miércoles, 28 de enero de 2009

LA RADIO ASESINA
Federico Fayerman
20 de octubre de 2008


Aún le temblaban las manos cuando rasgó y abrió el sobre color sepia. De su interior extrajo una hoja de papel del mismo color doblada en cuatro. La carta, escrita con tinta azul y trazos angulosos, estaba dirigida al Director del psiquiátrico. En el centro de la habitación, un hombre desnudo colgaba ahorcado de una cuerda fabricada con su propia ropa. La radio, colocada sobre una balda en la pared, emitía música clásica.
Sr. Director: No le extrañe el tono formal de mi carta pues desearía que fuese tomada tan en serio como lo son los hechos que quiero narrarle. Primero me presentaré ya que aunque llevo cerca de veinte años en este manicomio, y perdone la expresión, no he tenido jamás el gusto o el disgusto de conocerle. En realidad solo conozco las cuatro paredes de mi celda (habitación lo llaman ustedes), mi cama oxidada y cantarina y al carcelero, perdón quise decir enfermero, que se encarga de traerme la comida cada día. Sin embargo y aunque pueda parecerle sorprendente, mi estancia en este centro ha resultado altamente beneficiosa para mi integridad física. Supongo que Vd. habrá leído mi expediente en el que si no se falta a la verdad, constará que he vivido amenazado de muerte desde mi infancia y curiosamente eso es lo que me trajo aquí. También consta mi nombre en esos papeles, supongo.
Cuando cumplí los diez años de edad, --espero que no se aburra y siga usted leyendo esta carta--, mis padres alquilaron una casita en las afuera de la ciudad. Aunque era bastante antigua, vigas de madera, cocina de carbón y todas esas cosas, el tejado se encontraba en muy buen estado y esto junto con lo que parecía ser una construcción sólida fue lo que convenció a mi padre para alquilarla. El hecho de que los dueños hubieran muerto recientemente de forma extraña no les importó lo más mínimo. En el reparto, a mí me fue adjudicado un dormitorio en la planta alta al final del pasillo, en cuyo techo había una pequeña puerta que comunicaba con el desván.
Mis primeros años allí fueron realmente felices. Disponíamos de un espacio de terreno ante la casa que a mi madre le gustaba llamar jardín, pero que en realidad solo tenía tierra, malas hierbas y una fuente de piedra que el ayuntamiento había colocado practicando un agujero en la tapia, que separaba la casa de la calle, y que algún funcionario gracioso había colocado con el grifo hacia dentro de nuestro jardín. Esto obligaba a que cada vez que un vecino (afortunadamente solo teníamos cuatro) necesitaba coger agua tenía que llamar a nuestra puerta. Yo era el encargado de abrir y cerrar el grifo de la fuente cada vez que nos lo solicitaban. Dos años después de vivir en esa casa, el ayuntamiento canalizó el agua corriente y la fuente pasó a ser de nuestra exclusiva propiedad.
En estos menesteres de aguador y en asistir al colegio del barrio por las mañanas ocupaba yo mi tiempo hasta que cumplí los quince años. El día de aquel cumpleaños se reunió toda la familia. La tía Engracia, el tío Agustín, las primas gemelas Rosa y Luisa, de las que estaba perdidamente enamorado, los abuelos maternos y un sargento de artillería que siempre asistía a mi cumpleaños y nunca supe en calidad de qué. --Es un amigo de tu padre de cuando estuvo en el ejército, --decía mi madre, pero nunca les vi saludarse o hablar del tiempo pasado durante la guerra. Fue durante la celebración cuando mi padre pensó en amenizarla con un poco de música, así que subimos a mi cuarto y ayudándome de una silla me subí hasta la altura del techo y abrí, con bastante esfuerzo la pesada puerta del desván. Entré en él y busqué un aparato de radio que los hijos de los dueños de la casa habían guardado allí. Tuve que acostumbrarme a la oscuridad de la estancia y recorrerla varias veces entre sillas cojas y muebles desarmados hasta dar con el aparato. —busca también el voltímetro,--oí gritar a mi padre.
Aquella tarde la pasé bailando con mis primas hasta que mi tía les ordenó sentarse a merendar y poco después, sobre las ocho se fueron, porque vivían al otro lado de la ciudad y el tranvía tardaba más de una hora en llegar.
Esa misma noche, mi padre colocó la radio sobre el aparador de la habitación de estar y a partir de aquel día pasábamos todas las tardes escuchando las novelas y las peticiones del oyente. A partir de las nueve y media conectábamos con la 825 AM, una emisora que siempre radiaba música clásica, que era lo que más le gustaba a mi madre.
Mi padre se acostaba antes de las diez, porque tenía que levantarse muy temprano por las mañanas y mi madre solía quedarse dormida oyendo la música y haciendo ganchillo en la mecedora de enea al lado de la estufa. Y entonces ocurrió por primera vez. Eran las diez de la noche cuando comenzó a sonar La Sugestión Diabólica de Prokofiev y su interpretación al piano frenética y escalofriante fluyó desde el aparato hasta mis oídos. Una sensación de mareo y nauseas se apoderó de mí. Noté que me faltaba aire en los pulmones, que el cuerpo se me convulsionaba a ritmo de escalofríos incontrolables y mis parpados se abrían tanto que los ojos amenazaban con salirse de sus órbitas. Después no recuerdo nada más; solo que a la mañana siguiente mi padre me despertó a gritos. Yo estaba caído en el suelo de la habitación de estar y mi madre se balanceaba, colgada por el cuello, de una cuerda atada a la lámpara de araña del altísimo techo de la casa. La policía no encontró explicación a lo sucedido y menos por la versión que yo les conté. El caso quedó archivado como suicidio.
A partir de entonces no quise volver a escuchar la radio. Me encerraba en mi cuarto para no oírla ya que el sonido trepaba incluso por el hueco de la escalera. Dormía con la luz encendida como cuando era un niño pequeño y dejé de comer casi totalmente. Unos tres meses después accedí nuevamente a quedarme oyendo la radio con mi padre, y a las diez en punto, cuando volvió a sonar en la radio la fatídica pieza los acontecimientos se repitieron y esta vez fue mi padre el que murió en las mismas extrañas circunstancias. Los vecinos nos encontraron dos días después, yo dormido sobre la alfombra y mi padre estrangulado sobre la mecedora de enea. Traté de explicar a la policía que la radio había sido la causante de la muerte de mis padres, pero no me creyeron. Entonces les pregunté donde me iban a llevar. Les sugerí la casa mis tíos, y durante varios días estuve imaginando lo feliz que sería viviendo con mis queridas primas. Pero terminaron acusándome de las dos muertes y me ingresaron, como usted bien sabe, en este manicomio de por vida.
Entre las pocas cosas que me permitieron traer aquí estaba la radio asesina, que ha permanecido guardada en los sótanos del manicomio hasta que la semana pasada pedí que me fuera entregada. Porque por fin creo que esta noche ha llegado el momento de demostrarles a todos que yo tenía razón.
El director volvió a doblar en cuatro la carta y la introdujo en el sobre.
–A continuación desde la 825 de Onda Media les ofrecemos nuevamente La Sugestión Diabólica, Opus 4 No 4, de Prokofiev, --dijo el locutor.
Eran las doce de la noche. --Realmente suena terrorífica, --comentó el enfermero; es la primera vez que la escucho. El director cerró la puerta y se volvió tambaleándose hacia él. --Yo también, --dijo mirándole fijamente a través de sus pequeños ojos inyectados en sangre.








LA VENGANZA ES REDONDA COMO UN BALON DE FUTBOL
Federico Fayerman
17 de marzo de 2008

Francisco Campos no temía los ataques de los delanteros rivales. Cuando veía peligro para su portería chasqueaba los dedos de su mano derecha y todo a su alrededor se ralentizaba. Entonces veía la jugada a cámara lenta y atajaba siempre el balón adelantándose a todos.
Así llevaba tres años. Tres años que habían reportado a su club, el atlétic tres ligas, tres copas, dos champions y una intercontinental.
Había mantenido imbatida su portería durante tres campeonatos consecutivos y las victorias de su equipo eran exactamente las mismas que partidos había disputado. Si algún domingo sus compañeros no marcaban goles él chasqueaba los dedos y se iba a rematar algún corner o a finalizar alguna jugada en gol, siempre gracias a la lentitud con que se movían los contrarios. Cuando lo deseaba chasqueaba los dedos de la mano izquierda y todo volvía a su velocidad normal. Únicamente debía tener cuidado de no chasquear los dedos de las dos manos al mismo tiempo. En ese caso no podría ralentizar su entorno nunca más.
Todo había empezado con aquel sueño que tuvo tres años atrás cuando contaba sesenta. Soñó que le era concedido el don de parar la acción a su alrededor y él lo utilizó para cumplir su mayor anhelo: jugar de portero en el club de sus amores: el Real. Sin embargo, cuando ofreció sus servicios al Real fue rechazado y lo que fue aún peor, fue ridiculizado por el propio presidente y el departamento de RR.PP. publicando una nota de prensa en los periódicos de la capital con lo que ellos llamaron “una chistosa intromisión de la tercera edad en el fútbol profesional”. Así pues recaló en el eterno rival, el atlétic, donde fue recibido con escepticismo y después querido y aclamado durante los tres años que duró su exitosa trayectoria
Y por fin, apoyándose en su gran poderío económico surgió la super oferta del Real. Trescientos millones de euros al año, durante diez temporadas. Francisco Campos añadió varias cláusulas al contrato: No podían despedirle bajo ningún concepto, cobraría fuera o no titular y la mitad de su sueldo iría a varias organizaciones benéficas de una lista que él mismo facilitó al club.
Y llegó el día tan largamente esperado. Su debut en la portería del Real, su club amado desde pequeño, el club que le había despreciado pero que para ficharle ahora había tenido que traspasar a sus mejores figuras e hipotecar el estadio.
Su primer rival en el campo era su antiguo club, el Atlétic. Las gradas hervían de pasión como nunca. Las pancartas con su nombre ondeaban en todos los graderíos que parecían a punto de reventar. En el palco de honor, el Presidente se pavoneaba ante el Rey, el Primer Ministro y la crème de la jet set, llegada al campo para hacerse las fotos en tan histórico momento.
Empezó el partido de los eternos rivales y fiel a su don, Francisco Campos mantuvo a cero su portería durante los primeros cuarenta y cinco minutos.
Un momento antes de iniciarse el segundo tiempo, Francisco Campos Santín, a la sazón mejor portero del mundo y flamante fichaje a base de talonario del Real recorrió el campo hasta situarse debajo del palco de personalidades y en un gesto que nadie llegó a entender nunca levantó los brazos, miró fijamente al presidente y a su junta directiva y chasqueó con rabia los dedos de sus dos manos a la vez. (Para Paco, el mejor amigo de mi padre)














LOS MARTES, LENTEJAS

Federico Fayerman

26 de abril de 2007



El cartel luminoso - Restaurante Royal - o más bien lo que quedaba de el, suponía el último vestigio de lo que en tiempos había sido este establecimiento, ahora reducido a un oscuro bar, angosto y estirado, rematado con seis mesas hacinadas al fondo.

