viernes, 26 de noviembre de 2010


EL VESTÍBULO DEL INFIERNO


F.J.Fayerman
Siete de agosto de 2010


La vida de Samael J.Sheridan podía dividirse fácilmente en antes y después de su traslado a Diablo, ciudad al este del país, rica en leyendas y cuna de los mejores escritores de cuentos de terror, todo ellos misteriosamente desaparecidos cuando la vida más les sonreía.
Samael J. Sheridan también era escritor, aunque el género que cultivaba no tenía mucho que ver con el miedo. Escribía teatro y guiones de cine, casi siempre comedias, que apenas le daba para sobrevivir. Por eso, cuando recibió la oferta de escribir un guión para una importante productora cinematográfica, ni siquiera sopesó que el encargo le obligaría a trasladarse a Diablo. Y con ello la necesidad de dejar su pequeño y económico apartamento en la capital para tener que buscar una habitación barata, cerca de la sede de United Films.
El contrato ofertado era por tres años, así que cedió su apartamento a un amigo y subió al tren. El equipaje se limitaba al ordenador portátil y a una pequeña maleta, donde guardaba celosamente su obra literaria y el cepillo de dientes. Casi toda la ropa que tenía, la llevaba puesta.
En la madrugada del día siguiente, Diablo se presentó a través de la empañada ventanilla del vagón de tercera clase. La ciudad se encontraba sumergida en una niebla cerrada, que no se desvaneció hasta el mediodía. Una urbe de casas viejas y apiñadas, que apenas dejaba vislumbrar un cielo de sucio chocolate, que amenazaba teñir con su lluvia las callejuelas estrechas del barrio antiguo, al que llamaban Olbaid. Según la información que había conseguido en Internet databa del siglo X.
Samael J. Sheridan era un hombre corpulento. Más de cien kilos repartidos en un cuerpo de un metro ochenta sin contar los altos tacones de sus botas y el sombrero vaquero que lucía siempre. Samael iba a cumplir cuarenta años ese mismo mes, pero hacía mucho tiempo que no celebraba los aniversarios. Desde la muerte de su mujer, vivir se había convertido en algo secundario. Quizás el cambio de ciudad le ayudaría a devolverla a un primer plano y a olvidar el pasado.
Después de firmar el contrato en las oficinas de United Films, Samael dedicó el día en buscar alojamiento en Olbaid. Almorzó en un pequeño restaurante de la calle Natas donde trabó amistad con un hombre que comía en la mesa contigua, de aspecto sombrío, bajo, cargado de hombros y con unos ojos que parecían traspasarle cuando los fijaba en los suyos.
–Conozco un piso que se alquila cerca de aquí, --le dijo el hombre al enterarse de que buscaba un lugar para vivir.
–No puedo permitirme un piso, –contestó Samael. –Con una habitación me conformo.
–El piso es de un vecino y amigo que se ha ido a vivir al extranjero y lo alquila por un precio muy bajo, a cambio de que el inquilino lo cuide y se haga cargo de las plantas y de su perro, –respondió el hombre.
Aquella misma tarde los dos visitaron el piso. Era un sótano, con un único dormitorio con una cama con dosel, cocina moderna, cuarto de baño y un salón muy grande con tres ambientes diferenciados. También contaba con un despacho/biblioteca de muebles antiguos y muy bien conservados. Sobre un velador de tres patas florecían unas Faccaceas. Eran las únicas plantas en toda la casa. Toda ella respiraba lujo y Samael J.Sheridan la ocupó encantado.
Al día siguiente llegó Cerbero. Cerbero era un Gran Danés negro. Sentado alcanzaba más de un metro de altura. En su enorme cabeza destacaban dos orejas puntiagudas y unos ojos brillantes que parecían moverse y flotar solos por la noche en la oscuridad del dormitorio.
Samael se acostumbró enseguida a Cerbero y cuando salían a la calle a dar los paseos obligatorios, la gente se apartaba, tal era el respeto que levantaba a su paso. Comía siempre en el restaurante de la calle Natas y Cerbero recibía su ración en la cocina.
Una mañana de domingo el hombre del restaurante visitó a Samael y le propuso utilizar el piso para hacer una fiesta con gente guapa entre los que se encontraba la actriz más famosa y bella del momento: Lucía Labelle.
Samael aceptó de inmediato y a petición del hombre del restaurante compró velas, comida abundante y diez cajas de botellas de güisqui. Llenó el congelador de hielo y abandonó el piso durante todo el sábado, como le habían pedido.
El domingo amaneció frío. Tampoco había nubes en el cielo. Su habitual color chocolate se había convertido en rojo sangre. El viento arqueaba los arboles y los desnudaba de hojas y frutos, y su ulular espantaba a los escasos viandantes que habían osado salir ese día.
Poco a poco fueron llegando los invitados al piso de Samael, colocándose alrededor de un círculo de velas encendidas que rodeaban una gran losa de mármol negro en el suelo del salón.
Durante varias horas los invitados comieron y bebieron abundantemente, conversando y riendo sin parar, hasta que a las doce de la noche la luz eléctrica se cortó y únicamente permaneció la luz de las velas y las sombras estiradas que estas proyectaban sobre las paredes. Alguien gritó y otros rieron nerviosamente, pero todos dejaron de bailar y beber, fijando la mirada en la losa negra que empezaba a moverse, descubriendo una escalera de piedra tenuemente iluminada. Entonces surgió del interior un hombre vestido de blanco y Samael creyó reconocer al hombre del restaurante. Ahora era alto, delgado y su rostro era extraordinariamente bello. Conservaba los mismos ojos penetrantes y en la boca se le dibujaba una sonrisa de satisfacción. A su lado se situó Cerbero, sentado en actitud sumisa.
–Mi nombre es Satán, –dijo el aparecido. –Yo los he invitado a mi fiesta.
Levantó el brazo derecho y el cuerpo de Cerbero empezó a crecer hasta convertirse en una bestia enorme. El animal saltó entonces sobre los invitados golpeando, mordiendo y destrozando todo lo que se ponía a su alcance, hasta que solo sobrevivieron ocho o diez personas, entre las que se encontraban Lucía Labelle y Samael.
Satán señaló a los que aún permanecían con vida y les dijo:
– ¿Quieren seguirme, por favor? Continuaremos la celebración abajo.
Cerbero empujó a Samael hasta el pasillo de la casa y desde allí pudo advertir cómo el salón empezaba a hundirse y lo vio descender hacia las entrañas de la tierra. Después todo quedó en silencio.
En el interior del piso solo permanecieron Samael, Cerbero, que había recobrado su aspecto original y un olor a azufre que duró dos días, justo el tiempo que tardó la policía en visitarlo preguntando por algunos de los desaparecidos.
Cada seis meses Samael preparaba la fiesta para su vecino Satán, siempre con gente guapa, Y también, cada seis meses Samael presentaba un guión nuevo a United films con el que obtenía una fortuna, convirtiéndose en el guionista de moda y en el hombre más solicitado por las mujeres de Diablo.
La novela El vestíbulo del infierno donde narraba bajo seudónimo una historia de fiestas y encuentros con Satán, podría haber sido sin duda su mayor éxito pero, como ya había ocurrido años antes con otros escritores de fama, no tuvo ocasión de publicarla.
Y así, Samael J.Sheridan entró a formar parte del selecto colectivo de escritores misteriosamente desaparecidos, cuando la vida más les sonreía.
Varios meses después, el escritor y guionista Simón L. Mark recibió una oferta de United Films imposible de rechazar. Tendría que mudarse con su mujer desde San Diego a Diablo, pero merecía la pena. Además, la casa les saldría gratis.

