sábado, 6 de agosto de 2011



VACACIONES DE VERANO
Federico Fayerman


Julio, sol, calor y playa. Es mediodía. José Canícula está sentado en su butaca. Entre el asiento y su trasero se intercala una toalla azul oscuro protectora. Sus pies del 44 surgen bajo la sombrilla y clavan sus talones en la fina y ardiente arena, al lado de una colilla de Marlboro. Tras las Rayban oscuras, sus ojos contemplan el mundo que le rodea. Al fondo de la contemplación hay un pelotón de triángulos de colores, recortados sobre el azul cielo del cielo y el verde mar del mar. Seccionados por la raya del horizonte inflan sus velas con glotonería.
Un poco más cerca de la playa, más mar verde mar. Otro poco más cerca hay cabezas que suben y bajan y que aparecen y desaparecen al ritmo del vals de las olas. Mas cerca aún, cuerpos que van y cuerpos que vienen empujados por la espuma blanca de las olas que acaban de romper.
En primer plano, infinidad de sombrillas surgidas a semejanza de hongos multicolores. Gente pasando de derecha a izquierda y de izquierda a derecha infatigablemente por el filo del agua, salpicándose entre ellos. Hombres canguro, con el bañador por debajo de la bolsa marsupial, mujeres con el bikini semioculto bajo los michelines, pepitos piscina marcando paquete bajo un mini bañador negro, tangas milimétricos en cuerpos de mujer sin cara. Y sobre todo tetas, muchas tetas. Grandes, pequeñas, caídas hacia abajo y caídas hacia arriba, bien y mal operadas, achicharradas, lechosas, oscilantes, desparramadas, furtivas, minúsculas, inexistentes, desafiantes, negras y bicolores.

A la derecha de José Canícula, sobre las rocas, pescadores de piel renegrida, con más moral que el alcoyano, sueñan con conseguir por fin su primera captura.
Medio metro delante de José Canícula, una pareja de unos cuarenta años, con dos niños de aspecto terrible, intenta clavar una sombrilla, como si no existiera mas espacio en la playa. Una vez conseguido empieza el desembarco. Tres toallas desplegadas sobre la arena; tumbona de tres cuerpos, cochecito de niño, bolsa de playa, bolsa conteniendo todo tipo de juguetes (cubo, pala, rastrillo, moldes diversos, balón hinchable, gafas de bucear, aletas, flotadores, churro), bolsa de comida para el pequeño, libros, barca de plástico, mini iglú, dos tablas de surf y colchoneta con forma de cocodrilo, todo ello desperdigado alrededor de la sombrilla que se ladea, sale volando y se estrella contra las piernas de un grupo de hombres que, brazos en jarras contemplan un juego de petanca desde hace horas.
Mientras el pequeño no para de llorar, el hermano mayor se dedica a llenar de arena las toallas pisoteándolas y a saltar sobre los flanes de arena que el padre construye al hermano menor. Los gritos del padre ahogan los del hijo llorón y consiguen, sumándose al sonido de las voces de los demás playistas, al tole tole machacón del oleaje, a los gritos de los que juegan con las palas y al ritmo rapero de los coches tuneados que pasan en ese momento por la carretera, crear un ambiente de relajación impropio de unas vacaciones tan largamente deseadas.
Al lado de José Canícula, una mujer con el cuerpo brillante de copertone, come una manzana a grandes y sonoros mordiscos. Detrás, en la zona de nadie, en el blando y ardiente camino de vuelta al apartamento, las duchan babean apenas un hilo de agua tibia. Una larga fila de bañistas espera su turno para limpiar las patas metálicas de sus sillas.
Los chiringuitos de la zona están llenos a rebosar. Al nauseabundo aroma de la fritanga se le une el no menos repugnante perfume de sudor reconcentrado del tío de la camiseta heavy de tirantes, que basa su limpieza corporal en el baño diario en el mar. Apuntalado en la barra y fumando un purito a sotavento, el de los tirantes y la tripa cervecera está acompañado, inexplicablemente por una mujer mucho más joven que el, con mini falda, escote liberal y zapatillas de esparto con cuña. Para dar fe de que es su pareja, al lado tienen aparcado un cochecito en el que, un chupete que sube y que baja sin parar, medio tapa la cara de un bebé sudoroso y aletargado.
En la mesa de al lado, una familia guiri, compuesta por cuatro o cinco adultos y cuatro o cinco niños, se zampan sin pestañear otros tantos platos combinados del número 4, compuestos de una esmerada selección de hamburguesa, salchichas, huevo frito y patatas fritas. Todo ello bajo una capa espesa de tomate kétchup.
José Canícula, recoge sus cosas y vuelve al apartamento. De no ser por la orientación oeste, por ser un ático, por no tener aire acondicionado y por tener que aguantar hasta las cuatro de la madrugada a que cierre el escandaloso bar de abajo para poder dormir, sería un lugar ideal para descansar. Se consuela pensando que solo le quedan catorce días de vacaciones pagadas.

1 comentario:

7 Plumas dijo...

Interesante relato de verano. ¿Sabes que La Esfera Cultural tiene una convocatoria de relatos de verano?
Allí puedes publicarlo.
Felicidades