martes, 1 de diciembre de 2009

DE UN ROJO ANARANJADO










La venganza es el manjar más
sabroso condimentado en el infierno.
Walter Scott

La vida solo se comprende mirando
hacia atrás, pero se debe vivir hacia delante.
Kierkegaard





















CAPÍTULO III














-LAS SIRENAS (Enero-1965)

Jacob tiene los ojos desmesuradamente abiertos y la boca babeante de espuma blanca y seca. Su cuerpo, gordo y fláccido, se balancea en el hueco de la escalera, en el extremo de una soga que está atada al pasa manos, a la altura del primer piso. Bajo el ahorcado, en el suelo, hay una vieja maleta de cartón, abierta y llena de pequeñas piezas de oro y plata relucientes.
Jacob Raichman ya no puede oír la sirena de la ambulancia ni la de la policía que acaban de detenerse, bajo una fuerte tormenta, frente a su casa en la rue de Cursol de Burdeos, en el sur de Francia. Si Jacob hubiera podido oírlas, las habría distinguido sin problemas. Su vida había estado llena de sonidos de sirena: La de los bomberos apagando los incendios causados por la artillería alemana en los alrededores de París, allá por el año cuarenta, o la que prevenía de los ataques aéreos y que obligaba a correr a los refugios. También tenía grabadas en el cerebro las sirenas de los campos de trabajo nazis.
Pero desde aquellos infernales días había trascurrido al menos veinte años. Veinte años que utilizó para intentar reanudar una vida interrumpida por la barbarie y la sinrazón, en la que él mismo participó conscientemente.
Pero sus remordimientos no le habían permitido rehacerla.


13-JACOB. (París, Veinte años antes)

Jacob volvió a secarse el sudor que resbalaba por su frente. El calor de esos días, pese a no ser excesivo, le afectaba sobremanera, y su cuerpo se resentía de las calamidades pasadas.
Encaminó sus pasos hacia la casa de sus padres en el Boulevard Haussmann. Aparentemente en el exterior de la vivienda, después de tres años de obligada ausencia, todo seguía igual. El jardín conservaba su olor penetrante a lilas, que en grandes racimos cubrían las rejas de la cerca y se dejaban caer del otro lado. La delgada y recta acacia que él mismo plantara había crecido considerablemente.
Buscó el pulsador entre las flores. Llamó.
Doff apareció ladrando en el umbral de la puerta en cuanto oyó el timbre de la cancela y tras un ligero titubeo se abalanzó sobre Jacob, que le esperaba acuclillado frente a él. Le lamió la cara y las manos y a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio. Tras el perro aparecieron los antiguos caseros Louis y Jeanne Foulard. Natasha, la vieja doncella de los Raichman seguía con ellos.
--Los asesinaron a sangre fría, --dijo Jeanne, mientras servía unos vasos de té. Bebió un sorbo y continuó: --Mataron a tus padres por negarse a la deportación; nosotros mismos nos encargamos de enterrarlos en el cementerio de Montparnasse.
Esa misma tarde, Natasha acompañó a Jacob hasta la tumba de sus padres. El viejo Doff también fue con ellos.
En la casa de los Golubev en los Campos Elíseos donde vivió con Tania, su fugaz esposa, le recibieron fríamente. Su amistad con oficiales alemanes le había cerrado definitivamente las puertas de la casa de sus suegros. Además su ascendencia judía había causado muchos problemas a la familia durante la ocupación.
Al final del día, Jacob Raichman, una vez recobrada su verdadera identidad, vagó, acompañado del fiel Doff, por las callejas solitarias de Pigalle, recreando en su imaginación lugares y hechos irrepetibles, ocurridos años atrás mientras vivía intensamente las noches del Grand París. Pero ahora estaba sentado en un banco del parque, sin dinero, cansado y hambriento. Ya nada le retenía.
Allí pasó la noche, bajo un cielo clareado por la luna llena y al lado de Doff, que de cuando en cuando le despertaba con suaves lametazos en la cara. Cada vez que se dormía, sus sueños se convertían en pesadillas. Siempre se le volvían pesadillas.
Despertó sobresaltado y temblando de frío. Era mayo y la temperatura por las noches descendía considerablemente. Jacob levantó su pesada maleta de cartón y caminó lentamente, buscando en la madrugada la cercana gare de Montparnasse. Doff, no le siguió esta vez; le vio marchar desde la verja exterior del parque y después tomó el camino de regreso a casa. Jacob entró en la estación y subió al primer tren sin preocuparse siquiera en ver cuál es su destino. La luna, que había perdido su brillo plateado de Adularia, se retiró difuminada tras las nubes.