viernes, 12 de noviembre de 2010









MARIA LUISA

F.J.Fayerman
Veintitrés de julio de 2010

Llegábamos a la playa sobre las once, y nos agrupábamos cerca de las rocas. Bandera verde, mar en calma y sol intenso. Extendíamos las toallas por el suelo y todos se sentaban contentos sobre ellas. Los monitores nos colocábamos alrededor.
Era mi primer año de voluntariado en este campamento de verano con hombres y mujeres discapacitados y mi papel consistía en acompañar permanentemente a dos de ellos y vigilar que en la playa nadie se alejara del grupo. Cuando todos estaban preparados, el monitor jefe iniciaba las actividades.
Primero era el baño y los juegos en la arena. Después, en unas mesas que habíamos colocado al fondo de la playa, resguardados del sol por toldos verdes y blancos, se almorzaba y leíamos algunos textos que se comentaban hasta donde alcanzaba su entendimiento. Así hasta las dos, hora en la que los acompañábamos a la residencia para comer.
Por la tarde nos juntábamos en el porche de la casa y contábamos historias divertidas. Por la noche, todos querían escuchar historias de miedo.
A María le reían los ojos cada vez que yo pronunciaba su nombre, aunque de vez en cuando su mirada se escapaba lejos y parecía perderse en otro mundo, del que costaba mucho recuperarla.
María tenía treinta años, el pelo largo y negro, recogido en una coleta y atado con una goma rosa, el único color que le gustaba. A veces, mientras leíamos, ella misma deshacía el nudo y me daba la goma para que volviera a recogérselo y así notar mis dedos en su cabeza. Su cuerpo era frágil, casi tanto como su mente y cuando caminábamos buscaba apoyo en mis brazos. Podía haber sido la mujer más deseada del mundo, si hubiera podido sonreír; si hubiera tenido alguna razón para sonreír.
Me enamoré sin pensarlo, sin desearlo, pero en ningún momento sentí compasión ni pena hacia María. Para mí no era diferente a cualquier otra mujer, pese a que en su boca había siempre un gesto suplicante. Y cuando una noche acudió a la oscuridad de mi habitación, no sentí remordimiento por amarla, por recorrer su cuerpo, por beber en la fuente fresca de su boca, o porque mis labios susurraran “te quieros” imposibles, mientras ella gritaba en silencio.
Le gustó que mis pies se frotaran con los suyos, notar sus muslos aplastarse bajo los míos y el cosquilleo de mis dientes mordisqueando sus axilas. Y el gesto de súplica de su cara se tornó risa y rió sin parar hasta que de tanto reír se volvió llanto y María se sorprendió al descubrir por vez primera el agua salada descendiendo por sus mejillas hasta mojar sus labios.
Cuando terminó el campamento de verano y regresamos a casa, María volvió a extraviarse en su cercano infinito. Y al tiempo que las gaviotas planeaban sobre la orilla del atardecer y la luna intentaba quitarse el velo de novia para platear el mar, la marea se encargó de borrar nuestros nombres en la arena: Luisa ama a María.

martes, 26 de octubre de 2010



MOMENTOS
LA FOTO
– ¿Quieres terminarte la leche, por favor?
Miré una vez más al niño de la foto tratando de reconocerle, mientras mi mano temblaba sujetando el vaso.
–No pienso desayunar y además no quiero ir al colegio.
–Abuelo, ¿quieres terminarte la leche por favor?

MOMENTOS
UN MUNDO MARAVILLOSO
Metí el coche en el garaje y esperé su llegada. Bajé las lunas laterales, me recliné sobre el respaldo del asiento y conecté la radio.
Mientras la perseguía alrededor del auto, golpeando rítmicamente el techo con las palmas de mi mano, me sentí Harrison Ford. Y entonces se obró el milagro. Ella era Kelly McGuillis y en el aire sonaba What a wonderful world.

MOMENTOS
¡DÍGAME!

Su teléfono comunicaba, pero yo no estaba nervioso, solo impaciente por oír su voz otra vez. Por increíble que pueda parecer me encontraba sereno y feliz. Seguí marcando su número a diario durante veinte años más, hasta que un día, por fin, llegó a mi lado.
Cundo nos abrazamos, comprendí que solo había transcurrido un instante. Y en ese momento, aquí arriba, el tiempo dejó de existir.

MOMENTOS
INSPIRACIÓN
Agosto, playa. Irene, pelo rubio y piel morena se despoja de la parte superior del bikini. Sus pechos son perfectos. Se quita las gafas de sol y me mira insinuante desde la toalla. Un niño que sale corriendo del agua deja perlas sobre su cuerpo.
Me levanto del ordenador, enciendo un cigarrillo y voy a la cocina a prepararme un güisqui.
--Por favor Irene, no te vayas. Vuelvo enseguida.

jueves, 9 de septiembre de 2010


Este relato está inspirado en una historia que me contó mi padre cuando era un niño. No sé si se trata de una narración de Poe u otro escritor o si fue una noticia aparecida en los diarios de la época. De cualquier forma no es mi intención apropiarme de su autoría.

EL TREN CORREO
Federico Fayerman
5 de enero de 2007

Durante todo el día, el tren correo fue dejando su carga por los pueblos manchegos y por los de Andalucía, en su lento y mil veces interrumpido caminar, hasta llegar a su fin de trayecto, Andujar. Son las dos de la madrugada del día 30 de Noviembre de 1943. Todas las mercancías del vagón principal entre las que se encuentra un ataúd negro y la saca con la paga de los empleados, son descargadas en el almacén-oficina de Tomás Ibáñez, el Jefe de Estación.
Tomás, un hombre de duras facciones y fuerte envergadura, coloca la saca del dinero en la caja fuerte de su despacho, cierra la puerta de la oficina con llave y se sienta delante de su escritorio para redactar el parte del día, tarea que le llevará al menos un par de horas. Aquella noche tiene guardia y ha decidido relajarse. Coge un periódico del paquete recién llegado y comienza a hojearlo.

A esa misma hora, Ramiro Ramos sigue trabajando en su despacho de la estación de Mediodía de Madrid. Aunque aquel día cumple 60 años de edad y más de 30 en el ferrocarril, sigue siendo incapaz de irse a su casa hasta no haber comprobado y cerrado los inventarios de carga de los trenes-correo que parten diariamente de esa estación. Quizás su condición de viudo reciente le hace refugiarse aún más en su trabajo y huir de la soledad del hogar. En los últimos meses ha adelgazado mucho, tanto que sus compañeros le han recomendado visitar al médico de la empresa pues ven como se deteriora su salud, otrora de hierro.
El último impreso y se acabó por hoy. Fija sus enrojecidos ojos en la lista: bicicleta Thoman azul, peso 9 kg, destino Manzanares; Silla madera nogal, peso 5 kg, destino Santa Elena; ataúd negro, peso 120 kg., destino Andújar. Es el segundo ataúd de esta semana, recuerda.

Sigue leyendo: valija, peso 10 kg; esta es la paga de los empleados, piensa. A la derecha de la máquina de escribir un periódico abierto por la página de sucesos le llama la atención; Un conocido y peligroso ladrón, recién fugado de la cárcel, ha sido visto en los alrededores de la estación de Mediodía de Madrid, donde se ha vuelto a perder su pista.

Ramiro acaba su trabajo y después de cerrar la tapa corredera de su bureau, sale del despacho apagando una por una las luces según se dirige a la puerta de salida. Como siempre es el último en abandonar el trabajo.

En la estación de Andujar, Tomás Ibáñez nota sus parpados muy pesados y sin poderlo evitar apoya la cabeza sobre la escribanía y se queda dormido. Tras él, en el almacén, solo el reflejo lejano del flexo del escritorio atraviesa tenuemente la oscuridad que envuelve un sinfín de paquetes, bultos de formas dispares y al ataúd recién llegado.

Ramiro Ramos sale a la calle y la recorre con la mirada de derecha a izquierda en busca de un taxi. A esas horas reconoce que es muy difícil encontrar uno, así que decide como tantas otras veces caminar hasta su casa. Se sube el cuello del abrigo hasta las orejas y hunde las manos en los bolsillos. Con la mirada fija en el suelo adoquinado fabrica vaho expulsando aire caliente de su boca, lo que le convierte en un hombre-máquina de vapor. Siempre pensando en lo mismo, se dice.

