viernes, 20 de febrero de 2009

PURO CELULOIDE

Federico Fayerman
24 de noviembre de 2008


Son las doce de la noche y en el salón, sentados frente al televisor, nadie se mueve. La película está terminando. Estrujados los tres en el mismo sofá contienen el aliento. Charo cierra los ojos mientras con se agarra con fuerza al brazo de Luis. Elenita ha metido la cabeza bajo el hombro de su madre y se tapa los oídos con ambas manos. Luis espera intrigado el final. En el recién inaugurado videoclub, donde ha alquilado la película, las de terror están de oferta. Según la pálida y enlutada vendedora, son realitys de producción propia y al alquilarla participan en un sorteo. No le ha dicho en qué consiste.
La cámara propone un plano general donde se ve una pequeña aldea, apenas una veintena de casas de piedra cubiertas por planchas de pizarra.
En las calles, de tierra y aristas, todavía se aprecian las marcas de las ruedas de los carros que han estado transportando el trigo.
Desde la era hasta el molino.
Al borde del río.
Un rio huraño que ansía la visita de las primeras aguas que le envíen las montañas cercanas.
Está anocheciendo y las calles están desiertas. El cielo cubierto anuncia lluvia, y las chimeneas humeantes invitan a recogerse.
A la derecha del plano, en el bosque, los robles guardan parte de su follaje para sobrevivir al invierno. También hay pinos que se han desprendido hace tiempo de sus frutos y sus agujas.
La cámara desciende lentamente acercándose a la fronda hasta que las hojas de los arboles se funden sobre su objetivo.
Ahora capta una escena interior. Remigio y su familia están reunidos frente a la lumbre con la vista puesta en el puchero burbujeante.
En silencio.
Sopa y pan para cenar. Y algo de matanza.
La cámara recorre una por una sus caras ruborizadas y gira hacia una ventana. Se acerca a ella. A través de uno de los pequeños cuadrados de cristal se insinúa en el exterior la estirada y siniestra figura de un hombre, recortada sobre la sombría tarde que cae.
Golpes en la puerta y, en el siguiente plano corto, la cámara plasma los destellos del hacha que porta el desconocido en su mano derecha.
La puerta se abre y la cámara retrocede dejando sitio a Remigio que cae hacia atrás con la cabeza destrozada.
Como acobardado en un rincón, el objetivo retransmite la persecución del asesino al resto de la familia, y cómo, a golpes de hacha ensangrentada, termina con la vida de todos ellos.
Después, lentamente, el homicida se sirve un tazón de sopa caliente y la sorbe a pequeños tragos.
Sentado frente a la chimenea salpicada.
Cuando las primeras gotas de lluvia empiezan a caer sobre el pueblo, ya desde la calle, la cámara, utilizando un trávelin, acompaña al verdugo hasta la salida del pueblo.
A la altura de la última casa el criminal se para y vuelve la cabeza. La cámara, ahora fija en su trípode lo ve por fin alejarse hasta que desaparece. Ha sido testigo de la tercera matanza que el psicópata del hacha ha cometido desde que se escapó del psiquiátrico.
El timbre del móvil coincide con un apagón general. Luis, guiado por la luz de la pantalla del teléfono, lo coge y contesta.
--Les llamo del videoclub. ¿Han terminado de ver la película?
--Hace apenas un minuto…
--Solo quería comunicarles que han sido ustedes elegidos como protagonistas de la nueva producción y el rodaje va a comenzar ya. Cierren bien las puertas de su casa y miren por la ventana. Tienen visita.
¡SEGUNDOS FUERA!

