viernes, 7 de enero de 2011


MAÑANA SIN FALTA



Federico Fayerman
Veinte de mayo de 2010


Sobre el sillón de plástico agrietado se amontonaban los medicamentos. Cajas de todos los tamaños y colores. Tabletas, píldoras, comprimidos y cápsulas sueltas proliferaban entre ellas. El sofá era territorio de libros y revistas desordenados. El sol apenas podía penetrar a través del balcón cerrado por cristales opacos de mugre. El resto de la casa estaba igualmente desordenado y sucio, camas sin hacer, cocina abarrotada de cacharros grasientos y en el cuarto de baño los sanitarios habían dejado de ser blancos hacía mucho tiempo.
Arturo fumaba un cigarrillo de picadura sentado en el suelo del dormitorio. Con la espalda apoyada en la pared, frente a la escalera que llevaba al desván y la mirada fija en la fotografía de Adela. Le gustaba recordarla a través de esa imagen, que la mostraba sentada en una mecedora de mimbre, con veintiún años recién cumplidos; dos días después de la boda y en pleno viaje de novios. En esa foto podía apreciar la felicidad que aún reflejaban sus profundos ojos negros. Desde entonces habían transcurrido treinta años y desde que Adela le abandonara, dos.

Arturo empujó la puerta del bar. Eran casi las tres de la tarde y varias mesas habían quedado libres al fondo de la barra, donde la cocina se hacía más presente a través del espeso olor de la freidora, que no distinguía entre carne o pescado. Arturo se sentó y al momento un plato de sopa de cocido humeó delante de su cara.
– ¿Vino? –Preguntó Elías.
–Sí, claro.
El bar de Elías, pese a ser muy viejo se conservaba limpio y salvo el olor de la cocina durante las comidas, era un lugar de agradable encuentro para los vecinos y donde las partidas de mus de las tardes se habían hecho famosas en el barrio. Arturo llevaba dos años sin participar en ellas, aunque permanecía en el bar hasta las ocho, hora en la que los jugadores se levantaban de las mesas y Elías colocaba sobre ellas los tapetes de papel a la espera de servir la cena. Entonces él también se levantaba y salía a la calle, para hacer el recorrido habitual por las otras tabernas de la zona hasta que, cada día más o menos a la misma hora, algún amigo o vecino le ayudaba a subir a su casa completamente borracho. En ocasiones no llegaba hasta la cama y dormía en el suelo del salón o sentado a la mesa de la cocina con la cabeza apoyada en el tablero y los brazos colgando a ambos lados de su cuerpo.

Y al despertarse veía la escalera, que se proyectaba hasta el desván a lo largo de catorce estrechos escalones de madera carcomida, aferrados a una titubeante balaustrada. Abajo, él y su secreto. Arriba, en la oscuridad del desván, entre viejos objetos que traían recuerdos irrecuperables, Adela, desde hacía dos años sentada y quieta en la mecedora de mimbre que tanto le gustara.
Entonces subía como todas las mañanas y ventilaba la estancia. Después peinaba los escasos cabellos de Adela, se subía al taburete y comprobaba la firmeza de la cuerda atada a la viga central, que llevaba años esperándole.
Lo haré mañana –pensó mirando el nudo corredizo. Y salió a deambular por las calles, pasar la tarde en el bar de Elías y terminar el día borracho.
–Lo haré mañana después de haberte perdonado.
–Sí, mañana sin falta.

2 comentarios:

Marcos Callau dijo...

Escalfriante me ha parecido ese final. Me ha gustado mucho la descripción del bar y de esa vida de borrachera continua. Un saludo.

HATOROS dijo...

PARECEN SIGLOS L0S QUE NO PASÉ POR AQUÍ. ME DIJE ¡BASTA!
Y TE LEÍ Y AL PARTIR ¿NOTASTE EL ABARAZO?
ESPERO QUE SÍ