--Buenas tardes don Alberto…y compañía.
--Buenas tardes, buenas tardes, coreaban todos los camareros según íbamos paseando la barra, y percibiendo cada vez con más intensidad el olor a fritanga que salía de la pequeña cocina, haciendo honor tal vez al precio del menú. Como casi todas las personas mayores, mi tío seguía ahorrando, no sé para que y no quería ir a comer a otro sitio mejor, pese a mis recomendaciones y me imagino las de su estómago.

Llevaba mi tío Alberto más de quince años yendo a comer allí. Siempre acompañado de mi tía Ana Mari. Desde que se jubilaron, no dejaron ni un solo día de acudir al Royal y ahora que se había quedado viudo lo hacía él solo, salvo los martes, que le acompañaba yo. Nunca supe lo que mi compañía supuso en su ánimo, pues aunque me lo agradecía continuamente, no estaba seguro de su total sinceridad.
Su vida se había quedado reducida a la sala de estar, sofá y Televisión y al Royal. Incluso había dejado una de sus principales aficiones: leer. Seguía teniendo muchos conocidos de buenos días don Alberto, buenas tardes don Alberto, pero pocos amigos. Ya no los deseaba. Tampoco tuvo hijos.
En su rutinario recorrido hacia el Royal, siempre la misma liturgia. En Islas Filipinas la limosna a Ramón, ex boxeador, medio vagabundo y algo tarado. En la esquina con Guzmán el Bueno otra dádiva a la gitana enlutada que siempre le sonreía agradecida. Otra gitana que vendía flores medio le reverenciaba. -------Que tal don Alberto, me alegro de verle.

Había sido un hombre totalmente dependiente de su mujer y ahora que estaba solo había quedado reducido a un juguete del destino, pues no sabía ni deseaba luchar por la vida. Eso se notaba también en su aspecto personal, que mientras vivió mi tía fue impecable. Ahora su ropa estaba mal planchada, lucía algún lamparón que otro en la chaqueta o en los pantalones, normalmente fruto de sus visitas al Royal, y una cazadora que parecía de espectáculo circense debido a los brillos, causado, imagino por la falta de visitas a la tintorería.

Sin embargo era un hombre muy respetado en el barrio por su gran cultura y formación. Hablaba correctamente cuatro idiomas. Tenía asimismo una buena educación, aunque en temas políticos se mostraba intransigente e incluso en ocasiones verbalmente agresivo. En la intimidad le gustaba soltar tacos, los más fuertes que encontrara en ese momento.
No era muy fácil entablar una conversación con él, siempre inmerso en un mutismo post tía Ana Mari. Pero, cuando a base de preguntas y mas preguntas comenzaba a hablar, era un torrente de vivencias.
Después de la guerra había ocupado algún puesto político de poca importancia, pero que le había permitido conocer a mucha gente influyente. Miles de anécdotas estaban perfectamente archivadas en su mente, que jamás dio señales de envejecer al mismo ritmo que el resto de su persona. Una de las historias más jugosas que me contó mi padre sobre él, siendo yo aún un adolescente, fue sin duda su visita como intérprete, de una delegación española a Himmler, en su cuartel general en Berlín durante la segunda guerra mundial. Pese a sus ochenta años conservaba una memoria prodigiosa.

Los martes lentejas. Antes, en la barra, una cañita de cerveza y unos torreznos. Una pequeña parrafada con Lola y su amiga, siempre por cierto la misma y tópica parrafada sobre el tiempo, y siempre sobre los mismos taburetes altos, con el skay negro de los asientos roto, que dejaba brotar la goma espuma amarillenta que los rellenaba.
Una vez sentados en la última mesa, la única que admitía hasta cuatro bocas, llegaban Luís y Elena, los amigos de toda la vida de mis tíos. Siempre llegaban con un poco de retraso, debido a que cada día les costaba más recorrer la corta distancia entre su casa y el Royal. Invariablemente, mi tío se quejaba de la falta de puntualidad de sus amigos.

Jesús, el camarero que atendía las mesas del comedor era un hombre de unos cuarenta años. Delgado y muy simpático, nos hacía más amena la comida menospreciando al cocinero. --Aprendió en un cuartel a cocinar, --solía decir a menudo. Así que cuando pedíamos el menú siempre le llamábamos rancho. Cuando nos enunciaba los platos del día, nos indicaba con un gesto aquellos que no nos recomendaba.

Fueron tres años de Royal hasta que mi tío consiguió enfermar y huir en busca de su Anita.

Alguna vez paso por el Royal de visita y siempre me invitan a un café o a una caña. --Buenos días, --buenos días Jesús, --¿que tenéis hoy de rancho?
Al fondo en una mesa para dos, Luís y Elena, ahora solos, siguen aún sufriendo las lentejas de los martes.


MARINA
Federico Fayerman
24 diciembre 2006
Es de noche. En la calle llueve con furia. Un rayo la ilumina durante un instante.
Hugo se aparta de la ventana y camina hacia su viejo sillón de cuero.
Entonces truena con fuerza.
Se sienta. A la izquierda, en una pequeña mesa reposa su cachimba. La coge, la carga y la enciende con movimientos lentos y aprendidos. Siente el calor de la madera en su mano y le invade el olor dulzón como a chocolate del tabaco picado. Da una calada profunda y aprieta los dientes sobre la boquilla, dejando escapar el humo poco a poco.
A la derecha del sillón, en el suelo, dentro del revistero busca la novela que está leyendo por enésima vez. La abre ayudándose del marca páginas y lee con la yema de sus dedos.
Hace más de una hora que se ha ido la luz y según la radio, gran parte de la ciudad está a oscuras. El lo está desde los diez años y ya tiene cuarenta. Vive solo con su gato, sus libros y sus tinieblas. También escribe relatos con lo que se gana la vida. Al rato deja la novela en el revistero y coge la grabadora que se encuentra al lado. Después de encenderla empieza a grabar: - La noche del apagón-. Hugo dicta a su grabadora cuando escucha que llaman a la puerta. Se levanta y sale al pasillo. Pichi, su gato de angora negro se aparta para que no le pise y camina detrás de él. Antes de abrir la puerta ya sabe que es Marina. Recién duchada y perfumada. Dior. Su perfume favorito. Se lo pone para él; Marina está parada en el rellano de la escalera, lleva una vela encendida en una mano y una botella de vino empezada en la otra.
- Rioja del bueno – dice él. La atrae hacia sí. Marina tiene el pelo rubio y largo. Lleva una bata con encajes sobre el camisón de seda azul claro que le regaló él. Debajo del camisón cuarenta años de mujer bastante bien llevados.
-Me asusta la tormenta- dice, y Hugo la hace pasar.
Por el oscuro pasillo la empuja suavemente de la cintura. Pichi se restriega contra las piernas de Marina y ronronea feliz. Entran en la cocina. La vela encendida proyecta sus siluetas acrecidas sobre los muebles.
Hugo la apaga. – que tal si estamos en igualdad de condiciones -– dice - .Marina cierra los ojos y dibuja en su mente un plano de la cocina Busca en la oscuridad la vitrina de las copas, coge dos y tira otras dos que por fortuna no se rompen. Las coloca en la encimera de granito al lado de la botella de vino. Hugo llena las copas y le pone una en la mano. Brindan por el apagón.
Beben y después se besan .El le lame los labios; Vino y carmín, deliciosa combinación.
- Como llevas la novela – pregunta ella.
- Atascada, desde anteayer solo he escrito dos líneas, pero no estaba pensando en eso ahora – responde Hugo - Te espero donde tu ya sabes – y Marina siente que el se aleja como flotando en la oscuridad. Trata de agarrarlo pero no lo encuentra. Se concentra y percibe el roce de las zapatillas de Hugo al fondo del pasillo. Sale de la cocina y palpa la pared. Cuenta los huecos de las puertas mientras avanza, uno, dos, un par de pasos más y gira a la izquierda. Pichi bufa y sale huyendo. Acaba de pisarle el rabo. – Lo siento - se disculpa Marina.
Por fin encuentra el dormitorio. Entra despacio con los brazos extendidos hasta que sus piernas se topan con la cama. Las manos de Hugo la ayudan a tumbarse y a partir de ese momento no existe la oscuridad. Sus cuerpos se mueven acordes. Conocen cada centímetro de la anatomía del otro y sin embargo vuelven a explorarse como si fuera la primera vez.
La ropa está ya en el suelo y ellos ruedan desnudos sobre la cama. Sus bocas se conectan en la oscuridad inundada de silencios. En la calle ha dejado de llover y las farolas vuelven a iluminarse poco a poco. Marina se estremece. Arropa a Hugo, se levanta y sale del dormitorio. Al pasar por la salita, tenuemente iluminada por las farolas de la calle, descubre a Pichi acurrucado en el sillón de cuero de Hugo. Vuelve al dormitorio con las dos copas de vino y beben. Beben y hacen el amor sin encender la luz. Cuando se duermen, la lluvia vuelve a caer, ahora monótona, y su apagado golpeteo es como una nana que quiere custodiar su sueño-.
Hugo para la grabadora y la deja en la mesa. La calle sigue estando a oscuras y llueve a mares. Enciende otra vez la pipa. Están llamando a la puerta. Se levanta y sale al pasillo. Pichi, su gato de angora negro se aparta para que no le pise y camina detrás de él. Antes de abrir la puerta ya sabe que es Marina…


ME ENAMORE DE UN ANGEL
Federico Fayerman
27 de noviembre de 2007

Este relato está inspirado en la canción “Me enamoré de un ángel” del conjunto español Los Estudiantes. Grabado en 1959. La música es el Romance Anónimo. Los Estudiantes fueron uno de los primeros conjuntos que surgieron en España y en él actúo como baterista Fernando Arbex, que escribió la letra e hizo los arreglos de esta canción.

