viernes, 17 de abril de 2009

NARRACIONES VENÉREAS
Federico Fayerman
Doce de abril de 2009
Pero no todo fueron fantasías infantiles. Treinta años después de acabar la guerra contra los wiganes, Anastasio Fuentes iniciaba junto a otros once astronautas el primer viaje a Venus.
La nave, una Soyuz de última generación aterrizó a las afueras de una gran urbe, que en el horizonte venusiano ofrecía una imagen insólitamente habitual a los ojos de los recién llegados. Un perfil prosaico, formado por sus edificios de hormigón, vidrio y ladrillo, similares a los que llenaban las ciudades de la Tierra.
Caminaron hasta las primeras casas que al igual que las personas, coches, perros, farolas y parques carecían de color. El paisaje urbano se hallaba inmerso dentro de una cenicienta escala de grises.
El cielo era plomizo y las nubes plateadas. La lluvia, que no cesaba de caer, creaba una cortina de aljófares transparentes que se fundían al contacto con el suelo.
Anastasio y su grupo recorrieron la avenida bordeada de árboles anodinos, con sus trajes espaciales desabrochados y los cascos bajo el brazo. Nadie los miraba y cuando comprobaron que no contestaban a sus saludos ni a sus preguntas comprendieron que eran invisibles a los venusianos.
Anastasio, que era el único español, alucinaba reconociendo a cada paso la ciudad, que era una réplica exacta de Madrid
La avenida desembocaba en una gran plaza. En su centro, sobre la fuente que representaba a la diosa Cibeles habían instalado una tarima y sobre ella una pantalla gigante de televisión en blanco y negro. Miles de personas incoloras presenciaban en silencio la llegada a la Tierra de la primera expedición venusiana, que al mando de Anastasio Fuentes recorría una avenida bordeada de altísimos árboles, con los trajes espaciales desabrochados y los cascos bajo el brazo. La avenida desembocaba en la Plaza de Cibeles repleta de gente entusiasmada. En el centro de la plaza, una enorme pantalla de televisión retransmitía a todo color la llegada de la primera misión terrestre tripulada a Venus.
Entonces Anastasio Fuentes vio como todo empezaba a colorearse a su alrededor y las personas que poco antes tenían rostros de ceniza los reconocieron y vitorearon. Y los árboles tiñeron sus hojas con infinidad de tonos verdes y el cielo de Venus dejó de llorar y se llenó de azul. Y de él surgió un sol deslumbrante que lo iluminó todo.
--Nada que ver con Ray, --pensó Martín mientras cerraba la novela. Apagó la luz de la pequeña lámpara de la mesilla de noche y se durmió.
--Nada que ver con Ray, --pensó también Martín mientras cerraba la novela. Apagó la luz de la pequeña lámpara de la mesilla de noche y se durmió allí, a más de cuarenta millones de kilómetros.

viernes, 3 de abril de 2009

RT-UNO
Federico Fayerman
Treinta y uno de marzo de 2009

Don Matías se levantó y anduvo con sigilo entre las filas de pupitres con el dedo índice sobre los labios. Aún así se oían algunas risas apagadas. Cuando llegó a la altura del dormilón dio un fuerte golpe con la mano derecha en el escritorio y Anastasio, del susto, se fue al suelo, arrastrando en la caída su silla y el pupitre del compañero de detrás.
Anastasio se levantó aturdido y terminó la clase de Historia de pie, al lado del profesor aguantando las bromas y las bolas de papel que le lanzaban los compañeros.
--Cada día lo mismo, -- informó por escrito Don Matías al padre de Anastasio. --Su estado natural es el de la distracción absoluta. Siempre está pensando en cosas que nada tienen que ver con las clases. Vive en otro mundo.
Nadie le creía cuando explicaba que vivía en Venus.
Su casa estaba en el país de los Artiles (concretamente en su bella capital, Sartual ) al sur del cinturón de llamas que divide el planeta. Le habían nombrado embajador Artil ante el pueblo Wigan, pero las malas relaciones habituales entre los dos pueblos, aconsejaban que su residencia no estuviera en la ciudad de Mekonta,
Los Wiganes vivían en el hemisferio Norte y eran de raza verde, no tenían pelo en la cabeza y sus orejas eran puntiagudas y muy grandes y sus rostros trasmitían desprecio y odio, porque se sentían superiores en el orden técnico pero inferiores en el del intelecto. Sus mujeres en cambio eran delicadas y hermosas, lucían una negra y larga cabellera y el color verde de sus mejillas semejaba fruta escarchada que les endulzaba la cara. El dictador que los gobernaba era el Gran Mekong que mantenía a su pueblo en constante beligerancia con las demás naciones del planeta.
Años atrás había llegado a Venus una expedición terrestre para ayudar a los Artiles en su guerra contra el Gran Mekong. Anastasio lo hizo poco después y se convirtió en el soldado más joven del ejército. Solo tenía entonces nueve años, pero esto no le impedía pilotar una nave desintegradora o manejar con el pensamiento una silla volante.
Luchaba a partir de las siete y cuarto de la tarde, cuando simulaba haber terminado los deberes y el pan y chocolate de la merienda. Su madre ponía radio Madrid justo cuando comenzaba Diego Valor, el guerrero del espacio. Entonces Anastasio montaba en su RT-1 y se unía a las fuerzas libertadoras.
Ellos no le creyeron nunca, pero esa guerra le tuvo ocupado hasta los doce años.