en el colegio. Poco después de haber hablado conmigo la madre Aurora cayó en un coma profundo del que, parece ser, no volvió a salir jamás.
Volví a viajar, esta vez en expreso a Bucaramanga, en la provincia de Santander donde esperaba encontrar por fin el pergamino, pero al llegar a la dirección que me había facilitado la Madre Aurora me encontré con el entierro del niño saliendo de la casa y dirigiéndose al cementerio entre sollozos y lamentos de sus familiares.
Al día siguiente, estando el padre del difunto algo más sereno pude conversar con él y me narró lo sucedido. Parece ser que para intentar frenar la locura que perseguía a su hijo, el cura había pretendido hacer un exorcismo en la iglesia, regando al pobre chiquillo con agua milagrosa. Súbitamente apareció un perro negro enorme y atacó al muchacho mordiéndole en la yugular y causándole la muerte. Según los presentes se trataba del mismísimo demonio, que ante la posibilidad de que su posesión sobre el niño quedara anulada por el exorcismo decidió matarlo. Al poco llegó el padre con la oración, pero ya nada pudo hacer por su hijo.
Senén, que así se llamaba el afligido progenitor me vendió el pergamino por cincuenta pesos, deseándome que éste solucionara el problema que afectaba al convento de las Dominicas.
Tres días después, llegué por fin a Medellín y me dirigí rápidamente al convento donde las hermanas y la Madre Superiora me esperaban con ansiedad, ya que el duende se estaba manifestando desde mi partida con gran saña. Reunidas en el locutorio, aprendimos de memoria la oración y la rezamos a todas horas. Quince días después la invocación surtió efecto y el Duende Rojo desapareció.
Durante los dos meses que pasé ayudando a Mari Cris no volvió a molestarme.
Cuando nos despedimos, la hermana Benigna me dijo que si vendía la oración a otra persona que la necesitara, lo hiciera a mayor precio que el que yo había pagado por ella y entregara la diferencia a los pobres.

Así ocurrió, pero eso forma parte de otra historia.













HISTORIAS DE ANTIOQUIA

1-Las brujas de Abejorral

Federico Fayerman
20 de marzo de 2007

El regreso de mi hermano Simón de Venezuela, después de trabajar allí durante 5 años en los yacimientos petrolíferos del lago Maracaibo, constituyó una gran alegría para toda la familia, ajenos como estábamos a las consecuencias que tal regreso nos ocasionaría.
Como supongo conocéis ya, mi país Colombia, ha sido siempre cuna de leyendas y enigmas como El Dorado en la época de la colonización española. Sin embargo, lo que voy a relatar a continuación no es fruto de locuras ni alucinaciones provocados por la coca y sí por los hechos que acontecieron hace no más de 10 años en mi pueblo natal Abejorral, en la región andina de Antioquia.
Mi nombre es Gladis, tengo 35 años y vivo con mis padres y dos de mis hermanos en una hacienda en el campo, donde criamos ganado que vendemos en Medellín, capital de la provincia.

Simón, cuatro años menor que yo, era mi hermano preferido y no dudé en cederle mi dormitorio en su regreso a la casa familiar, acomodándome yo con mi hermana mayor. Regresaba mi hermano realmente cansado de Maracaibo. Su excesiva delgadez, sus pómulos prominentes y la languidez de sus ojos, denotaban un estado de ansiedad y zozobra que me preocupó seriamente.

Le pregunté que le pasaba y me refirió que desde hacía más de un año tenía la sensación de que alguien le acosaba. Desde entonces nada le salía bien, había perdido dos veces el trabajo, su novia le había abandonado y hasta sus amigos le habían ido dando poco a poco la espalda. Llevaba largo tiempo sin poder dormir y por eso tomó la decisión de regresar a Colombia para ver si la causa de sus males, una bruja, según las creencias rurales, dejaba de perseguirle. Su explicación no me resultó en modo alguno creíble pero lo que ocurrió a continuación me hizo cambiar de opinión.
Durante los siguientes quince días su situación se agravó. A las profundas ojeras se le unió la inapetencia y el agotamiento general. Apenas tenía fuerzas para salir de la casa y pasear algunos metros. Enseguida volvía sobre sus pasos y regresaba hasta su habitación para tumbarse nuevamente en la cama con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada.
Simón me confesó que la bruja le había seguido desde Venezuela y pretendía acabar con él, así que pensaba irse pronto a otra ciudad, donde le habían hablado de una mujer que las espantaba. A la mañana siguiente, muy temprano salió de la casa sin despedirse, dejando una nota en la que lo explicaba todo. No dejó dirección alguna donde localizarle para evitar que la bruja pudiera seguirle.