12-LA LIBERACION

Cuatro meses antes, en el campo de exterminio, una luna agonizante, quizás avergonzada, presidía la noche, mientras los altavoces, colocados por todo el perímetro del recinto no cesaban ni un momento de impartir instrucciones. Jacob Raichman y su grupo terminaron de quemar y enterrar los últimos cuerpos y se pusieron a resguardo de las explosiones que trataban de hacer desaparecer inútilmente las pruebas del genocidio. Entre los destrozados efectos personales que estaban esparcidos por el suelo, Jacob descubrió un libro. Una novela de Alejandro Dumas milagrosamente intacta. Al abrirla reconoció la dedicatoria de su hermano a Eveline y la guardó bajo la colchoneta de su camastro.
Los cañonazos del ejército ruso se oían ya con nitidez y algunos aviones, en vuelo rasante confirmaban la presencia de fuerzas liberadoras.
Desde la puerta de su barracón Jacob asistía a la huida atropellada de los oficiales nazis. Después, y sin preocuparse por cerrar las enormes puertas del campo, que aún anunciaban “el trabajo os hará libres”, vio cómo el resto de los carceleros montaban en sus Opel Blitz y desaparecían sin tener muy claro hacia dónde dirigirse.
El Capitán de las SS Hans Bormann guardó todo el oro robado en una maleta y la llevó consigo.
Por primera vez, desde que Jacob Raichman había llegado al campo, éste estaba en completo silencio; en el silencio más extraño y sobrecogedor que jamás habían presenciado los más de siete mil prisioneros que habían conseguido sobrevivir. Por fin, las altas chimeneas de sucio ladrillo rojo habían dejado de escupir aquel humo pútrido, que había anegado durante años sus pulmones.
Ya no caía la negra ceniza que, en los meses de invierno se mezclaba con la nieve y conformaba sobre el campo de exterminio un macabro belén navideño. Jacob se despojó de su chaqueta, se vistió con un pijama de prisionero y se mezcló entre los demás.
Cuando llegaron los primeros soldados rusos encontraron al grupo reunido en medio del recinto sin apenas fuerzas para darles la bienvenida.
Esa tarde murieron más de cien prisioneros por indigestión.

11-EL CAMPO

Un mes antes, la vida del campo se había visto alterada por última vez. Llegaba el que sería posiblemente el postrero tren de prisioneros judíos. Las noticias cada vez más insistentes del arribo del ejército rojo había interrumpido la cadencia de convoyes hacia el campo. Jacob, siempre con su chaqueta negra abrochada hasta el cuello y su brazalete blanco con la estrella de David en su brazo izquierdo, organizaba orgulloso, desde su empleo de Kapo, el desembarque de los deportados en el andén, colocando rutinariamente a las mujeres y a los niños formando una columna a su izquierda y a los hombres formando otra a su derecha. Fue entonces cuando reconoció dentro del grupo a su hermano Alex y a su esposa Eveline. Ésta llevaba de la mano, tiritando de frío a François, uno de sus hijos. El niño vestía unos pantalones cortos, una camisa sucia y un jersey grande y roto, seguramente de su padre y que apenas le protegía. Sobre la cabeza llevaba una gorra marrón de la que brotaba una corta melena de pelo rojo anaranjado. El destino volvía a juntarlos y esta vez Jacob llevaba todos los ases. Era la ocasión de vengarse de ellos. Si Eveline le había rechazado y humillado en el pasado, ahora no tendría tiempo ni de arrepentirse.
Jacob ordenó sacar de la columna a su sobrino ante las miradas incrédulas de Alex y Eveline. Después, siguiendo con una mirada burlona la marcha de ambos hacia las cámaras de gas, llevó a su sobrino al pabellón de las mujeres. Lo abandonó allí y trató de olvidarle.