El sereno le sale al encuentro y le saluda cordialmente buscando la propina. Como siempre, echan una parrafada en el portal antes de despedirse.
Ramiro no ha cenado. No lo hace casi ningún día desde que Emilia cogió el tren hacia la eternidad. Su único hijo se casó con una portuguesa hace un año y se fue a vivir a Portugal, concretamente a Lisboa, desde donde le escribe a menudo. Este año le ha prometido venir a Madrid para que conozca a su nieto recién nacido.
Se prepara un café y se sienta en una silla de la cocina a tomárselo. Pone la radio pero hace tanto ruido de interferencias que la apaga enseguida. Aflojándose el nudo de la corbata se dirige a su dormitorio, frió y vació como de costumbre.
En el pasillo sigue pensando en el trabajo que le espera el día siguiente., el trabajo rutinario que le ha convertido en un hombre rutinario. Estaría curioso que mañana transportáramos otro ataúd. Ya serían tres en tres días seguidos.
Entonces se para y enarca las cejas. Recuerda: ataúd negro, peso 120 kilos destino…., peso 120 kilos!.
Ramiro se pone el abrigo y sale apresuradamente de su casa. Milagrosamente pasa un taxi en ese momento por delante del portal y se sube a él. A la estación de Mediodía por favor, indica al conductor.

En la oficina del jefe de estación de Andujar, Tomás Ibáñez sigue dormitando. Detrás de él, el ataúd parece cobrar vida.


Señorita por favor, necesito urgentemente una conferencia con Andujar. Con la estación del ferrocarril. Es muy urgente. Ramiro cuelga el auricular y pasea arriba y abajo por el despacho. Señorita por favor, necesito esa conferencia ya, le repito que es muy urgente. Lo siento, le responde la telefonista, tenemos una avería en la línea y no se podrá restablecer el servicio hasta dentro de unas horas, según me indican. Se está haciendo todo lo posible por subsanar este fallo.

Ramiro Ramos se dirige a la oficina de comunicaciones de la Central y se sienta delante del Telégrafo. Apoyando la palma de la mano derecha en el pulsador comienza a transmitir.

En la estación de Andujar, el receptor de código Morse empieza a emitir una serie continua de sonidos cortos y largos.. Tomás escucha como en sueños la transmisión y traduce mentalmente el mensaje que llega.

¡¡¡ Cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd!!!

Ibáñez se despierta sobresaltado, levanta la vista hacia el espejo que se encuentra en la pared sobre el escritorio y ve reflejada la figura de un hombre corpulento, con una pistola en la mano, avanzando hacia él. Detrás del hombre, el ataúd abierto.

Como impulsado por un resorte abre el cajón, saca una pistola y dispara tres veces. Mientras cae al suelo oye el espejo romperse en mil pedazos. Después, todo se detiene.
Cierra los ojos y escucha. El ruido de un cuerpo al caer sobre la tarima le certifica que ha alcanzado el blanco. Se incorpora y contempla al hombre tendido boca abajo sobre un charco de sangre. Lo voltea ayudándose de un pie y comprueba que está muerto.
En una esquina del despacho, el telégrafo sigue insistiendo:¡¡¡ cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd; ¡!!

miércoles, 8 de septiembre de 2010


EL CIELO DE CRISTAL


Federico Fayerman

15 de abril de 2007




Al encenderse la luz, todo empieza a cobrar vida a mí alrededor. Mi cerebro, si tengo, está completamente en blanco. No recuerdo nada de mi pasado. Ni siquiera lo que he hecho el día anterior.

Estoy en una habitación rodeado de monos de piloto, cascos, guantes y todo tipo de accesorios de automóvil.
Me veo enfundado en un mono rojo y blanco, con guantes y con un casco azul, bien ajustado en mi cabeza. .
Cuando salgo de la habitación me encuentro con un monoplaza de fórmula uno rodeado de una decena de mecánicos atareados en su puesta a punto. Está situado en el último lugar de la parrilla de salida. Su color plata metalizado con franjas rojas laterales destaca sobre el asfalto negro de la pista. En el lateral derecho un nombre, quizás el mío escrito con letras azules: Fernando Alonso.

Los semáforos colgados encima de la recta de salida cambian de rojo a verde y los bólidos que tengo delante arrancan y se alejan de mí rápidamente.

Mi coche empieza a moverse solo, sin que yo se lo haya ordenado y las tribunas laterales empiezan a retroceder cada vez más veloces. Yo sigo sin accionar ningún control, cuando veo aproximarse la curva cerrada de final de recta. El bólido sigue sin obedecer mis órdenes y entra en la curva a excesiva velocidad, El coche derrapa, se sale de la pista, y se estrella contra un muro de hormigón a más de trescientos kilómetros por hora.

Pocos segundos después estoy sentado en un monoplaza rojo. Mi traje de piloto es muy llamativo: verde fluorescente y amarillo y mi casco es blanco con una cabeza de águila pintada en el frente. Está situado en la última posición de la parrilla de salida y en el lateral del coche pone un nombre, quizás el mío: KIMI y no recuerdo nada de mi pasado, ni siquiera lo que ha ocurrido ese mismo día.
Los semáforos cambian a verde.
Al final de la recta vuelvo a estrellarme, esta vez contra otro coche que se cruza en mi camino.
Levanto la vista
En el cielo, que es de cristal, parpadean las palabras “Game Over”.

viernes, 25 de junio de 2010


HISTORIAS DE ANTIOQUIA
3 - EL CACHACO

Federico Fayerman
Dieciocho de junio de 2010


Anochecía en Antioquia. El camino de Medellín a Abejorral se me había hecho largo y accidentado por el pésimo estado de la carretera, y cuando a lo lejos, las primeras luces de la población y el blanco tejado de su iglesia se hicieron presentes, respiré tranquilo. Paré en el estadero Las Yeguas a la entrada del pueblo y me refresqué por dentro y por fuera. Después de descargar mi equipaje seguí camino.
Atravesé Abejorral mientras el GPS de mi todoterreno buscaba la Carrera Aguinaga, lugar donde vivía la mujer que me proporcionaría la historia que pretendía escribir.
El número 6 de la carrera Aguinaga era una casa de dos plantas, de fachada estrecha algo deteriorada y balcones cuajados de orquídeas. El humo gris escapando al cielo desde su tejado, anunciaba que el hogar se encontraba en plena batalla con el intenso frio exterior.
Apoyado en la puerta principal un cartel anunciaba:
“Pase al interior y escuche (La historia del Cachaco). “Solo 200 pesos”.
Conecté mi ordenador portátil a Internet y busqué “Cachaco”: “Traje. Hombre elegantemente vestido. Termino usado despectivamente por los costeños para nombrar a los de las zonas del interior de Colombia”. Escondí el PC en el maletero y bajé del coche.
Empujé la puerta de la casa y entré. Un salón de reducidas dimensiones daba acceso a otras tres estancias parapetadas tras cortinas, que hacían las veces de puerta. A la derecha, una escalera comunicaba con la planta alta.
El sonido de cacharros sobre un fogón me indicó la dirección a tomar y retirando la colgadura que la ocultaba, entré en la cocina. Dos ancianas guisaban de espaldas a mí. Una de ellas se volvió y me indicó que tomara asiento. Así lo hice cerca de una mesa de tablero robusto, repleto de platos recién cocinados: Frijoles, Empanadas, Bolitas de Yuca, Arepas de maíz y Mazamorra que me abrieron de inmediato un apetito feroz.
–Coma lo que desee, –me dijo la anciana al ver la expresión de mi rostro, mientras se secaba las manos en el delantal; –va incluido en el precio.
Se sentó a mi lado y me sirvió un trago de aguardiente.
–Le vendrá bien para el frío –continuó, sirviéndose ella misma otra copa. Sacó la fotografía de una hermosa joven de un cajón de la alacena y mostrándomela comenzó a hablar.
–La historia que le voy a contar ocurrió hace ya veinte años, cuando a mi hija pequeña Simona la casamos con Don Diego, un viejo y rico hacendado que había quedado viudo recientemente. Simona, contra su voluntad, tuvo que dejar a Fernando, su novio al que amaba profundamente.
Y siguió amándole pese a su matrimonio. Ambos jóvenes se encontraban con frecuencia a espaldas de Don Diego, no conformes con lo que les había deparado el destino.
Una tarde en que el marido de Simona tuvo que viajar a Medellín, ésta se citó con Fernando en una fuente a las afueras de Abejorral. Cuando llegó al lugar se encontró con un hombre negro, muy alto, que con su traje blanco y corbata semejaba un cachaco y que parecía estar esperándola. Simona quedó petrificada al ver cómo el hombre se iba acercando a ella lentamente. Tras los labios entreabiertos del cachaco, aparecían unos dientes pútridos, y por el mentón se deslizaba una secreción blanca que mojaba su barba de chivo. Los ojos encendidos del hombre se fijaron en los de Simona que, impulsada por una fuerza demoniaca, salió despedida hasta la copa de un árbol cercano que al instante se llenó de espinas.
Fernando, que llegaba en aquel momento, al presenciar la escena huyó espantado del lugar y al día siguiente también del pueblo.
Atraídos por los gritos de la muchacha varios hombres acudieron hasta la fuente y dos de ellos subieron al árbol para ayudarla, teniendo que cortar gran cantidad de pinchos. Cuando llegaron a ella no pudieron reconocerla, ya que había envejecido ochenta años.
–Don Diego la repudió y Simona tuvo que regresar a la casa familiar. Hoy en día vive aquí ayudándome en la cocina. Como usted puede ver, ahora soy mucho más joven que mi hija.