Volví a instalarme en mi dormitorio y la primera noche que pasé en el no pude conciliar el sueño. Los recuerdos de mi infancia con Simón se amontonaban en mi cabeza. Nuestros juegos por el campo, siempre corriendo o escondiéndonos de enemigos invisibles, a los que siempre derrotábamos y volvíamos a vencer al día siguiente, o yendo hasta el pueblo cercano precedidos siempre por nuestro perro Dof, a cumplir algún encargo de nuestra madre, donde nos gastábamos el poco dinero que teníamos en cuentos y golosinas. El mismo Dof, diez años más viejo, que dormía en el pasillo delante de la puerta de mi dormitorio. De madrugada y sin razón aparente Dof empezó a ladrar. Tumbada en la cama desvelada tuve la sensación de que alguien, quizás una sombra abandonaba la habitación. Me levanté asustada. Dof corría hacia el patio dando grandes saltos como si quisiera agarrar algo que para mí era invisible. Al llegar a la tapia que daba al exterior colocó sus patas delanteras sobre el muro y se quedó quieto mirando hacia el cielo, gruñendo furiosamente.
Una semana después, recibí una llamada desde Bogotá. Me comunicaban la muerte de mi hermano tras un ataque de locura que nadie pudo entender.
Dof, que había permanecido tumbado desde su marcha junto a la pared del patio, no volvió a comer ni a beber.
Murió dos días después.




LA CUEVA DEL CIGALÓN
Federico Fayerman
10 de marzo de 2007

--¿Ha visto alguien a mi hijo?
- No señor –Contestamos al unísono.
La primera vez que entré en la oficina mi cuerpo era una mezcla de miedo y sus sinónimos, recelo, aprensión, desconfianza, turbación y desasosiego. Es decir no sabía muy bien que hacía en tan siniestro lugar. Corría el mes de octubre y en lugar de estar con mis compañeros de colegio como todos los años, iniciaba mi vida laboral con más que dudosas expectativas.

La oficina que resultó ser mi primer trabajo era un piso distribuido en torno a un largo y oscuro pasillo. En un extremo se hallaba el salón-comedor, con dos balcones a la calle Alcalá. En él trabajaban 6 personas: Rodríguez el cajero, de unos 45 años, calvo, gordo y con cara de aburrido; Roque, chupatintas vocacional de 35 años, el rey del escaqueo y tres oficinistas más dignos de un comic de Ibañez. Vigilándoles a todos, el jefe, Don Luis “El gran Cigalón”. Lo de cigalón era por sus ojos enrojecidos y saltones, siempre ocultos tras unas gafas oscuras de concha marrón.
¿Ha visto alguien a mi hijo?, repitió poniendo un gesto de incredulidad.
No señor, contestamos todos otra vez al unísono, poniendo cara de bobos.
Su hijo era “Luisito” , un inútil de veintitrés años al que su Padre había colocado en la Empresa no se sabe muy bien para que cometido.
Al otro extremo del pasillo estaba el archivo, zona desmilitarizada. Allí se podía comer el bocadillo y echar un cigarro fuera del alcance del radar del cigalón. A lo largo del pasillo había otro despacho, la sala de visitas y el cuarto de baño.
Y en el archivo comenzó mi actividad profesional, a razón de 800 pesetas al mes.

Ocurrió un lunes por la mañana. Aún no estábamos totalmente despiertos y la zona desmilitarizada estaba muy concurrida. El señor Julián, un hombre de unos 70 años que era el encargado de archivar los expedientes y salir a los recados, había recibido el encargo de Roque de liarle unos cuantos cigarrillos en un ingenio rudimentario que él mismo había construido. Yo me había unido a tan interesante y desconocida faena cuando alguien en el pasillo nos dio el agua. O lo que es lo mismo, que el cigalón había iniciado una maniobra de aproximación a la zona sur. En apenas unos segundos se organizó un zafarrancho que llevó a cada combatiente a su verdadero puesto de combate. El señor Julián escondió el tabaco bajo la mesa y se subió en una banqueta a colocar expedientes, Roque salió del archivo a grandes zancadas, yo por mi parte agarré el sello de caucho y me puse a dar golpes al papel de pagos ( al que odiaba profundamente ) como un poseso. A mi lado, José Antonio movía unas cajas de un sitio a otro nerviosamente sin levantar la cabeza. El cigalón entró como un torpedo a punto de impactar contra el blanco y dirigiéndose a todos y a la vez a ninguno (consecuencia de mirar a través de unas gafas oscuras) preguntó tres veces
- ¿ Ha visto alguien a mi hijo?, a la vez que se quitaba las gafas y se restregaba los ojos con el puño cerrado de su mano derecha.
No señor, contestamos otras tres veces, y pensé: mira, igual que San Pedro. Don Luís recorrió con su mirada cigalítica toda la habitación y salió a la misma velocidad que había entrado. Al pasar delante del cuarto de baño, una explosión casi hizo que rodara por el suelo. Una alfombra de humo negro salía por debajo de la puerta del baño, señalando el lugar donde se había producido la deflagración. Al momento se abrió la puerta y apareció “Luisito” con la cara y las manos chamuscadas, y corriendo sin parar hasta la puerta de la calle salió para no volver nunca más a pisar la oficina. Poco a poco, todos nos fuimos asomando a la zona cero. En el centro del cuarto de baño, sobre una gran mancha negra de pólvora, un artilugio de cartón y papel de plata con un rótulo que decía Sputnik-13, ardía tras su fracasado lanzamiento al espacio sideral del distrito Centro de Madrid.




