viernes, 12 de noviembre de 2010









MARIA LUISA

F.J.Fayerman
Veintitrés de julio de 2010

Llegábamos a la playa sobre las once, y nos agrupábamos cerca de las rocas. Bandera verde, mar en calma y sol intenso. Extendíamos las toallas por el suelo y todos se sentaban contentos sobre ellas. Los monitores nos colocábamos alrededor.
Era mi primer año de voluntariado en este campamento de verano con hombres y mujeres discapacitados y mi papel consistía en acompañar permanentemente a dos de ellos y vigilar que en la playa nadie se alejara del grupo. Cuando todos estaban preparados, el monitor jefe iniciaba las actividades.
Primero era el baño y los juegos en la arena. Después, en unas mesas que habíamos colocado al fondo de la playa, resguardados del sol por toldos verdes y blancos, se almorzaba y leíamos algunos textos que se comentaban hasta donde alcanzaba su entendimiento. Así hasta las dos, hora en la que los acompañábamos a la residencia para comer.
Por la tarde nos juntábamos en el porche de la casa y contábamos historias divertidas. Por la noche, todos querían escuchar historias de miedo.
A María le reían los ojos cada vez que yo pronunciaba su nombre, aunque de vez en cuando su mirada se escapaba lejos y parecía perderse en otro mundo, del que costaba mucho recuperarla.
María tenía treinta años, el pelo largo y negro, recogido en una coleta y atado con una goma rosa, el único color que le gustaba. A veces, mientras leíamos, ella misma deshacía el nudo y me daba la goma para que volviera a recogérselo y así notar mis dedos en su cabeza. Su cuerpo era frágil, casi tanto como su mente y cuando caminábamos buscaba apoyo en mis brazos. Podía haber sido la mujer más deseada del mundo, si hubiera podido sonreír; si hubiera tenido alguna razón para sonreír.
Me enamoré sin pensarlo, sin desearlo, pero en ningún momento sentí compasión ni pena hacia María. Para mí no era diferente a cualquier otra mujer, pese a que en su boca había siempre un gesto suplicante. Y cuando una noche acudió a la oscuridad de mi habitación, no sentí remordimiento por amarla, por recorrer su cuerpo, por beber en la fuente fresca de su boca, o porque mis labios susurraran “te quieros” imposibles, mientras ella gritaba en silencio.
Le gustó que mis pies se frotaran con los suyos, notar sus muslos aplastarse bajo los míos y el cosquilleo de mis dientes mordisqueando sus axilas. Y el gesto de súplica de su cara se tornó risa y rió sin parar hasta que de tanto reír se volvió llanto y María se sorprendió al descubrir por vez primera el agua salada descendiendo por sus mejillas hasta mojar sus labios.
Cuando terminó el campamento de verano y regresamos a casa, María volvió a extraviarse en su cercano infinito. Y al tiempo que las gaviotas planeaban sobre la orilla del atardecer y la luna intentaba quitarse el velo de novia para platear el mar, la marea se encargó de borrar nuestros nombres en la arena: Luisa ama a María.

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