viernes, 15 de enero de 2010

QUÉDATE QUIETO

Federico Fayerman
17 de mayo de 2008

Esta carta que han encontrado en un bolsillo de mi vestido nuevo, no quiere servir de excusa, ni de autodefensa, por otro lado ya innecesaria, ni de acusación. Tampoco que valga como denuncia ante la policía, que sería, si mal no recuerdo, la número dieciocho de las que he presentado a lo largo de los últimos años.
Mi afán en este caso es seguir la pauta que he marcado siempre, es decir dar en vez de pedir, que es lo que me ha llevado a presentarme ante ustedes en este estado tan desastroso. Lo siento, pero es lo que tiene caer desde un octavo piso a la calle. Espero haber arrancado con estas palabras, al menos una sonrisa irónica, que les aseguro me haría, aunque tarde, un poco feliz ya que mi vida no lo ha sido.
Y por eso quiero seguir dando.
En mi bolso nuevo, que encontrarán por aquí cerca, hallarán una llave que corresponde a la puerta de mi casa. También hallarán mi nombre y mi dirección.
Estas últimas líneas van dirigidas a Juan, mi marido.
Ahora que estoy segura de que estás quieto; de que no tienes fuerza para mover un solo músculo de tu cuerpo contra mí; de que no puedes insultarme, ni pegarme, ni reírte de mi aspecto envejecido por los años de sufrimiento que he pasado a tu lado; ahora que han pasado dos meses desde que te encerré en el sótano, atado de pies y manos, amordazado y herido, ahora por fin, me he comprado ese vestido rojo, muy corto y esos zapatos de tacón alto que hacen juego con el bolso ese tan caro, toda esta ropa que tu nunca me hubieras dejado comprar y mucho menos ponerme. Y perdona una vez más, pero ahora me voy sin pedirte permiso.
Me voy sola en busca de la serenidad total.

1 comentario:

Pilar dijo...

La desesperación, en ocasiones, lleva a la liberación. Me alegro por tu protagonista que al menos por un ratito ha sido libre.