jueves, 9 de septiembre de 2010


Este relato está inspirado en una historia que me contó mi padre cuando era un niño. No sé si se trata de una narración de Poe u otro escritor o si fue una noticia aparecida en los diarios de la época. De cualquier forma no es mi intención apropiarme de su autoría.

EL TREN CORREO
Federico Fayerman
5 de enero de 2007

Durante todo el día, el tren correo fue dejando su carga por los pueblos manchegos y por los de Andalucía, en su lento y mil veces interrumpido caminar, hasta llegar a su fin de trayecto, Andujar. Son las dos de la madrugada del día 30 de Noviembre de 1943. Todas las mercancías del vagón principal entre las que se encuentra un ataúd negro y la saca con la paga de los empleados, son descargadas en el almacén-oficina de Tomás Ibáñez, el Jefe de Estación.
Tomás, un hombre de duras facciones y fuerte envergadura, coloca la saca del dinero en la caja fuerte de su despacho, cierra la puerta de la oficina con llave y se sienta delante de su escritorio para redactar el parte del día, tarea que le llevará al menos un par de horas. Aquella noche tiene guardia y ha decidido relajarse. Coge un periódico del paquete recién llegado y comienza a hojearlo.

A esa misma hora, Ramiro Ramos sigue trabajando en su despacho de la estación de Mediodía de Madrid. Aunque aquel día cumple 60 años de edad y más de 30 en el ferrocarril, sigue siendo incapaz de irse a su casa hasta no haber comprobado y cerrado los inventarios de carga de los trenes-correo que parten diariamente de esa estación. Quizás su condición de viudo reciente le hace refugiarse aún más en su trabajo y huir de la soledad del hogar. En los últimos meses ha adelgazado mucho, tanto que sus compañeros le han recomendado visitar al médico de la empresa pues ven como se deteriora su salud, otrora de hierro.
El último impreso y se acabó por hoy. Fija sus enrojecidos ojos en la lista: bicicleta Thoman azul, peso 9 kg, destino Manzanares; Silla madera nogal, peso 5 kg, destino Santa Elena; ataúd negro, peso 120 kg., destino Andújar. Es el segundo ataúd de esta semana, recuerda.

Sigue leyendo: valija, peso 10 kg; esta es la paga de los empleados, piensa. A la derecha de la máquina de escribir un periódico abierto por la página de sucesos le llama la atención; Un conocido y peligroso ladrón, recién fugado de la cárcel, ha sido visto en los alrededores de la estación de Mediodía de Madrid, donde se ha vuelto a perder su pista.

Ramiro acaba su trabajo y después de cerrar la tapa corredera de su bureau, sale del despacho apagando una por una las luces según se dirige a la puerta de salida. Como siempre es el último en abandonar el trabajo.

En la estación de Andujar, Tomás Ibáñez nota sus parpados muy pesados y sin poderlo evitar apoya la cabeza sobre la escribanía y se queda dormido. Tras él, en el almacén, solo el reflejo lejano del flexo del escritorio atraviesa tenuemente la oscuridad que envuelve un sinfín de paquetes, bultos de formas dispares y al ataúd recién llegado.

Ramiro Ramos sale a la calle y la recorre con la mirada de derecha a izquierda en busca de un taxi. A esas horas reconoce que es muy difícil encontrar uno, así que decide como tantas otras veces caminar hasta su casa. Se sube el cuello del abrigo hasta las orejas y hunde las manos en los bolsillos. Con la mirada fija en el suelo adoquinado fabrica vaho expulsando aire caliente de su boca, lo que le convierte en un hombre-máquina de vapor. Siempre pensando en lo mismo, se dice.

El sereno le sale al encuentro y le saluda cordialmente buscando la propina. Como siempre, echan una parrafada en el portal antes de despedirse.
Ramiro no ha cenado. No lo hace casi ningún día desde que Emilia cogió el tren hacia la eternidad. Su único hijo se casó con una portuguesa hace un año y se fue a vivir a Portugal, concretamente a Lisboa, desde donde le escribe a menudo. Este año le ha prometido venir a Madrid para que conozca a su nieto recién nacido.
Se prepara un café y se sienta en una silla de la cocina a tomárselo. Pone la radio pero hace tanto ruido de interferencias que la apaga enseguida. Aflojándose el nudo de la corbata se dirige a su dormitorio, frió y vació como de costumbre.
En el pasillo sigue pensando en el trabajo que le espera el día siguiente., el trabajo rutinario que le ha convertido en un hombre rutinario. Estaría curioso que mañana transportáramos otro ataúd. Ya serían tres en tres días seguidos.
Entonces se para y enarca las cejas. Recuerda: ataúd negro, peso 120 kilos destino…., peso 120 kilos!.
Ramiro se pone el abrigo y sale apresuradamente de su casa. Milagrosamente pasa un taxi en ese momento por delante del portal y se sube a él. A la estación de Mediodía por favor, indica al conductor.

