jueves, 15 de octubre de 2009

EL PÁJARO QUE TENÍA MIEDO A VOLAR


Federico Fayerman
Tres de octubre de 2009


Al levantarme esa mañana sentí un insoportable dolor en el vientre. Hasta ese momento venía notando ciertos síntomas como inapetencia, pérdida de peso, vómitos y sobre todo cansancio; pero hasta que no me levanté esa mañana, repito, no pensé que se tratara de algo importante. Días después me diagnosticaron un tumor en el colon, que, faltando algunas pruebas, tenía muchas posibilidades de no ser benigno.
Como vivía solo con mi perro Doff y no tenía amigos íntimos ni familia cercana, si exceptuamos a mi tía Sara, que en realidad era prima hermana de mi padre, (a la que por otro lado llevaba muchos años sin ver), mi enfermedad me concernía solo a mí y decidí no hacer partícipe de ella a nadie.
Aquella tarde en que me confirmaron la malignidad de mi tumor y me pronosticaron que viviría unos tres meses más, tomé la decisión de dejar terminada mi última novela, que, como las anteriores, supuse que seguiría el camino del fiasco, aunque ya no quedaría tiempo para la posterior frustración. Y me senté frente al ordenador pertrechado con una botella de JB, un vaso largo y un cartón de Marlboro de caja dura.
Abrí la ventana de par en par y admiré una vez más el incomparable paisaje de las aguas azules y de las velas blancas que destacaban en la raya del horizonte; el paisaje que me había acompañado durante los últimos veinte años y a la que estaba a punto de abandonar.
– ¡El tabaco fuera!- y encendí el primer cigarrillo de la última etapa de mi vida; - ¡El alcohol ni probarlo! : –vertí dos dedos de güisqui en el vaso y lo bebí de un trago.
Julio, caluroso, húmedo, frente al mar y frente a una muerte prematura e injusta.
Un joven gorrión de plumaje castaño y peto negro surgió en la ventana de mi ático. Nos miramos sorprendidos. Quizás era descendiente lejano de Gorrioncete, que por fin me había encontrado cuarenta años después, escribí sin pensar. Le hice una seña con la mano para que entrara en la habitación, pero el gorrión se quedó quieto donde estaba. No se fue en toda la tarde.
Y allí se quedó mirándome durante estos últimos meses, alimentándose del alpiste que yo le compraba en la pajarería “El Arca de Noé” y no pasó nunca al interior del cuarto. Me observaba mientras escribía y movía la cabeza como asintiendo a cada palabra que yo trasmitía al teclado. Doff se acostumbró, ¡qué remedio! a su presencia y lo ignoraba dándole la espalda mientras roncaba entre mis pies.
En muchas ocasiones yo le preguntaba por qué no echaba a volar y volvía a los árboles que abundaban en el bulevar del paseo marítimo. Y yo intuía que quería contestarme pues abría el pico y movía las alas y me miraba con tristeza. “Tristeza de gorrión”, escribí.
Lo llamé Gorrioncete, como el gorrión que me visitaba en mi niñez y en lugar de continuar con la novela, empecé a escribir un libro de cuentos sobre él y lo titulé: “Cuentos de un gorrión triste”.
Pasaron cuatro meses, y un poco antes de que la ambulancia viniera a buscarme por última vez, lo comprendí. Gorrioncete no se había ido porque tenía miedo a volar. ¿O quizás había permanecido en el alfeizar de mi ventana durante todo el tiempo que duró mi enfermedad por otro motivo? El caso es que se había comportado como el más fiel amigo que jamás tuve.
Puse el borrador del libro sobre la mesa y me fotografié sonriente a su lado, en un contraluz con fondo marino que juzgué solemne. Después imprimí la foto y la coloqué sobre lo escrito a modo de portada, me senté ante el ventanal junto al gorrión, y con la mirada muy fija, me perdí en el añil.
Afuera, el golpeteo de las olas contra las piedras de la escollera y el chillar de las gaviotas, me dedicaban una alborotada canción de despedida.

1 comentario:

hatoros dijo...

VUELVO A LEERLO Y ME PARECE MEJOR