viernes, 30 de octubre de 2009

LA SEÑORA PETERSSON

Federico Fayerman
Diez de julio de 2009


Los últimos días del año pasaban demasiado rápido. Las vacaciones de Navidad se agotaban y ya solo la proximidad de mi cumpleaños me proporcionaba la fuerza suficiente para afrontar la cercana vuelta al colegio. Otra vez los madrugones, los deberes y las clases de matemáticas de la señora Petersson.
Su sola presencia nos intimidaba, su mal humor y sus castigos habían provocado que, salvo Martín el empollón, todos la odiáramos.
Y por fin llegó el día de mi cumpleaños.
Me asomé a la ventana del salón y vi un grupo de barrenderos armados con grandes palas atravesar la calzada con dirección al parque, ensuciando con sus pisadas la gruesa capa de nieve que la cubría.
Al otro lado de la calle, dentro de la casa, estábamos nosotros, preparando la fiesta de mi catorce aniversario.
Mientras mi hermana Olga cortaba tiras de papel de colores y las unía con engrudo formando una cadeneta, mi padre, subido en un taburete la iba colgando de las vigas de madera del techo. Mi madre estaba en la cocina. La oía cantar y la imaginaba haciendo unos pasos de baile con la cuchara de palo en la mano al tiempo que probaba la salsa. La maravillosa salsa que, como la nieve en la entrada, cubriría esta tarde el asado que llevaba preparando toda la mañana y cuyo olor iba inundando poco a poco la casa. La tarta de chocolate y nata cubierta de frambuesa ya estaba preparada y reposaba en la nevera a la espera de catorce velas de colores.
Sobre las cuatro empezó a llegar la familia; la tía Elsa con su enorme abrigo de piel que también servía de cobija al delgaducho del tío Carlos, con sus dos hijos; los primos solteros de mi madre, Enrique, Roberto y Delmiro, que siempre aparecían en tropel y se apropiaban de los sillones del salón, de donde no se movían en toda la tarde, y los cuatro abuelos, que cada año llegaban juntos como si se hubieran puesto de acuerdo y se peleaban entre ellos por ser los primeros en abrazarme y darme su regalo.
Mi padre se había puesto el traje gris de los domingos y una camisa azul con el cuello blanco, donde anidaba una pajarita de lunares. Mientras recorría la casa hablaba y gesticulaba como si estuviera recitando a Machado, su poeta favorito. Siempre con la pipa apagada en su mano derecha.
Mi hermana Elena jugaba con los primos Luis y Darío al escondite y a cada momento me pedía que jugase con ellos. Pero yo estaba esperando a María, mi compañera de clase. María era mi novia y mi caramelo de fresa.
La quería tanto como a Luna, nuestra gata, que aún era un cachorro y además muy asustadiza. Cuando llegaba gente a casa corría rápido a esconderse. Le gustaba hacerlo en el armario de la ropa blanca, allí donde mi madre guardaba las sábanas y las toallas y que, cuando lo abrías, desprendía fragancia de felicidad.
Las seis. Acababa de entrar la señora Petersson y noté como la casa se estremecía. La señora Petersson era, además de la vieja profesora, una antigua amiga de mi abuela a la que como ya dije todos los niños temíamos. El aspecto tenebroso de sus vestidos negros, su gorro ajustado de encaje, sus manos largas y afiladas igual que su mandíbula de alabastro nos producía escalofríos. Pero era inevitable su presencia en nuestras fiestas. Era la única amiga viva de la abuela Claudia.
Esa tarde su aspecto era aún más sombrío. Traía la cabeza cubierta por un velo negro y agarraba con su temblorosa mano izquierda un misal de tapas descoloridas. Le acompañaba su nieto al que sujetaba con la otra mano no permitiéndole que se soltara. Saludó a mi abuela y a mis padres, dejó el sempiterno paquete de pastelitos rancios de crema sobre la mesa del comedor y se encaminó al armario de la ropa blanca. Sacó unas cajas de su interior y se introdujo en él cerrando la puerta desde dentro. Todos los niños creímos, en un principio, que la señora Petersson había enloquecido, pero después pensamos que posiblemente se hubiera vuelto humana y deseaba jugar con nosotros al escondite, de forma que todos salimos corriendo a buscar un buen lugar donde no pudieran encontrarnos.
Unos minutos después escuchamos unos extraños ruidos en el armario y lo abrimos. Dentro no había nada, no estaba la señora Petersson ni su nieto, ni la ropa blanca, solo la pequeña Luna, que salió corriendo con el rabo inflado. En el interior quedaban algunos restos calcinados de madera y un olor a azufre que invadió la habitación.
Fuera, se oían voces y risas, sobre todo muchas risas. El día era maravilloso aunque ya no quedaba ni rastro de la nieve. Mi madre abrió la puerta de la calle y todos los niños salimos a jugar al parque.

