martes, 24 de noviembre de 2009

UN AGUJERO EN LA PARED


Federico Fayerman
Trece de julio de 2009

Según decía mi abuelo, la vida a los catorce años se llenaba de pequeñas aventuras diarias, que iban enseñando a entenderla y a disfrutarla desde una perspectiva aún exenta de maldad. Los juegos en la calle con los amigos, el colegio que ya empezaba a ponerse serio y las chicas, que por primera vez formaban parte de nuestras vidas, ayudaban a darle la razón.
Aquella lluviosa tarde de viernes, mientras corría por la calle Narváez, protegiéndome bajo las cornisas de los comercios, sobrevino la aventura de ese día. Al cruzar O´donnell, vi un billete de mil pesetas que, arrastrado por la corriente de agua provocada por la lluvia, estaba a punto de colarse por la boca de una alcantarilla. Frené al instante y tras mirar a derecha e izquierda lo recogí. El corazón empezó a latirme con tal fuerza que me costaba respirar y un mar de dudas vino de repente a mi encuentro: ¿Debía buscar al dueño del billete, o seguir corriendo y convertirme en millonario?
Corrí como un desesperado. Pasé sin mirar por delante del iluminado escaparate de la zapatería Lycur, que mostraba un maravilloso Belén en movimiento, y llegué empapado al portal de mi casa. Allí, escondido con mis amigos Lino y Quique en el hueco de la escalera, les mostré el billete.
¿Debía darle el dinero a mi madre o quedarme con él y disfrutarlo con mis amigos? Aquella noche, con el billete secándose bajo la almohada encontré la repuesta.
Lo primero que hice al día siguiente fue buscar a Pepe y convencerle para que cambiara las mil pesetas en el bar. Pepe tenía dieciséis años y aparentaba alguno más, lo que le permitía entrar en el cine para ver las películas no toleradas y comprar tabaco al cerillero del bar Diamante.
Esa misma tarde, los cuatro paramos un taxi en la calle Alcalá y nos fuimos al cine Rialto en la Gran Vía, a ver por primera vez una película de estreno.
Aprovechando las vacaciones de Navidad y lo que el dinero nos proporcionaba, recorrimos Madrid de punta a punta (siempre en taxi, claro está); compramos toneladas de chucherías, helados, cajetillas enteras de rubio americano, LM, Chester y Phillips Morris y en una reunión en el cuarto de calderas, Pepe nos enseñó a tragarnos el humo.
El domingo por la mañana nos levantamos temprano y todos juntos fuimos al Rastro a comprar revistas de mujeres desnudas. Como estaban en francés tuvimos que inventarnos las historias que contaban, aunque lo que realmente nos importaba eran las fotos.
Por la tarde, Pepe nos llevó a la Cuesta de la Vega. Los veinte duros que quedaban de nuestra dilapidada fortuna, iban a ser utilizados en algo totalmente novedoso, según nos dijo antes de salir del barrio. Eran las ocho de la tarde y ya de noche, cuando bajábamos la pronunciada cuesta que terminaba en un pequeño descampado. A la derecha, tras una pared de ladrillo de unos dos metros de altura, una luna recién llegada dibujaba una fila de sombras inmóviles, que parecían esperar turno. Los tres, obedeciendo a Pepe nos colocamos al final de la cola. Todos eran hombres y apestaban a alcohol, a tabaco y a sudor, y nos miraban con cara incrédula.
-¿Lleváis los cinco duros? –nos preguntó Pepe en voz baja. Todos abrimos la mano, mostrándole el arrugado billete y asentimos.
Por un agujero de la pared, mientras esperábamos turno, la vimos. De pie, subida en una piedra grande y plana, una mujer rechoncha y de largo pelo negro, con las faldas levantadas hasta la cintura, aguantaba las acometidas de un hombre con los pantalones y los calzoncillos caídos sobre los zapatos.
Impresionados, temerosos y con la virginidad intacta regresamos lentamente al barrio. Pepe se quedó en el descampado para gastarse sus veinticinco pesetas.
Las otras setenta y cinco se las regalamos al día siguiente para que no se fuera de la lengua.

3 comentarios:

Dakifita dijo...

Si que le has lavado la cara,eh?...y donde se ha quedado el quiosquero que iba a aparecer de forma espectacular en el final???

meri dijo...

Pero Fede, te has cargado al quiosquero???????????jejjejje Oye, me gusta el final que le has dado. Ciao

Pilar dijo...

¡Qué experiencia tan patética para unos críos! Muy buena descripción, se puede ver, y oler, la escena.