Federico Fayerman
Seis de febrero de 2009


--¡Cuidado con su zurda, gira siempre hacia la derecha y mantenlo a distancia con jabs y uno-dos! --se oye a Ben, el preparador de Kid Martin dar las últimas instrucciones a su pupilo. Va a comenzar el decimosegundo y último round del combate que enfrenta al aspirante Kid Martin (calzón rojo) y al campeón Fred Morris (calzón negro) por la corona mundial de los welters. A sus treinta y siete años es la última oportunidad que se le presenta a Kid de conseguir el título.
Se levanta, flexiona las piernas y hace rechinar las suelas de sus zapatillas sobre la lona.
Al grito de --¡segundos fuera! –Ben recoge la banqueta, el cubo y la esponja y con la toalla sobre sus hombros se escabulle entre las cuerdas.
--¡Suerte! --grita Lola.
Cuando suena la campana, Kid empuja con el guante izquierdo el protector dentro de la boca y acude al centro del ring.
--“El público no puede contener la emoción y se pone en pie, --transmite el speaker --Los tres últimos minutos prometen ser dramáticos. Ambos púgiles sangran por las cejas y sus rostros están amoratados por el terrible castigo que se han infringido durante el combate que en apariencia está muy igualado; Se enfrentan y chocan los guantes; Kid gira constantemente alrededor de Morris cediéndole la iniciativa y tratando de huir de sus demoledores puños. La guardia invertida de su rival le está poniendo en graves aprietos. Tras un intercambio de golpes en el centro del cuadrilátero, Morris parece tomar ventaja en los puntos lo que hace que Kid ataque ahora alocadamente y reciba un par de contras en la cara, que terminan de cerrarle el tumefacto ojo derecho”--.
Con el ojo bueno, Kid recorre la primera fila de sillas hasta que encuentra a Lola. Ella le proporciona el apoyo y la fuerza que necesita para aguantar el castigo al que le está sometiendo su rival. Se abraza a Morris.
--¡Break!, --grita el árbitro y los dos púgiles tratan de separarse con las escasas fuerzas que les quedan. --¡Break, Break! --Y finalmente el árbitro es el que los empuja y consigue que se suelten.
Morris persigue a Kid por todo el ring lanzándole directos y crochets. A la cara, a los riñones, otra vez a la cara hasta que Kid cae a la lona tras golpearse con las cuerdas.
--¡Descansa hasta ocho, no te levantes hasta la cuenta de ocho!
Kid se levanta y el árbitro le sujeta por los guantes. --¿Cómo se encuentra?, --le pregunta; Kid asiente con la cabeza y el árbitro indica a ambos púgiles que continúen el combate.
Durante el siguiente minuto Kid se cubre la cara con los guantes y los antebrazos y a la menor ocasión se agarra a Morris. Mira a Ben que tiene la toalla en la mano. Le niega con la cabeza, le suplica que no la lance al ring.
--¡De acuerdo! --grita el preparador de Kid, --¡entonces inténtalo!--
Ahora bajo la guardia y él va a intentar pegarme con su zurda… doy un paso atrás… le dejo fuera de distancia, le esquivo…y le lanzo un crochet con todas mis fuerzas.
Un paso atrás… le dejo fuera de distancia, esquivo el golpe y lanzo el crochet a su rostro… Morris se tambalea y entonces le conecto un cross de izquierda al estómago… cuando se dobla lo derribo con un uppercut a la mandíbula… Morris está tumbado en la lona con los ojos cerrados y el protector manchado de sangre fuera de su boca… El árbitro se ha quedado mudo como el resto del público, pero puedo leer en sus labios la cuenta: ocho, nueve, diez, K.O...Levanto los brazos hacia el alto techo del pabellón y cegado por cientos de focos grito de júbilo por mi victoria.
Lola, ¿dónde estás?, ¡sube al ring para celebrarlo conmigo! ¡Ya soy el campeón y ahora somos ricos! Te prometo que vamos a casarnos por fin y te voy a llevar a París y a Nueva York y adonde quieras ir. ¡Porque soy el campeón, soy el campeón!
Los cachetes de Ben le hacen volver en sí. Kid abre el ojo izquierdo. No hay altos techos, ni público en pie aclamándolo, ni cientos de luces que le deslumbran. Solo una bombilla de sesenta vatios, en una pequeña lámpara que oscila sobre su dolorida cabeza y que pasea sombras derrotadas de un lado al otro del vestuario. Y niebla. Y dolor.
A la derecha de la camilla está Ben limpiándole la sangre de la cara con una toalla húmeda. A la izquierda, Lola. Los guantes, abandonados en el suelo. El título, el dinero, París y Nueva York han huido a lomos de su sueño.
Solo los sollozos de Lola fragmentan el silencio.
ROSI ES TODO AMOR
Federico Fayerman
Veinticuatro de enero de 2009

