viernes, 18 de diciembre de 2009

BUKOWSKI CLUB

Federico Fayerman
Veintiuno de octubre de 2009


Alterio caminó a grandes pasos por la calle de la Ballesta bajo la pluma del escritor, hasta detenerse frente al número 5. Subió las ruidosas escaleras de madera hasta el cuarto piso. Punto y aparte.
Derio Frey, arrastró la silla y se sirvió un güisqui del viejo mueble bar. El timbre de la puerta sonó taciturno sobre el papel, y Alterio, acompañado de una rubia de ojos claros y curvas cerradas entró en el salón. Él, pelo largo, cara ancha y gesto disgustado. Una pequeña mesa llena de cuartillas y una papelera repleta de hojas arrugadas componían junto al mueble-bar el paisaje casero. En la habitación de al lado, a través del hueco de la puerta, se distinguía una cama arrimada a la pared bajo la ventana y una estantería, amontonada de libros.
ooo O ooo
Alterio solía frecuentar el Bukowski Club, desde las nueve de la tarde que abrían hasta que le invitaban a salir para echar el cierre y mostrar a los trasnochadores los artísticos grafitis que lo adornaban. Aquella noche de domingo había tenido que subir nuevamente al pequeño estrado, leer otro relato de Derio y soportar los aplausos merecidos pero no dedicados a él. Bien es cierto que Alterio, aprovechaba la voluntaria ausencia de Derio para cambiar algunos párrafos y a veces equivocarse a propósito y mirar de reojo al atento auditorio buscando una señal de rechazo al texto. Pero no solía tener éxito, como mucho, los presentes aprovechaban esos lapsus para llevarse el vaso a los labios o para pedir otro cóctel con una seña sutil al camarero.
Al fondo del Bukowski, bajo una fotografía del escritor norteamericano, Ana levantó la botella de cerveza ofreciendo un brindis a Alterio.
-Excelente tu lectura del relato, -dijo Ana sarcástica, mientras desenredaba su pelo con los dedos.
-Gracias por nada,-susurró Alterio tomando asiento a su lado con cara de pocos amigos. Chocaron las cervezas. El estrado volvió a ocuparse y ambos callaron mirándose a los ojos.
Ana encendió un cigarro y compartieron el humo, silenciosos.
Ooo O ooo
¿Queréis beber algo? –peguntó Derio, mientras se servía otro güisqui. Desde la cocina llegaba el repiqueteo de una tapa de cacerola mal cerrada, que dejaba escapar olor a guiso tradicional.
-Queremos hablar contigo, -contestó Alterio, rechazando la invitación y sentándose a horcajadas en una silla frente al escritor. Queremos que nos liberes, que nos dejes vivir nuestra propia vida. Queremos desarrollarnos sin tu tutela.
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-Sabéis que eso es imposible, dijo Derio apagando dentro del vaso el cigarrillo que se le había consumido entre los dedos. -Yo os he creado y os iréis solo cuando yo lo desee.
Entonces Ana extrajo una pequeña pistola de su bolso y apuntó a Derio.
-No seas absurda Ana, dijo el escritor.
Aunque le temblaba la mano, Ana disparó.
Ooo O ooo
Esa noche, Alterio salió del Bukowski un poco antes de las dos de la madrugada y esperó a Ana en la calle. Cinco minutos después volvió a entrar y la buscó inútilmente entre el humo, en la sala, en la cocina y en el aseo. Intentó preguntar por ella, pero los clientes, concentrados en el orador, le ignoraron. Se sintió invisible, como si ya no existiera. Como si nunca hubieran existido ninguno de los dos.
ooOooo
Una hora antes, bajo la fotografía del novelista, al fondo del Bukowski, y envuelta en volutas de humo, una morena de uñas escarlata le miró fijamente mientras se aproximaba. Derio frenó su silla de ruedas y alguien le acercó el micrófono. Sacó unas cuartillas manchadas de sangre del bolsillo interior de la chaqueta y leyó su relato.
Los aplausos ahogaron el ruido que provocó su cuerpo al desplomarse sin vida.

1 comentario:

i am... dijo...

Genial!!!!!

Un excelente texto


Besos