BURDEOS 1965. LAS SIRENAS-2

La policía no tiene que forzar la puerta de la casa de Jacob Raichman . La encuentra abierta de par en par. Una vez en su interior, proceden a descolgar el cuerpo y lo colocan sobre la alfombra que cubre la tarima de la entrada. La postura forzada de su cabeza, les indica claramente que ha muerto al fracturarse las vertebras cervicales. Todos los indicios llevan a pensar en un suicidio.
Mientras tanto, abajo, en la rue de Cursol las alcantarillas no dan abasto para eliminar la gran cantidad de agua que cae inmisericorde del cielo. Las sirenas siguen sonando con tozudez. Escondidos tras la esquina de la calle, dos hombres altos, que poco antes han abandonado la casa de Jacob, vigilan los movimientos de la policía.































CAPITULO ll















10-MARSELLA (octubre-1944)

Como hacía cada domingo por la mañana, desde que llegaron dos años antes a Marsella, Eveline vistió a Marcel y a François para salir de paseo. Darían una vuelta por el puerto y aprovecharían para comprar algo de pescado en los puestos del muelle. Marcel empezó a toser y Alex después de comprobar que tenía algo de fiebre, creyó conveniente que se quedara en casa con su tía Danielle. El invierno había llegado ese año muy frío, incluso a orillas del Mediterráneo y no era cuestión de que el pequeño empeorara. François sí les acompañó.
El muelle no estaba muy animado aquella mañana. Pocos barcos se habían atrevido a salir a la mar, debido al fuerte temporal que azotaba la costa y el pescado escaseaba En la parada de Michel apenas se ofrecían a la vista cuatro o cinco raquíticos pulpos. Lo único que había podido conseguir en todo un día de pesca.
Alex se disponía a comprar uno de ellos cuando una mano firme le agarró el brazo haciéndole girar. –Acompáñenme a la prefectura por favor, --dijo el gendarme. --Hay una denuncia contra ustedes.

9-MIRABELA (Marzo-1943)

Mirabela era una muchacha de unos quince años. Llegó una tarde lluviosa de marzo al campo de exterminio en un tren procedente de Rumanía. Sus cabellos negros y ensortijados, asomaban revueltos por debajo del pañuelo blanco que le cubría la cabeza. Sus grandes ojos negros, resaltaban en la excesiva palidez de su rostro.
El kapo Jacob Raichman era uno de los pocos prisioneros que podía moverse libremente por todas las dependencias del campo, así que tras separarla de sus padres llevó a Mirabela a las duchas, a la cocina y después a su cuarto donde le proporcionó ropa limpia. Mirabela se convirtió en su amante a la fuerza a espaldas de los dueños del campo. Fueron dos meses de tregua para los prisioneros, pues durante ese tiempo Jacob Raichman solo se ocupó de Mirabela. Le regalaba a diario ropa y algunas joyas cuya procedencia ella ignoraba, pues durante ese tiempo no le permitió salir de la pequeña habitación donde la tenía secuestrada. Para su desgracia, Mirabela se escapó un día del encierro y conoció la horrible realidad que vivía el campo. Jacob la encontró colgando de una viga de su propio cuarto. Llevaba puesto su viejo vestido negro y el pañuelo blanco con el que llegó. Este había resbalado hacia atrás dejando al descubierto sus largos rizos negros que ahora se mecían muertos en el aire. Solo supo de ella que se llamaba Mirabela, que no tenía más de quince años y que era gitana.


8-PIGALLE

Jacob había llegado al campo cuatro meses antes. Siempre, hasta entonces se había considerado un hombre con suerte. En el juego y en los negocios. En el amor, no. En los negocios, gracias a sus triquiñuelas y astucias que le habían permitido durante los años anteriores eludir una deportación segura dada su condición de judío. Sus contactos con el mundo de la vida nocturna de París tras la muerte de su esposa Tania, su conocimiento de los cabarets y casas de citas del barrio de Pigalle le habían proporcionado la protección de algunos oficiales alemanes, que le utilizaban como guía e intérprete en sus habituales salidas nocturnas por los bajos fondos de la ciudad recién ocupada. Y en esta ocasión la suerte volvió a estar de cara para Jacob. Hans Bormann, capitán de las SS y unos de sus mayores protectores en París, llegado al campo unos días antes, le reconoció cuando descendía del tren y le salvó de una muerte segura.
A partir de ese momento, Jacob se convirtió en el kapo más sobornable y sobornado del campo. Intercambiaba favores entre los siervos y los amos, que le reportaba pingüe beneficios, aunque en casi todos los casos, por no decir en todos, solía a la postre perder al cliente.
En complicidad con el capitán Bormann guardaban parte del oro que arrebataban a los prisioneros, ya fueran relojes, pulseras, anillos o dientes y muelas de los que arrancaban a los cadáveres a la salida de las cámaras de gas. Vendía medicinas a seres que iban a vivir una media de dos días más. También sobras de comida de la cocina de los oficiales nazis, que cambiaba por aquellas pequeñas piezas de oro, que algún prisionero había podido esconder en los registros diarios que hacían los soldados en los barracones. Todo ello lo guardaba en una vieja maleta de cartón que tenía escondida bajo las tablas del suelo de su cuarto Acostumbraba a filtrar noticias falsas sobre la marcha de la guerra y la pronta liberación del campo. Estas informaciones provocaban confusión entre los prisioneros. Con todo ello obtenía al menos un tiempo extra de vida.





