viernes, 19 de febrero de 2010


GENTE CORRIENTE

Federico Fayerman
Once de febrero de 2010


JULIO Y MARI CARMEN

Aparcaron su coche nuevo en la plaza número 9, y rápidamente entraron en su casa. Tanto que a Julio se le olvidó saludarme. Aquello se había convertido ya en habitual, pues desde que le conocí, hace ya tres veranos, solo me había saludado en una ocasión. Me lo presentó Mari Carmen, su mujer, en la puerta de su casa, aprovechando que yo les había hecho un favor. Después de estrecharme la mano se metió en el váter dejándome con la palabra en la boca. A partir de ahí, siempre que se cruzaba conmigo viniendo de la playa o de la piscina o de donde fuera, miraba hacia otro lado para no tener que saludarme. Sería por timidez, creí yo.
Julio es más bien bajo, más bien gordo y más bien calvo. Tiene unos cincuenta años y cara de mala leche con gafas. Su voz me es completamente desconocida al igual que sus gustos, sus inquietudes y desde luego sus virtudes. Julio va a la playa a las siete de la mañana y a la piscina a las diez de la noche, solo y con una toalla azul sobre los hombros peludos.
Mari Carmen, su mujer es muy alta, muy delgada y tiene el pelo muy negro. Es simpática, sin pasarse, y ejerce de portavoz de una familia rara, rara, rara, y muda de puertas afuera.
Julio y Mari Carmen tienen tres hijos, de aspecto absolutamente diferente y viven encerrados en su casa (la número 3). A veces salen a dar un corto paseo, pero enseguida vuelven y se enclaustran de nuevo Todos ellos, a excepción de Julio, son aficionados a la música. Mari Carmen toca música clásica al piano y sus hijos la guitarra, y el órgano. También los he oído cantar, a través de la pared de mi salón, canciones de Iglesia. Todos tocan y cantan a bajo volumen, cosa que se agradece mucho.
No tengo idea de cuanto tiempo se van a quedar este verano, pero sé que una mañana me levantaré y al mirar a través de la ventana de la cocina comprobaré con cierta alegría, no lo voy a negar, que la plaza de aparcamiento número 9 se ha quedado vacía.

DÁMASO Y LOURDES

Dámaso despertaba las envidias de los vecinos de la urbanización cada vez que aparecía con un coche nuevo. Siempre Mercedes de alta gama, impolutos.
Dámaso es alto y fuerte, con una barriga poco acorde a sus treinta y pocos años y su mujer Lourdes es bastante más joven que él. Morena, bajita y parlanchina, camina siempre delante de Dámaso, que la sigue con su pequeña hija recién nacida.
Mientras casi todos los vecinos de la urbanización pasamos las mañanas en la playa, Dámaso (que vive en la casa número 11), junto con el vecino del número 10 y el del número 2, la pasan en el Mar y Montaña, donde trabajan tres jóvenes y bellas dominicanas de piel negra y reluciente. El chiringuito está a medio camino entre la urbanización y el mar. Prefieren, según sus palabras, refrescarse por dentro mejor que por fuera, y a la sombra en aquel agosto caluroso del Levante.
Un día mientras nos bañábamos en la piscina y ante mi pregunta por la ausencia, ese verano, de Lourdes, me contó esta historia: En Valencia durante el invierno, Lourdes, su mujer, frecuentaba asiduamente la carnicería de su barrio, y durante una de esas visitas, entre salchichas frescas y lomo adobado surgió el amor adúltero. El mes pasado llegó a sus oídos, y sin pensárselo dos veces, Dámaso pidió el divorcio Exprés.
Ya no hemos vuelto a ver a Lourdes por la urbanización, pero Dámaso sigue viniendo a menudo cada vez con un Mercedes diferente (de sus clientes, ya que hemos sabido que tiene un taller de chapa y pintura).
De las tres dominicanas del Mar y Montaña, Rita, la más delgadita y guapa, acompaña desde ayer a Dámaso en las calurosas noches del verano vacacional.

CRISTINA

Cristina se quedó viuda muy joven, apenas cumplidos los treinta años y con tres hijos a sus espaldas. Enrique, su difunto marido sufría depresiones y una de ellas le llevó a tirarse desde lo alto del faro. Desde entonces prohibieron subir al que denominaron “El faro del suicida”.
Sin embargo éste se ha convertido quince años después, en el lugar de reunión de los jóvenes del pueblo, donde hacen el botellón de los viernes. Parte de su diversión consiste, en lanzar al aire las bolsas de plástico y los restos de comida. Las botellas vacías las arrojan contra las rocas, lo que ha convertido la zona en un autentico vertedero.
Los tres hijos de Cristina están integrados en el “colectivo del botellón” y ella acude cada sábado y limpia lo que puede, arriesgándose entre las rocas, para que los vecinos del pueblo no tomen represalias contra sus hijos.
Cristina los mantiene a duras penas con su pensión de viuda, ya que ninguno de los tres tiene trabajo ni intención de buscarlo.
A veces voy a buscarla y la invito a un café en el bar de Sergio. Hablamos de su vida y de la mía. Estoy un poco asustado, pues muchas veces, deduzco que tiene la intención de seguir los pasos de Enrique. Este año le corresponde ser presidenta de la Comunidad de vecinos, pero me ha pedido que me presente en su lugar. Lo haré.