LA DOBLE VIDA DE GORRIONCETE

Federico Fayerman
7 de julio de 2008

Gorrioncete nació el veintiuno de junio. Llegó el primer día de verano al nido que sus padres habían montado en una acacia en la calle O´donnell. Era uno de los tres pequeños glotones que no cesaban de piar, reclamando con sus picos abiertos hacia el cielo, comida y más comida.
El hombre del tiempo, al mediodía mediodía, había dicho que iba a hacer mucho viento en Madrid y así sucedió, de forma que en un momento del vendaval, gorrioncete se precipitó desde su nido y cayó, empujado por el viento, al patio de mi amigo Pepe, con el que yo estaba hablando, desde la ventana del cuarto de estar en el segundo piso. Pepe, rápidamente lo cogió y empezó a lanzarlo al aire para ver si sabía volar un poco. Pero era que no. De hecho tampoco sabía aterrizar.
Entonces se me ocurrió una idea: ¡Pepe!, --le dije, --mete al gorrión en una bolsa de papel, yo te echo una cuerda y una pinza de la ropa y me lo mandas! -- Pepe dice que sí, que vale y me lo envía. Ya está en casa. Le pongo en el pico un poco de leche con un cuentagotas que cojo del armarito de las medicinas del cuarto de baño. Después llega mi hermana pequeña y entre los dos le preparamos con trapos una cama y le dejamos al lado un plato con leche y migas de pan, por el que inmediatamente comienza a caminar, salpicando todo a su alrededor.
Así transcurren los días y gorrioncete va aprendiendo a volar. Desde la mesa del comedor a mi cabeza, de allí a la cabeza de mi hermana y de allí al reloj de pared. Como es verano tenemos las ventanas abiertas y los visillos echados. Gorrioncete vuela hasta la barra de los visillos y de ahí sale por la ventana y se aleja por encima de los patios de las casas vecinas. Nos quedamos muy apenados sobre todo mi madre y mi hermana que se pasan llorando un buen rato. A las diez , en plena cena familiar Gorrioncete aparece a través de los visillos y se posa en el centro de la mesa para comerse las migas del mantel. Lo celebramos con vino y gaseosa. Rompemos la hucha y con nuestros escasos ahorros le compramos una pequeña jaula con una barrita horizontal donde se mete él solo y pasa las noches. No le cerramos la puerta de la jaula ni la ventana del comedor. No sale. Solo lo hace después de desayunar y vuelve por la tarde. Jugamos. Le pongo los dedos de mis manos como si fueran una escalera y él sube hasta donde ya no puedo más. Come cañamones de mi boca y me picotea los parpados y las cejas. También me picotea la cabeza. Siempre está por las alturas porque Mimi, nuestra gata no le pierde de vista y noto como a veces le mira con ojos golosines. Han llegado las vacaciones y mi madre no me deja llevarlo conmigo, así que se lo dejo a mi amigo Pepe hasta que vuelva. Será solo un mes. Sin embargo se me hace interminable y estoy desando volver para verle. Cuando regresamos a Madrid, en lugar de subir a casa entro directamente en la de Pepe. Me dice que Gorrrioncete se escapó y que durante muchas tardes le vio volar hasta mi ventana, picotear en el cristal y después marcharse otra vez.
Ahora me paso el día mirando a la calle, con la jaula en la mano por si vuelve y tengo que abrirle la ventana. Es que ha llegado el otoño y como hace un poco de frío mi madre la tiene siempre cerrada.

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