viernes, 23 de abril de 2010


LA CASONA


Federico Fayerman
Once de abril de 2010



No había reparado nunca en aquella casona. Sus muros de piedra y sus balcones acristalados, parecían esconderse entre los chopos del jardín.
Tampoco sabía muy bien por qué había salido a caminar esa mañana, bajo la lluvia. La estación del año no solía influir en mi estado de ánimo, pero el hecho de estar solo, durante tanto tiempo en aquel pueblecito cerca del mar, me había vuelto sin duda melancólico.
Me acerqué a la verja. Un jardín de mil colores rodeaba la casa, yendo a morir al pie de una escalera de piedra. En el peldaño más alto, estaba ella.
Regaba las plantas de la terraza y parecía flotar sobre sus zapatillas. Vestía una bata azul sobre lo que se adivinaba era un camisón blanco, que le llegaba hasta los tobillos.
Sus rizos afloraban bajo un pañuelo también azul y sus movimientos parecían pasos de baile al compás de una melodía imaginaria.
Miró hacia donde yo me encontraba y su cara se iluminó. Me saludó con la mano y después siguió alimentando sus flores, sin dejar de sonreír.

Aquella tarde me senté ante el ordenador y no dejé de teclear hasta bien entrada la noche. La melancolía había desaparecido y en su lugar mil ideas se habían hecho dueñas de mi cerebro.
Al día siguiente me acerqué al vivero y compré un rosal de rosas blancas para ella. Cuando se lo mostré a través de la verja me invitó a pasar al jardín. Yo mismo lo planté delante de la puerta principal.

Así empezó nuestra relación, y durante los tres meses siguientes me olvidé de escribir y me sumergí en ella. Salí a la superficie cuando recibí la llamada de mi editor desde Madrid, reclamándome la novela encargada.

Y Celia se convirtió en el personaje principal y su presencia me inspiró para terminar de escribirla en tan solo dos meses.

Viajé a Madrid para entregar el original a José Robles, mi editor y durante la semana que pensaba permanecer en su casa, asistí a varias fiestas y presentaciones de libros, donde conocí a su hija, Lucía.

La novela se publicó y obtuvo un premio literario de gran relieve. Lucía y yo empezamos a salir y nos casamos seis meses después.
Me olvidé de Celia y de la tranquilidad que respiraba en el pueblo a su lado y viví la popularidad y el éxito, sucumbiendo a la adulación de todos los que me rodeaban.
No pude escribir otra novela. La inspiración se agotó al igual que la dedicación al trabajo y el eco de mi éxito fue atenuándose poco a poco, hasta pasar al olvido.
También Lucía se fue alejando de mí. Se enamoró de un escritor de best sellers y me abandonó tres años después. Pensé en Celia, en los días y las noches con ella, en el olor del jardín y en las tardes de largos paseos por los acantilados. Bajo el orvallo. Pero no me atreví a volver. Ni siquiera a llamarla.

Han pasado veinte años. He regresado al pueblo para vender la casa
y no he podido evitar recorrer de nuevo sus calles y caminar por los senderos, bajo los eucaliptos, buscando el mar.
Paso frente a la casa y el rosal ya no está. Me acerco y miro a través de las rejas. Dentro todo parece seguir igual. El jardín está rebosante y en la terraza, en lo alto de la escalinata, una mujer riega las plantas. Es Celia, está como cuando la conocí. No tiene una sola arruga, conserva los veinte años de entonces. No ha envejecido. Se vuelve hacia mí y me sonríe. Después entra en la casa.

Al día siguiente vuelvo al vivero y compro otro rosal. No entiendo lo que pasa pero deseo repetir la historia
Le llevo el rosal y lo planto yo mismo otra vez en el frente de la casona, delante de la puerta. Celia me mira con dulzura pero no dice nada. Para ella parece estar todo olvidado o no haber sucedido nunca. Celia no me habla del pasado y yo, lógicamente, tampoco.

Los siguientes tres días los pasé en casa de Celia y reiniciamos nuestro idilio aún más apasionado que antes. Ella es otra vez incomprensiblemente tan joven que me vuelve loco. Estoy decidido a quedarme aquí. Además no ha habido preguntas ni reproches y la veo feliz.

Pasan otros cuatro días intensos. Todos los mañanas paseamos hasta los acantilados y allí, entre los eucaliptus hacemos el amor.

Al octavo dia ha ocurrido algo espantoso. Celia ha regresado de viaje. Al verme en la casa está a punto de desmayarse. Cuando se repone me mira con desprecio y me dice:
–Pensé que no serías capaz de volver por aquí. Has tardado veinte años en conocer a tu hija.

1 comentario:

Anónimo dijo...

muy fuerte tío, nuy fuerte
ANTONIO