LETRA DE LA CANCION
Pienso que fue un bello sueño tu amor
Pero Dios quiso hacerlo perpetuo en los dos
Te llevó y ya no se si exististe en mi vida
O Todo fue una ilusión
Pienso que siempre estuviste así
Cuando blanca de nieve entre flores te vi
Y con tenue sonrisa en silencia te oía
Siempre seré para ti
Sueño aquel día jugando los dos
Te miré y sin palabras nació nuestro amor
Nuestras manos se unieron temblando tal vez
Y ese instante despierto soñé.






Mi nombre es Anastasio, nací en Madrid, en el barrio de Retiro, hace 65 años.
Durante este tiempo Madrid ha cambiado mucho, el estilo de vida de sus gentes es muy diferente al de entonces, cuando los niños jugaban en la calle, los serenos golpeaban en la acera con sus chuzos acudiendo a la llamada de los trasnochadores o cuando, de madrugada, aún con los faroles de gas encendidos, los carros de la basura recorrían las empedradas calles recién regadas.
Sin embargo, mientras paseo ahora por mi antiguo barrio siento como que todo sigue igual pues cada calle, cada casa, me recuerdan mi infancia y mi juventud.
Aquel mes de octubre del 56, estaba a punto de cumplir los catorce años y mi madre decía que iba a dar el estirón de un momento a otro. También eran los días de la vuelta al colegio, que reunía como todos los años las mismas expectativas, el reencuentro con los compañeros de siempre y los nuevos profesores. En el lado negativo estaba el volver a madrugar y el alejarte de los amigos del barrio, con los que habías pasado todo el verano.
Pero aquel año ocurrió algo que alteró mi rutinaria vida de colegial. Una nueva alumna se había incorporado al colegio. Se llamaba Celia, tenía 13 años y era de San Sebastián. Era morena, con el pelo largo y suelto, menuda y siempre estaba sonriendo. Su padre era militar y le habían trasladado a Madrid. Habían alquilado un piso en la calle Menorca, muy cerca de mi casa. Lo primero que pensé cuando la vi fue que había llegado un ángel al barrio.
Todo esto lo averigüé el primer día que pude acompañarla a su casa a la salida de clase.
Supongo que no le caí mal porque quedamos en vernos ese jueves y yo le enseñaría el barrio
Anduvimos durante toda la tarde arriba y abajo. Le mostré todos los rincones donde solía parar con los amigos, le enseñé también algunas tiendas donde tendría que hacer los recados para su madre: la lechería, donde se obraba diariamente el milagro de la multiplicación de la leche por obra y gracia del grifo de agua de la trastienda, la bodega con sus enormes barricas de madera llenas de vino que despachaban a granel, la panadería con su ancho mostrador de mármol blanco siempre cubierto de harina. Por Fernán González nos cruzamos con Agapito, el recadero de Ultramarinos Morales, siempre cargado con los pedidos de los clientes más pudientes del barrio. Un poco más lejos, casi en la esquina estaba la mercería. Todo su interior estaba forrado con cientos de cajoncitos con botones de colores pegados en el frente. En un rincón, bajo la luz de un flexo metálico, una mujer cogía puntos a las medias.
Terminamos en el Retiro. Paseamos por los caminos alfombrados de hojas secas entre eucaliptos y acacias, Tuvimos tiempo incluso de alquilar una bicicleta en la Chopera y dejamos pendiente para el domingo, después de misa volver para dar una vuelta en la motora del estanque.
Cuando la acompañé a su casa y nos despedimos en el portal me dio un beso en la cara y salió corriendo escaleras arriba. Todavía, cuando lo recuerdo creo notar el roce de sus labios en mi mejilla.
Celia tenía una hermana más pequeña, que utilizábamos para enviarnos mensajes cuando a ella no la dejaban bajar a la calle. “te manda un beso” me decía siempre avergonzada cuando terminaba de darme el recado de Celia.
Aprovechábamos cualquier oportunidad para estar juntos. A veces cuando salíamos a hacer algún encargo de nuestra madre; otras veces con la excusa de bajar a comprar un lápiz, un cuaderno o una plumilla.
Durante los siguientes dos años nuestro amor fue creciendo y ya no concebíamos pasar un solo día sin vernos, aunque fuera solo en el trayecto del colegio a casa.
Me encantaba oírla hablar con su acento vasco, o cómo llamaba a sus padres, amá y aitá, o cuando me decía “me gusto de ti”, que era la expresión que utilizaba para decirme cuanto le gustaba.
Una tarde la llevé a la calle Dr. Castelo y le mostré mi arte para trepar a las farolas y apagarlas cerrando el mecanismo del gas. Las parejas de novios que se arrullaban contra la tapia de la antigua maternidad nos dieron las gracias.
Pasábamos muchos ratos con nuestros amigos Luís, Gloria, Pepe y su hermano Quique, jugando en la calle al rescate, al clavo e incluso a la piedra y a la comba. Después cuando nos cansábamos de jugar nos sentábamos en el bordillo de la acera a comer pipas.
Los domingos por la mañana, mientras Celia iba con sus padres y su hermana a misa, yo jugaba al fútbol en los descampados de Dr. Esquerdo. Después, nos encontrábamos delante de la Iglesia de Los Sacramentinos y dábamos un paseo, cogidos de la mano o de la cintura por el Retiro, hacia la casa de fieras, cruzábamos a la rosaleda y desde allí, por el ancho paseo de coches hasta la salida de la calle O´donnell.
Solo el mes de agosto representaba un calvario para los dos. Celia se marchaba con su familia a San Sebastián y solo nos quedaba el recurso de enviarnos alguna carta y dejar pasar lentamente los días hasta que volvíamos a encontrarnos.
En aquel agosto del 58 trasladaron de nuevo a su padre y no nos volvimos a ver más. Ni siquiera pudimos despedirnos pues ella no regresó ya a Madrid.
Sigo recorriendo las calles de mi barrio y aunque ya no está la lechera milagrosa ni la mujer cogiendo puntos a las medias, aunque el cine es ahora un bingo y la bodega un supermercado, las calles están asfaltadas y no se ven niños jugando, mi imaginación vuela al lado de aquel ángel que pasó por mi vida y que también milagrosamente tiene en mis sueños, 48 años después, los mismos maravillosos 15 años de entonces.















O QUIZAS LO PENSÉ
Federico Fayerman
Dos de octubre de 2008
En la noche del 20 de diciembre de 1849, un violentísimo huracán azotaba a Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de piratas formidables, situada en el mar de la malasia, a pocos centenares de millas de las costas occidentales de Borneo.
Gracias tío Alberto, le dije a la vez que, poniéndome de puntillas, le daba un sonoro beso. Sujeté con fuerza la novela y salí a escape del taller. Me fui directamente a casa. Corrí por el pasillo y me encerré en mi cuarto. Y allí estuve toda la tarde leyendo hasta que se me cansaron los ojos. A medianoche me desperté y en silencio encendí la luz y seguí leyendo hasta que los ojos se me volvieron a cansar y me quedé dormido.
--¡Vámonos Sandokan! -- dijo Yañez.
--¡Ya te sigo! –contestó el Tigre de la Malasia, reteniendo un suspiro.
Cinco minutos después volvían a saltar la cerca del parque y se internaban en la tenebrosa floresta. FIN
Cerré la vieja novela. Gonzalo se había quedado dormido un rato antes sin que yo me diera cuenta. Le arropé y apagué la luz. Desde la puerta le contemplé una vez más. --Seguro que mañana serás Sandokán como lo fue tu abuelo hace muchos años.