¡Rosi!
¡oh Rosi!
¡Que bonita es Rosi
¡Todo en ella es amor!
La conocí en la carretera. Iba en un coche azul a toda velocidad. Me adelantó y la miré y después la adelanté yo. Me volvió a adelantar y así anduvimos durante muchos kilómetros. Por fin paró en una gasolinera y yo lo hice detrás.
Hablamos mientras cargaba de gasolina su Mini y rechazó una invitación en el bar. Seguimos. Yo detrás de ella hasta que paró otra vez. En el Parador de Turismo. Allí me aceptó una copa y hablamos. Después otra y se puso bastante contenta.
¡Que bonita es Rosi cuando ríe,es un amor!
Pronto se hizo de noche y me dijo que no le gustaba conducir con poca luz, así que cenamos en el restaurante con una flor blanca de tallo muy largo y una vela encendida en el centro de la mesa y con un camarero pesado que no paraba de retirarnos los platos y los cubiertos, para cambiarlos por otros limpios y rellenarnos los vasos de vino, cada vez que bebíamos un trago. Hasta la servilleta me cambió porque se me había caído al suelo. Hablamos. Me contó que iba a reunirse con unos amigos de Valencia para pasar el fin de semana en un festival de música. Me habló de los cantantes que iban a actuar allí: Leonard Cohen, The Kills, Morrissey, New York Dolls… pero yo no conocía a ninguno. También me dijo que sus padres pensaban que estaba en Madrid en casa de una amiga enferma. Me hizo una seña de que estuviera en silencio y los llamó por el móvil para decirles que se iba a quedar a dormir en casa de su amiga y cuando colgó me dirigió una mirada pícara y me preguntó a donde me dirigía. Le dije que solamente había salido a la carretera para hacerle unos kilómetros al coche que acababa de comprarme y que cuando la vi se me olvidó que tenía que volver. No pude mentirle y le dije que estaba casado pero mi mujer desapareció un día y nunca supimos mas de ella. Le conté que yo trabajaba en una atracción de feria y que recorría los pueblos, durante los días de las fiestas patronales que en verano eran muy corrientes en toda la provincia. También le dije que este trabajo me permitía conocer a muchas mujeres, pero ninguna era tan bonita como ella. Ella era la más guapa de todas. Le dije que me gustaba su pelo negro, sus manos blancas y sus dedos un poco gordinflones. Que era muy simpática y que sus ojos me miraban riéndose como yo nunca había visto igual. Ella no se atrevía o no quería decirme qué le gustaba de mí. A lo mejor es que no le gustaba nada, pero supongo que prefería no decírmelo por timidez o para no molestarme ya que la había invitado a cenar. Se lo dije antes de sentarnos.
Entre plato y plato se levantó y fue al lavabo. Tardó mucho, y sentí miedo de que se hubiera ido, así que fui a buscarla. No estaba en los aseos y cuando volví la encontré sentada otra vez a la mesa. Me dijo que había ido a preguntar en conserjería si había una habitación libre porque no pensaba seguir el viaje hasta el día siguiente.
Terminamos la cena y pedimos una copa en la sala de la televisión pero allí no se podía hablar así que cogimos los cubatas y nos salimos a la calle. Nos sentamos en unas escaleras anchas de baldosas rojas y ella se agarró a la barandilla con una mano mientras bebía con la otra. Estuvimos un buen rato mirando la carretera que pasaba por delante de nosotros. Eran ya las once de la noche pero la circulación aún era intensa. Me propuso jugar a contar los coches que iban en uno u otro sentido y allí estuvimos contado coches hasta que nos cansamos. Ganaron los que circulaban hacia Valencia. Entonces le dije que si quería dar una vuelta por los alrededores y me dijo que sí. Estaba muy oscuro aunque se podía ver algo gracias a los faros de los automóviles y a la luna que estaba casi llena. Detrás del parador le pedí un beso y me lo dio.
¡Dios, que bonita es Rosi!
¡Nunca me había besado una chica como Rosi!
¡Es todo amor!
Regresamos al parador y nos besamos en las escaleras rojas, en la recepción, en la barra del bar y muchas veces más. Pedimos otro cubata y Rosi estaba mareada de tanto alcohol. Yo también. Pedí la llave en el mostrador y la acompañé a su habitación. Esto fue todo lo que pasó.
¡Seguro que está durmiendo todavía en la habitación, está durmiendo cruzada en la cama, con el pelo colgando casi tocando el suelo, como recuerdo que la dejé!
¡Es tan bonita, es la chica más bella que he visto en mi vida!
Ni siquiera le toqué un pelo, lo pueden comprobar!
¡Ni siquiera hicimos el amor para que no pensara que la quería violar!
¿Por qué insisten en que está muerta y que yo la he matado?
¡Ella duerme aún. Pueden ver que aún es virgen!
Solo estuvimos hablando. Hablamos toda la noche. Estuvimos conversando de música, de sus amigas y del chico que la pretendía. Pero el chico era muy infantil y a Rosi le gustan un poco mayores, según me dijo.
¡Y ella insistía e insistía en que quería seguir siendo virgen!
¡Rosi!
¡oh Rosi!
¡Que bonita es Rosi!
¡todo en ella es amor!
MARTES y TRECE