7-GISELLE (París, un mes antes)

Giselle salió, como cada tarde hacia su trabajo: el club Paradise del Boulevard Voltaire. Fue al atravesar el puente sobre el Sena cuando reparó en el hombre que subía a un coche en compañía de varios oficiales alemanes. Elevó las cejas en señal de sorpresa y con ellas, no sin esfuerzo, las largas pestañas postizas que tanto le había costado colocarse. Aquel hombre era Jacob. Hacía al menos un año que no le veía y corrió a saludarle. Golpeó el vidrio de la ventanilla del coche varias veces y cuando al bajar el cristal apareció el rostro de Jacob, Giselle le besó, le abrazó y le llamó repetidamente por su verdadero nombre, ante la sorpresa de los uniformados acompañantes. Diez días después Jacob Raichman, alias Jacques Martin para los alemanes, era deportado


6-LA HUIDA (Junio-1940. Dos años y medio antes)

En la vieja casa del Boulevard Houssmann, Eveline terminó de hacer la
maleta en la que había guardado lo más necesario; ropa de ella y de los niños, unos zapatos de repuesto, fotografías, documentos y su novela favorita El conde de Montecristo. Valía la pena cargar con ella. Era un regalo de Alex. y seguramente su bien más preciado, el que le había proporcionado más horas de felicidad después de sus hijos y del mismo Alex, su joven marido que se encontraba luchando en el frente y del que no tenía noticias desde hacía dos meses. Pero ella presentía que Alex estaba vivo y que en cualquier momento se presentaría en casa. Por eso tenía todo preparado para salir lo antes posible de París y huir hacia el sur, lejos de la amenaza alemana y de la posible persecución a la que se verían sometidos por su condición religiosa. Además estaba Jacob. Su deseo era poner tierra de por medio lo antes posible.
Había intentado convencer a David y María, los padres de Alex, de que lo más seguro era huir con ellos y no esperar a que los invasores controlaran todas las salidas de la ciudad. Pero sus suegros no estaban dispuestos a abandonar su casa y pese a que todavía eran bastante jóvenes la sola idea de involucrarse en un viaje largo, lleno de peligros por la situación en que se encontraban les había hecho tomar la decisión firme, de no moverse de París.
Durante los días siguientes, Eveline recorrió las estaciones cuyos trenes se dirigían hacia el sur de Francia pero no encontró billetes. Los pocos trenes que salían de París estaban completos. Además existía el riesgo de que los alemanes bombardearan las vías de suministro por lo que correrían un gran peligro, si se embarcaran en alguno de ellos.
Aquella misma tarde Eveline recibió una carta de Alex en la que le anunciaba su llegada a París. Les pedía que tuvieran listo el equipaje. Francia había capitulado. Al día siguiente partieron en el coche de unos amigos hacia Marsella, donde Eveline tenía familia.
David y María les despidieron con la convicción de que no les iban a volver a ver nunca más.
Dos días después los alemanes entraron en la ciudad.