POR GOLOSO
Federico Fayerman
3 de enero de 2008
Antes de nada debo confesar que soy muy goloso. Aunque de niño no lo era, cosa bastante extraña, con el paso de los años mi cuerpo me iba pidiendo que lo endulzara al menos una vez al día. Y yo le daba el capricho, ya fuera con una chocolatina, un bombón, o una galleta. Mi dulce diario estuviera donde estuviera.
Y estaba en Granada, camino del hotel donde me alojaba siempre que venía a trabajar a esta ciudad. Eran las ocho de la tarde y había terminado mis visitas a los clientes de la zona. Descendía a pie por la calle Real cuando pasé por delante de la pastelería. Estaba abierta, lo cual no debería ser ninguna noticia especial, pero sí que lo era para mí. Llevaba al menos ocho años viajando a Granada, hospedándome habitualmente en el mismo hotel y pasando a diario por delante de la confitería y los cierres metálicos de ésta siempre habían permanecido cerrados, acumulando oxido y suciedad. Sus cristales se habían tornado opacos, su rótulo de cristal tenía los extremos rotos, dejando al descubierto unos tubos fluorescentes fundidos desde hacía mucho tiempo. Y aquella tarde, para mi sorpresa y por que no decirlo para mi gozo, la pastelería estaba otra vez abierta.
Vista desde el exterior, la tienda no había cambiado su aspecto; sus cierres aunque levantados seguían estando oxidados; sus cristales, sucios y las luces interiores apagadas, como el rótulo. En sus escaparates se apreciaban a duras penas gran cantidad de cajas de colores anunciando bombones, chocolates, chocolatinas, caramelos, turrones, golosinas y tartas de gustos variados que inmediatamente pusieron en acción mis papilas gustativas. De un salto salvé los dos escalones y abrí la pesada puerta de cristal que chirrío con estrépito.
En el interior, con la poca claridad que dejaban pasar los sucios cristales pude distinguir a dos personas de edad avanzada. Un hombre, sentado ante una antigua caja registradora y una mujer de pie detrás del largo mostrador de madera que dividía en dos la tienda. Sobre las estanterías y dentro del mueble expendedor, más de lo mismo, es decir gran cantidad de cajas de dulces colocadas con un cierto desorden que llamaron mi atención. Estaba repasando con la mirada la mercancía que se me ofrecía a fin de decidir cuál sería el manjar elegido cuando una sensación extraña, nunca sentida anteriormente me sobresaltó. Todas las cajas expuestas estaban abiertas y vacías. Ni un solo bombón, ni un solo caramelo aparecían a mi vista. Solo polvo. Me volví hacia el escaparate y también en este las cajas estaban sucias y completamente vacías. La mujer del otro lado del mostrador me miraba muy fijamente, como impacientándose por conocer cuál iba a ser mi imposible decisión de compra. Pese a encontrarnos en plena primavera, la temperatura dentro de la tienda apenas superaría los diez grados o al menos a mi me lo pareció cuando miré de nuevo los ojos medio cerrados de la anciana. De pronto, estos se abrieron desmesuradamente, se volvieron brillantes y amenazadores y la expresión de su cara se endureció de tal manera que su boca se entreabrió mostrando unos dientes negros y carcomidos. Y entonces ocurrió lo que me temía: Los dos ancianos esbozaron una especie de sonrisa terrible y salieron desde detrás del mostrador avanzando hacia mí. Reculé intentando abrir la puerta a mis espaldas sin conseguirlo. Noté sus frías y huesudas manos sobre mi cuello y traté desesperadamente de soltarme del mortal abrazo.
El timbre del teléfono atravesó mis oídos. Me desperté con mis propias manos agarrotadas alrededor de mi cuello y con el corazón a punto de estallar. Eran las siete y media de la mañana y la pesadilla había terminado justo a tiempo.
Me levanté pasados unos minutos. La ducha caliente consiguió relajarme y devolverme a la realidad. Me vestí y bajé a desayunar al comedor del hotel. Rubén, el camarero debió notarme algo en la cara cuando me preguntó que tal había pasado la noche. Le comenté mi pesadilla a grandes rasgos, tratando de darle un aire cómico al relato. Rubén se quedó pensativo un momento.
-- ¿Conoció Vd. a los dueños de la pastelería, --me preguntó?
--No. Desde que vengo a Granada la confitería siempre ha permanecido cerrada y por su aspecto abandonada, --le contesté.
--Claro, --dijo, --hace diez años que los propietarios fueron salvajemente asesinados durante un robo y la tienda fue precintada.
El mollete tostado con aceite y el café bien calentito obró como siempre el milagro de cargarme las pilas para las siguientes horas. Era justo lo que necesitaba ya que era viernes y por la tarde regresaría a casa a pasar el fin de semana con mi familia.
Con ese espíritu optimista salí del hotel y subí por la calle Real hacia el aparcamiento de la plaza de España. A media calle me encontré nuevamente frente a la pastelería. Seguí mi camino sin atreverme a mirarla. Pero finalmente no pude resistirlo y volví sobre mis pasos. La tienda estaba abierta pero esta vez se veía luz en el interior. La puerta de par en par me incitó a pasar.

















REGRESO A REXTOWN
Federico Fayerman
5 de junio de 2008

El tren se detuvo en la estación de Rextown a las cuatro en punto, inundando de humo blanco el viejo y vacío andén. Por el pueblo se extendió rápidamente la noticia: Stefan Carling había regresado vivo de la guerra.
El dispensario médico, situado en una de las polvorientas travesías de la ancha calle central, ofrecía el mismo estado de abandono que el resto del pueblo. Solo sus ventanas blancas y la gran cruz roja pintada en su entrada anunciaban su función, ya que incluso el cartel que antaño coronara la puerta principal había desaparecido.
Stefan ocupó la única cama, de la única habitación utilizable con que contaba el “servicio hospitalario”. Su largo y esquelético cuerpo rebosaba los límites del camastro, dejando al aire su huesudo pie derecho.
Cuatro años antes, Rextown era un próspero pueblo del sur del país. Sus entonces más de trescientos vecinos vivían principalmente de la agricultura, gracias a su clima cálido y a la humedad que le proporcionaba estar al borde del mar. Sin embargo, estalló la guerra y con ella la etapa más oscura para esa comunidad.
Al principio se alistaron en el ejército los hombres con edades entre veinte y cincuenta años, pero poco a poco se tuvieron que incorporar los más jóvenes hasta que no quedó en el pueblo ningún hombre mayor de dieciséis. Ahora, por fin, la guerra había terminado. Pero de los más de cien soldados que aportó Rextown al conflicto, el único superviviente del pueblo había sido Stefan.
Su supervivencia le había costado varias amputaciones. Como consecuencia de la explosión de una granada en la trinchera donde se refugiaba, perdió la pierna izquierda, dos dedos de una mano y la visión de su ojo derecho. Además, el pelo de su cabeza era ahora una costra marrón repugnante.
Stefan había sido el único pastor del pueblo. Cuidaba sus cabras en los montes que rodeaban Rextown y siempre vivió alejado y despreciado por sus vecinos. Su vestimenta sucia y su fuerte olor a rebaño, marcaban una frontera entre él y los demás. Sobre todo entre él y las mujeres del pueblo. A sus treinta años no había tenido ocasión de cortejar a ninguna y solo con Margot había cruzado algunas palabras cuando ésta subía al monte para llevarle comida o algún recado de su padre, el dueño del rebaño. Estos encuentros fugaces eran esperados con ansiedad por Stefan, pero, una vez frente a la muchacha era incapaz de trasmitirle sus profundos y amorosos sentimientos.
La falta de mano de obra masculina y la situación de penuria económica durante los largos cuatro años de guerra, habían arruinado los campos y limitado las cosechas. Y también habían acabado con las cabras que cuidaba Stefan.
Y ahora Stefan ya no era solo el único pastor del pueblo. Ahora, era también el único hombre soltero de Rextown, descartando a los niños, al cura y al anciano médico.
Durante los días siguientes a su regreso, encabezados por Marlenne, la Alcaldesa, los pocos más de cien habitantes que aún permanecían en el pueblo, la mayoría mujeres, fueron desfilando por delante de la cama de Stefan, como si de un velatorio se tratase. Unas le llevaban flores, otras, algún detalle que le pudiera alegrar la vista a su ojo derecho y la mayoría le regalaban una sonrisa y algún beso huidizo en la mejilla. Pero, la única mujer a la que deseaba volver a ver no apareció por el dispensario.
Dentro de la cama, tapado hasta el cuello y con la cabeza vendada, la apariencia de Stefan no despertaba rechazo y por eso algunas vecinas volvían a diario y le hacían cariñosa compañía, contándole como había transcurrido la vida del pueblo durante los años en que él estuvo fuera y lo necesario que era que se curase pronto. Stefan comprendía las intenciones de las mujeres hacia él. La ayuda de un hombre joven, aunque tullido, sería bien recibida en muchos hogares.
En un periodo de tres meses, Stefan recibió no menos de quince peticiones de matrimonio, algunas directamente y otras a través del cura del pueblo, con quien había entablado una amistad hasta aquel momento imposible. Desde Mila, la hija del viejo cartero, Molly, la dueña de la taberna, hasta la propia Marlenne, la alcaldesa, le brindaban la posibilidad de una nueva y prometedora vida.
Sin embargo, cuando curó de sus heridas, reunió las pocas pertenencias que le quedaban y se volvió al monte, a su cabaña de piedra y brezo que aún se mantenía en pie.
Y Stefan subía cada mañana hasta el risco más alto del monte. Y allí, apoyado en su muleta, la esperaba.














SOLEDADES
Federico Fayerman
19 de noviembre de 2008


Andaba yo en esas de pensar en mi soledad y en los recién cumplidos sesenta, mientras regresaba, como cada mañana, de llevarle unas flores a mi mujer, cuando me di cuenta de que acababa de cruzarme con mi amigo Luis; mi amigo del alma. Al volverme lo encontré parado, vuelto hacia mí, con cara de incredulidad y los brazos en jarras como pidiéndome explicaciones de mi despiste mañanero. Luis, mi amigo de la infancia, mi amigo del alma, como a mí me gusta llamarle tiene un taller mecánico, un taller de barrio, pequeño, limpio y de los llamados de “confianza”. Como todo taller que se precie, goza del olor a lubricante y del color de la grasa consistente en los suelos de terrazo y en las paredes. Incluso, curiosamente, lo luce en el techo y en los papeles que amontona en el pequeñísimo despacho en el que casi no cabe su humanidad y que le sirve a la vez de recepción, sala de juntas, departamento de RR.HH. y lo más importante: donde guarda, en una minúscula caja metálica de color rojo, la recaudación del día.
Luis ocupa su tiempo entre su taller y El Diamante. El Diamante es el bar que está en la calle un poco más abajo que su taller, o bien mirado desde mi posición, es su taller el que está un poco más arriba. En definitiva están prácticamente el uno frente al otro. En El Diamante, lo sabe todo el mundo, sirven las porras más grandes del barrio. Pero lo mejor de El Diamante no son sus porras, lo mejor es la hija de Paco, el dueño, que tras la barra, te obsequia con una sonrisa desvanecedora cuando asomas la cabeza por una puerta que siempre se resiste, pero que termina al fin cediendo impetuosamente.
María, que así se llama la preciosidad, aprovecha sus encantos para conseguir que los clientes vuelvan una y otra vez y consuman solo por tener la ocasión de poder verla. María tiene un novio que se llama Emilio y trabaja en el taller de Luis como mecánico. Es de los que siempre coloca una manta sobre la aleta del coche cuando se asoma al interior del motor para no manchar la carrocería con su mono o sus manos. También es poco hablador.
Emilio vive dos calles más abajo. Vive con sus padres y con su perro Doff, que a veces le acompaña al taller y se queda en la puerta, tumbado y atento al paso de los viandantes. Solo se levanta cuando pasa alguien conocido para saludarlo lamiéndole una pierna o cuando entra o sale algún coche del taller para que no lo atropellen.
Dentro del taller, y dispuesto para ser reparado se encuentra la Citröen Berlingo de Remigio, el kioskero. Él es el encargado de informar a todo el barrio de lo que ocurre en él y fuera de él. Remigio odia al mundo y sobre todo a los niños. Seguramente porque no paran de hacerle gamberradas mientras corren, insultándole, alrededor del puesto de periódicos. Se ríen de su cojera, o para ser más exactos de que le falta una pierna y no puede ir tras ellos. Da la impresión de que Remigio odia incluso a su propio hijo al que conmina constantemente con grandes gritos a realizar todo tipo de recados.
--¿En qué vas pensando? --me dice Luis poniéndome su manaza sobre el hombro.
Le contesto con una leve sonrisa, mitad culpable, mitad suplicante pero en cualquier caso totalmente sincera. –Pensaba en mis cosas y en ti y en Paco y en Remigio y en Emilio y en María. Incluso en Doff.
--¿Nos tomamos un vermut? invito yo.
Descendemos por nuestra calle y pasamos por delante del taller de Luis. Desde el interior nos saluda Emilio y Doff cruza valientemente la calle para chuparnos una pierna. Nos cruzamos con el retoño de Remigio al que vocea su padre desde el kiosko empapelado y terminamos asomándonos a la puerta del bar de Paco.
Después de conseguir abrirla de un fuerte empujón nos topamos con la maravillosa sonrisa de María.







