martes, 17 de abril de 2012






CADA OCHO HORAS
F.J.Fayerman
Diecisiete de enero de 2012
Los niños no paraban de gritar y pelearse entre ellos. Desde el asiento trasero del coche, esperaban impacientes el final del viaje que los llevaba de vacaciones a la playa.
Estaba amaneciendo y los primeros rayos del sol deslumbraron a Teo. El coche se salió de la carretera y después de varias vueltas de campana, se incendió.

Conocí a Eva en la farmacia del barrio, un año después de perder a Clara y a nuestros tres hijos. Yo dependía de una gran cantidad de medicamentos que mitigaban las secuelas del accidente. Ella canjeaba varias recetas mientas charlaba con la farmacéutica.
Dos días después escuché ruido en el piso de arriba que se encontraba desde hacía varios meses con el cartel de “se alquila”. Me asomé a la ventana del salón y vi el camión de mudanzas descargando frente al portal. Pocos muebles y baratos.
Ese día, no cesaron las carreras por el pasillo del piso recién ocupado, pero al llegar la noche los ruidos pararon, aunque aún pude identificar el sonido del agua del fregadero y el clic-clac de los interruptores de la luz.
Por la mañana coincidimos en el portal. La mujer que vi en la farmacia era la nueva vecina e iba acompañada de dos niños y una niña, aparentemente de la misma edad que mis hijos.
–Soy Eva, –se presentó; – acabo de mudarme al edificio.
–Teo, contesté estrechándole la mano, soy su vecino de abajo.
Durante los días siguientes nos vimos por la calle, en la farmacia y coincidimos en la consulta del psiquiatra. Eva era alta, morena y llevaba siempre una sonrisa pegada a su boca.
Poco a poco fue naciendo una buena amistad. Aunque no sabía nada de su vida, imaginaba que su situación económica era muy mala. Estaba fuera todo el día y sólo retornaba a última hora de la tarde con los niños Sobre las doce de la noche volvía a salir hasta que de madrugada la observaba, a través de la mirilla de mi puerta, regresar agotada.
Un domingo me armé de valor y subí a su casa. Con el pretexto de devolverle un envase de leche le ofrecí ayuda, ya que mi economía era muy buena desde el accidente.
–Te agradezco tu interés, me dijo, pero quizá sea yo quien pueda ayudarte a ti.
–Perdón, ¿cómo dices?
--¿Echas mucho de menos a tus hijos? Supongo que sí. Yo estoy dispuesta a devolvértelos, si realmente lo deseas.
–Es una broma de mal gusto…
No me dejó terminar la frase.
–De ningún modo Teo, no quisiera hacerte daño ni engañarte. Sólo tienes que creer en mí y te juro que volverán contigo.
Salí dando un portazo.
Durante varios días evité encontrarme con Eva, pero no pude dejar de pensar en el ofrecimiento que me había hecho. Y poco a poco las dudas fueron invadiéndome. Al tercer día la esperé en el garaje.
– ¿Podemos hablar?
–Claro, Teo.
Hizo salir a sus hijos del coche y tomamos el ascensor. El espejo reflejó la imagen de su hija pequeña.
–Tu hija se parece mucho a la mía, le dije.
Nuestras miradas se encontraron en el espejo.
–Dame algo de tiempo y será ella.
Antes de poder contestar llegamos al piso y entramos en su casa.
– ¿Qué quieres decir con que será ella?
–Siéntate. Te voy a preparar un café.
El café humeó frente a mí.
–Escucha, –se acercó a mí y me agarró por los hombros. –Sólo tienes que desearlo con todo tu corazón y al instante mis hijos se convertirán en los tuyos.
Eva se levantó e hizo pasar a los niños. Eran idénticos a los míos. Incluso estaban vestidos con la misma ropa. No pude resistirlo y los abracé con fuerza. Sus caras eran las caras de mis hijos. También lo eran sus voces y su olor. Eva me miraba, amorosa, desde la puerta.
Ahora, vivimos todos juntos y Eva no tiene que trabajar. Se ocupa sólo de los niños y de hacerme feliz. He terminado por acostumbrarme a no salir de casa, y al extraño café que me hace tomar cada ocho horas.

1 comentario:

aleizar dijo...

Me gusta este cuento, en muy poco espacio consigues que imaginemos a los personajes y veamos sus vidas. Muy bien llevado y el final es estupendo, con ese café que produjo tantas controversias.