5- DE JACOB A JACQUES

Jacob optó por la colaboración. Había tenido la posibilidad de huir con Alex, Eveline y los gemelos pelirrojos antes de que llegaran los alemanes a París, pero la rechazó después de sopesar los inconvenientes de una fuga arriesgada, con los alemanes pisándoles los talones y con Eveline evitándole constantemente. Además estaba la negativa de David y María, sus padres a abandonar la casa de la familia. Así pues alquiló una habitación en el centro y consiguió sin problemas una identidad falsa. De Jacob Raichman pasó a llamarse Jacques Martin, borrando de un plumazo su ascendencia judía. También esperaba que le ayudara el hecho de no haber luchado en la corta y aciaga guerra que habían sostenido con Alemania hasta entonces.
Esperó la entrada de los invasores encerrado en su nueva casa y pocos días después empezó a confraternizar con soldados y oficiales alemanes que frecuentaban los tugurios donde no le conocían. Chapurreaba el alemán por lo que no le costó mucho entablar amistad con los vencedores y rodearse de un grupo de individuos ansiosos por devorar la noche parisina. Pronto se convirtió en pieza imprescindible en el suministro de mujeres para sus fiestas. Eso le sirvió también para conseguir un permiso que le permitía eludir el toque de queda decretado a partir de las seis de la tarde.
El recuerdo de su cuñada Eveline le perseguía en cada una de las relaciones que mantenía. No había sido capaz de olvidarla aunque a esas alturas no estaba seguro de que lo que seguía sintiendo por ella fuera amor o resentimiento. Así que se decidió por relaciones esporádicas con prostitutas que mantuvieran ocupada su memoria y su corazón.

BURDEOS. Enero 1965- LAS SIRENAS-3

En la rue de Cursol, el Juez ordena el levantamiento del cadáver. Cubierto totalmente con una sábana blanca, sobre una camilla, Jacob es introducido en la ambulancia. La policía recoge la siniestra maleta llena de muelas y dientes de oro. Sigue lloviendo.



















CAPITULO I













4- EVELINE (Septiembre-1939)

Eveline era maestra en la escuela Aragó, uno de los colegios más antiguos y prestigiosos de París. Era judía, como Álex. Muy delgada, un metro setenta, ojos verdes de mirada triste y pecas en casi toda su blanca y delicada piel. Pero su seña más particular era su pelo, de un rojo anaranjado brillante que llamaba la atención. Sus dos hijos gemelos, Marcel y François, nacidos de su unión con Álex tres años atrás, habían heredado su color de cabello. De su padre habían adquirido la estatura y una nariz larga y gruesa.
Eveline recibió la llamada de Álex a las doce del mediodía y abandonó apresuradamente el colegio, dirigiéndose a casa con paso rápido, que poco a poco fue convirtiéndose en carrera. Los gruesos tacones de sus zapatos resonaban en la escalera de madera mientras subía de dos en dos los escalones hacia la buhardilla donde la esperaba su marido.
La noticia, adelantada por teléfono se confirmaba; Álex había sido llamado a filas y debía incorporarse esa misma tarde.
A partir de ese momento Jacob intentó tomar el sitio de su hermano Álex en la vida de Eveline y lo que empezó siendo afecto fraternal fue derivando en acoso sexual. Jacob la buscaba a todas horas, la esperaba a la salida del colegio y la acompañaba con la excusa de protegerla. Constantemente trataba de abrazarla y besarla, incluso delante de los niños. Eveline siempre le rechazaba y terminó amenazándole con escribir a Álex y ponerle al corriente de la situación.
Aún no había podido conciliar el sueño. Eveline daba vueltas sobre sí misma tumbada en la cama. La noche se presentaba larga y húmeda, pues fuera llovía con tanta fuerza, que se habían formado algunas goteras en el techo de la buhardilla. Jacob irrumpió en el dormitorio y pese a las protestas, los golpes y los mordiscos que Eveline le propinó consiguió violarla. Esta situación se mantuvo durante varios meses. Ante las amenazas de Jacob hacia sus hijos, Eveline permaneció callada soportando los continuos ataques y vejaciones a que era sometida por su cuñado. Una tarde del mes de abril Alex regresó y marcharon precipitadamente a Marsella.
Jacob permaneció en París.

3-ÁLEX

Incluso antes de terminar la carrera de medicina, Álex ya trabajaba en el Hôpital de la Bienfesance en el pabellón infantil. Su excelente formación universitaria y su gran sensibilidad para tratar a los niños le habían convertido en uno de los preferidos de la Dirección del centro, augurándole un brillante futuro profesional. Álex tenía una gran estatura, ojos y pelo negro, nariz larga y gruesa y bajo su bata blanca vestía habitualmente pantalones de pana, camisa blanca y chaleco. Siempre iba despeinado, cayéndole un desigual flequillo sobre los ojos, lo que le daba un aspecto aniñado e informal.
Aquella mañana había transcurrido tan intensa como de costumbre; ronda de visitas a enfermos y consulta de una a dos. Después de comer se dirigió a casa a reunirse con Eveline y los niños. Todos juntos irían a visitar a su hermano Jacob.
Mientras cruzaba el bulevar observó a dos militares que le esperaban delante del portal de su casa. Cuando se aproximó, le entregaron una notificación: Debía incorporarse inmediatamente al ejército.



