sábado, 6 de junio de 2009

VELEROS EN VENUS

Federico Fayerman
Quince de mayo de 2009


Virginia era seguramente la mujer más bella de Sartual. Tenía los ojos de un azul tan intenso como el mar que añoraba. El que dejaron sus antepasados a cuarenta millones de kilómetros de allí. Aún así, Anastasio se fue una mañana de cielo lloroso. Su corazón ansiaba otra forma de vivir, lejos de su casa, de sus hijos y de su vida. Sin ataduras.
Violeta le estaba esperando. Le ofrecía la insolente frescura que la juventud le había prestado.
Y Anastasio construyó el velero con el que siempre había soñado, un gran velero blanco que le permitiera surcar los cielos altos de Venus; allí donde los fuertes vientos se esforzaban contra las velas, hasta conseguir rendir sus vergas. Donde las quimeras dejaban de serlo. Y lo llamó Ilusión.
Desde allí el horizonte no existía, y la luz y la oscuridad se sucedían tan rápidamente como veloz era el viento que los empujaba.
Violeta y Anastasio viajaron en su velero por un firmamento cuajado de gaviotas policromadas, escoltados por una estela de infinitas y minúsculas estrellas plateadas que parecían sonreírles.
El tiempo no pasaba, o si lo hacía era en otro lugar, lejos, muy lejos.
Pero un día el tiempo volvió. Y con él la rutina y la monotonía.
Al principio el tiempo caminó lento, pero poco a poco fue pasando más rápido hasta que se convirtió en un remolino de minutos desenfrenados. Después el fuerte viento amainó, el rastro de plata se difuminó y las gaviotas partieron hacia otros lugares más altos. Al fondo, el horizonte volvió a definirse y los corazones de Anastasio y Violeta ansiaron otras formas de vivir.
Y Anastasio regresó a su hogar y los suyos le recibieron sin rencores. Y todos embarcaron en el velero olvidando el pasado y subieron a los vientos altos de Venus. Allí arriba, el cielo encarnado se reflejó en los ojos de Virginia y se hizo azul como el mar imaginado. Y volvieron las gaviotas, y la estela de luminarias sonrientes los alcanzó. Y el tiempo volvió a detenerse.
Entonces desplegaron todas las velas del barco y navegaron. Y lo llamaron Felicidad.

Para mi mentor Juan Carlos Chirinos.

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