jueves, 4 de marzo de 2010


MÁS DE CUATRO
Federico Fayerman
Veintisiete de febrero de 2009


Luis fue siempre un gran amante de los animales. No solo los quería si no que los respetaba y los equiparaba a los seres humanos. Esta devoción le venía en parte por tradición familiar ya que en la casa de sus padres siempre había vivido un gato, un perro o un pájaro. En muchísimas ocasiones el inquilino era un pollito, amarillo, naranja o verde, como se acostumbraba entonces a teñirlos. En invierno, los pobres pollitos morían a los pocos días, unos de frío y otros por accidentes domésticos (generalmente pisotones de los niños jugando con ellos). A todos les daba cristiana sepultura en el jardín de su casa.
Ya casado y en su propio hogar, Luis siguió la tradición y tuvo varios perros y hasta cuatro gatos viviendo con él.
Pero entre la fauna había ciertos animales que Luis odiaba con todas sus fuerzas. Las arañas y las serpientes. Cada vez que Luis veía una araña venía inmediatamente a su memoria el día en que se vio rodeado de cientos de las llamadas patas largas, en una casa de campo en la sierra y que casi le hicieron volverse loco. O cuando una araña enorme le recorrió todo el cuerpo mientras estaba acostado en la cama. Paralizado y con los ojos cerrados esperó a que la araña alcanzara el colchón y entonces con una fuerza desproporcionada acabó con ella. Su odio hacia las arañas no era tal, era miedo.
La aversión a los reptiles no le venía de experiencias pasadas, si no como herencia de los relatos que le contaba su padre siendo niño. Siempre recordaba la historia del pastor, que salvó a una ingrata serpiente de morir ahogada, la cobijó bajo su camisa para que se repusiera y murió por su picadura.
No conseguía evitar las lágrimas con películas en las que algún animal sufría o con aquellos cuentos en que, aún a sabiendas de que se trataba de pura ficción, leía, cómo un precioso ciervo o un juguetón conejito, moría a manos del cazador desalmado.
Además esa mañana al salir de casa, Luis había presenciado el atropello de un perro en la esquina de su calle. Aquello le había sensibilizado aún más y en su paseo no había dejado de pensar en el pobre animal, muerto sobre el asfalto.
Al atravesar un pequeño descampado, ya de vuelta, una cría de araña, se le cruzó por delante. Luis se paró y la vio correr hacia una piedra para refugiarse. Un sentimiento de ternura le vino a la cabeza. Un pequeño animal buscando salvar su vida en un mundo de gigantes hostiles.
Luis dudó durante unos segundos antes de aplastarla.

3 comentarios:

PILARA dijo...

Conque cristiana... Bueeeeeeeeno, que así sea.

Graziela dijo...

Se enternece pero la pisa...

Cartas dijo...

Me da pena la arañita, pero los miedos... son los miedos, y nada más lógico que intentar aplastarlos. Muy bueno ese final.