Simona apagó los fogones, se volvió hacia mí y me tendió un plato de dulce de zapallo. Entonces vi su cuerpo arqueado, sus manos nervudas y su rostro arrugado, que me miraba a través de unos ojos prematuramente envejecidos
Dejé quinientos pesos sobre la mesa y salí a la calle. En Abejorral, la noche se había vuelto tremendamente fría.

viernes, 11 de junio de 2010




UNA MESA CON ZANCOS


Federico Fayerman
Tres de noviembre de 2008


Aquí estamos los granos
de todos los países,
orzuelos de miseria
en esta sociedad que llaman de consumo.
Aquí, codo con codo,
más de cuerpo presente
que en festín de abundancia.
Y aquí desesperamos
servidos a una mesa
lejanamente alta,
una mesa con zancos
que no alcanzan las manos
que se mueren de hambre,
aunque a bombo y platillo nos pregonen.
Fragmento del Poema de Pedro García Cabrera. “La mesa está servida”.


Baba está de enhorabuena. Toda la familia Gambele lo está. Por fin ha llegado el día de la partida. En la aldea se celebra una fiesta silenciosa, pero los rostros están serios, los ojos de los hombres y de las mujeres están a punto de dejar escapar lágrimas largamente contenidas. Ha llegado el día de la tan deseada y a la vez temida marcha hacia un desconocido y prometido futuro en mitad del océano, donde, según las noticias de los que marcharon antes, les espera una nueva vida y por qué no la felicidad de la que creen carecer en su tierra. Para la ocasión, tanto Baba como Mwana se han puesto sus mejores ropas.
Baba ayuda a Mwana a subir al camión y ambos se despiden de mama Jamila y de los cuatro pequeños. En la oscuridad de la carretera cubierta de baches, mientras inician el camino hacia la costa, treinta gargantas negras cantan en voz alta y rezan en voz muy baja.
Mwana se queda confuso con lo que ve. No es el puerto de Dakar el que aparece ante sus ojos, como le había dicho su padre, que ahora le mira de reojo con un gesto de decepción. Es Diogué, un poblado de aspecto tremendamente pobre, sin luz ni agua corriente. Por las calles, secándose al sol hay toneladas de pescado que desprenden un olor tan desagradable que incluso sus propios habitantes lo soportan a duras penas. --Tengo mucha suerte, --piensa Mwana, porque ya conoce, pese a tener solo diez años, otros pueblos, otro país, una playa de arenas doradas y sobre todo lo que hay detrás: el mar, --El océano, --le corrige Baba. Un enorme océano de aguas azules que llega hasta tan lejos que termina uniéndose al cielo.
Mamá Jamila y sus cuatro hijos que se han quedado con ella, han estado rezando por la noche. Pero ahora, cuando está a punto de amanecer salen todos a la carretera. Deberán recorrer diez kilómetros para recoger cacahuetes, como cada día en las tierras comunales. Después, cuando no haya más cacahuetes tendrán que sobrevivir recogiendo lo poco que quede en la tierra reseca. Cuando Baba los llame, al término de su viaje, desde el país que está en medio del océano, no tendrán que volver a preocuparse y la riqueza de la tierra que los acoja revertirá en todos ellos. Así al menos lo dice mamá Jamila mientras camina, tratando de protegerse de la plaga de moscas que este verano, como casi todos los veranos, ha invadido las tierras de su país.
Baba reserva un lugar en el centro del cayuco para Mwana, pero Mwana quiere sentarse cerca de la borda, para poder tocar el agua y Baba sonríe y le cambia de sitio. Varias horas después de zarpar, ya inmersos en la aventura, Mwana duerme acurrucado en los brazos de su padre.
Durante los siguientes días el tiempo pasa muy despacio, tan despacio que ya han agotado las historias que se cuentan unos a otros para distraerse. De vez en cuando Mwana se levanta y se estira subido en el descascarillado banco de madera y mira al horizonte. A veces le parece ver algo, pero es su imaginación la que le hace descubrir tierras, barcos o pájaros en la lejanía.
El encargado de repartir el agua y los víveres recorta cada día más las raciones y Baba comparte la suya con su hijo, que parece enflaquecer un poco cada hora que pasa.
A mitad de camino el mar se encoleriza. La barca trepa y se despeña sin control por mil torres encrestadas de agua salada. Baba sujeta a Mwana y trata de quitarle el miedo que él mismo no puede soportar. El viento y las olas arrancan los bancos de madera y el motor fuera- borda de la lancha. Cuando cesa la galerna solo queda una desvencijada nave vacía. A su alrededor, flotan una docena de ahogados. Eso es lo que ven desde el helicóptero de rescate, que con el girar de sus aspas, forma sobre el agua círculos que huyen de la macabra escena.
La noche, húmeda y calurosa ha sorprendido a Baba y a Mwana yaciendo en nichos sin embargo fríos. Están en bóvedas separadas porque nadie sabe que son padre e hijo. En las tapas, recién selladas con una pestilente masilla gris, el mismo empleado que los ha confinado ha escrito sus nombres con un rotulador negro: Desconocido. Desconocido. Y la fecha.
Mamá Jamila despierta a los niños. Hoy no hay trabajo, pero cada vez falta menos para que Baba los mande a buscar desde la tierra de promisión.
--Entonces seremos verdaderamente felices, --les dice. Y todos ríen.

jueves, 13 de mayo de 2010


HOUSTON, TEXAS


Federico Fayerman
Nueve de mayo de 2010


En la plaza Nueva convivían tres bares.
El bar “Diamante”, cuyo dueño Hipólito García, “el viudo”, organizaba torneos de mus todas las semanas. Al ganador, lo invitaban durante los siguientes siete días a café, copa y puro. Su clientela la formaban hombres, en su mayoría jubilados.
El bar “Olé” era propiedad de Agapito Jiménez, “el emigrante”. Era el bar más antiguo de la plaza, ya que se inauguró en el año sesenta y cinco, con el dinero ahorrado por Agapito durante diez años de trabajo en Alemania. Era el lugar de reunión en días de diario para los taurófilos y en fin de semana para los hinchas de futbol.
El bar “El rinconcito” era simplemente un bar. Su clientela era variopinta; emigrantes, gente de paso y mujeres que se reunían a desayunar después de llevar a los niños al colegio. Al tener prohibido fumar en el interior, era mucho menos frecuentado que sus competidores. El bar lo tenía arrendado Houston Texas Sánchez, un ecuatoriano llegado al barrio dos años atrás, que presumía de ofrecer a sus clientes un lugar libre de humo y de ruidos
“El Rinconcito”, como dije, era el bar menos frecuentado hasta que apareció Lorena. Ecuatoriana, veinte años. Una diosa. En una semana “el rinconcito” le robó la clientela al “Olé” y al “Diamante”. Los toros, el futbol y las partidas de mus cayeron en el olvido. Ahora los clientes pasaban su tiempo mirando cómo caminaba la diosa, de un extremo al otro de la barra, cómo sacudía su pelo al girarse cuando oía que se dirigían a ella, o cómo sonreía al entregar las vueltas.
Houston Texas colocó un gran cartel en la puerta que decía “Se permite fumar” pero ni los no fumadores abandonaron el local. Algunas mujeres que no entendían la actitud de los hombres respecto a la diosa, prohibieron a sus maridos entrar en “El rinconcito”.
La reacción de los competidores no se hizo esperar y, dos semanas después, Agapito, “el emigrante” esperó a Lorena a la salida del trabajo. La propuesta era muy simple: Doble sueldo y todas las propinas para ella. Dos días después Lorena tomó posesión de la barra del “Olé” y, al día siguiente, los clientes del “Rinconcito” siguieron su mismo camino.
Hipólito, el dueño del “Diamante” fue más allá. Propuso a Lorena un contrato fijo con el doble de sueldo, alta en la Seguridad Social y participación en beneficios. Además si a ella le interesaba, se casarían.
Y todo el mundo al Diamante.
El dueño del “Olé” contrató a Iryna una rubia ucraniana, con la esperanza de que los hombres del barrio se cansaran en algún momento de Lorena, mientras
el dueño del “Rinconcito” sustituyó otra vez el cartel de la puerta por el de “Se prohíbe fumar” y, sin dejar de pensar en cómo recuperar a la diosa, volvió a despachar aburridos cafés con cruasán.

