viernes, 25 de junio de 2010


HISTORIAS DE ANTIOQUIA
3 - EL CACHACO

Federico Fayerman
Dieciocho de junio de 2010


Anochecía en Antioquia. El camino de Medellín a Abejorral se me había hecho largo y accidentado por el pésimo estado de la carretera, y cuando a lo lejos, las primeras luces de la población y el blanco tejado de su iglesia se hicieron presentes, respiré tranquilo. Paré en el estadero Las Yeguas a la entrada del pueblo y me refresqué por dentro y por fuera. Después de descargar mi equipaje seguí camino.
Atravesé Abejorral mientras el GPS de mi todoterreno buscaba la Carrera Aguinaga, lugar donde vivía la mujer que me proporcionaría la historia que pretendía escribir.
El número 6 de la carrera Aguinaga era una casa de dos plantas, de fachada estrecha algo deteriorada y balcones cuajados de orquídeas. El humo gris escapando al cielo desde su tejado, anunciaba que el hogar se encontraba en plena batalla con el intenso frio exterior.
Apoyado en la puerta principal un cartel anunciaba:
“Pase al interior y escuche (La historia del Cachaco). “Solo 200 pesos”.
Conecté mi ordenador portátil a Internet y busqué “Cachaco”: “Traje. Hombre elegantemente vestido. Termino usado despectivamente por los costeños para nombrar a los de las zonas del interior de Colombia”. Escondí el PC en el maletero y bajé del coche.
Empujé la puerta de la casa y entré. Un salón de reducidas dimensiones daba acceso a otras tres estancias parapetadas tras cortinas, que hacían las veces de puerta. A la derecha, una escalera comunicaba con la planta alta.
El sonido de cacharros sobre un fogón me indicó la dirección a tomar y retirando la colgadura que la ocultaba, entré en la cocina. Dos ancianas guisaban de espaldas a mí. Una de ellas se volvió y me indicó que tomara asiento. Así lo hice cerca de una mesa de tablero robusto, repleto de platos recién cocinados: Frijoles, Empanadas, Bolitas de Yuca, Arepas de maíz y Mazamorra que me abrieron de inmediato un apetito feroz.
–Coma lo que desee, –me dijo la anciana al ver la expresión de mi rostro, mientras se secaba las manos en el delantal; –va incluido en el precio.
Se sentó a mi lado y me sirvió un trago de aguardiente.
–Le vendrá bien para el frío –continuó, sirviéndose ella misma otra copa. Sacó la fotografía de una hermosa joven de un cajón de la alacena y mostrándomela comenzó a hablar.
–La historia que le voy a contar ocurrió hace ya veinte años, cuando a mi hija pequeña Simona la casamos con Don Diego, un viejo y rico hacendado que había quedado viudo recientemente. Simona, contra su voluntad, tuvo que dejar a Fernando, su novio al que amaba profundamente.
Y siguió amándole pese a su matrimonio. Ambos jóvenes se encontraban con frecuencia a espaldas de Don Diego, no conformes con lo que les había deparado el destino.
Una tarde en que el marido de Simona tuvo que viajar a Medellín, ésta se citó con Fernando en una fuente a las afueras de Abejorral. Cuando llegó al lugar se encontró con un hombre negro, muy alto, que con su traje blanco y corbata semejaba un cachaco y que parecía estar esperándola. Simona quedó petrificada al ver cómo el hombre se iba acercando a ella lentamente. Tras los labios entreabiertos del cachaco, aparecían unos dientes pútridos, y por el mentón se deslizaba una secreción blanca que mojaba su barba de chivo. Los ojos encendidos del hombre se fijaron en los de Simona que, impulsada por una fuerza demoniaca, salió despedida hasta la copa de un árbol cercano que al instante se llenó de espinas.
Fernando, que llegaba en aquel momento, al presenciar la escena huyó espantado del lugar y al día siguiente también del pueblo.
Atraídos por los gritos de la muchacha varios hombres acudieron hasta la fuente y dos de ellos subieron al árbol para ayudarla, teniendo que cortar gran cantidad de pinchos. Cuando llegaron a ella no pudieron reconocerla, ya que había envejecido ochenta años.
–Don Diego la repudió y Simona tuvo que regresar a la casa familiar. Hoy en día vive aquí ayudándome en la cocina. Como usted puede ver, ahora soy mucho más joven que mi hija.

Simona apagó los fogones, se volvió hacia mí y me tendió un plato de dulce de zapallo. Entonces vi su cuerpo arqueado, sus manos nervudas y su rostro arrugado, que me miraba a través de unos ojos prematuramente envejecidos
Dejé quinientos pesos sobre la mesa y salí a la calle. En Abejorral, la noche se había vuelto tremendamente fría.

viernes, 11 de junio de 2010




UNA MESA CON ZANCOS


Federico Fayerman
Tres de noviembre de 2008


Aquí estamos los granos
de todos los países,
orzuelos de miseria
en esta sociedad que llaman de consumo.
Aquí, codo con codo,
más de cuerpo presente
que en festín de abundancia.
Y aquí desesperamos
servidos a una mesa
lejanamente alta,
una mesa con zancos
que no alcanzan las manos
que se mueren de hambre,
aunque a bombo y platillo nos pregonen.
Fragmento del Poema de Pedro García Cabrera. “La mesa está servida”.


