jueves, 10 de diciembre de 2009

AVE CÉSAR



Federico Fayerman

Quince de julio de 2009



Alto y carnoso; pelo de azogue y mueca sonriente. César espera como cada tarde, desde hace un mes, la llegada del Ave.
La estación hierve burbujeante de viajeros moviéndose de un lado a otro sin parar, llenando y vaciando bares, andenes, pasillos, locales de prensa y aseos.
Una pareja de ancianos arrastra sus maletas lentamente entre el gentío, y trata de ganar la puerta de salida, empujados por los altavoces parlanchines que no cesan en su monólogo repetitivo. En un asiento de plástico marrón oscuro, un hombre corpulento y melena descuidada sostiene sobre sus rodillas a una joven de piel morena y labios rojos, mientras la manosea.
César consulta insistentemente, tras los gruesos cristales de sus gafas de pasta negra, el panel electrónico del vestíbulo central de la estación, mientras se ajusta una y otra vez el nudo de su corbata roja. En la mano izquierda sujeta con fuerza, un ramo de margaritas pálidas.

La conoció una mañana de julio, sentado en una cafetería, en aquel mismo hall. Ella paseaba con una pequeña maleta destartalada. Andaba mirando a su alrededor como buscando algo, o quizá a alguien que pudiera quitarle ese gesto de desesperación de la cara.
Pasó a su lado con andares inseguros. Entonces se volvió. Primero fijó los ojos en sus zapatos relucientes y poco a poco levantó la cabeza hasta clavar la mirada en sus ojos .Ocupó el taburete contiguo y le habló casi en un susurro.
-¿Por favor, podrías invitarme a un café y algo de comer?
Su cuerpo, escondido bajo un vestido largo de tonos marrones y amarillos era pequeño y extremadamente delgado. Tenía una cara estirada, las mejillas de un azul aterciopelado y los ojos verdes apagados. Las órbitas las tenía hundidas y cetrinas. Su boca despedía un aliento pútrido que salía con cada palabra que articulaba, a través de una dentadura gris e incompleta.
César pensó al principio que la chica podía ser menor de edad, pero al poco ella le dijo que tenía veinte años, los mismos que él llevaba solo desde que murió Claudia.
-¿Cómo te llamas?
-Dulce
Después del café y el bocadillo ella le pidió dinero para el billete y él la acompañó a las taquillas y se lo compró. Antes de subir al tren volvió a pedirle dinero. Él se lo dio y ella le dijo que se lo devolvería a la semana siguiente, cuando regresara. Quedaron para entonces.

Cesar se apoya en una columna de aluminio bruñido y consulta una vez más su reloj.

A las diez y cuarto, ya ha entrado el último Ave del día. Cuando Cesar entra, solo como de costumbre en el bar de Luis, ya son más de las doce.

3 comentarios:

i am... dijo...

Quizás un día la vea bajar de uno de esos trenes...

Cruz dijo...

A veces, la soledad empuja a pelear en batallas perdidas, ¿o no? ¿quién sabe? Me gusta.

Graziela dijo...

Me parece una historia triste que puede ser el comienzo de muchas otras. Está bien, resulta muy visual.