En realidad este juego nunca tendrá fin, así que terminaré el relato.
Lorena, la diosa ecuatoriana, desaparecerá misteriosamente a los pocos días, los hombres seguirán reuniéndose en el “Diamante” para jugar al mús y en el “Olé”para hablar de toros y de futbol, donde Iryna, por cierto, aprenderá a cocinar unos callos a la madrileña riquísimos
Y Houston Texas empezará a fumar.

sábado, 8 de mayo de 2010

JUAN CARLOS CHIRINOS
El pasado diá 20 de abril, J.C.Chirinos presentó su novela EL NIÑO MALO CUENTA HASTA CIEN Y SE RETIRA, en la FNAC de Madrid.
Finalista del prestigioso premio Rómulo Gallegos de 2005, El niño malo cuenta hasta cien y se retira está plagado de inocencia, crueldad y lujuria a partes iguales. Es el viaje de D.Jota hacia un norte para él exotico, donde la nieve campa en las montañas y los viejos de barbas pelirrojas cuentan interminables historias al calor de un bar al que llaman El Pueblo. A partir de aquí, comienza la insólita aventura del urbanita que huye.

Con pulso envolvente, Chirinos acaricia la nuca del lector y lo apacigua. El reto pertenece al talento de este escritor que sabe envolverse como pocos en el milagro de la palabra.
Jun Carlos Chirinos pertenece a la nueva generación de escritores venezolanos. Ha escrito varias novelas, ensayos y biografías de personajes históricos como Olimpia, la madre de Alejandro el Magno y Albert Einstein, Cartas probables para Hann.
En la actualidad, además de escribir su siguiente novela, imparte conferencias y clases de Creación Literaria en Madrid.
La novela está editada por Ediciones Escalera y su precio es de 17,95 €.

viernes, 30 de abril de 2010


MOMENTOS
8 - NAGASAKI


Federico Fayerman
Veinticuatro de abril de 2010



Nozoni paseaba como todos los días por el jardín. Eran las once de una mañana triste. Con sus manos unidas tras la espalda y la cara levantada al cielo, aspiró el aroma de los crisantemos y de la tierra mojada.
Caminó hasta el estanque y se sentó en un banco cerca del agua. En sus labios germinó una sonrisa.
En aquel mismo momento, se abrió un claro entre las nubes. El B-29 abrió sus tripas y liberó al Hombre Gordo.
Nozoni la vio caer y sus ojos negros se fundieron con el sol naciente.

MOMENTOS
9 - UNA TIENDA DE PUEBLO

Federico Fayerman
Veintinueve de abril de 2010



Al entrar en la tienda noté que me pertenecía. Sus vasares congestionados de libros, cuadernos, tebeos y material de papelería me devolvían a mi infancia.
Había vuelto a penetrar en ese mundo del papel, de la tinta, de los lapiceros de colores y del pegamento, que me rodeó hace más de cincuenta años.
El mostrador, cubierto con la prensa del día y las revistas en color, precedía a los dueños de la papelería. Me dijeron:
– ¿Qué desea, señor?
–Oler.

MOMENTOS
7 - TÚ SERÁS MI BABY
Federico Fayerman
Veinte de abril de 2010
El domingo tocaba a su fin. Un domingo de verano de 1964 que había disfrutado con mis amigos en el pantano de San Juan.
Los Surf cantaban en la radio del autocar, que callejeaba por Madrid repartiendo a los excursionistas, de regreso a sus casas.
Ella iba sentada delante de mí y de vez en cuando se volvía a mirarme.
Paco sacó una baraja y nos pusimos a jugar .Él, Toñete y yo. La muchacha se acercó y se sentó a mi lado. Era preciosa. Jugamos a las cartas durante un rato y nos rozamos las manos, como sin querer.
Se bajó en la calle de San Bernardo. Para siempre.

viernes, 23 de abril de 2010


LA CASONA


Federico Fayerman
Once de abril de 2010



No había reparado nunca en aquella casona. Sus muros de piedra y sus balcones acristalados, parecían esconderse entre los chopos del jardín.
Tampoco sabía muy bien por qué había salido a caminar esa mañana, bajo la lluvia. La estación del año no solía influir en mi estado de ánimo, pero el hecho de estar solo, durante tanto tiempo en aquel pueblecito cerca del mar, me había vuelto sin duda melancólico.
Me acerqué a la verja. Un jardín de mil colores rodeaba la casa, yendo a morir al pie de una escalera de piedra. En el peldaño más alto, estaba ella.
Regaba las plantas de la terraza y parecía flotar sobre sus zapatillas. Vestía una bata azul sobre lo que se adivinaba era un camisón blanco, que le llegaba hasta los tobillos.
Sus rizos afloraban bajo un pañuelo también azul y sus movimientos parecían pasos de baile al compás de una melodía imaginaria.
Miró hacia donde yo me encontraba y su cara se iluminó. Me saludó con la mano y después siguió alimentando sus flores, sin dejar de sonreír.

Aquella tarde me senté ante el ordenador y no dejé de teclear hasta bien entrada la noche. La melancolía había desaparecido y en su lugar mil ideas se habían hecho dueñas de mi cerebro.
Al día siguiente me acerqué al vivero y compré un rosal de rosas blancas para ella. Cuando se lo mostré a través de la verja me invitó a pasar al jardín. Yo mismo lo planté delante de la puerta principal.

Así empezó nuestra relación, y durante los tres meses siguientes me olvidé de escribir y me sumergí en ella. Salí a la superficie cuando recibí la llamada de mi editor desde Madrid, reclamándome la novela encargada.

Y Celia se convirtió en el personaje principal y su presencia me inspiró para terminar de escribirla en tan solo dos meses.

Viajé a Madrid para entregar el original a José Robles, mi editor y durante la semana que pensaba permanecer en su casa, asistí a varias fiestas y presentaciones de libros, donde conocí a su hija, Lucía.

La novela se publicó y obtuvo un premio literario de gran relieve. Lucía y yo empezamos a salir y nos casamos seis meses después.
Me olvidé de Celia y de la tranquilidad que respiraba en el pueblo a su lado y viví la popularidad y el éxito, sucumbiendo a la adulación de todos los que me rodeaban.
No pude escribir otra novela. La inspiración se agotó al igual que la dedicación al trabajo y el eco de mi éxito fue atenuándose poco a poco, hasta pasar al olvido.
También Lucía se fue alejando de mí. Se enamoró de un escritor de best sellers y me abandonó tres años después. Pensé en Celia, en los días y las noches con ella, en el olor del jardín y en las tardes de largos paseos por los acantilados. Bajo el orvallo. Pero no me atreví a volver. Ni siquiera a llamarla.

Han pasado veinte años. He regresado al pueblo para vender la casa
y no he podido evitar recorrer de nuevo sus calles y caminar por los senderos, bajo los eucaliptos, buscando el mar.
Paso frente a la casa y el rosal ya no está. Me acerco y miro a través de las rejas. Dentro todo parece seguir igual. El jardín está rebosante y en la terraza, en lo alto de la escalinata, una mujer riega las plantas. Es Celia, está como cuando la conocí. No tiene una sola arruga, conserva los veinte años de entonces. No ha envejecido. Se vuelve hacia mí y me sonríe. Después entra en la casa.

Al día siguiente vuelvo al vivero y compro otro rosal. No entiendo lo que pasa pero deseo repetir la historia
Le llevo el rosal y lo planto yo mismo otra vez en el frente de la casona, delante de la puerta. Celia me mira con dulzura pero no dice nada. Para ella parece estar todo olvidado o no haber sucedido nunca. Celia no me habla del pasado y yo, lógicamente, tampoco.