Baba está de enhorabuena. Toda la familia Gambele lo está. Por fin ha llegado el día de la partida. En la aldea se celebra una fiesta silenciosa, pero los rostros están serios, los ojos de los hombres y de las mujeres están a punto de dejar escapar lágrimas largamente contenidas. Ha llegado el día de la tan deseada y a la vez temida marcha hacia un desconocido y prometido futuro en mitad del océano, donde, según las noticias de los que marcharon antes, les espera una nueva vida y por qué no la felicidad de la que creen carecer en su tierra. Para la ocasión, tanto Baba como Mwana se han puesto sus mejores ropas.
Baba ayuda a Mwana a subir al camión y ambos se despiden de mama Jamila y de los cuatro pequeños. En la oscuridad de la carretera cubierta de baches, mientras inician el camino hacia la costa, treinta gargantas negras cantan en voz alta y rezan en voz muy baja.
Mwana se queda confuso con lo que ve. No es el puerto de Dakar el que aparece ante sus ojos, como le había dicho su padre, que ahora le mira de reojo con un gesto de decepción. Es Diogué, un poblado de aspecto tremendamente pobre, sin luz ni agua corriente. Por las calles, secándose al sol hay toneladas de pescado que desprenden un olor tan desagradable que incluso sus propios habitantes lo soportan a duras penas. --Tengo mucha suerte, --piensa Mwana, porque ya conoce, pese a tener solo diez años, otros pueblos, otro país, una playa de arenas doradas y sobre todo lo que hay detrás: el mar, --El océano, --le corrige Baba. Un enorme océano de aguas azules que llega hasta tan lejos que termina uniéndose al cielo.
Mamá Jamila y sus cuatro hijos que se han quedado con ella, han estado rezando por la noche. Pero ahora, cuando está a punto de amanecer salen todos a la carretera. Deberán recorrer diez kilómetros para recoger cacahuetes, como cada día en las tierras comunales. Después, cuando no haya más cacahuetes tendrán que sobrevivir recogiendo lo poco que quede en la tierra reseca. Cuando Baba los llame, al término de su viaje, desde el país que está en medio del océano, no tendrán que volver a preocuparse y la riqueza de la tierra que los acoja revertirá en todos ellos. Así al menos lo dice mamá Jamila mientras camina, tratando de protegerse de la plaga de moscas que este verano, como casi todos los veranos, ha invadido las tierras de su país.
Baba reserva un lugar en el centro del cayuco para Mwana, pero Mwana quiere sentarse cerca de la borda, para poder tocar el agua y Baba sonríe y le cambia de sitio. Varias horas después de zarpar, ya inmersos en la aventura, Mwana duerme acurrucado en los brazos de su padre.
Durante los siguientes días el tiempo pasa muy despacio, tan despacio que ya han agotado las historias que se cuentan unos a otros para distraerse. De vez en cuando Mwana se levanta y se estira subido en el descascarillado banco de madera y mira al horizonte. A veces le parece ver algo, pero es su imaginación la que le hace descubrir tierras, barcos o pájaros en la lejanía.
El encargado de repartir el agua y los víveres recorta cada día más las raciones y Baba comparte la suya con su hijo, que parece enflaquecer un poco cada hora que pasa.
A mitad de camino el mar se encoleriza. La barca trepa y se despeña sin control por mil torres encrestadas de agua salada. Baba sujeta a Mwana y trata de quitarle el miedo que él mismo no puede soportar. El viento y las olas arrancan los bancos de madera y el motor fuera- borda de la lancha. Cuando cesa la galerna solo queda una desvencijada nave vacía. A su alrededor, flotan una docena de ahogados. Eso es lo que ven desde el helicóptero de rescate, que con el girar de sus aspas, forma sobre el agua círculos que huyen de la macabra escena.
La noche, húmeda y calurosa ha sorprendido a Baba y a Mwana yaciendo en nichos sin embargo fríos. Están en bóvedas separadas porque nadie sabe que son padre e hijo. En las tapas, recién selladas con una pestilente masilla gris, el mismo empleado que los ha confinado ha escrito sus nombres con un rotulador negro: Desconocido. Desconocido. Y la fecha.
Mamá Jamila despierta a los niños. Hoy no hay trabajo, pero cada vez falta menos para que Baba los mande a buscar desde la tierra de promisión.
--Entonces seremos verdaderamente felices, --les dice. Y todos ríen.