SOLO NECESITO PODER RESPIRAR PARA AMARTE

Federico Fayerman
31 de enero de 2008


Cuando la viste llegar, caminando por la calle hacia ti, casi levitando sobre sus pies perfectos, tu mundo se detuvo.
Cuando te besó en la boca y cerrasteis los ojos a la vez, ya nunca más volvió a importarte la luz del sol.
Y tu mundo estuvo parado un año o puede que dos, ya da igual, mientras os amabais a escondidas.
Dejaste de ser tu mismo y te convertiste en otra dimensión de ella. Borraste, aun a sabiendas de que era injusto, de que era indigno, todo lo que te rodeaba. Huyendo de tu mentira, te refugiaste en su realidad.
Cuando al final de aquella tarde te susurró “no quiero irme”, lloraste por ti.
Pero se fue, o quizás la obligaste tú y te conformaste con su perfume y te oliste mil veces las manos que estaban empapadas de ella. Y te quedaste dentro del coche, viendo cómo se alejaba caminando por la calle, casi levitando sobre sus pies perfectos.

SOLO NECESITO PODER RESPIRAR PARA AMARTE

Federico Fayerman
31 de enero de 2008

Cuando la viste llegar,
Caminando por la calle hacia ti,
Casi levitando sobre sus pies perfectos,
Tu mundo se detuvo.

Cuando te besó en la boca y cerrasteis los ojos a la vez,
Ya nunca más volvió a importarte la luz del sol.
Y tu mundo estuvo parado un año o puede que dos, ya da igual,
Mientras os amabais a escondidas.

Dejaste de ser tu mismo y te convertiste en otra dimensión de ella.
Borraste, aun a sabiendas de que era injusto,
De que era indigno,
Todo lo que te rodeaba.

Huyendo de tu mentira, te refugiaste en su realidad.
Cuando al final de aquella tarde te susurró “no quiero irme”,
Lloraste por ti.
Pero se fue, o quizás la obligaste tú y te conformaste con su perfume

Y te oliste mil veces las manos que estaban empapadas de ella.
Y te quedaste dentro del coche,
Viendo cómo se alejaba caminando por la calle,
Casi levitando sobre sus pies perfectos.









SU PESO EN ORO
Federico Fayerman
25 de marzo de 2008


Londres, catorce de febrero de dos mil ocho. 20:00 horas.
A pie de escalinata, Sir Richard Hamilton y Lady Elizabeth reciben a sus ilustres invitados. Banqueros, políticos y empresarios acompañados de sus elegantes esposas acuden a la cita del millonario diplomático recién llegado de África.
Sir Richard, lo dice todo el mundo, es el anfitrión perfecto. En sus fiestas todo suele ser sorprendente y sus convidados esperan siempre alguna excentricidad de su parte. Todo en su casa tiene connotaciones africanas, desde máscaras Bambara de Mali o Baulé de Costa de Marfil, hasta lanzas, flechas y escudos Massai, además de muchos trofeos de caza, relatan la historia pasada en el continente negro por sus antepasados y por él mismo.
Su biblioteca, una de las más completas de Inglaterra se ha visto enriquecida en los últimos años por más de un centenar de libros sobre el continente Africano, sin duda la mayor pasión de Sir Richard.
Con una copa de Jerez inician una velada que tardarán en olvidar.

Montañas Rwenzor, Parque Nacional de Virunga. En el este de Zaire. Dos días antes.
El volcán Nyarongo señala el camino de los furtivos. Son tres días de marcha a pie, por caminos medio escondidos entre la profusa vegetación de la zona. Avanzan rápidamente eludiendo a los guardabosques del Parque. Les siguen a cierta distancia dos todoterreno NISSAN doble cabina. Otro vehículo de apoyo, un camión frigorífico camuflado espera en Goma la llamada del grupo de furtivos. Aún es de noche y a la dificultad lógica de la falta de luz se suma una húmeda neblina provocada por la proximidad del Lago Alberto.
La expedición la conforman los hermanos Jean Pierre y Joseph Kongolo, el guía Kofi Katumba y los porteadores Karaha y Kifúa.
A su alrededor, los arboles alcanzan una altura de unos 40 o 50 metros y entrecruzan sus copas formando un cielo verde oscuro impenetrable.
A una señal de Katumba, el guía, todos se detienen. Un gesto de pedir silencio y no se oye ni sus respiraciones. Con el brazo derecho extendido señala con su dedo índice un pequeño claro en cuyo centro crece un gigantesco árbol del caucho. La luna llena ilumina fantasmagóricamente el lugar. En las ramas más bajas del árbol duermen apaciblemente varios ejemplares de gorila en sus nidos construidos cada día con hojas. En el suelo, un imponente gorila macho de más de 140 kilos guarda el descanso de la familia.
Los hermanos Kongolo avanzan unos metros todavía protegidos por los arbustos y preparan sus rifles Maanlicher scout. Disparan a la vez. Jean Pierre al macho dominante y Joseph a una hembra de mediana envergadura, que al caer arrastra con ella a una cría de apenas tres meses de vida. El resto de la familia de gorilas huye trepando ágilmente por las ramas y se esconden en la copa del árbol. Un tercer disparo acaba con la vida del joven simio, aún abrazado a su madre.
--Este vale su peso en oro--, exclama Joseph.
.
Londres, catorce de febrero de dos mil ocho: 21:00 horas.
El coctel en el hall de la mansión da paso a los comensales al enorme salón donde les espera la cena. Mientras saborean unas ostras de Mombasa y una sopa de coco y guisantes, ritmos africanos ponen fondo a las aventuras vividas por Sir Richard durante los años que ha pasado en África y que él mismo relata, causando la admiración de sus invitados.
A continuación, los camareros sirven el segundo plato. En unas bandejas de porcelana de Limoges ofrecen a los presentes una suculenta ración de carne de gorila joven, recién llegada del Congo.
Mientras tanto, en el África profunda, los gorilas están a punto de desaparecer para siempre.





TITANIA

Federico Fayerman
Seis de septiembre de 2008



El vuelo había sido perfecto. Desde que los nuevos aviones solares eran pilotados por sistemas electrónicos robotizados, el tráfico aéreo se había hecho mucho más seguro. Además, el servicio de a bordo, atendido por auxiliares cibernéticos resultaba verdaderamente excitante. Con solo pulsar unos sensores en el apoyabrazos de tu asiento, podías configurarlos: azafata guapa, rubia, con minifalda y un gúisqui. O: auxiliar alto, moreno, musculoso y un pipermín. A gusto del pasajero. Desde aquel día, los horarios se cumplían escrupulosamente. Habían desaparecido los retrasos y el overbooking ya era historia.
Mientras esperaba mi maleta en la monumental sala de recogida de equipajes presidida por el gran mural con la figura del Líder, volví a pensar en Titania. Llevaba solo tres días fuera de casa y ya la echaba de menos. La conferencia sobre génesis robótica que había oficiado en Nueva York me había llevado más tiempo del previsto. Por suerte todo había ido bien. Incluso tuve un poco de tiempo libre para comprarle un regalo: una pulsera gravitatoria de titanio con cuatro signos del zodiaco girando alrededor. Esperaba con ello hacerle cambiar la expresión de enfado, que a mí al menos me parecía ver reflejado en su rostro desde hacía unas semanas. Pero ahora, me sentía al límite de mis fuerzas, estaba realmente agotado y tenía verdadera necesidad de llegar otra vez a Palmer Woods, mi barrio en Detroit
Por fin apareció mi equipaje en la cinta y tras bajar al nivel 32 por el deslizador electromagnético salí a la calle y tomé un aerotaxi. Marqué en el panel electrónico la dirección y me recosté en el respaldo que automáticamente se ajustó a mi cuerpo. Activé el equipo multifónico de música.
–¡Inserte una moneda de 1 crédito, por favor!
Seleccioné una canción de Virginia, la estrella de la Motown de principios de siglo.
Al compás de su melodiosa voz, el aerotaxi se elevó suavemente sobre su vertical y se sumergió en el trepidante tráfico de la ciudad
Diez minutos después, mientras volaba hacia casa volví a pensar en Titania.
--¡Si desea conversar con el sistema, inserte una moneda de diez créditos!, --dijo una voz de latón.
Lo hice.
–¡Si desea oír voz de hombre, pulse 1 en su botonera; si desea que sea de mujer, pulse 2!
Pulsé 1.
–¡Seleccione el tema de conversación, 1 política, 2 deportes, 3 mujeres, 4 hombres!
Pulsé 1.
–Lo sentimos pero esa opción está temporalmente desactivada, elija otra, por favor.
--Pulsé exit, pero el sistema no me devolvió los diez créditos.
–Gracias, respondió la misma voz metálica del principio.
Fijé la vista en el cielo cubierto de aeromóviles y después miré mi reloj. Habían pasado otros diez minutos. Pensé en Titania una vez más.
Había conocido a Titania en la fábrica de R.I.A (Robótica e Inteligencia Artificial) de Detroit, la antigua fábrica de General Motors. Yo era el Director de Supervisión de la planta de androides de segunda generación y Titania trabajaba en la cadena robotizada de montaje del cableado de sistemas nerviosos, Empezamos a frecuentarnos en la cantina del piso treinta y seis, durante el tiempo que los empleados dedicaban, unos a descansar y otros a cargar sus baterías. A partir de ahí, todo fue sobre ruedas y una semana más tarde Titania y yo nos fuimos a vivir a un apartamento híbrido en Michigan Ave..
Titania tenía una figura espectacular. Sus medidas eran las que yo mismo hubiera diseñado, Claro que no solo sus medidas corporales eran impresionantes, su cerebro era de los más lógicos que yo había conocido jamás, técnicamente perfecto y eso nos permitía una muy buena comunicación. Nuestros dos hijos poseían también un nivel cerebral muy alto, un ocho en la escala Hawking. Se podía decir que formábamos una verdadera familia feliz.
Nueve minutos después, el aerotaxi se posó en la azotea del edificio. Bajé apresuradamente las escaleras hasta el piso sesenta y dos olvidándome de utilizar el ascensor, tales eran las ganas que tenía de reunirme con Titania. Me estaba esperando con la puerta abierta y los brazos extendidos. Su maravillosa voz mineral inundó mis circuitos más profundos y nos fundimos en un abrazo largo.
Esa noche, mientras yo recargaba mis baterías conectado a la red, Titania ejecutó un baile sensual al ritmo de nuestra canción favorita. Fue al día siguiente cuando me habló de su intención de desmantelarme y cuando pulsó mi botón de reset, no pude evitar el vaciado total de mi depósito de lágrimas.