Los siguientes tres días los pasé en casa de Celia y reiniciamos nuestro idilio aún más apasionado que antes. Ella es otra vez incomprensiblemente tan joven que me vuelve loco. Estoy decidido a quedarme aquí. Además no ha habido preguntas ni reproches y la veo feliz.

Pasan otros cuatro días intensos. Todos los mañanas paseamos hasta los acantilados y allí, entre los eucaliptus hacemos el amor.

Al octavo dia ha ocurrido algo espantoso. Celia ha regresado de viaje. Al verme en la casa está a punto de desmayarse. Cuando se repone me mira con desprecio y me dice:
–Pensé que no serías capaz de volver por aquí. Has tardado veinte años en conocer a tu hija.

viernes, 9 de abril de 2010




EL LIBRO DE LA VIDA

Federico Fayerman

Veintiocho de marzo de 2010


Le veía siempre sentado en un banco del Retiro. La cabeza gacha y los ojos fijos en las páginas del libro, que sostenía en su mano derecha. Siempre el mismo libro, de tapas blancas y gastadas donde, de vez en cuando, garabateaba. Con su otra mano arrojaba migas de pan a las palomas y a los gorriones que le rodeaban. Los más audaces, se subían al banco o sobre sus hombros. En alguna ocasión volaban para posarse en su sombrero.
Era un hombre viejo, de pelo muy blanco y barba perfilada. Vestía un traje oscuro de corte antiguo, limpio y planchado. Calzaba unos zapatos negros y blancos de cordones, donde se reflejaba el sol.
Yo me sentaba en un banco frente a él y comía el bocadillo que me preparaba mi madre cada tarde, a la vuelta del colegio. Le miraba, pero él nunca me miraba a mí, siempre parapetado tras sus gafas de pasta marrón.
Un día llevé un libro y migas de pan e hice lo mismo que él. Algunas palomas le abandonaron y corrieron hacia mi banco. Sonrió satisfecho. Ese fue el último día que le vi en el parque.

Anastasio entró en la cafetería poco antes de las siete de la tarde. Pidió un café y se sentó como de costumbre al fondo del salón, en una mesa cerca de la ventana, desde donde podía ver el ajetreo mudo del Paseo de Recoletos. Colocó su pipa y el paquete de tabaco de hebra sobre la mesa, sacó de la funda el pequeño ordenador y se ajustó las gafas. Empezó a escribir, pero notó que algo le turbaba. Levantó los ojos del teclado y le vio allí, sentado frente a él, con el libro de tapas blancas encima de la mesa. El mismo viejo del parque, con el traje de corte antiguo, que Anastasio no había podido olvidar.
El viejo se levantó, y sin mirarle, le saludó con un leve movimiento de cabeza. Después de pagar, salió del café.
Anastasio le siguió a corta distancia por Bárbara de Braganza, bajo la lluvia que comenzaba a caer. Giró por Marqués de la Ensenada y le vio subir unos escalones de piedra, hasta desaparecer dentro del portalón de un edificio antiguo, aparentemente abandonado. Empujó la puerta y se encontró en un amplio vestíbulo, en cuyo centro se erigía una escalera de caracol. Alzó la cabeza y vio al viejo ascender por ella, con una agilidad impropia de sus años. Subió tras él penetrando poco a poco, a medida que ascendía los escalones metálicos, en un profundo silencio.
Al llegar al piso alto, un intenso olor a papel y tinta le rodeó. Ante sus ojos, se mostraron centenares de estanterías repletas de libros. Millones de volúmenes iguales, de tapas blancas y gastadas. El viejo se hallaba subido en una escalera de madera y colocaba su libro en un hueco de la balda más alta.
Anastasio esperó a que el viejo saliera del enorme archivo y se encaramó al anaquel. En la portada del libro que el viejo había colocado figuraba su nombre. A derecha e izquierda, los libros llevaban los nombres de sus hermanos y otros familiares y así, en cada libro de la biblioteca, había un nombre diferente. Cuando salió a la calle, el viejo había desaparecido.





Desde mi cama de hospital me parece oír sus pasos acercándose. Golpea suavemente con los nudillos en la puerta entreabierta y viene al borde de mi lecho. Nadie en la habitación parece haberle visto. Es el viejo de los zapatos relucientes. En su mano trae el libro de tapas blancas y gastadas que lleva mi nombre. Me lo ofrece sin mirarme a los ojos. Después da media vuelta y sale cerrando la puerta tras de sí.

NO SIENTO LAS PIERNAS

Federico Fayerman
Veintinueve de enero de 2008



-¡Joder, no siento las piernas!--
El cuerpo le dolía terriblemente, todo el cuerpo, menos las piernas. Levantó la cabeza haciendo un gran esfuerzo e intentó mirarlas, pero todo estaba negro. Palpó con su mano y notó dos muñones de carne caliente y mojada a la altura de la entrepierna. Volvió a tantear la zona y descubrió que su miembro y sus testículos también habían desaparecido.
–¿Qué coño pasa, qué es esto?, debo estar soñando, esto no me puede pasar a mí.
Quiso pellizcarse el brazo izquierdo para comprobar que estaba despierto, pero sus dedos solo encontraron:
– ¡Nada! Hostias, me falta un brazo... ¿Dónde estoy, Por qué están apagadas las luces?
Probó a tocarse los ojos pero estaban cubiertos por una venda. La retiró y al acercar su mano, el dedo índice se introdujo macabramente en la cuenca vacía, donde hasta entonces había tenido su ojo derecho.
Notó su cuerpo pegajoso y al tocarlo su mano se empapó de un líquido caliente y espeso. Le seguía doliendo todo, incluso ahora también las piernas, aunque ya estaba al corriente de que no existían.
Consiguió abrir el ojo izquierdo. Estaba tumbado en el suelo de una habitación con un fuerte olor a carne putrefacta. Delante de él, una mesa vieja de madera y sobre ella un magnetoscopio y un televisor. A su derecha y nadando en un mar rojo intenso, le pareció ver sus miembros recién amputados.
Mientras se desangraba, tuvo el tiempo justo de ver la imagen, repetida sin parar en la pantalla del televisor, del momento en que él pitaba el inexistente penalti que resolvía la liga a favor del equipo visitante.

EL HOMBRE QUE NO SABIA LO QUE PODÍA ENCONTRARSE A SU REGRESÓ A CASA, DESPUES DE VEINTE AÑOS DE AUSENCIA VOLUNTARIA.



Federico Fayerman
Dieciséis de marzo de 2010


Llamó tímidamente y esperó.

jueves, 4 de marzo de 2010


MÁS DE CUATRO
Federico Fayerman
Veintisiete de febrero de 2009


Luis fue siempre un gran amante de los animales. No solo los quería si no que los respetaba y los equiparaba a los seres humanos. Esta devoción le venía en parte por tradición familiar ya que en la casa de sus padres siempre había vivido un gato, un perro o un pájaro. En muchísimas ocasiones el inquilino era un pollito, amarillo, naranja o verde, como se acostumbraba entonces a teñirlos. En invierno, los pobres pollitos morían a los pocos días, unos de frío y otros por accidentes domésticos (generalmente pisotones de los niños jugando con ellos). A todos les daba cristiana sepultura en el jardín de su casa.
Ya casado y en su propio hogar, Luis siguió la tradición y tuvo varios perros y hasta cuatro gatos viviendo con él.
Pero entre la fauna había ciertos animales que Luis odiaba con todas sus fuerzas. Las arañas y las serpientes. Cada vez que Luis veía una araña venía inmediatamente a su memoria el día en que se vio rodeado de cientos de las llamadas patas largas, en una casa de campo en la sierra y que casi le hicieron volverse loco. O cuando una araña enorme le recorrió todo el cuerpo mientras estaba acostado en la cama. Paralizado y con los ojos cerrados esperó a que la araña alcanzara el colchón y entonces con una fuerza desproporcionada acabó con ella. Su odio hacia las arañas no era tal, era miedo.
La aversión a los reptiles no le venía de experiencias pasadas, si no como herencia de los relatos que le contaba su padre siendo niño. Siempre recordaba la historia del pastor, que salvó a una ingrata serpiente de morir ahogada, la cobijó bajo su camisa para que se repusiera y murió por su picadura.
No conseguía evitar las lágrimas con películas en las que algún animal sufría o con aquellos cuentos en que, aún a sabiendas de que se trataba de pura ficción, leía, cómo un precioso ciervo o un juguetón conejito, moría a manos del cazador desalmado.
Además esa mañana al salir de casa, Luis había presenciado el atropello de un perro en la esquina de su calle. Aquello le había sensibilizado aún más y en su paseo no había dejado de pensar en el pobre animal, muerto sobre el asfalto.
Al atravesar un pequeño descampado, ya de vuelta, una cría de araña, se le cruzó por delante. Luis se paró y la vio correr hacia una piedra para refugiarse. Un sentimiento de ternura le vino a la cabeza. Un pequeño animal buscando salvar su vida en un mundo de gigantes hostiles.
Luis dudó durante unos segundos antes de aplastarla.

