martes, 27 de octubre de 2009

BLANCAS, AMARILLAS Y MORADAS

Federico Fayerman
Trece de octubre de 2008

Una enfermera de voz cálida me lava cada mañana. Tiene unas manos de seda con las que al terminar de asearme me da un pequeño masaje (¿o son caricias?) en la cara. Después me peina con sus dedos y me refresca con agua de colonia. Siempre se despide apretándome la mano, con la lejana esperanza, supongo, de verse algún día correspondida.
Puedo distinguir las voces que llegan desde fuera de la habitación, los pasos y carreras por los pasillos y el bip bip rítmico y uniforme en la cabecera de mi cama, igual que puedo percibir cada mañana el olor característico del hospital que me rodea.
Conozco el horario de las comidas por el sonido del carro que las trae puntualmente y por los comentarios jocosos del que debe ser mi compañero de habitación. También entiendo que para mí no haya bandeja de comida, que me tenga que conformar con unos cuantos tubos en mi boca y en mis brazos, ya que según he oído muchas veces me encuentro en un coma profundo.
No sé cuánto tiempo llevo en esta cama, pero he llegado a distinguir el paso del tiempo gracias a las conversaciones que tienen lugar a mí alrededor. Los
saludos, las despedidas…
Diferencio las voces graves y tardas del final del día de las alegres y resueltas de la mañana. Los susurros me dicen que ha llegado la noche aunque dentro de mí siempre lo sea.
Cada dos o tres días, Laura, que así se llama la enfermera, viene a visitarme por la tarde. No me lava ni me cambia de ropa. Me coge una mano entre las suyas y me habla. Me dice cada día que está completamente segura de que puedo oírla y me cuenta lo que está sucediendo en el mundo exterior. Nunca me habla de ella, seguramente prefiere que su vida quede ajena a su obra, que si tiene que desaparecer algún día, eso no sea un mayor motivo de tristeza para mí.
Después siempre saca un libro de su bolso y me lee unas cuantas páginas. Le gusta leerme cuentos y relatos cortos para no dejarme a medias hasta que vuelva la próxima vez.
Sin embargo me gustaría saber algo más de ella, como es su vida fuera del hospital, si está casada o no con el hombre de la voz ronca que se la lleva a veces del lado de mi cama.
Tampoco sé su edad porque el timbre de su voz no termina de confesármelo.
Esta mañana he percibido buenas noticias: parece ser que estoy mejorando ya que me han quitado todos los tubos menos el de la comida y Laura se ha pasado un buen rato curándome las heridas, que las agujas me habían producido en los brazos. Después, cosa rara, se ha marchado por primera vez sin despedirse de mí.
Hoy por fin he conocido a Laura. Es muy joven, tiene una cara redonda y preciosa con unos ojos negros enormes. Su largo pelo castaño apenas se sujeta bajo una diadema marrón nacarada. Su voz ya la conocía pero su sonrisa llena por sí sola la calle por la que estamos paseando. No es muy alta pero no desentonamos juntos. Me sujeta la mano con fuerza y sonríe y se ríe a cada paso. Compramos unos caramelos y trato de correr tras ella para que me dé alguno. Entre risas. Le compro flores, margaritas. Me dice que son las que más le gustan. Blancas, amarillas y moradas dentro de un papel de celofán crujiente. Me deja que la ponga una en el pelo pero antes se quita la diadema y sacude la cabeza. Su melena trigueña se expande y relumbra a la luz de los neones. Nos sentamos en un banco en el centro de la plaza. Alrededor nuestro juegan niños y niñas. Juegan a perseguirse y alcanzarse, a caerse y a levantarse. A gritar, a reír y a llorar. Entonces Laura me besa. Primero en la frente, después en los labios y saboreo su discreto carmín. Y por fin conozco el perfume de su piel sin contaminar.
Mañana será un gran día. Laura y yo nos vamos a casar. Sin invitados ni ceremonias, solos los dos y, supongo, el hombre de la voz ronca. Laura se ha ocupado de todo. Después de la boda iremos a vivir a su casa, un piso pequeño pero que está en el centro y tiene un dormitorio muy grande, de esos que llaman dobles. Tiene dos balcones a la calle y según dice ella, mucha luz.
Me gustaría que colocara mi cama cerca de uno de los balcones, para poder escuchar el ruido de la plaza y de los coches y esperarla cada tarde para que me lea algún relato de esos que ella sabe que me encantan.

Laura cierra la puerta tras de sí y deja las llaves sobre la mesita del recibidor.
--¿Qué tal te ha ido en el hospital? –Pregunta el hombre de la voz ronca.
--He pedido el traslado de planta. El muchacho se ha despertado esta mañana y lo primero que ha hecho ha sido preguntar por mí. No quiero que me vea, y que descubra que fui yo quien le atropelló. Creo que no volveré a verle.
Entra en el dormitorio y se sienta ante el tocador. El espejo le devuelve su cara arrugada y su pelo ya casi totalmente cubierto de canas.
El ruido de la plaza y de los coches ha desaparecido. A través de los balcones, luces de neón blancas, amarillas y moradas tiñen intermitentemente de colores la habitación.

1 comentario:

Anónimo dijo...

como ya te dije, me gustó mucho este relato, y me gusta especialmente el final. supongo que es eso lo que espera todo el mundo; un final que no le deje indiferente. un abrazo Federico

Jacobo