viernes 20 de enero de 2012


EL ORDEN OCULTO DE LAS EMOCIONES


F. J. Fayerman
Dieciocho de diciembre de 2011

Mi familia está reunida en torno a la abuela, como cada domingo, devorando con inmenso placer las croquetas de carne con huevo y pan que ella nos prepara.
Mi abuela es la persona más cariñosa del mundo, incluso más que mi tío Carmelo que siempre me regala dulces y me mete un duro en el bolsillo del pantalón. Lo hace de forma maquinal y con mucho disimulo, pues sabe que a mi padre no le gusta que nos den dinero.
Si algo ama mi abuela, es su jardín. Apenas desayuna, coge el cesto de las herramientas, abre la cancela y se pierde en su mundo vegetal. Las tardes las pasa encerrada en el piso de arriba.
El abuelo murió hace dos años y a partir de aquel momento ella tomó las riendas de nuestras vidas. Despidió al jardinero, contrató a una empleada de hogar y retomó las clases de biomecánica que había abandonado al casarse.
La historia de mi familia es fascinante. Entre las características que la definen está la ausencia de enfermedades y el agujero de la espalda. Otro de nuestros rasgos particulares es el aspecto físico. Somos muy diferentes, unos rubios, otros con el cabello negro y ensortijado y los demás lucimos un pelo color zanahoria, todo ello mezclado aleatoriamente con ojos verdes, azules o negros. Los niños vamos a colegios y a cursos diferentes para no luchar unos contra otros, ya que siempre somos los primeros de la clase.
Cada cuatro años nace alguien nuevo en las estancias del piso alto y al domingo siguiente, mientras esperamos las croquetas de carne con huevo y pan, sentados a la mesa en el salón, lo conocemos. El último en nacer ha sido mi primo Luis, pero solo lo vimos un rato y después desapareció escaleras arriba sin que mi abuela nos diera razón alguna. Y de eso hace ya dos meses.
En total somos veinte personas: mi abuela, mi padre, mi tío Alberto, mi tío Carmelo y mi tío Ricardo; mis doce primos y los tres hermanos gemelos de los que formo parte.
Esta noche va a ser especial. Todos esperamos el atardecer del último domingo de cada mes, para visitar con mi abuela la habitación de los juguetes mecánicos. Nos agitamos impacientes viendo cómo busca el manojo de llaves en el cajón del aparador, sube al primer piso y abre, por fin, la puerta de la habitación añorada.
El cuarto está revestido de estanterías rebosantes de juguetes y otros objetos de hojalata: Un mono que salta al tiempo que toca los platillos, un payaso que hace girar varias pelotitas en el aire, un soldado francés bajo un enorme gorro exhibiendo la bayoneta calada en su fusil, una moto con cuatro ruedas y un tiovivo que da vueltas incansable al ritmo de una cancioncilla pegadiza.
A una orden de mi abuela, todos los juguetes se ponen en funcionamiento, caminan por la habitación y salen al pasillo chocando entre ellos. Al cabo de unos minutos vuelven a su sitio y quedan inmóviles y en silencio.
Una vez restablecida la calma, mi abuela atraviesa la habitación y pone en hora el reloj de pared; después encaja a Madame Butterfly en el plato del gramófono y la hace cantar a setenta y ocho revoluciones por minuto.
Esa es la señal. Nos colocamos en fila: delante, mi padre y el tío Carmelo; detrás, el tío Alberto y el tío Ricardo. A continuación y por orden de estatura nos ponemos los jóvenes y los niños y con una llave muy grande, que coloca en el agujero de nuestra espalda, mi abuela nos va dando cuerda uno a uno y para todo el mes.

Después de comer, nos ha presentado otra vez al primo Luis. Sorprendentemente, en lugar de un agujero para la llave, lleva empotrada en su espalda una cajita con dos cilindros metálicos que mi abuela llama pilas acumuladoras y que según ella harán la vida más cómoda al nuevo miembro de la familia.

2 comentarios:

Marcos Callau dijo...

Un derroche de imaginación este relato, Federico. Me ha encantado encontrarte en el nuevo número de la revista "Raíces de papel" Un abrazo!

Cruz Cartas dijo...

Original, bien narrado, engancha..., lo normal en Fede.