domingo, 13 de enero de 2013

APÓCRIFO F.J.Fayerman Catorce de septiembre de 2012 Desde la azotea de mi casa se divisa casi toda la Gran Vía. Abajo, a no menos de treinta metros, una empobrecida muchedumbre y los automóviles que aún conservan algo de combustible en sus depósitos, circulan tristemente sobre un asfalto descarnado. Y poco a poco, cuando llega la noche, el fragor callejero dejan paso a la elipsis; los pocos coches que se atreven a circular ignoran los semáforos y la gente se refugia en sus casas o en las de sus amigos de confianza, huyendo de la plaga que asola el país desde hace ya muchos años. Y entonces entra en acción el inframundo: Los vampiros salen de sus féretros, cruzan los atrios de hojas chirriantes y toman las callejuelas en busca de sangre fresca. Millones de ratas brotan de las cloacas de la plaza de Callao y bajan como si de un sunami animal se tratara hasta inundar la Plaza de España, buscando comida en los contenedores o devorando a los mendigos, que osan dormir entre cartones en el acceso al aparcamiento subterráneo. Algunos hombres se trasforman en lobos si la luna es propicia y los estranguladores, asesinos y violadores se hacen los dueños de la ciudad. Todo ello lo veo cada noche desde la azotea que domina gran parte de la Gran Vía. A veces, alguno de estos terribles personajes mira hacia lo alto de mi edificio buscando una presa escondida o aterrorizada, pero solo ve una gárgola petrificada de cuyo caño brotan gritos de dolor, por no poder unirse a la fiesta de la muerte, a la que la humanidad se ha visto arrastrada tras largos años de promesas y mentiras, en busca del quimérico estado del bienestar.

1 comentario:

Marcos Callau dijo...

Da miedo, Federico. Pero tiene su parte de realidad este Madrid apocalíptico. Estupendo lo de la gárgola. Abrazos.