ANTONIA Y SERGIO

El jardín de la casa número 5 está iluminado con cuatro grandes antorchas. Antonia y Sergio están celebrando el primer aniversario de su divorcio. Susana, la hija de ambos no está presente. Un año después del des-enlace, sigue sin aceptar la situación y se ha marchado con sus amigos al botellón del “faro del suicida”.
Sergio es dueño del bar-restaurante de la Plaza Nueva. Él sirve las mesas, mientras un camarero atiende la barra y Antonia mangonea la cocina.
Antonia arrastra un problema. Tiene disminuida su capacidad auditiva en un noventa y cinco por ciento, debido a un accidente cuando era niña y eso ha convertido al Plaza Nueva en el único bar donde es imposible escuchar el ¡Oído cocina, una de bravas! Sergio ha instalado un cuadro luminoso donde le indica los pedidos.
A pesar de su sordera, conduce un BMW blanco, con el carnet que le proporcionaron bajo cuerda, gracias a Don Lorenzo, el Alcalde del pueblo.
Don Lorenzo es cliente asiduo del Plaza Nueva y se cuchichea que es el motivo de la separación del matrimonio. De todas maneras, y para acallar rumores, Antonia y Sergio siguen viviendo juntos.
En el último mes han realizado obras para convertir el chalet en dos apartamentos individuales y están esperando que se celebre la Junta de Propietarios para solicitar permiso de apertura de una segunda puerta a la calle, que les permita, a través del jardín, acceder al apartamento de la planta superior.
Bajo el lema de “seguimos siendo buenos amigos” disfrutan de la cena, a la que estoy invitado para tomar una copa una vez pasen los postres.

JORDI Y MONTSE

Los catalanes del número 1. Acaban de jubilarse y han cambiado el pueblo de la sierra por el de la costa. Pero no han cambiado sus costumbres. El jardín de su casa lo han convertido en una huerta fértil, fragante y colorida. Han sembrado tomates, judías verdes, alcachofas, pimientos, melones y sandías. Verdes, brillantes y rollizas, estas últimas provocan la envidia de los que pasan por la calle y las ven a través de la valla que rodea la urbanización.
Todos los veranos, como supongo hacían en su pueblo natal, sacan la cosecha a la puerta de la calle y la ofrecen a los vecinos a buen precio.
-Verduras y frutas ecológicas, -nos dicen para promocionarlas y la verdad es que están realmente exquisitas.
Otra de las costumbres que no ha perdido el matrimonio agricultor, es la de mantener durante todo el verano, desnudos a sus nietos. Corretean y juegan por la urbanización como Dios los trajo al mundo. En el orden del día de la Junta de vecinos, concretamente en el punto cuarto, se puede leer la protesta de algunos propietarios, contra la insana costumbre de tener a los niños “en pelotas” y permitir que se caguen y se meen por todo el recinto, incluyendo la piscina comunitaria. Sin embargo, los abuelos no paran de quejarse del mal olor, que dicen provoca un contenedor de basuras, que el Ayuntamiento ha colocado al otro lado de la calle y donde ellos arrojan a diario, los restos de la cosecha.

CARLOS

Carlos es el único vecino que vive solo. Se separó de su mujer hace ocho años, a la vez que se jubiló, y se vino a vivir a la costa. Decidió dejar la gran ciudad y refugiarse en la tranquilidad de un pequeño pueblo, donde nadie le conoce para dar rienda suelta a su afición secreta. Ni siquiera su ex mujer conocía su interés por los aviones. Más concretamente por los juegos de simulación aérea. Carlos tiene más de cien escenarios aéreos en el ordenador y se pasa el día encerrado en casa. Está a punto de culminar su gran y definitivo proyecto.
El recibidor de su casa está decorado con fotografías de aeropuertos, aviones y vistas aéreas. A la derecha un mostrador tras el cual dos figuras de azafatas, construidas en cartón a escala humana, parecen dar la bienvenida. Una máquina de bebidas y otra de café.
Las paredes del pasillo están decoradas con dibujos de ventanillas de avión bajo las cuales se puede encontrar una fila de asientos, que deja un corredor central a través del cual se llega a la habitación del fondo. Al abrir la puerta, una cabina de Airbus A-120, construida con todo lujo de detalles, espera cada mañana la orden de levantar el vuelo hacia una ciudad del mundo. Vuelos en tiempo real, que Carlos cumple escrupulosamente, vestido con el uniforme de Comandante y sin apenas levantarse de su asiento de mando. Por la noche se prepara el catering y el plan de vuelo, ayudándose de los programas más potentes de simulación comprados por internet. No sale a la calle hasta que ha completado el viaje de ida y vuelta. A veces cuarenta y ocho horas.
Hoy, se encuentra sobrevolando el mar de la China y ha delegado su presencia en la junta de vecinos en mí, que soy el único que conoce su pasión. Me ha invitado a volar a Australia la semana próxima. Su perro Doff también lo sabe, y quizá venga con nosotros.

YO, ANASTASIO, EL PRESIDENTE

Mientras guardo mis antenas bajo la peluca, mis tentáculos dentro de la sudadera, ato mis dos piernas sobrantes con las humanamente reglamentarias y las escondo en el pantalón de chándal, observo cómo los vecinos se van acomodando en el local de la comunidad. Casi todos traen sus sillas y taburetes para soportar las tres horas largas que durara la reunión.
Seguro que todo irá bien, sin problemas. No puede ser de otra manera, porque afortunadamente, todos somos gente de lo más normal.

4 comentarios:

PILARA dijo...

Pura ironía, sorprendente el final, como debe ser.
Tienes para una novela a poco que te lo propongas.

Anónimo dijo...

me ha causado la misma gracia que cuando lo leímos la primera vez; un gran punto lo del presidente de la comunidad, jaja!!
bien!
Un abrazo
Juan Carlos

hatoros dijo...

APLAUSOS PARA FEDERICO CUANDO LA RISA TE SORPRENDE CON ESTE CUENTO
UN ABRAZO

Susana dijo...

Que divertido!!!, me ha gustado mucho.