viernes, 26 de noviembre de 2010


EL VESTÍBULO DEL INFIERNO


F.J.Fayerman
Siete de agosto de 2010


La vida de Samael J.Sheridan podía dividirse fácilmente en antes y después de su traslado a Diablo, ciudad al este del país, rica en leyendas y cuna de los mejores escritores de cuentos de terror, todo ellos misteriosamente desaparecidos cuando la vida más les sonreía.
Samael J. Sheridan también era escritor, aunque el género que cultivaba no tenía mucho que ver con el miedo. Escribía teatro y guiones de cine, casi siempre comedias, que apenas le daba para sobrevivir. Por eso, cuando recibió la oferta de escribir un guión para una importante productora cinematográfica, ni siquiera sopesó que el encargo le obligaría a trasladarse a Diablo. Y con ello la necesidad de dejar su pequeño y económico apartamento en la capital para tener que buscar una habitación barata, cerca de la sede de United Films.
El contrato ofertado era por tres años, así que cedió su apartamento a un amigo y subió al tren. El equipaje se limitaba al ordenador portátil y a una pequeña maleta, donde guardaba celosamente su obra literaria y el cepillo de dientes. Casi toda la ropa que tenía, la llevaba puesta.
En la madrugada del día siguiente, Diablo se presentó a través de la empañada ventanilla del vagón de tercera clase. La ciudad se encontraba sumergida en una niebla cerrada, que no se desvaneció hasta el mediodía. Una urbe de casas viejas y apiñadas, que apenas dejaba vislumbrar un cielo de sucio chocolate, que amenazaba teñir con su lluvia las callejuelas estrechas del barrio antiguo, al que llamaban Olbaid. Según la información que había conseguido en Internet databa del siglo X.
Samael J. Sheridan era un hombre corpulento. Más de cien kilos repartidos en un cuerpo de un metro ochenta sin contar los altos tacones de sus botas y el sombrero vaquero que lucía siempre. Samael iba a cumplir cuarenta años ese mismo mes, pero hacía mucho tiempo que no celebraba los aniversarios. Desde la muerte de su mujer, vivir se había convertido en algo secundario. Quizás el cambio de ciudad le ayudaría a devolverla a un primer plano y a olvidar el pasado.
Después de firmar el contrato en las oficinas de United Films, Samael dedicó el día en buscar alojamiento en Olbaid. Almorzó en un pequeño restaurante de la calle Natas donde trabó amistad con un hombre que comía en la mesa contigua, de aspecto sombrío, bajo, cargado de hombros y con unos ojos que parecían traspasarle cuando los fijaba en los suyos.
–Conozco un piso que se alquila cerca de aquí, --le dijo el hombre al enterarse de que buscaba un lugar para vivir.
–No puedo permitirme un piso, –contestó Samael. –Con una habitación me conformo.
–El piso es de un vecino y amigo que se ha ido a vivir al extranjero y lo alquila por un precio muy bajo, a cambio de que el inquilino lo cuide y se haga cargo de las plantas y de su perro, –respondió el hombre.
Aquella misma tarde los dos visitaron el piso. Era un sótano, con un único dormitorio con una cama con dosel, cocina moderna, cuarto de baño y un salón muy grande con tres ambientes diferenciados. También contaba con un despacho/biblioteca de muebles antiguos y muy bien conservados. Sobre un velador de tres patas florecían unas Faccaceas. Eran las únicas plantas en toda la casa. Toda ella respiraba lujo y Samael J.Sheridan la ocupó encantado.
Al día siguiente llegó Cerbero. Cerbero era un Gran Danés negro. Sentado alcanzaba más de un metro de altura. En su enorme cabeza destacaban dos orejas puntiagudas y unos ojos brillantes que parecían moverse y flotar solos por la noche en la oscuridad del dormitorio.
Samael se acostumbró enseguida a Cerbero y cuando salían a la calle a dar los paseos obligatorios, la gente se apartaba, tal era el respeto que levantaba a su paso. Comía siempre en el restaurante de la calle Natas y Cerbero recibía su ración en la cocina.
