domingo, 1 de marzo de 2009

MEMORIA DE TERCIOPELO

Federico Fayerman
Veintidós de febrero de 2009


Anoche soñé con Baba.
Pasé la mano a través de la reja y descorrí el pasador. Los goznes oxidados chirriaron de olvido. Atravesé el jardín hasta las escaleras. A medio camino levanté la cabeza y la vi en la ventana. Tras el cristal. Su pelo blanco y sus gafas. Me miraba seria. Como era, como la recordaba. Detrás de ella la silueta de mi padre algo difusa. También serio. Como era. Como le recordaba a él también.
La casa. Techos altos y brillantes lámparas de araña llorando lágrimas de vidrio. Puertas de iroko y suelos de nogal. Tresillos de terciopelo rojo y mesitas de forja y mármol. La escalera, al fondo del recibidor, en penumbra, con sus escalones curvados en el centro por el peso de los años.
Entré en el salón. Estaba como lo recordaba. Con sus dos aparadores de raíz coronados por grandes espejos biselados. Sentado en una silla tapizada, al lado del samovar, estaba mi tío. Al verme se levantó, alto y serio, tal como vive en mi memoria. Y me besó. En el centro del salón, rodeada de todo el mundo estaba Baba. Mi abuela. No aparentaba más de cuarenta años, rubia, con el pelo ondulado por la permanente recién hecha. Delgada y muy guapa. La veía caminar con un vestido largo que ocultaba una cojera imaginaria que solo existía en mi sueño.
Se sentó sobre un arcón rectangular cruzando las piernas. Sostenía una taza de té en su mano derecha y repartía sonrisas a su alrededor. Hablaba con todos. Me acerqué y la besé y ella, sin levantarse, me abrazó suave, sin rozarme casi y me dijo que olía muy bien. --No me pongo nunca colonia –le dije, --entonces hueles a ti, y ahora a mí, me respondió. --Me ruboricé y ella se rió, suave, como sus abrazos. Y su cara se tornó dulce.
La mesa del salón había desaparecido y su lugar lo ocupaban amigos y familiares que hablaban sin cesar. Pero salvo a mi tío y a mi primo Mario no reconocía a nadie. Mario me recordaba, mientras subíamos, los juegos en la azotea, cuando nos escondíamos en el pequeño gallinero que construyó allí nuestro abuelo y que nunca tuvo gallinas. El abuelo enfermaría de cáncer y moriría a los pocos meses.
Nos sentamos en el pretil y nos asomamos al Retiro. La terraza estaba a unos diez metros de altura y esa sería la distancia que recorrería nuestro perro Doff cuando, subido a este mismo pretil, se cayera a la calle una mañana de junio varios años después.
Bajamos al sótano por la escalera gastada y oscura. En el primer rellano había dos altos veladores de tres patas que nos hicieron imaginar antiguos juegos de espiritismo. Descendimos hasta el cuarto de la calefacción, negro del carbón y con un penetrante olor a resina de las teas apiladas contra la pared. Todavía recuerdo el miedo que me producía el ruido de la caldera, cuando Baba me enviaba a comprobar la presión del manómetro. A su izquierda, el salón donde mis abuelos daban fiestas cada año en verano. Cuando correspondía. Una puerta de doble hoja lo comunicaba con el jardín repleto de macizos de flores, enmarcados con bordillos de azulejos de cerámica añil, y rodeados por pasillos de baldosas de barro cocido.
La fuente, también de azulejos añiles y blancos contenía el dibujo de una gran estrella que según decía mi padre nos protegía a todos. El agua de su caño, siempre a la sombra bajo el balcón de la entrada principal, se ofrecía deliciosamente fresca en verano.
Durante esas fiestas, mis abuelos y sus invitados cenaban y después algunos bailaban tangos y foxtrots durante toda la noche, al son de los negros discos de pasta, que giraban a setenta y ocho revoluciones en un gramófono de La Voz de su Amo. Yo los veía bailar desde la pequeña ventana abierta, que trasmitía el olor de los jazmines hasta el salón. A veces, alguna pareja de los más jóvenes salían a pasear entre las flores y las sombras y sentados en el banco de azulejos o al pie del eucaliptus centenario se besaban. Bajo la parra de diminutas uvas ácidas, los mayores se reunían unos frente a otros, sentados en sillas de madera y hablaban y hablaban y hablaban.
Subimos de nuevo al salón donde mi abuela seguía riendo y, disimulando la cojera caminaba hasta sentarse en un sillón de terciopelo gastado, que alguien le había cedido cortésmente. La encantaba verse rodeada y agasajada. Mi tío seguía sentado en la misma silla, cerca del samovar, bebiendo té.
Me fui de la casa sin despedirme, atravesé el jardín y antes de abrir el cerrojo de la cancela me volví hacia la ventana. Mi abuela seguía mirándome tras ella con su pelo blanco y sus gafas de gruesos cristales. Y entonces me pareció ver que me sonreía. Sí, estoy seguro, me sonreía. Así la recordaré. Detrás de ella vi la cabeza de mi padre que giraba y desaparecía.
Ya era de noche cuando me alejé por la calle de casa de Baba. No miré atrás. Era consciente de que su casa hacía muchos años que ya no existía.

1 comentario:

hatoros dijo...

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