Epílogo:
No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces, pero, desmontado sobre la cinta transportadora, mientras me estoy reiniciando, deseo para la nueva personalidad que me adjudiquen, no volver a estar programado para enamorarme de una humana.





TRUN-973
Federico Fayerman
1 de abril de 2008

Una mañana de un día cualquiera despegué desde el garaje de mi casa. Mi perro Dof, me acompañaba como siempre.
Aburrido de recorrer el sistema solar, brincando de un planeta a otro en mi nave TRUN-973, decidí dar el salto a otras galaxias. La adopción del sistema V.L.1000 me lo haría posible sin tener que dedicar toda mi vida al viaje. Además, la utilización del dispositivo C.A.G (Creador de Agujeros de Gusano) me permitiría pasar de una galaxia a otra por un atajo de apenas un billón de kilómetros en menos de una unidad de tiempo U.T.C. (Una hora terrestre)
Conecté el cuaderno de bitácora virtual, donde se irían grabando todos los pensamientos y sensaciones, que fuera experimentando a lo largo del crucero por las estrellas que acabábamos de iniciar.
La vía láctea, contemplada desde los cien mil años luz, ofrecía una imagen idílica. Desde mi pequeño módulo de control podía ver millones de puntos rojos y blancos, moviéndose como células sumergidas en un espeso mar purpúreo.
Magallanes, Sculptor, Fornax, Leo, Andrómeda, fueron quedando atrás, conformando asimismo elementos rojos y blancos que en la distancia parecían fusionarse, creando una materia esponjosa, nervuda y húmeda.
Una vez rebasadas las galaxias registradas en la unidad sistematizadora de la TRUN, el paisaje galáctico continuó ofreciendo parecidas imágenes, salvo cuando, al cabo de un año sideral de viaje, mi nave entró en un espacio mucho más fluido, como una especie de corriente escarlata que nos absorbió y expulsó tiempo después.
En otro momento unas fuertes turbulencias hicieron ingobernable la nave, lo que me obligó a utilizar nuevamente el C.A.G. y crear un agujero de gusano que nos permitió salir de la difícil situación.
Sin que el C.B.V (cuaderno de bitácora virtual) registrase otra novedad reseñable, continuamos el viaje durante varios meses más y cuando, aburrido, me encontraba a punto de regresar, observé en la lejanía un reflejo azul intenso que, con el trascurso de los días fue convirtiéndose en una gran pantalla monocromática, en un escaparate traslúcido que poco a poco abarcó todo mi campo de visión. Después, suavemente me inundó, me atravesó y quedó a mi espalda.
Un nuevo espacio nos rodeaba ahora. Era blanco, luminoso, brillante como un manto perpetuamente níveo, jamás hollado. Y seguimos viajando en línea recta durante tres meses siderales. Y allí no había posibilidad de crear agujeros de gusano porque aquello era una nada blanca. La nave desarrollaba ahora una velocidad cien mil veces más rápida, pero la nada blanca seguía rodeándonos como única compañera. No sentía miedo, pero poco a poco empecé a experimentar en el estómago una sensación de vacío, de ingravidez y de absoluta soledad que me conduciría inexorablemente a la locura. Y fue en ese momento cuando decidí volver. Encendí los retrocohetes y viré la nave ciento ochenta grados.
Entonces lo vi.
Desde sus infinitos y eternos ojos azul celeste nos contemplaba sonriente.














TWIST AND SHOUT
Federico Fayerman
10 de junio de 2008

Me había prometido no escribir sobre mi vida. Pero el jueves pasado, conversando delante de una copa de cerveza, mi compañera de taller de creación literaria y sin embargo amiga Alicia, apuntó una frase que me llegó al alma. Dijo, con cierta tristeza en su cara:” Llegué tarde a Los Beatles”. Así que no he podido resistir la tentación de contar un remoto sucedido que, constituyó uno de los momentos más importantes de mi vida. Así que allá va:
Corría el año mil novecientos sesenta y tres, y yo, con dieciséis años de los de entonces, veraneaba con mis padres en Alicante. Eran mis primeras vacaciones de verano de los últimos años, ya que hasta entonces las había pasado estudiando y los exámenes de junio me proyectaban automáticamente a los de septiembre, sin posibilidad de distraerme en verano lo que me había distraído durante todo el curso. Como digo, estaba yo de vacaciones en Alicante sin más destino que aburrirme durante un mes y anhelando el momento de reunirme nuevamente con mis amigos cuando regresara a Madrid. Larguísimas mañanas de playa y tediosas tardes de paseo por la explanada y como único estímulo una horchata en el kiosco de Verdú. Ni posibilidades me quedaban de intentar ligar ya que, por si fuera poco me encontraba en la más espantosa bancarrota.
Los días pasaban para mí más despacio que de costumbre y solo la compañía de mi hermana me hacía soportable aquel ardiente destierro agosteño. Había fijado con una chincheta en la pared de la habitación, sobre la cabecera de mi cama, una hoja de calendario, cuyos días iba tachando ansiosamente con un rotulador rojo que había mangado a Julito, el hijo de la dueña de la casa donde nos alojábamos. Aclararé que dicho muchacho, un poco mayor que yo, era músico en la banda municipal local y además un engreído insoportable. Y digo insoportable porque por las noches se dedicaba a ensayar con su clarinete; y engreído porque por el día no paraba de presumir de su virtuosismo con el susodicho instrumento musical, cosa que a mí me ponía de los nervios. Además siempre llevaba dinero en el bolsillo.
Andaba yo esos días, también tengo que confesarlo, un poco triste por haber tenido que alejarme de Carmen, mi novia presunta, protagonista de un noviazgo unilateral. Qué felicidad al abrazarla mientras bailábamos en los guateques las canciones de Paul Anka, de Neil Sedaka o del Dúo Dinámico. Que escalofríos al rozar su mejilla con la mía, al acariciar furtivamente su espalda, al apretar su pequeña mano dentro de la mía, al sentir el leve roce de sus pechos sobre mi pecho. De modo que a cuestas con mis recuerdos, mi tristeza, mi poco dinero, mi aburrimiento creciente y el tonto de Julito, estaba pasando unas vacaciones que no se las recomendaría a nadie.
Pero no todo podía ser negativo, pensé yo aquella mañana en que, en compañía (como no) de mi padre, mi madre y mi hermana, salí de la casa del “bandolero” dispuesto a desayunar como todos los días en el bar de la esquina. Siento de veras no recordar el nombre ni la dirección de la cafetería porque no cabe duda de que se hubiera convertido en un lugar de culto para mí. Sin embargo lo importante me estaba esperando como cada mañana en su interior.
Ahora me sitúo en la barra de aquel bar, delante de un espantoso café con leche en taza grande y un reluciente croissant partido por la mitad y untado con mantequilla. A mi izquierda, bajo la ventana, se encuentra una máquina de discos de la época. En su interior treinta microsurcos de cuarenta y cinco r.p.m. formando una negra y redonda columna. En el frente de la máquina treinta ventanitas en tres filas de a diez, con etiquetas en su interior en las que se puede leer el título de los discos y su intérprete. Ahora estamos, frente a la máquina mi hermana y yo. Allí, en la ventanita no me acuerdo qué número, para que voy a mentir a estas alturas, se encuentra escondida la felicidad musical. Aquellas dos pesetas rubias, algo roñosas que salen del monedero de mi hermana y caen en las entrañas de la máquina de discos, hacen salir al vinilo seleccionado de la pilastra negra, lo giran y lo sitúan justo debajo del brazo que sujeta la aguja de gramófono.
Entonces vuelve a sonar TWIST AND SHOUT, el mismo TWIST AND SHOUT de Los Beatles que hacemos sonar varias veces cada día desde que lo descubrimos en la máquina de discos del bar. Al fondo, en una mesa con mantel de papel, envueltos en una nube de humo de sus propios cigarrillos, cuatro jóvenes siguen el ritmo de la música y me observan. Llevan el pelo muy largo, con flequillos que les tapa la frente. Visten trajes oscuros sin solapas. Cuando se disipa un poco el humo creo reconocerlos: ¡son ellos! Me giro para decírselo a mi hermana y cuando vuelvo a mirar hacia el rincón, solo quedan unos vasos vacios sobre la mesa y el humo de los cigarrillos.
Esa noche, todavía eufórico le cuento todo a Julito. El muy imbécil levanta los hombros y se pone a soplar en su clarinete en un claro gesto de desprecio. Sin embargo al día siguiente, intrigado, viene con nosotros a desayunar al bar. Al fondo, en la pared tras la mesa del milagro solo hay un poster con la foto de los cuatro Beatles. Mientras tomamos un café consigo que Julito escuche su música.
Hoy, dos años después he vuelto por Alicante. Paso por la casa de Julito y su madre me dice, que ha dejado la Banda Municipal y ha cambiado el clarinete por una guitarra eléctrica. Ahora, sigue diciéndome, toca en un grupo de Rock y termina todas las actuaciones con el TWIST AND SHOUT de LOS BEATLES en recuerdo de no sé qué amigo que le cambió la vida.
Y aquel maldito verano del sesenta y tres se convirtió en el verano más feliz de mi existencia.
Afortunadamente, querida Alicia, yo si llegué a LOS BEATLES.
(Para Alicia G. Arribas)




