viernes, 9 de abril de 2010




EL LIBRO DE LA VIDA

Federico Fayerman

Veintiocho de marzo de 2010


Le veía siempre sentado en un banco del Retiro. La cabeza gacha y los ojos fijos en las páginas del libro, que sostenía en su mano derecha. Siempre el mismo libro, de tapas blancas y gastadas donde, de vez en cuando, garabateaba. Con su otra mano arrojaba migas de pan a las palomas y a los gorriones que le rodeaban. Los más audaces, se subían al banco o sobre sus hombros. En alguna ocasión volaban para posarse en su sombrero.
Era un hombre viejo, de pelo muy blanco y barba perfilada. Vestía un traje oscuro de corte antiguo, limpio y planchado. Calzaba unos zapatos negros y blancos de cordones, donde se reflejaba el sol.
Yo me sentaba en un banco frente a él y comía el bocadillo que me preparaba mi madre cada tarde, a la vuelta del colegio. Le miraba, pero él nunca me miraba a mí, siempre parapetado tras sus gafas de pasta marrón.
Un día llevé un libro y migas de pan e hice lo mismo que él. Algunas palomas le abandonaron y corrieron hacia mi banco. Sonrió satisfecho. Ese fue el último día que le vi en el parque.

Anastasio entró en la cafetería poco antes de las siete de la tarde. Pidió un café y se sentó como de costumbre al fondo del salón, en una mesa cerca de la ventana, desde donde podía ver el ajetreo mudo del Paseo de Recoletos. Colocó su pipa y el paquete de tabaco de hebra sobre la mesa, sacó de la funda el pequeño ordenador y se ajustó las gafas. Empezó a escribir, pero notó que algo le turbaba. Levantó los ojos del teclado y le vio allí, sentado frente a él, con el libro de tapas blancas encima de la mesa. El mismo viejo del parque, con el traje de corte antiguo, que Anastasio no había podido olvidar.
El viejo se levantó, y sin mirarle, le saludó con un leve movimiento de cabeza. Después de pagar, salió del café.
Anastasio le siguió a corta distancia por Bárbara de Braganza, bajo la lluvia que comenzaba a caer. Giró por Marqués de la Ensenada y le vio subir unos escalones de piedra, hasta desaparecer dentro del portalón de un edificio antiguo, aparentemente abandonado. Empujó la puerta y se encontró en un amplio vestíbulo, en cuyo centro se erigía una escalera de caracol. Alzó la cabeza y vio al viejo ascender por ella, con una agilidad impropia de sus años. Subió tras él penetrando poco a poco, a medida que ascendía los escalones metálicos, en un profundo silencio.
Al llegar al piso alto, un intenso olor a papel y tinta le rodeó. Ante sus ojos, se mostraron centenares de estanterías repletas de libros. Millones de volúmenes iguales, de tapas blancas y gastadas. El viejo se hallaba subido en una escalera de madera y colocaba su libro en un hueco de la balda más alta.
Anastasio esperó a que el viejo saliera del enorme archivo y se encaramó al anaquel. En la portada del libro que el viejo había colocado figuraba su nombre. A derecha e izquierda, los libros llevaban los nombres de sus hermanos y otros familiares y así, en cada libro de la biblioteca, había un nombre diferente. Cuando salió a la calle, el viejo había desaparecido.





Desde mi cama de hospital me parece oír sus pasos acercándose. Golpea suavemente con los nudillos en la puerta entreabierta y viene al borde de mi lecho. Nadie en la habitación parece haberle visto. Es el viejo de los zapatos relucientes. En su mano trae el libro de tapas blancas y gastadas que lleva mi nombre. Me lo ofrece sin mirarme a los ojos. Después da media vuelta y sale cerrando la puerta tras de sí.

2 comentarios:

Graziela dijo...

Muy buen relato. Merece una segunda lectura. Espero no encontrame con el señor en ningún sitio, al menos de momento...

hatoros dijo...

ME ALEGRA VOLVER A LEERLO AMIGO FEDE NOS VEMOS