martes, 23 de febrero de 2010

RAICES DE PAPEL, es una nueva revista cultural de la Plataforma Raices de Papel editada por Juan Calderon Matador, amigo de esta casa. Gran escritor y Poeta, que ha tenido a bien publicarme dos relatos en el número uno de su revista. Al final de la página os dejo la dirección del blog donde podreis deleitaros con las doscientas páginas de la revista.

TIC-TAC, TIC-TAC

Federico Fayerman
Dieciocho de enero de 2010

Mientras aparcaban, un relámpago iluminó la fachada del hotel. En ese momento cesó la lluvia y la única farola encendida en la calle principal se apagó, permitiendo que la oscuridad se hiciera dueña absoluta del pueblo.
Habían sido veinte kilómetros bajo una fuerte tormenta, por una carretera de curvas y precipicios, desde cuyo fondo les llegaba el ruido del mar luchando con las rocas.
En el pueblo, oscuro y solitario, una densa niebla envolvía los coches y las casas cercanas, y el silencio amordazaba la noche. Sacaron el equipaje del maletero y subieron la pequeña cuesta que conducía al hotel.
Cuando reservaron la habitación, días antes, les insistieron en que no llegaran más tarde de las doce, pero una avería durante el viaje les había retrasado.
Las puertas se encontraban cerradas y el timbre no emitió sonido alguno cuando lo pulsaron. Ángel, extrañado se acercó a una de las ventanas y apoyando la frente contra el cristal, escudriñó el interior del hotel. En la penumbra vio un vestíbulo muy ancho y totalmente diáfano. En la pared frontal había un enorme reloj de pie que marcaba las doce y media y seis puertas cerradas. Dibujado en la pared, solitario, un pentagrama invertido.
El reloj transmitía un tic-tac mudo que llegaba hasta él a través de las sombras que el movimiento de su péndulo provocaba. No pudo mantener la mirada y espantado dio unos pasos hacia atrás. Julia, su mujer le miró sorprendida, pero no le preguntó. Asió la maleta y comenzó a bajar la cuesta hacia el coche. Angel la siguió sin volver la cabeza y al instante estaban enfilando la carretera de regreso hacia casa.
Cuando Ángel estaba a punto de contarle a Julia lo que le había pasado, alzó la vista al espejo retrovisor. Aquellas sombras les perseguían curva tras curva, acercándose cada vez más.

viernes, 19 de febrero de 2010


GENTE CORRIENTE

Federico Fayerman
Once de febrero de 2010


JULIO Y MARI CARMEN

Aparcaron su coche nuevo en la plaza número 9, y rápidamente entraron en su casa. Tanto que a Julio se le olvidó saludarme. Aquello se había convertido ya en habitual, pues desde que le conocí, hace ya tres veranos, solo me había saludado en una ocasión. Me lo presentó Mari Carmen, su mujer, en la puerta de su casa, aprovechando que yo les había hecho un favor. Después de estrecharme la mano se metió en el váter dejándome con la palabra en la boca. A partir de ahí, siempre que se cruzaba conmigo viniendo de la playa o de la piscina o de donde fuera, miraba hacia otro lado para no tener que saludarme. Sería por timidez, creí yo.
Julio es más bien bajo, más bien gordo y más bien calvo. Tiene unos cincuenta años y cara de mala leche con gafas. Su voz me es completamente desconocida al igual que sus gustos, sus inquietudes y desde luego sus virtudes. Julio va a la playa a las siete de la mañana y a la piscina a las diez de la noche, solo y con una toalla azul sobre los hombros peludos.
Mari Carmen, su mujer es muy alta, muy delgada y tiene el pelo muy negro. Es simpática, sin pasarse, y ejerce de portavoz de una familia rara, rara, rara, y muda de puertas afuera.
Julio y Mari Carmen tienen tres hijos, de aspecto absolutamente diferente y viven encerrados en su casa (la número 3). A veces salen a dar un corto paseo, pero enseguida vuelven y se enclaustran de nuevo Todos ellos, a excepción de Julio, son aficionados a la música. Mari Carmen toca música clásica al piano y sus hijos la guitarra, y el órgano. También los he oído cantar, a través de la pared de mi salón, canciones de Iglesia. Todos tocan y cantan a bajo volumen, cosa que se agradece mucho.
No tengo idea de cuanto tiempo se van a quedar este verano, pero sé que una mañana me levantaré y al mirar a través de la ventana de la cocina comprobaré con cierta alegría, no lo voy a negar, que la plaza de aparcamiento número 9 se ha quedado vacía.

DÁMASO Y LOURDES

Dámaso despertaba las envidias de los vecinos de la urbanización cada vez que aparecía con un coche nuevo. Siempre Mercedes de alta gama, impolutos.
Dámaso es alto y fuerte, con una barriga poco acorde a sus treinta y pocos años y su mujer Lourdes es bastante más joven que él. Morena, bajita y parlanchina, camina siempre delante de Dámaso, que la sigue con su pequeña hija recién nacida.
Mientras casi todos los vecinos de la urbanización pasamos las mañanas en la playa, Dámaso (que vive en la casa número 11), junto con el vecino del número 10 y el del número 2, la pasan en el Mar y Montaña, donde trabajan tres jóvenes y bellas dominicanas de piel negra y reluciente. El chiringuito está a medio camino entre la urbanización y el mar. Prefieren, según sus palabras, refrescarse por dentro mejor que por fuera, y a la sombra en aquel agosto caluroso del Levante.
Un día mientras nos bañábamos en la piscina y ante mi pregunta por la ausencia, ese verano, de Lourdes, me contó esta historia: En Valencia durante el invierno, Lourdes, su mujer, frecuentaba asiduamente la carnicería de su barrio, y durante una de esas visitas, entre salchichas frescas y lomo adobado surgió el amor adúltero. El mes pasado llegó a sus oídos, y sin pensárselo dos veces, Dámaso pidió el divorcio Exprés.
Ya no hemos vuelto a ver a Lourdes por la urbanización, pero Dámaso sigue viniendo a menudo cada vez con un Mercedes diferente (de sus clientes, ya que hemos sabido que tiene un taller de chapa y pintura).
De las tres dominicanas del Mar y Montaña, Rita, la más delgadita y guapa, acompaña desde ayer a Dámaso en las calurosas noches del verano vacacional.

CRISTINA

Cristina se quedó viuda muy joven, apenas cumplidos los treinta años y con tres hijos a sus espaldas. Enrique, su difunto marido sufría depresiones y una de ellas le llevó a tirarse desde lo alto del faro. Desde entonces prohibieron subir al que denominaron “El faro del suicida”.
Sin embargo éste se ha convertido quince años después, en el lugar de reunión de los jóvenes del pueblo, donde hacen el botellón de los viernes. Parte de su diversión consiste, en lanzar al aire las bolsas de plástico y los restos de comida. Las botellas vacías las arrojan contra las rocas, lo que ha convertido la zona en un autentico vertedero.
Los tres hijos de Cristina están integrados en el “colectivo del botellón” y ella acude cada sábado y limpia lo que puede, arriesgándose entre las rocas, para que los vecinos del pueblo no tomen represalias contra sus hijos.
Cristina los mantiene a duras penas con su pensión de viuda, ya que ninguno de los tres tiene trabajo ni intención de buscarlo.
A veces voy a buscarla y la invito a un café en el bar de Sergio. Hablamos de su vida y de la mía. Estoy un poco asustado, pues muchas veces, deduzco que tiene la intención de seguir los pasos de Enrique. Este año le corresponde ser presidenta de la Comunidad de vecinos, pero me ha pedido que me presente en su lugar. Lo haré.