UN VIAJE EN EL TIEMPO
Federico Fayerman
25 de febrero de 2008

¡Tren rápido, con destino a Burgos, San Sebastián e Irún, se encuentra estacionado en vía 2. Efectuará su salida a las ocho horas y treinta minutos!
Ya dentro del vagón, Anastasio se acomodó en el largo asiento de plástico gris del compartimento. Lo hizo cerca de la ventanilla para no perderse nada del primer viaje largo que hacía en su vida. Acababa de cumplir once años y por fin iba a conocer el mar. Cierto es que a los dos años ya había estado en San Sebastián, pero como no lo recordaba era como si no hubiera sucedido nunca. Mientras Julián, su padre, se ocupaba de colocar las maletas en la repisa, su madre bajó la ventanilla y se asomó con la cara rebosante de felicidad, y agitando el brazo, lanzó una despedida al aire. Después, cuando el tren comenzó a moverse, se sentó frente a Anastasio y empezó a preparar los bocadillos.

--¡Mira Jorge, este pueblo es Alsasua; ya queda poco para llegar a San Sebastián!—dijo Anastasio a su hijo, pasándole un brazo por encima de los hombros. –Cuando yo vine las primeras veces, la línea férrea no estaba totalmente electrificada y el tren paraba aquí para cambiar la máquina de carbón por una eléctrica. Para entonces, todos los que habíamos ido asomados a las ventanillas llevábamos la cara tiznada del humo negro que soltaba la locomotora—
Jorge rió de buena gana tratando de imaginar a su padre con cara de deshollinador y apretó su cuerpo al de él. Anastasio alborotó con cariño la rubia cabellera de su hijo y se reconoció en él con treinta años menos.
Salió al pasillo tratando de evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Recordó la tarde, en que, desde el paseo de la Concha, cogido de la mano de su padre, vio el mar por primera vez y como bajó a la playa y anduvo descalzo por la orilla, con el corazón latiéndole a mil por hora. Recordó los veranos siguientes, el parque de Amara, donde, cosa insólita para aquellos tiempos estaba permitido pisar la hierba. La pequeña Plaza Easo, las caminatas por el Paseo Nuevo, que realmente lo era porque cada año tenían que repararlo a causa de la fuerza de las olas; los cangrejos cocidos que sus padres compraban en el puerto y las horas, que muchas tardes pasaba pescando en el espigón, al pie del Acuario. Pero sobre todo recordaba que allí fue donde, presenciando las regatas de traineras desde el balneario de La Perla, conoció a María, la que años más tarde se convertiría en su mujer y en la madre de Jorge, aunque esto último solo fuera por cinco días, que fueron los que ella tardó en morir tras dar a luz.
Tres meses más tarde, Anastasio abandonó San Sebastián y regresó a Madrid con su hijo. Ahora, diez años más tarde, Anastasio rompía la promesa que se hizo de no volver a la ciudad que tras haberle dado unos años de felicidad se los había arrebatado de golpe y para siempre. Quería, una vez superados todos sus rencores, enseñar a su hijo Jorge los lugares donde su madre y él mismo habían vivido la etapa más feliz de sus vidas.

--¡Tren Talgo, procedente de Madrid está haciendo su entrada por vía 1!—Anunciaban los altavoces en el andén de la estación de San Sebastián.
Jorge bajó despacio del vagón. Llevaba una voluminosa bolsa en la mano y un rictus de tristeza en el rostro. Volvió a reconocer ahora, veinte años después, el olor característico del rio Urumea con marea baja, el puente de María Cristina, el bulevar y los Jardines de Alberdi Eder. Recorrió el paseo de la Concha hasta Ondarreta acariciando el pasamano de su barandilla blanca y rugosa y subió en el funicular al Monte Igueldo. Desde el mirador, la bahía seguía ofreciendo la postal más maravillosa que unos ojos humanos hubieran visto jamás. Después regresó hasta el puerto y alquiló una pequeña barca fuera borda. Cuando llegó al centro de la ensenada pronunció en voz alta, a modo de epitafio, las palabras que oyó decir en algunas ocasiones a Anastasio, su padre:” los hombres no son de donde nacen si no de donde quieren morir”. Entonces abrió la bolsa, sacó la urna y lentamente sembró el mar con sus cenizas.




UNA MESA CON ZANCOS


Federico Fayerman
Tres de noviembre de 2008


Aquí estamos los granos
de todos los países,
orzuelos de miseria
en esta sociedad que llaman de consumo.
Aquí, codo con codo,
más de cuerpo presente
que en festín de abundancia.
Y aquí desesperamos
servidos a una mesa
lejanamente alta,
una mesa con zancos
que no alcanzan las manos
que se mueren de hambre,
aunque a bombo y platillo nos pregonen.
Fragmento del Poema de Pedro García Cabrera. “La mesa está servida”.


Baba está de enhorabuena. Toda la familia Gambele lo está. Por fin ha llegado el día de la partida. En la aldea se celebra una fiesta silenciosa, pero los rostros están serios, los ojos de los hombres y de las mujeres están a punto de dejar escapar lágrimas largamente contenidas. Ha llegado el día de la tan deseada y a la vez temida marcha hacia un desconocido y prometido futuro en mitad del océano, donde, según las noticias de los que marcharon antes, les espera una nueva vida y por qué no la felicidad de la que creen carecer en su tierra. Para la ocasión, tanto Baba como Mwana se han puesto sus mejores ropas.
Baba ayuda a Mwana a subir al camión y ambos se despiden de mama Jamila y de los cuatro pequeños. En la oscuridad de la carretera cubierta de baches, mientras inician el camino hacia la costa, treinta gargantas negras cantan en voz alta y rezan en voz muy baja.
Mwana se queda confuso con lo que ve. No es el puerto de Dakar el que aparece ante sus ojos, como le había dicho su padre, que ahora le mira de reojo con un gesto de decepción. Es Diogué, un poblado de aspecto tremendamente pobre, sin luz ni agua corriente. Por las calles, secándose al sol hay toneladas de pescado que desprenden un olor tan desagradable que incluso sus propios habitantes lo soportan a duras penas. --Tengo mucha suerte, --piensa Mwana, porque ya conoce, pese a tener solo diez años, otros pueblos, otro país, una playa de arenas doradas y sobre todo lo que hay detrás: el mar, --El océano, --le corrige Baba. Un enorme océano de aguas azules que llega hasta tan lejos que termina uniéndose al cielo.
Mamá Jamila y sus cuatro hijos que se han quedado con ella, han estado rezando por la noche. Pero ahora, cuando está a punto de amanecer salen todos a la carretera. Deberán recorrer diez kilómetros para recoger cacahuetes, como cada día en las tierras comunales. Después, cuando no haya más cacahuetes tendrán que sobrevivir recogiendo lo poco que quede en la tierra reseca. Cuando Baba los llame, al término de su viaje, desde el país que está en medio del océano, no tendrán que volver a preocuparse y la riqueza de la tierra que los acoja revertirá en todos ellos. Así al menos lo dice mamá Jamila mientras camina, tratando de protegerse de la plaga de moscas que este verano, como casi todos los veranos, ha invadido las tierras de su país.
Baba reserva un lugar en el centro del cayuco para Mwana, pero Mwana quiere sentarse cerca de la borda, para poder tocar el agua y Baba sonríe y le cambia de sitio. Varias horas después de zarpar, ya inmersos en la aventura, Mwana duerme acurrucado en los brazos de su padre.
Durante los siguientes días el tiempo pasa muy despacio, tan despacio que ya han agotado las historias que se cuentan unos a otros para distraerse. De vez en cuando Mwana se levanta y se estira subido en el descascarillado banco de madera y mira al horizonte. A veces le parece ver algo, pero es su imaginación la que le hace descubrir tierras, barcos o pájaros en la lejanía.
El encargado de repartir el agua y los víveres recorta cada día más las raciones y Baba comparte la suya con su hijo, que parece enflaquecer un poco cada hora que pasa.
A mitad de camino el mar se encoleriza. La barca trepa y se despeña sin control por mil torres encrestadas de agua salada. Baba sujeta a Mwana y trata de quitarle el miedo que él mismo no puede soportar. El viento y las olas arrancan los bancos de madera y el motor fuera- borda de la lancha. Cuando cesa la galerna solo queda una desvencijada nave vacía. A su alrededor, flotan una docena de ahogados. Eso es lo que ven desde el helicóptero de rescate, que con el girar de sus aspas, forma sobre el agua círculos que huyen de la macabra escena.
La noche, húmeda y calurosa ha sorprendido a Baba y a Mwana yaciendo en nichos sin embargo fríos. Están en bóvedas separadas porque nadie sabe que son padre e hijo. En las tapas, recién selladas con una pestilente masilla gris, el mismo empleado que los ha confinado ha escrito sus nombres con un rotulador negro: Desconocido. Desconocido. Y la fecha.
Mamá Jamila despierta a los niños. Hoy no hay trabajo, pero cada vez falta menos para que Baba los mande a buscar desde la tierra de promisión.
--Entonces seremos verdaderamente felices, --les dice. Y todos ríen.










