viernes, 30 de abril de 2010


MOMENTOS
8 - NAGASAKI


Federico Fayerman
Veinticuatro de abril de 2010



Nozoni paseaba como todos los días por el jardín. Eran las once de una mañana triste. Con sus manos unidas tras la espalda y la cara levantada al cielo, aspiró el aroma de los crisantemos y de la tierra mojada.
Caminó hasta el estanque y se sentó en un banco cerca del agua. En sus labios germinó una sonrisa.
En aquel mismo momento, se abrió un claro entre las nubes. El B-29 abrió sus tripas y liberó al Hombre Gordo.
Nozoni la vio caer y sus ojos negros se fundieron con el sol naciente.

MOMENTOS
9 - UNA TIENDA DE PUEBLO

Federico Fayerman
Veintinueve de abril de 2010



Al entrar en la tienda noté que me pertenecía. Sus vasares congestionados de libros, cuadernos, tebeos y material de papelería me devolvían a mi infancia.
Había vuelto a penetrar en ese mundo del papel, de la tinta, de los lapiceros de colores y del pegamento, que me rodeó hace más de cincuenta años.
El mostrador, cubierto con la prensa del día y las revistas en color, precedía a los dueños de la papelería. Me dijeron:
– ¿Qué desea, señor?
–Oler.

MOMENTOS
7 - TÚ SERÁS MI BABY
Federico Fayerman
Veinte de abril de 2010
El domingo tocaba a su fin. Un domingo de verano de 1964 que había disfrutado con mis amigos en el pantano de San Juan.
Los Surf cantaban en la radio del autocar, que callejeaba por Madrid repartiendo a los excursionistas, de regreso a sus casas.
Ella iba sentada delante de mí y de vez en cuando se volvía a mirarme.
Paco sacó una baraja y nos pusimos a jugar .Él, Toñete y yo. La muchacha se acercó y se sentó a mi lado. Era preciosa. Jugamos a las cartas durante un rato y nos rozamos las manos, como sin querer.
Se bajó en la calle de San Bernardo. Para siempre.

viernes, 23 de abril de 2010


LA CASONA


Federico Fayerman
Once de abril de 2010



No había reparado nunca en aquella casona. Sus muros de piedra y sus balcones acristalados, parecían esconderse entre los chopos del jardín.
Tampoco sabía muy bien por qué había salido a caminar esa mañana, bajo la lluvia. La estación del año no solía influir en mi estado de ánimo, pero el hecho de estar solo, durante tanto tiempo en aquel pueblecito cerca del mar, me había vuelto sin duda melancólico.
Me acerqué a la verja. Un jardín de mil colores rodeaba la casa, yendo a morir al pie de una escalera de piedra. En el peldaño más alto, estaba ella.
Regaba las plantas de la terraza y parecía flotar sobre sus zapatillas. Vestía una bata azul sobre lo que se adivinaba era un camisón blanco, que le llegaba hasta los tobillos.
Sus rizos afloraban bajo un pañuelo también azul y sus movimientos parecían pasos de baile al compás de una melodía imaginaria.
Miró hacia donde yo me encontraba y su cara se iluminó. Me saludó con la mano y después siguió alimentando sus flores, sin dejar de sonreír.

Aquella tarde me senté ante el ordenador y no dejé de teclear hasta bien entrada la noche. La melancolía había desaparecido y en su lugar mil ideas se habían hecho dueñas de mi cerebro.
Al día siguiente me acerqué al vivero y compré un rosal de rosas blancas para ella. Cuando se lo mostré a través de la verja me invitó a pasar al jardín. Yo mismo lo planté delante de la puerta principal.

Así empezó nuestra relación, y durante los tres meses siguientes me olvidé de escribir y me sumergí en ella. Salí a la superficie cuando recibí la llamada de mi editor desde Madrid, reclamándome la novela encargada.

Y Celia se convirtió en el personaje principal y su presencia me inspiró para terminar de escribirla en tan solo dos meses.

Viajé a Madrid para entregar el original a José Robles, mi editor y durante la semana que pensaba permanecer en su casa, asistí a varias fiestas y presentaciones de libros, donde conocí a su hija, Lucía.