Federico Fayerman
Diecinueve de enero de 2009


Marcos ayudó a su mujer y a sus hijos a subir al tren. Eran las diez y cuarto de la noche y la estación del Carmen de Murcia estaba casi vacía. No fue complicado encontrar tres asientos libres, ya que la pequeña Cati iría en brazos de su madre. Marcos, después de colocar las maletas en el altillo, pudo por fin sentarse y descansar. La guerra había terminado y con ello el destierro que había sufrido su familia durante dos largos años. Vuelta a Madrid para reencontrarse con los padres y los hermanos que habían permanecido en la capital.
Martes, trece. Todos los amigos de Marcos le habían aconsejado no viajar ese día. Pero Marcos no creía en supersticiones y además deseaba ver cuanto antes a los suyos. Después de haber sobrevivido a la contienda no podía pensar ni remotamente en dejarse convencer --pese a la insistencia de algunos vecinos-- de que pospusiera el viaje para día siguiente.
Y La Parca acudió a la cita con el tren de las diez y cuarto. Treinta muertos y más de cien heridos. Miércoles, catorce.
Solo Dios dice a La Muerte cuándo debe ejecutar su penoso trabajo.
EL ASCENSOR Y EL ALFANJE


Federico Fayerman
Tres de enero de 2009


Me llamo Jorge, tengo 33 años y estoy recién divorciado. Ahora, después de ocho años he regresado a casa de mis padres. ¿He vuelto en busca de mi infancia?
El reencuentro con el pasado no me ha supuesto mejorar mi estado anímico sino más bien todo lo contrario. No sé si por el hecho de considerar un fracaso mi experiencia matrimonial y un tiempo perdido que no sé si seré capaz de recuperar, me ha hecho rebajar mi autoestima que ya de por sí era bastante baja. No tengo ganas de ir a trabajar y me paso los días revolviendo en los recuerdos que dejé abandonados en estas habitaciones hace años.
Sin embargo mis padres están felices de tenerme otra vez con ellos. Parece como que hubieran recuperado a un hijo pequeño, pues me colman de regalos y no se van a dormir sin darme el preceptivo beso de buenas noches. Se preocupan si salgo después de cenar, aunque esas salidas nocturnas son muy escasas.
Y encima estos malditos sueños de ascensores. Si, pueden parecer una tontería, pero los sueños se repetían desde que siendo un niño me quedé encerrado en un montacargas durante más de una hora, a oscuras, colgado entre el cuarto y el quinto piso. Esos sueños en los que me veía subido en un ascensor sin paredes, que se balanceaba sin ofrecerme lugar alguno donde poder agarrarme, o aquellos otros sueños donde el ascensor de turno subía y subía y se pasaba incomprensiblemente del último piso, no eran para mí ninguna sandez. Solía despertarme sobresaltado, con el estómago encogido y temiendo volver a dormirme por si se repetían.
Afortunadamente estos sueños no habían vuelto en los últimos años, justamente los que llevaba fuera de casa. Pero hace varios días me volví a quedar encerrado en el ascensor y seguramente esto los ha hecho regresar. Esa noche tuve un nuevo sueño y me desperté justo en el momento en que el ascensor se precipitaba al vacío. No llegué a gritar porque me faltó aire para hacerlo. Abrí los ojos a la semioscuridad de mi dormitorio y me incorporé sobre la almohada para tratar de recuperar la respiración. Una débil luz proveniente de las farolas de la calle penetraba por las rendijas de la persiana a medio cerrar. La puerta, entornada, también dejaba pasar algo de claridad. Mi perro Doff abrió un ojo y gruñó pero siguió durmiendo sobre la colcha caída a los pies de la cama.