VACACIONES DE VERANO
Federico Fayerman
25 de julio de 2007


J
ulio, sol, calor y playa. Es mediodía. José Canícula está sentado en su butaca. Sobre el asiento a rayas blancas y azules y bajo su trasero se intercala una toalla azul oscuro protectora. Sus pies del 44 surgen bajo la sombrilla y clavan sus talones en la fina y ardiente arena, al lado de una colilla de Marlboro. Tras las Rayban oscuras, sus ojos contemplan el mundo que le rodea. Al fondo de la contemplación hay un pelotón de triángulos de colores, recortados sobre el azul cielo del cielo y el verde mar del mar. Seccionados por la raya del horizonte inflan sus velas con glotonería.
Un poco más cerca de la playa, más mar verde mar. Otro poco más cerca hay cabezas que suben y bajan y que aparecen y desaparecen al ritmo del vals de las olas. Mas cerca aún, cuerpos que van y cuerpos que vienen empujados por la espuma blanca de las olas que acaban de romper.
En primer plano, infinidad de sombrillas surgidas a semejanza de hongos multicolores. Gente pasando de derecha a izquierda y de izquierda a derecha infatigablemente por el filo del agua, salpicándose entre ellos. Hombres canguro, con el bañador por debajo de la bolsa marsupial, mujeres con el bikini semioculto bajo los michelines, pepitos piscina marcando paquete bajo un mini bañador negro, tangas milimétricos en cuerpos de mujer sin cara. Y sobre todo tetas, muchas tetas ,. Grandes, pequeñas, caídas hacia abajo y caídas hacia arriba, bien y mal operadas, achicharradas, lechosas, oscilantes, desparramadas, furtivas, minúsculas, inexistentes, desafiantes, negras y bicolores.

A la derecha de José Canícula, sobre las rocas, pescadores de piel renegrida, con más moral que el alcoyano, sueñan con conseguir por fin este año su primera captura.
Medio metro delante de José Canícula, una pareja de unos cuarenta años, con dos niños de aspecto terrible, intenta clavar una sombrilla, como si no existiera mas espacio en la playa. Una vez conseguido empieza el desembarco. Tres toallas desplegadas sobre la arena; tumbona de tres cuerpos, cochecito de niño, bolsa de playa, bolsa conteniendo todo tipo de juguetes (cubo, pala, rastrillo, moldes diversos, balón hinchable, gafas de bucear, aletas, flotadores, churro), bolsa de comida para el pequeño, libros, barca de plástico, mini iglú, dos tablas de surf y colchoneta con forma de cocodrilo, todo ello desperdigado alrededor de la sombrilla que se ladea, sale volando y se estrella contra las piernas de un grupo de hombres que, brazos en jarras contemplan un juego de petanca desde hace horas.
Mientras el pequeño no cesa de llorar, el hermano mayor se dedica a llenar de arena las toallas pisoteándolas y a saltar sobre los flanes de arena que el padre construye al hermano menor.. Los gritos del padre ahogan los del hijo llorón y consiguen, sumándose al sonido de las voces de los demás playistas, al tole tole machacón del oleaje, a los gritos de los que juegan con las palas y al ritmo rapero de los coches tuneados que pasan en ese momento por la carretera, crear un ambiente de relajación impropio de unas vacaciones tan largamente deseadas.
Al lado de José Canícula, una mujer con el cuerpo brillante de copertone, come una manzana a grandes y sonoros mordiscos. Detrás, en la zona de nadie, en el blando y ardiente camino de vuelta al apartamento, las duchan babean apenas un hilo de agua tibia. Una larga fila de bañistas espera su turno para limpiar las patas metálicas de sus sillas.
Los chiringuitos de la zona están llenos a rebosar. Al nauseabundo aroma de la fritanga se le une el no menos repugnante perfume de sudor reconcentrado del tío de la camiseta heavy de tirantes, que basa su limpieza corporal en el baño diario en el mar. Apuntalado en la barra y fumando un purito a sotavento, el de los tirantes y la tripa cervecera está acompañado, inexplicablemente por una mujer mucho más joven que el, con mini falda, escote liberal y zapatillas de esparto con cuña. Para dar fe de que es su pareja, al lado tienen aparcado un cochecito en el que, un chupete que sube y que baja sin parar, medio tapa la cara de un bebé sudoroso y aletargado.
En la mesa de al lado, una familia guiri, compuesta por cuatro o cinco adultos y cuatro o cinco niños, se zampan sin pestañear otros tantos platos combinados del número 4, compuestos de una esmerada selección de hamburguesa, salchichas, huevo frito y patatas fritas. Todo ello bajo una capa espesa de tomate ketchup.
José Canícula, recoge el campamento y vuelve a su apartamento. De no ser por su orientación oeste, por ser un ático, por no tener aire acondicionado y por tener que aguantar hasta las cuatro de la madrugada a que cierre el escandaloso bar de abajo para poder dormir, sería un lugar ideal para descansar. Se consuela pensando que solo le quedan catorce días de vacaciones pagadas.











VEINTITRES DE DICIEMBRE (Cuento de Navidad)
Federico Fayerman
12 de diciembre de 2007

Mis primeros recuerdos me sitúan con siete años en el muelle abarrotado de un puerto de mar; me hablan de gritos, carreras, empujones; me traen la imagen de mi madre agarrándome con fuerza de la mano, tirando de mí y a la vez de ella misma.
Tropiezo continuamente con el adoquinado y cada vez que lo hago mi madre me aprieta la mano con más fuerza. A veces finjo que tropiezo solo para notar su presión protectora.
Ella no se da cuenta porque el dolor que siente le impide pensar. Tiene los ojos colmados de lágrimas y fijos en el barco anclado al final del embarcadero.
El barco es negro y me parece muy largo y estrecho, con una chimenea enmohecida en el centro. Tiene grúas delante y detrás y sus anclas son como enormes pendientes de mujer.
Mi madre me abraza, me besa una y otra vez, me hace daño de tanto apretujarme y cuando subo por la empinada rampa de madera me vuelvo y la veo, arrodillada en el suelo encharcado. Después se me desvanece entre una marea humana que empuja.
Antonia es una mujer de unos cuarenta años. Es viuda desde hace diez, es morena, con algunas canas y bastantes curvas disimuladas bajo una bata rosa de estar por casa. Tiene unos grandes ojos castaños aunque su mirada triste hace que parezcan más pequeños. Mientras me sirve una taza de té, sentados en el sofá granate del salón de su casa, noto su pulso alterado a través del tintineo de la taza contra el plato cuando me lo ofrece. Bebemos a pequeños sorbos. Me gusta Antonia. Trato de imaginar cómo sería mi vida con ella, olvidándome de la soledad pasada, sintiéndome querido por fin. Quizás ella está pensando lo mismo, porque me observa callada y muy seria mientras hablo. En realidad está callada casi desde que llegué a su casa hace algunas horas.
--Cuando llegamos a Leningrado--sigo con mi monólogo--, era noche cerrada. Las calles estaban cubiertas de nieve helada y se me hacía muy difícil caminar y mantenerme de pie. Formábamos una larguísima fila de niños tiritando y resbalando a cada instante como si fuéramos inestables fichas de dominó--.
Le cuento mi vida en Rusia y posteriormente en Cuba. Le cuento que el recuerdo de mis padres, a través de una vieja fotografía cuarteada por el paso de los años, es una de las pocas cosas que me han mantenido ilusionado con un retorno a mis raíces. Le explico que la dirección anotada al dorso de la fotografía es lo que me ha permitido llegar a su casa. Antonia habla por fin y me cuenta que mis padres estuvieron escondidos aquí nada más acabar la guerra. Que un año antes, en el 38, decidieron enviarme a Rusia hasta que la contienda terminara; Que según su madre, que fue quien les ocultó, no volvió a saber nada de ellos; que antes de partir dejaron una maleta no sabe con qué contenido pues nunca la abrieron; Y que esa maleta todavía está en el mismo sitio donde la guardaron.
La noticia me devuelve mucha de la ilusión perdida durante casi cuarenta años en soledad. Buscamos en las estanterías del pequeño aseo que hace también las veces de trastero hasta encontrarla. Subida en lo alto de la escalera, Antonia me mira y me sonríe. Coge la maleta y me la da. También un montón de cartas sin abrir. Llevo la maleta casi a rastras hasta el salón. Es pesada incluso para un hombre fuerte como yo. La dejo sobre la alfombra, desato la correa que la bloquea y la abro.
Seguimos conversando durante varias horas más, hasta que se hace de noche. Entonces me levanto despacio, como si me costara dar ese paso y la beso con timidez en la mejilla. Guardo las cartas en la maleta, la cojo y me dirijo a la puerta de la calle.
En el descansillo me vuelvo una vez más hacia ella tratando de esbozar una sonrisa, que más que una sonrisa es una mueca de infinita tristeza. Bajo la mirada al suelo y desaparezco tras el recodo de la escalera. Antonia se asoma por el hueco y me grita:--¡Mañana es Nochebuena y mi mesa estará vacía. Me gustaría que vinieras a cenar conmigo! Luego baja la voz.-- Si tú quieres--.

2 comentarios:

fernando dijo...

bravo Fayer! acabo de zambullirme unos minutos para descansar del mundo y rodearme del olor de las buenas palabras.
También lo leen Vicente Cerezuela y J.Mª Seoane

hatoros dijo...

COMO SIEMPRE COONUDO. ESA SENSACIÓN QUE TE QUEDA AL LEERTE DE TERNURA.
BRAVOHIJOPUA.