La novela se publicó y obtuvo un premio literario de gran relieve. Lucía y yo empezamos a salir y nos casamos seis meses después.
Me olvidé de Celia y de la tranquilidad que respiraba en el pueblo a su lado y viví la popularidad y el éxito, sucumbiendo a la adulación de todos los que me rodeaban.
No pude escribir otra novela. La inspiración se agotó al igual que la dedicación al trabajo y el eco de mi éxito fue atenuándose poco a poco, hasta pasar al olvido.
También Lucía se fue alejando de mí. Se enamoró de un escritor de best sellers y me abandonó tres años después. Pensé en Celia, en los días y las noches con ella, en el olor del jardín y en las tardes de largos paseos por los acantilados. Bajo el orvallo. Pero no me atreví a volver. Ni siquiera a llamarla.

Han pasado veinte años. He regresado al pueblo para vender la casa
y no he podido evitar recorrer de nuevo sus calles y caminar por los senderos, bajo los eucaliptos, buscando el mar.
Paso frente a la casa y el rosal ya no está. Me acerco y miro a través de las rejas. Dentro todo parece seguir igual. El jardín está rebosante y en la terraza, en lo alto de la escalinata, una mujer riega las plantas. Es Celia, está como cuando la conocí. No tiene una sola arruga, conserva los veinte años de entonces. No ha envejecido. Se vuelve hacia mí y me sonríe. Después entra en la casa.

Al día siguiente vuelvo al vivero y compro otro rosal. No entiendo lo que pasa pero deseo repetir la historia
Le llevo el rosal y lo planto yo mismo otra vez en el frente de la casona, delante de la puerta. Celia me mira con dulzura pero no dice nada. Para ella parece estar todo olvidado o no haber sucedido nunca. Celia no me habla del pasado y yo, lógicamente, tampoco.

Los siguientes tres días los pasé en casa de Celia y reiniciamos nuestro idilio aún más apasionado que antes. Ella es otra vez incomprensiblemente tan joven que me vuelve loco. Estoy decidido a quedarme aquí. Además no ha habido preguntas ni reproches y la veo feliz.

Pasan otros cuatro días intensos. Todos los mañanas paseamos hasta los acantilados y allí, entre los eucaliptus hacemos el amor.

Al octavo dia ha ocurrido algo espantoso. Celia ha regresado de viaje. Al verme en la casa está a punto de desmayarse. Cuando se repone me mira con desprecio y me dice:
–Pensé que no serías capaz de volver por aquí. Has tardado veinte años en conocer a tu hija.

viernes, 9 de abril de 2010




EL LIBRO DE LA VIDA

Federico Fayerman

Veintiocho de marzo de 2010


Le veía siempre sentado en un banco del Retiro. La cabeza gacha y los ojos fijos en las páginas del libro, que sostenía en su mano derecha. Siempre el mismo libro, de tapas blancas y gastadas donde, de vez en cuando, garabateaba. Con su otra mano arrojaba migas de pan a las palomas y a los gorriones que le rodeaban. Los más audaces, se subían al banco o sobre sus hombros. En alguna ocasión volaban para posarse en su sombrero.
Era un hombre viejo, de pelo muy blanco y barba perfilada. Vestía un traje oscuro de corte antiguo, limpio y planchado. Calzaba unos zapatos negros y blancos de cordones, donde se reflejaba el sol.
Yo me sentaba en un banco frente a él y comía el bocadillo que me preparaba mi madre cada tarde, a la vuelta del colegio. Le miraba, pero él nunca me miraba a mí, siempre parapetado tras sus gafas de pasta marrón.
Un día llevé un libro y migas de pan e hice lo mismo que él. Algunas palomas le abandonaron y corrieron hacia mi banco. Sonrió satisfecho. Ese fue el último día que le vi en el parque.

