domingo, 25 de noviembre de 2012

REGRESA F.J.Fayerman Siete de junio de 2012 – ¡Mañana a Londres! dije en voz alta al tiempo que comprobaba por enésima vez la alarma del despertador. Antes de apagar la luz, revisé nuevamente el billete: Madrid-Londres, siete de junio de 2012, ocho treinta horas, Aeropuerto de Barajas. “El Tubo” me dejó en Oxford Circus y caminé por Regent Street buscando la plaza de Piccadilly. En Heddon Street, hice una parada para conocer el Absolut Ice bar, donde las paredes, las mesas y la barra son de hielo. Al atravesar Vigo Street, la sirena de una furgoneta policial me sobresaltó. Era una Austin negra que giró en Savile Row. Entonces, observé el atasco que se había formado en esa calle a través del que, a duras penas, pudo colarse el furgón. George: Guitarra eléctrica Fender Rosewood Telecaster; chaquetón negro de piel y pantalones verdes. Llegué al cruce. Todo el mundo miraba hacia arriba. Muchachas con minifaldas de colores corrían por las aceras como enloquecidas. John: Guitarra semi-acústica Epiphone Casino; chaquetón de piel marrón con el cuello alzado. Más mujeres en las ventanas abiertas de par en par desafiando al frío, y hombres con traje oscuro, corbata delgada y maletín en la mano pasando de unas azoteas a otras en un peregrinaje absurdo. Paul: Guitarra bajo violín bass Höfner 500/1; chaqueta oscura desabrochada. En la puerta de un edificio de cuatro plantas, varios Bobbies dialogan con el dueño de la casa. Por fin, entran en ella. Otros jóvenes policías con semblante serio esperan fuera. Ringo: Batería Ludwig Oyster Black Pearl; impermeable naranja con grandes botones negros. Un hombre de unos setenta años con pipa, traje y sombrero se juega la vida subiendo por una escalera metálica hasta la azotea para poder ver la escena desde más cerca. Billy Preston: teclado Hammond Desde los tejados del otro lado de la calle, varias estatuas de piedra blanca le contemplan. Gafas redondas, pelos agitados por el viento que tapan las caras enrojecidas por el frío, baquetas delirantes y pies golpeando rítmicamente la tarima colocada en la azotea de los estudios de grabación de Apple Records... Música para mis sueños. Saqué el Smartphone del bolsillo: Las doce del mediodía del jueves 30 de enero de mil novecientos sesenta y nueve. Miré hacia arriba y escuché: ¡Get back! , Get back… Sonó el despertador y salté de la cama: ¡A Londres!

domingo, 22 de julio de 2012

El Colectivo Literario RENGLONES DE FICCIÓN al que pertenezco ha publicado su segundo libro de relatos. Lo hemos titulado SI TE DIGO QUE LA BURRA ES NEGRA, ES PORQUE TENGO LOS PELOS EN LA MANO. Título largo y sonoro que quiere expresar que "esto es lo que hay" y lo que hay son 40 relatos cortos y diez microrrelatos, maravillosamente escritos por quince autores de estilos muy diferentes, que aportan en su conjunto una visión completa de su forma de vivir la literatura. El libro está editado por Visión Libros (91 311 76 96)y su precio es de siete euros. De todas formas, y debido a la crisis galopante que nos acompaña ultimamente, iremos publicando los relatos de la Burra en el blog del Colectivo Renglones de Ficción durante las proximas semanas. Un saludo a todos los seguidores del Huerto de las Palabras.

martes, 17 de abril de 2012






CADA OCHO HORAS
F.J.Fayerman
Diecisiete de enero de 2012
Los niños no paraban de gritar y pelearse entre ellos. Desde el asiento trasero del coche, esperaban impacientes el final del viaje que los llevaba de vacaciones a la playa.
Estaba amaneciendo y los primeros rayos del sol deslumbraron a Teo. El coche se salió de la carretera y después de varias vueltas de campana, se incendió.

Conocí a Eva en la farmacia del barrio, un año después de perder a Clara y a nuestros tres hijos. Yo dependía de una gran cantidad de medicamentos que mitigaban las secuelas del accidente. Ella canjeaba varias recetas mientas charlaba con la farmacéutica.
Dos días después escuché ruido en el piso de arriba que se encontraba desde hacía varios meses con el cartel de “se alquila”. Me asomé a la ventana del salón y vi el camión de mudanzas descargando frente al portal. Pocos muebles y baratos.
Ese día, no cesaron las carreras por el pasillo del piso recién ocupado, pero al llegar la noche los ruidos pararon, aunque aún pude identificar el sonido del agua del fregadero y el clic-clac de los interruptores de la luz.
Por la mañana coincidimos en el portal. La mujer que vi en la farmacia era la nueva vecina e iba acompañada de dos niños y una niña, aparentemente de la misma edad que mis hijos.
–Soy Eva, –se presentó; – acabo de mudarme al edificio.
–Teo, contesté estrechándole la mano, soy su vecino de abajo.
Durante los días siguientes nos vimos por la calle, en la farmacia y coincidimos en la consulta del psiquiatra. Eva era alta, morena y llevaba siempre una sonrisa pegada a su boca.
Poco a poco fue naciendo una buena amistad. Aunque no sabía nada de su vida, imaginaba que su situación económica era muy mala. Estaba fuera todo el día y sólo retornaba a última hora de la tarde con los niños Sobre las doce de la noche volvía a salir hasta que de madrugada la observaba, a través de la mirilla de mi puerta, regresar agotada.
Un domingo me armé de valor y subí a su casa. Con el pretexto de devolverle un envase de leche le ofrecí ayuda, ya que mi economía era muy buena desde el accidente.
–Te agradezco tu interés, me dijo, pero quizá sea yo quien pueda ayudarte a ti.
–Perdón, ¿cómo dices?
--¿Echas mucho de menos a tus hijos? Supongo que sí. Yo estoy dispuesta a devolvértelos, si realmente lo deseas.
–Es una broma de mal gusto…
No me dejó terminar la frase.
–De ningún modo Teo, no quisiera hacerte daño ni engañarte. Sólo tienes que creer en mí y te juro que volverán contigo.
Salí dando un portazo.
Durante varios días evité encontrarme con Eva, pero no pude dejar de pensar en el ofrecimiento que me había hecho. Y poco a poco las dudas fueron invadiéndome. Al tercer día la esperé en el garaje.
– ¿Podemos hablar?
–Claro, Teo.
Hizo salir a sus hijos del coche y tomamos el ascensor. El espejo reflejó la imagen de su hija pequeña.
–Tu hija se parece mucho a la mía, le dije.
Nuestras miradas se encontraron en el espejo.
–Dame algo de tiempo y será ella.
Antes de poder contestar llegamos al piso y entramos en su casa.
– ¿Qué quieres decir con que será ella?
–Siéntate. Te voy a preparar un café.
El café humeó frente a mí.
–Escucha, –se acercó a mí y me agarró por los hombros. –Sólo tienes que desearlo con todo tu corazón y al instante mis hijos se convertirán en los tuyos.
Eva se levantó e hizo pasar a los niños. Eran idénticos a los míos. Incluso estaban vestidos con la misma ropa. No pude resistirlo y los abracé con fuerza. Sus caras eran las caras de mis hijos. También lo eran sus voces y su olor. Eva me miraba, amorosa, desde la puerta.
Ahora, vivimos todos juntos y Eva no tiene que trabajar. Se ocupa sólo de los niños y de hacerme feliz. He terminado por acostumbrarme a no salir de casa, y al extraño café que me hace tomar cada ocho horas.