ANTONIA Y SERGIO

El jardín de la casa número 5 está iluminado con cuatro grandes antorchas. Antonia y Sergio están celebrando el primer aniversario de su divorcio. Susana, la hija de ambos no está presente. Un año después del des-enlace, sigue sin aceptar la situación y se ha marchado con sus amigos al botellón del “faro del suicida”.
Sergio es dueño del bar-restaurante de la Plaza Nueva. Él sirve las mesas, mientras un camarero atiende la barra y Antonia mangonea la cocina.
Antonia arrastra un problema. Tiene disminuida su capacidad auditiva en un noventa y cinco por ciento, debido a un accidente cuando era niña y eso ha convertido al Plaza Nueva en el único bar donde es imposible escuchar el ¡Oído cocina, una de bravas! Sergio ha instalado un cuadro luminoso donde le indica los pedidos.
A pesar de su sordera, conduce un BMW blanco, con el carnet que le proporcionaron bajo cuerda, gracias a Don Lorenzo, el Alcalde del pueblo.
Don Lorenzo es cliente asiduo del Plaza Nueva y se cuchichea que es el motivo de la separación del matrimonio. De todas maneras, y para acallar rumores, Antonia y Sergio siguen viviendo juntos.
En el último mes han realizado obras para convertir el chalet en dos apartamentos individuales y están esperando que se celebre la Junta de Propietarios para solicitar permiso de apertura de una segunda puerta a la calle, que les permita, a través del jardín, acceder al apartamento de la planta superior.
Bajo el lema de “seguimos siendo buenos amigos” disfrutan de la cena, a la que estoy invitado para tomar una copa una vez pasen los postres.

JORDI Y MONTSE

Los catalanes del número 1. Acaban de jubilarse y han cambiado el pueblo de la sierra por el de la costa. Pero no han cambiado sus costumbres. El jardín de su casa lo han convertido en una huerta fértil, fragante y colorida. Han sembrado tomates, judías verdes, alcachofas, pimientos, melones y sandías. Verdes, brillantes y rollizas, estas últimas provocan la envidia de los que pasan por la calle y las ven a través de la valla que rodea la urbanización.
Todos los veranos, como supongo hacían en su pueblo natal, sacan la cosecha a la puerta de la calle y la ofrecen a los vecinos a buen precio.
-Verduras y frutas ecológicas, -nos dicen para promocionarlas y la verdad es que están realmente exquisitas.
Otra de las costumbres que no ha perdido el matrimonio agricultor, es la de mantener durante todo el verano, desnudos a sus nietos. Corretean y juegan por la urbanización como Dios los trajo al mundo. En el orden del día de la Junta de vecinos, concretamente en el punto cuarto, se puede leer la protesta de algunos propietarios, contra la insana costumbre de tener a los niños “en pelotas” y permitir que se caguen y se meen por todo el recinto, incluyendo la piscina comunitaria. Sin embargo, los abuelos no paran de quejarse del mal olor, que dicen provoca un contenedor de basuras, que el Ayuntamiento ha colocado al otro lado de la calle y donde ellos arrojan a diario, los restos de la cosecha.

CARLOS

Carlos es el único vecino que vive solo. Se separó de su mujer hace ocho años, a la vez que se jubiló, y se vino a vivir a la costa. Decidió dejar la gran ciudad y refugiarse en la tranquilidad de un pequeño pueblo, donde nadie le conoce para dar rienda suelta a su afición secreta. Ni siquiera su ex mujer conocía su interés por los aviones. Más concretamente por los juegos de simulación aérea. Carlos tiene más de cien escenarios aéreos en el ordenador y se pasa el día encerrado en casa. Está a punto de culminar su gran y definitivo proyecto.
El recibidor de su casa está decorado con fotografías de aeropuertos, aviones y vistas aéreas. A la derecha un mostrador tras el cual dos figuras de azafatas, construidas en cartón a escala humana, parecen dar la bienvenida. Una máquina de bebidas y otra de café.
Las paredes del pasillo están decoradas con dibujos de ventanillas de avión bajo las cuales se puede encontrar una fila de asientos, que deja un corredor central a través del cual se llega a la habitación del fondo. Al abrir la puerta, una cabina de Airbus A-120, construida con todo lujo de detalles, espera cada mañana la orden de levantar el vuelo hacia una ciudad del mundo. Vuelos en tiempo real, que Carlos cumple escrupulosamente, vestido con el uniforme de Comandante y sin apenas levantarse de su asiento de mando. Por la noche se prepara el catering y el plan de vuelo, ayudándose de los programas más potentes de simulación comprados por internet. No sale a la calle hasta que ha completado el viaje de ida y vuelta. A veces cuarenta y ocho horas.
Hoy, se encuentra sobrevolando el mar de la China y ha delegado su presencia en la junta de vecinos en mí, que soy el único que conoce su pasión. Me ha invitado a volar a Australia la semana próxima. Su perro Doff también lo sabe, y quizá venga con nosotros.

YO, ANASTASIO, EL PRESIDENTE

Mientras guardo mis antenas bajo la peluca, mis tentáculos dentro de la sudadera, ato mis dos piernas sobrantes con las humanamente reglamentarias y las escondo en el pantalón de chándal, observo cómo los vecinos se van acomodando en el local de la comunidad. Casi todos traen sus sillas y taburetes para soportar las tres horas largas que durara la reunión.
Seguro que todo irá bien, sin problemas. No puede ser de otra manera, porque afortunadamente, todos somos gente de lo más normal.

viernes, 5 de febrero de 2010

Amigos del Blog:
La semana pasada, asistí como invitado a una tertulia literaria del Colectivo Tirarse al Folio, donde leí alguno de mis relatos y sobre todo disfruté de dos horas maravillosas, acompañado de los miembros (as) de dicho colectivo: Graziela, Pilar, Cruz, Lui, Carmen, Begoña, Alejandro, Iñaki y Theo.
A partir de este momento, entro a formar parte del Colectivo, en cuyo blog espero publicar en lo sucesivo relatos salidos de mi pluma.
El nombre del blog es: http://tirarsealfolio.blogspot.com
Os invito a seguir el enlace que he colocado en la columna de la derecha , y a que disfruteis de los relatos de mis nuevos compañeros escritores.

viernes, 15 de enero de 2010

QUÉDATE QUIETO

Federico Fayerman
17 de mayo de 2008

Esta carta que han encontrado en un bolsillo de mi vestido nuevo, no quiere servir de excusa, ni de autodefensa, por otro lado ya innecesaria, ni de acusación. Tampoco que valga como denuncia ante la policía, que sería, si mal no recuerdo, la número dieciocho de las que he presentado a lo largo de los últimos años.
Mi afán en este caso es seguir la pauta que he marcado siempre, es decir dar en vez de pedir, que es lo que me ha llevado a presentarme ante ustedes en este estado tan desastroso. Lo siento, pero es lo que tiene caer desde un octavo piso a la calle. Espero haber arrancado con estas palabras, al menos una sonrisa irónica, que les aseguro me haría, aunque tarde, un poco feliz ya que mi vida no lo ha sido.
Y por eso quiero seguir dando.
En mi bolso nuevo, que encontrarán por aquí cerca, hallarán una llave que corresponde a la puerta de mi casa. También hallarán mi nombre y mi dirección.
Estas últimas líneas van dirigidas a Juan, mi marido.
Ahora que estoy segura de que estás quieto; de que no tienes fuerza para mover un solo músculo de tu cuerpo contra mí; de que no puedes insultarme, ni pegarme, ni reírte de mi aspecto envejecido por los años de sufrimiento que he pasado a tu lado; ahora que han pasado dos meses desde que te encerré en el sótano, atado de pies y manos, amordazado y herido, ahora por fin, me he comprado ese vestido rojo, muy corto y esos zapatos de tacón alto que hacen juego con el bolso ese tan caro, toda esta ropa que tu nunca me hubieras dejado comprar y mucho menos ponerme. Y perdona una vez más, pero ahora me voy sin pedirte permiso.
Me voy sola en busca de la serenidad total.