En la oficina del jefe de estación de Andujar, Tomás Ibáñez sigue dormitando. Detrás de él, el ataúd parece cobrar vida.


Señorita por favor, necesito urgentemente una conferencia con Andujar. Con la estación del ferrocarril. Es muy urgente. Ramiro cuelga el auricular y pasea arriba y abajo por el despacho. Señorita por favor, necesito esa conferencia ya, le repito que es muy urgente. Lo siento, le responde la telefonista, tenemos una avería en la línea y no se podrá restablecer el servicio hasta dentro de unas horas, según me indican. Se está haciendo todo lo posible por subsanar este fallo.

Ramiro Ramos se dirige a la oficina de comunicaciones de la Central y se sienta delante del Telégrafo. Apoyando la palma de la mano derecha en el pulsador comienza a transmitir.

En la estación de Andujar, el receptor de código Morse empieza a emitir una serie continua de sonidos cortos y largos.. Tomás escucha como en sueños la transmisión y traduce mentalmente el mensaje que llega.

¡¡¡ Cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd!!!

Ibáñez se despierta sobresaltado, levanta la vista hacia el espejo que se encuentra en la pared sobre el escritorio y ve reflejada la figura de un hombre corpulento, con una pistola en la mano, avanzando hacia él. Detrás del hombre, el ataúd abierto.

Como impulsado por un resorte abre el cajón, saca una pistola y dispara tres veces. Mientras cae al suelo oye el espejo romperse en mil pedazos. Después, todo se detiene.
Cierra los ojos y escucha. El ruido de un cuerpo al caer sobre la tarima le certifica que ha alcanzado el blanco. Se incorpora y contempla al hombre tendido boca abajo sobre un charco de sangre. Lo voltea ayudándose de un pie y comprueba que está muerto.
En una esquina del despacho, el telégrafo sigue insistiendo:¡¡¡ cuidado con el ataúd; cuidado con el ataúd; ¡!!

miércoles, 8 de septiembre de 2010


EL CIELO DE CRISTAL


Federico Fayerman

15 de abril de 2007




Al encenderse la luz, todo empieza a cobrar vida a mí alrededor. Mi cerebro, si tengo, está completamente en blanco. No recuerdo nada de mi pasado. Ni siquiera lo que he hecho el día anterior.

Estoy en una habitación rodeado de monos de piloto, cascos, guantes y todo tipo de accesorios de automóvil.
Me veo enfundado en un mono rojo y blanco, con guantes y con un casco azul, bien ajustado en mi cabeza. .
Cuando salgo de la habitación me encuentro con un monoplaza de fórmula uno rodeado de una decena de mecánicos atareados en su puesta a punto. Está situado en el último lugar de la parrilla de salida. Su color plata metalizado con franjas rojas laterales destaca sobre el asfalto negro de la pista. En el lateral derecho un nombre, quizás el mío escrito con letras azules: Fernando Alonso.

Los semáforos colgados encima de la recta de salida cambian de rojo a verde y los bólidos que tengo delante arrancan y se alejan de mí rápidamente.

Mi coche empieza a moverse solo, sin que yo se lo haya ordenado y las tribunas laterales empiezan a retroceder cada vez más veloces. Yo sigo sin accionar ningún control, cuando veo aproximarse la curva cerrada de final de recta. El bólido sigue sin obedecer mis órdenes y entra en la curva a excesiva velocidad, El coche derrapa, se sale de la pista, y se estrella contra un muro de hormigón a más de trescientos kilómetros por hora.

Pocos segundos después estoy sentado en un monoplaza rojo. Mi traje de piloto es muy llamativo: verde fluorescente y amarillo y mi casco es blanco con una cabeza de águila pintada en el frente. Está situado en la última posición de la parrilla de salida y en el lateral del coche pone un nombre, quizás el mío: KIMI y no recuerdo nada de mi pasado, ni siquiera lo que ha ocurrido ese mismo día.
Los semáforos cambian a verde.
Al final de la recta vuelvo a estrellarme, esta vez contra otro coche que se cruza en mi camino.
Levanto la vista
En el cielo, que es de cristal, parpadean las palabras “Game Over”.