2-TANIA (abril-1936. Tres años y medio antes)

Jacob se derrumbó por fin. Había conseguido mantenerse firme sobre sus piernas durante todo el entierro pero ahora, que todo había pasado no pudo aguantar más. De nada le sirvieron los abrazos y los pésames que siguió recibiendo de amigos y familiares. Tanía había supuesto todo para él. Recostado en un sillón de cuero, en el salón principal de la casa de Los Campos Elíseos, la mente de Jacob voló diecinueve años atrás, cuando a bordo del Karlova conoció a una niña de trenzas rubias, ojos verdes y manos muy largas. Jacob tenía diez años, Tania Golubev, siete y durante toda la travesía no se separaron ni un momento. Cuando se despidieron juraron que algún día se casarían.
Poco después de que se instalaran sus respetivas familias en París volvieron a encontrarse en el colegio de la Place Raoul Dautry y continuaron viéndose casi a diario durante los quince años que tardaron en casarse. Tanía se había convertido en una mujer exuberante, a su estatura sumaba unas medidas corporales dignas de las diosas del Olimpo, que llamaba la atención en las numerosas fiestas, que sus padres acostumbraban a dar en el círculo de la alta sociedad parisina. Ella y Jacob formaban una de las parejas más envidiadas de París.
Dos años después de casarse, Tania enfermó de tifus y murió en pocos meses.


1-EL KARLOVA (Febrero-1917)

El Capitán Dranitsyn encendió su pipa, al mismo tiempo que el Karlova levaba anclas. Con su mano derecha volvió a palparse la cartera de piel que llevaba pegada al pecho bajo la camisa y donde guardaba la pequeña fortuna que le había proporcionado su carga secreta. El pequeño vapor, cargado con madera procedente de los bosques del norte de Rusia, se deslizó silenciosamente por las aguas del puerto de San Petersburgo hacia mar abierto. En su bodega, tres camarotes camuflados escondían a otras tantas familias que huían de la inminente revolución bolchevique. Serían varios días de travesía hasta Vissingen, en la región de Zeeland en el sur de Holanda.
María y David habían partido de Moscú tres días antes, remontando el Volga a bordo de un barco fluvial, el Rybinsk. El trasbordo de barco en la ciudad imperial se había realizado por la noche, ocultos en varios carros de caballos que trasportaban grandes fardos de paja.
Con ellos viajaban sus dos hijos, Jacob y Alexander de diez y siete años de edad respectivamente y la recién nacida Kati. También les acompañaba Natasha, la doncella de los Raichman de toda la vida. En los otros dos camarotes viajaban los Tsantsyn, y los Golubev, dos familias también moscovitas que buscaban el mismo destino fuera de Rusia. Ninguna de ellas se conocía y fue durante el destierro voluntario cuando iniciaron una amistad que terminaría creando lazos de familia. Los Golubev y los Raichman, con el matrimonio de sus hijos Tania y Jacob.
Durante el viaje a través del mar Báltico y del mar del Norte, Kati enfermó y murió antes de alcanzar la costa de Holanda. En ese momento el pequeño Alex pensó por primera vez en dedicarse a la medicina.
La familia Raichman se instaló definitivamente en París.

PRÓLOGO / EPÍLOGO Las sirenas-4- (Burdeos enero-1965)

Dos hombres muy altos, embutidos en sus gabardinas, doblan la esquina de la rue Cursol con Victor Hugo y cruzan el Pont de Pierre sobre el Garona. Cuando se acercan al coche, que tienen aparcado al otro lado del puente ya no se escuchan las sirenas. Uno de los hombres lanza con fuerza una pistola que se hunde en las frías aguas del rio. Afortunadamente –piensan –han llegado tarde para consumar su venganza.
François aprieta contra su pecho la novela de páginas amarillentas que ha encontrado a los pies del suicida. Marcel le abraza y ambos lloran en silencio.
Ha dejado de llover y sobre sus brillantes cabellos, un tibio sol de invierno provoca destellos rojos. De un rojo anaranjado.