martes, 27 de octubre de 2009

BLANCAS, AMARILLAS Y MORADAS

Federico Fayerman
Trece de octubre de 2008

Una enfermera de voz cálida me lava cada mañana. Tiene unas manos de seda con las que al terminar de asearme me da un pequeño masaje (¿o son caricias?) en la cara. Después me peina con sus dedos y me refresca con agua de colonia. Siempre se despide apretándome la mano, con la lejana esperanza, supongo, de verse algún día correspondida.
Puedo distinguir las voces que llegan desde fuera de la habitación, los pasos y carreras por los pasillos y el bip bip rítmico y uniforme en la cabecera de mi cama, igual que puedo percibir cada mañana el olor característico del hospital que me rodea.
Conozco el horario de las comidas por el sonido del carro que las trae puntualmente y por los comentarios jocosos del que debe ser mi compañero de habitación. También entiendo que para mí no haya bandeja de comida, que me tenga que conformar con unos cuantos tubos en mi boca y en mis brazos, ya que según he oído muchas veces me encuentro en un coma profundo.
No sé cuánto tiempo llevo en esta cama, pero he llegado a distinguir el paso del tiempo gracias a las conversaciones que tienen lugar a mí alrededor. Los
saludos, las despedidas…
Diferencio las voces graves y tardas del final del día de las alegres y resueltas de la mañana. Los susurros me dicen que ha llegado la noche aunque dentro de mí siempre lo sea.
Cada dos o tres días, Laura, que así se llama la enfermera, viene a visitarme por la tarde. No me lava ni me cambia de ropa. Me coge una mano entre las suyas y me habla. Me dice cada día que está completamente segura de que puedo oírla y me cuenta lo que está sucediendo en el mundo exterior. Nunca me habla de ella, seguramente prefiere que su vida quede ajena a su obra, que si tiene que desaparecer algún día, eso no sea un mayor motivo de tristeza para mí.
Después siempre saca un libro de su bolso y me lee unas cuantas páginas. Le gusta leerme cuentos y relatos cortos para no dejarme a medias hasta que vuelva la próxima vez.
Sin embargo me gustaría saber algo más de ella, como es su vida fuera del hospital, si está casada o no con el hombre de la voz ronca que se la lleva a veces del lado de mi cama.
Tampoco sé su edad porque el timbre de su voz no termina de confesármelo.
Esta mañana he percibido buenas noticias: parece ser que estoy mejorando ya que me han quitado todos los tubos menos el de la comida y Laura se ha pasado un buen rato curándome las heridas, que las agujas me habían producido en los brazos. Después, cosa rara, se ha marchado por primera vez sin despedirse de mí.
Hoy por fin he conocido a Laura. Es muy joven, tiene una cara redonda y preciosa con unos ojos negros enormes. Su largo pelo castaño apenas se sujeta bajo una diadema marrón nacarada. Su voz ya la conocía pero su sonrisa llena por sí sola la calle por la que estamos paseando. No es muy alta pero no desentonamos juntos. Me sujeta la mano con fuerza y sonríe y se ríe a cada paso. Compramos unos caramelos y trato de correr tras ella para que me dé alguno. Entre risas. Le compro flores, margaritas. Me dice que son las que más le gustan. Blancas, amarillas y moradas dentro de un papel de celofán crujiente. Me deja que la ponga una en el pelo pero antes se quita la diadema y sacude la cabeza. Su melena trigueña se expande y relumbra a la luz de los neones. Nos sentamos en un banco en el centro de la plaza. Alrededor nuestro juegan niños y niñas. Juegan a perseguirse y alcanzarse, a caerse y a levantarse. A gritar, a reír y a llorar. Entonces Laura me besa. Primero en la frente, después en los labios y saboreo su discreto carmín. Y por fin conozco el perfume de su piel sin contaminar.
Mañana será un gran día. Laura y yo nos vamos a casar. Sin invitados ni ceremonias, solos los dos y, supongo, el hombre de la voz ronca. Laura se ha ocupado de todo. Después de la boda iremos a vivir a su casa, un piso pequeño pero que está en el centro y tiene un dormitorio muy grande, de esos que llaman dobles. Tiene dos balcones a la calle y según dice ella, mucha luz.
Me gustaría que colocara mi cama cerca de uno de los balcones, para poder escuchar el ruido de la plaza y de los coches y esperarla cada tarde para que me lea algún relato de esos que ella sabe que me encantan.

