viernes, 26 de junio de 2009

LA VUELTA AL MUNDO
Federico Fayerman
Veintidós de junio de 2009

La primera vez que la vi, sentada en la terraza del Diamante, me gustó. Podría enamorarme de ella, pensé. Era preciosa.
Pero no fui capaz de hablarle. Solo pasé a su lado y la miré de reojo. Ella también lo hizo.
Noté su mirada en mi espalda. Pero no me volví.
Hacía mucho calor. Venía de comer con un cliente y mientras recordaba que había dejado mi coche aparcado a pleno sol, sentí como corrían las gotas de sudor bajo mi camisa.
Subí al coche y regresé a la oficina. El aire acondicionado seguía sin funcionar.
Irene, la secretaria. Irene era granito y golosina. Para mí era granito. Nunca había tenido mucha suerte con las mujeres.
Me recibió con una agenda cargadísima de reuniones. Cuando se acerca el verano no damos abasto. Todo el mundo desea salir de vacaciones en las mismas fechas.
La agencia de viajes que dirijo es seguramente una de las que más trabajan en la ciudad. Ofrecemos viajes exclusivos alrededor del mundo a un precio interesante y son muchos los matrimonios de cierta edad que los solicitan. También jóvenes de nivel económico alto.
De Europa a América del Sur, América Central y del Norte. De allí a Australia, a Japón, India y otra vez Europa.
Un palizón.
Sobre las nueve y media de la tarde di por finalizada mi jornada laboral en la oficina. Guardé en el maletín un trabajo que tenía atrasado, para terminarlo en mi apartamento esa noche y salí de nuevo a la tórrida calle. Mientras me dirigía a buscar el coche pensé en la mujer del Diamante.
De forma inconsciente conduje hasta las cercanías del Diamante y me detuve justo enfrente. Descendí y ordené una cerveza muy fría mientras me sentaba en la misma mesa donde la había visto aquella tarde.
Media hora después apareció. La vi llegar e hice intención de levantarme. Ella se sentó a mi lado y sin dejar de mirarme hizo una seña al camarero. Pidió una cerveza. Yo pedí otra.
Hablamos de nuestros compromisos, nuestros calores y nuestras soledades. Ella estaba también agobiada. Trabajaba todo el día de vendedora en unos grandes almacenes y por las noches actuaba en una sala de fiestas, haciendo un espectáculo erótico al que me invitó.
Sin poder reprimirlo agarré el maletín y abriéndolo esparcí los papeles de la Agencia por la terraza del café. Después también lancé el maletín al aire a la vez que los dos reíamos a carcajadas Nos besamos durante una pequeña eternidad y accedí encantado a su excitante invitación. Pasaron varias cervezas más antes de que solicitara la cuenta a voces.
Mientras nos alejábamos abrazados, pensé en Irene. --Que te den por saco, -dije en voz alta, riéndome. Y sentí cómo mi cuerpo expulsaba el calor acumulado y levitaba.

viernes, 19 de junio de 2009

diecinueve de junio de 2009

A todos mis amigos del blog: Han concedido una Mención de Honor a mi relato La Poza Soleada en el certamen de Narrativa Gerardo Muñoz del Colectivo Literario Tirarse al Folio. Por algo se empieza. Gracias por leerme.

sábado, 6 de junio de 2009

VELEROS EN VENUS

Federico Fayerman
Quince de mayo de 2009


Virginia era seguramente la mujer más bella de Sartual. Tenía los ojos de un azul tan intenso como el mar que añoraba. El que dejaron sus antepasados a cuarenta millones de kilómetros de allí. Aún así, Anastasio se fue una mañana de cielo lloroso. Su corazón ansiaba otra forma de vivir, lejos de su casa, de sus hijos y de su vida. Sin ataduras.
Violeta le estaba esperando. Le ofrecía la insolente frescura que la juventud le había prestado.
Y Anastasio construyó el velero con el que siempre había soñado, un gran velero blanco que le permitiera surcar los cielos altos de Venus; allí donde los fuertes vientos se esforzaban contra las velas, hasta conseguir rendir sus vergas. Donde las quimeras dejaban de serlo. Y lo llamó Ilusión.
Desde allí el horizonte no existía, y la luz y la oscuridad se sucedían tan rápidamente como veloz era el viento que los empujaba.
Violeta y Anastasio viajaron en su velero por un firmamento cuajado de gaviotas policromadas, escoltados por una estela de infinitas y minúsculas estrellas plateadas que parecían sonreírles.
El tiempo no pasaba, o si lo hacía era en otro lugar, lejos, muy lejos.
Pero un día el tiempo volvió. Y con él la rutina y la monotonía.
Al principio el tiempo caminó lento, pero poco a poco fue pasando más rápido hasta que se convirtió en un remolino de minutos desenfrenados. Después el fuerte viento amainó, el rastro de plata se difuminó y las gaviotas partieron hacia otros lugares más altos. Al fondo, el horizonte volvió a definirse y los corazones de Anastasio y Violeta ansiaron otras formas de vivir.
Y Anastasio regresó a su hogar y los suyos le recibieron sin rencores. Y todos embarcaron en el velero olvidando el pasado y subieron a los vientos altos de Venus. Allí arriba, el cielo encarnado se reflejó en los ojos de Virginia y se hizo azul como el mar imaginado. Y volvieron las gaviotas, y la estela de luminarias sonrientes los alcanzó. Y el tiempo volvió a detenerse.
Entonces desplegaron todas las velas del barco y navegaron. Y lo llamaron Felicidad.

Para mi mentor Juan Carlos Chirinos.