Todavía alterado escuché un ruido que procedía del comedor. El chasquido del picaporte y el arrastrar de la puerta del balcón me produjeron un escalofrío que se paseó por todo mi cuerpo. Varios hombres hablaban en voz baja, pero yo no podía entender lo que decían. Eran sin duda extranjeros. Supuse que ladrones, o amigos de lo ajeno como recordaba que solía llamarles mi padre. ¿Y por qué no asesinos? Pensé en mis padres, que debían estar durmiendo en su habitación al otro lado del pasillo. Posiblemente ellos lo habrían escuchado también y estarían levantándose para ver qué pasaba. Yo no me atreví. Me limité a oír a los ladrones recorriendo la casa y supongo que despojándonos de todo lo que tuviera valor. Entonces vi una sombra emerger de debajo de la puerta de mi cuarto, y esta comenzó a abrirse. Me deslicé bajo las sábanas y me cubrí la cabeza. Oí como Doff se levantaba y salía de la habitación, ladró furiosamente durante unos segundos y después no volví a oírle. Contuve la respiración durante unos interminables segundos hasta que escuché nuevamente como cerraban la puerta, pero esta vez del todo. Dejé pasar el tiempo mientras percibía el ir y venir sigiloso de los ladrones. Entonces recordé que estaba solo en la casa, que mis padres habían salido esa noche a una fiesta y seguramente no habrían vuelto aún. Debajo de las sábanas consulté mi reloj de manillas fluorescentes, Las dos y media.
No entiendo porqué, pero me sentí por primera vez desde hacía años desprotegido y a la vez avergonzado, pero mis músculos no me permitían moverme. Poco a poco los ruidos se fueron apagando y yo seguí inmóvil. Empecé a relajarme y me quedé, sin querer, profundamente dormido. Entonces comencé a soñar de nuevo. Esta vez por fortuna no había ascensores. Yo era un guerrero cristiano que luchaba contra una banda de ladrones barbudos con elegantes turbantes sobre la cabeza. Portaban afilados alfanjes y me rodeaban. Eran tres pero ni aún así conseguían vencerme. Salté sobre mi caballo, que curiosamente era Doff, y emprendí la huída llevando en la grupa a mi dama, que también curiosamente se parecía mucho a mi ex mujer y a la que había salvado de los fieros sarracenos que la tenían secuestrada. Estos sí que eran los sueños que a mí me gustaban de niño. Tras una veloz cabalgada paramos en lo alto de la montaña y saltamos al suelo. Mi dama me rodeó el cuello con sus largos brazos y bajo la atenta mirada de mi caballo/perro Doff me besó profundamente en señal de agradecimiento.

La voz de mi madre, gritando desde el salón me despertó. Recordando lo ocurrido durante la noche y temiéndome lo peor brinqué de la cama y todavía con un dulce sabor en los labios salí al pasillo. Agarrada a la cintura de mi padre, con una sonrisa de oreja a oreja y con Doff sentado a su lado, mi madre me mostraba los regalos que me habían dejado esa noche los Reyes Magos.