Laura cierra la puerta tras de sí y deja las llaves sobre la mesita del recibidor.
--¿Qué tal te ha ido en el hospital? –Pregunta el hombre de la voz ronca.
--He pedido el traslado de planta. El muchacho se ha despertado esta mañana y lo primero que ha hecho ha sido preguntar por mí. No quiero que me vea, y que descubra que fui yo quien le atropelló. Creo que no volveré a verle.
Entra en el dormitorio y se sienta ante el tocador. El espejo le devuelve su cara arrugada y su pelo ya casi totalmente cubierto de canas.
El ruido de la plaza y de los coches ha desaparecido. A través de los balcones, luces de neón blancas, amarillas y moradas tiñen intermitentemente de colores la habitación.

jueves, 15 de octubre de 2009

EL PÁJARO QUE TENÍA MIEDO A VOLAR


Federico Fayerman
Tres de octubre de 2009


Al levantarme esa mañana sentí un insoportable dolor en el vientre. Hasta ese momento venía notando ciertos síntomas como inapetencia, pérdida de peso, vómitos y sobre todo cansancio; pero hasta que no me levanté esa mañana, repito, no pensé que se tratara de algo importante. Días después me diagnosticaron un tumor en el colon, que, faltando algunas pruebas, tenía muchas posibilidades de no ser benigno.
Como vivía solo con mi perro Doff y no tenía amigos íntimos ni familia cercana, si exceptuamos a mi tía Sara, que en realidad era prima hermana de mi padre, (a la que por otro lado llevaba muchos años sin ver), mi enfermedad me concernía solo a mí y decidí no hacer partícipe de ella a nadie.
Aquella tarde en que me confirmaron la malignidad de mi tumor y me pronosticaron que viviría unos tres meses más, tomé la decisión de dejar terminada mi última novela, que, como las anteriores, supuse que seguiría el camino del fiasco, aunque ya no quedaría tiempo para la posterior frustración. Y me senté frente al ordenador pertrechado con una botella de JB, un vaso largo y un cartón de Marlboro de caja dura.
Abrí la ventana de par en par y admiré una vez más el incomparable paisaje de las aguas azules y de las velas blancas que destacaban en la raya del horizonte; el paisaje que me había acompañado durante los últimos veinte años y a la que estaba a punto de abandonar.
– ¡El tabaco fuera!- y encendí el primer cigarrillo de la última etapa de mi vida; - ¡El alcohol ni probarlo! : –vertí dos dedos de güisqui en el vaso y lo bebí de un trago.
Julio, caluroso, húmedo, frente al mar y frente a una muerte prematura e injusta.
Un joven gorrión de plumaje castaño y peto negro surgió en la ventana de mi ático. Nos miramos sorprendidos. Quizás era descendiente lejano de Gorrioncete, que por fin me había encontrado cuarenta años después, escribí sin pensar. Le hice una seña con la mano para que entrara en la habitación, pero el gorrión se quedó quieto donde estaba. No se fue en toda la tarde.
Y allí se quedó mirándome durante estos últimos meses, alimentándose del alpiste que yo le compraba en la pajarería “El Arca de Noé” y no pasó nunca al interior del cuarto. Me observaba mientras escribía y movía la cabeza como asintiendo a cada palabra que yo trasmitía al teclado. Doff se acostumbró, ¡qué remedio! a su presencia y lo ignoraba dándole la espalda mientras roncaba entre mis pies.
En muchas ocasiones yo le preguntaba por qué no echaba a volar y volvía a los árboles que abundaban en el bulevar del paseo marítimo. Y yo intuía que quería contestarme pues abría el pico y movía las alas y me miraba con tristeza. “Tristeza de gorrión”, escribí.
Lo llamé Gorrioncete, como el gorrión que me visitaba en mi niñez y en lugar de continuar con la novela, empecé a escribir un libro de cuentos sobre él y lo titulé: “Cuentos de un gorrión triste”.
Pasaron cuatro meses, y un poco antes de que la ambulancia viniera a buscarme por última vez, lo comprendí. Gorrioncete no se había ido porque tenía miedo a volar. ¿O quizás había permanecido en el alfeizar de mi ventana durante todo el tiempo que duró mi enfermedad por otro motivo? El caso es que se había comportado como el más fiel amigo que jamás tuve.
Puse el borrador del libro sobre la mesa y me fotografié sonriente a su lado, en un contraluz con fondo marino que juzgué solemne. Después imprimí la foto y la coloqué sobre lo escrito a modo de portada, me senté ante el ventanal junto al gorrión, y con la mirada muy fija, me perdí en el añil.
Afuera, el golpeteo de las olas contra las piedras de la escollera y el chillar de las gaviotas, me dedicaban una alborotada canción de despedida.