Una mañana de domingo el hombre del restaurante visitó a Samael y le propuso utilizar el piso para hacer una fiesta con gente guapa entre los que se encontraba la actriz más famosa y bella del momento: Lucía Labelle.
Samael aceptó de inmediato y a petición del hombre del restaurante compró velas, comida abundante y diez cajas de botellas de güisqui. Llenó el congelador de hielo y abandonó el piso durante todo el sábado, como le habían pedido.
El domingo amaneció frío. Tampoco había nubes en el cielo. Su habitual color chocolate se había convertido en rojo sangre. El viento arqueaba los arboles y los desnudaba de hojas y frutos, y su ulular espantaba a los escasos viandantes que habían osado salir ese día.
Poco a poco fueron llegando los invitados al piso de Samael, colocándose alrededor de un círculo de velas encendidas que rodeaban una gran losa de mármol negro en el suelo del salón.
Durante varias horas los invitados comieron y bebieron abundantemente, conversando y riendo sin parar, hasta que a las doce de la noche la luz eléctrica se cortó y únicamente permaneció la luz de las velas y las sombras estiradas que estas proyectaban sobre las paredes. Alguien gritó y otros rieron nerviosamente, pero todos dejaron de bailar y beber, fijando la mirada en la losa negra que empezaba a moverse, descubriendo una escalera de piedra tenuemente iluminada. Entonces surgió del interior un hombre vestido de blanco y Samael creyó reconocer al hombre del restaurante. Ahora era alto, delgado y su rostro era extraordinariamente bello. Conservaba los mismos ojos penetrantes y en la boca se le dibujaba una sonrisa de satisfacción. A su lado se situó Cerbero, sentado en actitud sumisa.
–Mi nombre es Satán, –dijo el aparecido. –Yo los he invitado a mi fiesta.
Levantó el brazo derecho y el cuerpo de Cerbero empezó a crecer hasta convertirse en una bestia enorme. El animal saltó entonces sobre los invitados golpeando, mordiendo y destrozando todo lo que se ponía a su alcance, hasta que solo sobrevivieron ocho o diez personas, entre las que se encontraban Lucía Labelle y Samael.
Satán señaló a los que aún permanecían con vida y les dijo:
– ¿Quieren seguirme, por favor? Continuaremos la celebración abajo.
Cerbero empujó a Samael hasta el pasillo de la casa y desde allí pudo advertir cómo el salón empezaba a hundirse y lo vio descender hacia las entrañas de la tierra. Después todo quedó en silencio.
En el interior del piso solo permanecieron Samael, Cerbero, que había recobrado su aspecto original y un olor a azufre que duró dos días, justo el tiempo que tardó la policía en visitarlo preguntando por algunos de los desaparecidos.
Cada seis meses Samael preparaba la fiesta para su vecino Satán, siempre con gente guapa, Y también, cada seis meses Samael presentaba un guión nuevo a United films con el que obtenía una fortuna, convirtiéndose en el guionista de moda y en el hombre más solicitado por las mujeres de Diablo.
La novela El vestíbulo del infierno donde narraba bajo seudónimo una historia de fiestas y encuentros con Satán, podría haber sido sin duda su mayor éxito pero, como ya había ocurrido años antes con otros escritores de fama, no tuvo ocasión de publicarla.
Y así, Samael J.Sheridan entró a formar parte del selecto colectivo de escritores misteriosamente desaparecidos, cuando la vida más les sonreía.
Varios meses después, el escritor y guionista Simón L. Mark recibió una oferta de United Films imposible de rechazar. Tendría que mudarse con su mujer desde San Diego a Diablo, pero merecía la pena. Además, la casa les saldría gratis.

1 comentario:

Marcos Callau dijo...

Genial, amigo. Me ha encantado tu manera de narrarlo y los nombre con que has dotado a los personajes. Muy bueno el ambiente recreado en esa fiesta infernal. Enhorabuena.