Anastasio entró en la cafetería poco antes de las siete de la tarde. Pidió un café y se sentó como de costumbre al fondo del salón, en una mesa cerca de la ventana, desde donde podía ver el ajetreo mudo del Paseo de Recoletos. Colocó su pipa y el paquete de tabaco de hebra sobre la mesa, sacó de la funda el pequeño ordenador y se ajustó las gafas. Empezó a escribir, pero notó que algo le turbaba. Levantó los ojos del teclado y le vio allí, sentado frente a él, con el libro de tapas blancas encima de la mesa. El mismo viejo del parque, con el traje de corte antiguo, que Anastasio no había podido olvidar.
El viejo se levantó, y sin mirarle, le saludó con un leve movimiento de cabeza. Después de pagar, salió del café.
Anastasio le siguió a corta distancia por Bárbara de Braganza, bajo la lluvia que comenzaba a caer. Giró por Marqués de la Ensenada y le vio subir unos escalones de piedra, hasta desaparecer dentro del portalón de un edificio antiguo, aparentemente abandonado. Empujó la puerta y se encontró en un amplio vestíbulo, en cuyo centro se erigía una escalera de caracol. Alzó la cabeza y vio al viejo ascender por ella, con una agilidad impropia de sus años. Subió tras él penetrando poco a poco, a medida que ascendía los escalones metálicos, en un profundo silencio.
Al llegar al piso alto, un intenso olor a papel y tinta le rodeó. Ante sus ojos, se mostraron centenares de estanterías repletas de libros. Millones de volúmenes iguales, de tapas blancas y gastadas. El viejo se hallaba subido en una escalera de madera y colocaba su libro en un hueco de la balda más alta.
Anastasio esperó a que el viejo saliera del enorme archivo y se encaramó al anaquel. En la portada del libro que el viejo había colocado figuraba su nombre. A derecha e izquierda, los libros llevaban los nombres de sus hermanos y otros familiares y así, en cada libro de la biblioteca, había un nombre diferente. Cuando salió a la calle, el viejo había desaparecido.





Desde mi cama de hospital me parece oír sus pasos acercándose. Golpea suavemente con los nudillos en la puerta entreabierta y viene al borde de mi lecho. Nadie en la habitación parece haberle visto. Es el viejo de los zapatos relucientes. En su mano trae el libro de tapas blancas y gastadas que lleva mi nombre. Me lo ofrece sin mirarme a los ojos. Después da media vuelta y sale cerrando la puerta tras de sí.

NO SIENTO LAS PIERNAS

Federico Fayerman
Veintinueve de enero de 2008



-¡Joder, no siento las piernas!--
El cuerpo le dolía terriblemente, todo el cuerpo, menos las piernas. Levantó la cabeza haciendo un gran esfuerzo e intentó mirarlas, pero todo estaba negro. Palpó con su mano y notó dos muñones de carne caliente y mojada a la altura de la entrepierna. Volvió a tantear la zona y descubrió que su miembro y sus testículos también habían desaparecido.
–¿Qué coño pasa, qué es esto?, debo estar soñando, esto no me puede pasar a mí.
Quiso pellizcarse el brazo izquierdo para comprobar que estaba despierto, pero sus dedos solo encontraron:
– ¡Nada! Hostias, me falta un brazo... ¿Dónde estoy, Por qué están apagadas las luces?
Probó a tocarse los ojos pero estaban cubiertos por una venda. La retiró y al acercar su mano, el dedo índice se introdujo macabramente en la cuenca vacía, donde hasta entonces había tenido su ojo derecho.
Notó su cuerpo pegajoso y al tocarlo su mano se empapó de un líquido caliente y espeso. Le seguía doliendo todo, incluso ahora también las piernas, aunque ya estaba al corriente de que no existían.
Consiguió abrir el ojo izquierdo. Estaba tumbado en el suelo de una habitación con un fuerte olor a carne putrefacta. Delante de él, una mesa vieja de madera y sobre ella un magnetoscopio y un televisor. A su derecha y nadando en un mar rojo intenso, le pareció ver sus miembros recién amputados.
Mientras se desangraba, tuvo el tiempo justo de ver la imagen, repetida sin parar en la pantalla del televisor, del momento en que él pitaba el inexistente penalti que resolvía la liga a favor del equipo visitante.

EL HOMBRE QUE NO SABIA LO QUE PODÍA ENCONTRARSE A SU REGRESÓ A CASA, DESPUES DE VEINTE AÑOS DE AUSENCIA VOLUNTARIA.



Federico Fayerman
Dieciséis de marzo de 2010


Llamó tímidamente y esperó.