viernes, 20 de febrero de 2009

EL ASCENSOR Y EL ALFANJE


Federico Fayerman
Tres de enero de 2009


Me llamo Jorge, tengo 33 años y estoy recién divorciado. Ahora, después de ocho años he regresado a casa de mis padres. ¿He vuelto en busca de mi infancia?
El reencuentro con el pasado no me ha supuesto mejorar mi estado anímico sino más bien todo lo contrario. No sé si por el hecho de considerar un fracaso mi experiencia matrimonial y un tiempo perdido que no sé si seré capaz de recuperar, me ha hecho rebajar mi autoestima que ya de por sí era bastante baja. No tengo ganas de ir a trabajar y me paso los días revolviendo en los recuerdos que dejé abandonados en estas habitaciones hace años.
Sin embargo mis padres están felices de tenerme otra vez con ellos. Parece como que hubieran recuperado a un hijo pequeño, pues me colman de regalos y no se van a dormir sin darme el preceptivo beso de buenas noches. Se preocupan si salgo después de cenar, aunque esas salidas nocturnas son muy escasas.
Y encima estos malditos sueños de ascensores. Si, pueden parecer una tontería, pero los sueños se repetían desde que siendo un niño me quedé encerrado en un montacargas durante más de una hora, a oscuras, colgado entre el cuarto y el quinto piso. Esos sueños en los que me veía subido en un ascensor sin paredes, que se balanceaba sin ofrecerme lugar alguno donde poder agarrarme, o aquellos otros sueños donde el ascensor de turno subía y subía y se pasaba incomprensiblemente del último piso, no eran para mí ninguna sandez. Solía despertarme sobresaltado, con el estómago encogido y temiendo volver a dormirme por si se repetían.
Afortunadamente estos sueños no habían vuelto en los últimos años, justamente los que llevaba fuera de casa. Pero hace varios días me volví a quedar encerrado en el ascensor y seguramente esto los ha hecho regresar. Esa noche tuve un nuevo sueño y me desperté justo en el momento en que el ascensor se precipitaba al vacío. No llegué a gritar porque me faltó aire para hacerlo. Abrí los ojos a la semioscuridad de mi dormitorio y me incorporé sobre la almohada para tratar de recuperar la respiración. Una débil luz proveniente de las farolas de la calle penetraba por las rendijas de la persiana a medio cerrar. La puerta, entornada, también dejaba pasar algo de claridad. Mi perro Doff abrió un ojo y gruñó pero siguió durmiendo sobre la colcha caída a los pies de la cama.
Todavía alterado escuché un ruido que procedía del comedor. El chasquido del picaporte y el arrastrar de la puerta del balcón me produjeron un escalofrío que se paseó por todo mi cuerpo. Varios hombres hablaban en voz baja, pero yo no podía entender lo que decían. Eran sin duda extranjeros. Supuse que ladrones, o amigos de lo ajeno como recordaba que solía llamarles mi padre. ¿Y por qué no asesinos? Pensé en mis padres, que debían estar durmiendo en su habitación al otro lado del pasillo. Posiblemente ellos lo habrían escuchado también y estarían levantándose para ver qué pasaba. Yo no me atreví. Me limité a oír a los ladrones recorriendo la casa y supongo que despojándonos de todo lo que tuviera valor. Entonces vi una sombra emerger de debajo de la puerta de mi cuarto, y esta comenzó a abrirse. Me deslicé bajo las sábanas y me cubrí la cabeza. Oí como Doff se levantaba y salía de la habitación, ladró furiosamente durante unos segundos y después no volví a oírle. Contuve la respiración durante unos interminables segundos hasta que escuché nuevamente como cerraban la puerta, pero esta vez del todo. Dejé pasar el tiempo mientras percibía el ir y venir sigiloso de los ladrones. Entonces recordé que estaba solo en la casa, que mis padres habían salido esa noche a una fiesta y seguramente no habrían vuelto aún. Debajo de las sábanas consulté mi reloj de manillas fluorescentes, Las dos y media.
No entiendo porqué, pero me sentí por primera vez desde hacía años desprotegido y a la vez avergonzado, pero mis músculos no me permitían moverme. Poco a poco los ruidos se fueron apagando y yo seguí inmóvil. Empecé a relajarme y me quedé, sin querer, profundamente dormido. Entonces comencé a soñar de nuevo. Esta vez por fortuna no había ascensores. Yo era un guerrero cristiano que luchaba contra una banda de ladrones barbudos con elegantes turbantes sobre la cabeza. Portaban afilados alfanjes y me rodeaban. Eran tres pero ni aún así conseguían vencerme. Salté sobre mi caballo, que curiosamente era Doff, y emprendí la huída llevando en la grupa a mi dama, que también curiosamente se parecía mucho a mi ex mujer y a la que había salvado de los fieros sarracenos que la tenían secuestrada. Estos sí que eran los sueños que a mí me gustaban de niño. Tras una veloz cabalgada paramos en lo alto de la montaña y saltamos al suelo. Mi dama me rodeó el cuello con sus largos brazos y bajo la atenta mirada de mi caballo/perro Doff me besó profundamente en señal de agradecimiento.

La voz de mi madre, gritando desde el salón me despertó. Recordando lo ocurrido durante la noche y temiéndome lo peor brinqué de la cama y todavía con un dulce sabor en los labios salí al pasillo. Agarrada a la cintura de mi padre, con una sonrisa de oreja a oreja y con Doff sentado a su lado, mi madre me mostraba los regalos que me habían dejado esa noche los Reyes Magos.

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