lunes, 17 de junio de 2013

EL JARDINERO DE ZUNIL Federico Fayerman Uno de noviembre de 2012 Nací, al igual que toda mi familia, en una casa de las afueras de Zunil. Este pequeño pueblo estaba enclavado al borde del cráter del mismo nombre, situado en el hemisferio sur del planeta Marte, más concretamente en la denominada sierra marciana. Se encontraba ubicado a una altura de cuatro mil quinientos metros sobre el nivel de los canales, su vida dependía fundamentalmente del turismo. Cada año, millones de marcianos visitaban su gran mirador espacial, desde el que se podía observar el cruce de los asteroides Deimos y Phobos a escasa distancia de la superficie marciana. Hasta tres veces diarias se cruzaban ambos asteroides, pero una sola vez a tan corta distancia. Allí, en Zunil, nació también mi único hermano con una terrible deformidad: tenía dos ojos en la cara a ambos lados de la nariz, en lugar de un solo ojo en el centro de la frente como el resto de los habitantes de Marte. Al cumplir los setecientos años, mi padre ordenó a mi madre hacer las maletas, y nos trasladamos al planeta Tierra en busca de nuevos y mejores horizontes. La Tierra era un planeta muy parecido al nuestro, de suelo rojo y desiertos asolados por aires violentos y secos. Sus pocos habitantes vivían en casas fabricadas con ladrillos de adobe, y subsistían de la carne y la leche de sus escuálidas cabras. Su mayor riqueza era el gran río que fertilizaba cada año sus campos. Nos tomaron por dioses, quizás engañados por las máscaras que llevábamos para ocultar nuestro único ojo central. Solo mi único hermano se mostraba con la cara despejada, y mientras a los demás nos pusieron nombres extraños (Bastet, Ra, Anubis, Sobek, Horus o Ptah) (que nos divertían mucho, a él le llamaron Sinuhé y le nombraron médico de los reyes y reinas de aquellas tierras. Durante los más de ochocientos años que vivimos en aquel lugar del universo, ayudamos a que la civilización avanzara gracias a nuestros conocimientos matemáticos, aunque guardamos por precaución muchos otros que a esas alturas no convenían a los habitantes de este atrasado planeta. PARTE SEGUNDA La tarde en que mi único hermano conoció la existencia de la enfermedad terrestre que había conseguido abrirse paso en su organismo a través de sus ojos, y que acabaría irremediablemente con su vida en un plazo máximo de dos años, nos citó a toda la familia en Karnak para comunicarnos la buena noticia. Varios días después, partíamos hacia Zunil para preparar la sepultura de mi único hermano en los jardines Thebig, cerca del observatorio espacial. Los jardines Thebig se extendían sobre una superficie de unas veinte mil hectáreas, todas ellas en cuesta, hasta llegar a la plataforma de observación de Zunil y hasta allí nos trasladamos los familiares y algunos viejos amigos. Monik, el Jardinero-Jefe de Thebig se ocupaba de la conservación del parque y era el hombre más orgulloso de todo el planeta rojo. Tenía muchos problemas con mi perro Dof, una mezcla de Rondesco con Puchonet, razas originarias de Zunil, que no dejaba ni un momento de corretear entre los macizos, destrozando las flores que adornaban los parterres del inmenso jardín. Generalmente, yo no tenía más remedio que encerrar a Dof en el coche y pedir disculpas al Jardinero-Jefe que las aceptaba de muy buen grado, hasta el punto de regalarle a mi esposa una gerbera, que ella colocaba sobre su pecho ayudándose de una pequeña pinza que siempre llevaba en el bolso. Comíamos bajo la lejana luz del sol y ayudábamos a mi hermano a preparar la tierra donde sería enterrado a su muerte, entre risas y abrazos. Después, subíamos en procesión hasta el mirador espacial y hablábamos durante horas y horas de nuestras olvidadas enfermedades, mientras admirábamos a Phobos y a Deimos cruzándose constantemente en el cielo marciano. Un año después, mí hermano fue el único fallecido en todo el planeta, ya que los adelantos de la ciencia médica habían conseguido ampliar la edad media de vida hasta los tres mil años, lo que hacía difícil que coincidieran dos o más finados el mismo día. Mi hermano vivió solamente mil quinientos años y fue, desde luego, un caso que sirvió, aunque inútilmente, para el estudio de la mortal enfermedad a los jóvenes doctores de la Universidad de medicina marciana de la capital. Se había convertido, debido a su rara y mortal enfermedad importada del planeta Tierra, en el único marciano muerto con menos de dos mil años de edad desde la guerra contra Urano, trescientos mil años antes. En su honor fue construido el gran telescopio que preside desde entonces el mirador celeste del parque Thebig en el que, cada año, en la misma fecha, nos reunimos toda la familia y mi perrito de aguas para contemplar a Phobos y a Deimos y añorar a mi prematuramente desaparecido hermano. PARTE TERCERA Monik, el Jardinero-Jefe de Thebig cultiva ahora algunas variedades nuevas de plantas ornamentales que yo le traje de la Tierra. Hemos consolidado a través de los años una gran amistad; lo que permite a Dof corretear entre las flores ante la mirada complaciente de Monik, y no tener que esperarme encerrado en el coche cuando subo al mirador cada tarde, para visitar la tumba de mi hermano y echar unas risas en su recuerdo. EPÍLOGO (Siete mil años después) La nave Curiosity envía imágenes de la superficie del planeta Marte. En ellas se puede distinguir la punta de lo que los expertos sospechan pueda ser una pirámide enterrada dos mil años antes. La nave no detecta vida en el planeta, aunque ha descubierto reminiscencias de una variante mortal del virus Herpes, causante de diversos tipos de glaucoma.
CLARA Federico Fayerman Tres de abril de 2012 Aquel invierno llegó sin avisar. Clara descorrió las cortinas, y la luz invadió la habitación, creando sombras en los espacios blancos de las paredes. Al abrir el ventanal, el viento frio de las montañas cercanas le hirió el rostro soñoliento. Observó la mesa escritorio: sobre ella la pequeña lámpara encendida, un bolígrafo, el cuaderno de hojas milimetradas donde estaba aprendiendo a escribir y en una esquina, el libro de tapas rojas, desde el que Luis le dictaba. Contó despacio los billetes doblados tan impecablemente como impecable era el hombre que los depositaba sobre la mesilla, para que ella los recogiera al despertarse. Doscientos euros por prestarle su cuerpo la noche de los viernes. Aunque se lo entregaría gratis. –Tranquilo, no se asuste, está en el hospital. Ha sufrido un accidente de coche pero se encuentra fuera de peligro. Avisaremos a su familia para que pasen a verle. Luis abrió los ojos, y la voz se trasformó en una joven enfermera de ojos azules y dedos cálidos que acariciaban su frente. En su mano derecha, un tubo de plástico le unía a una botella de suero, otro en la boca le permitía respirar y una pinza le oprimía el dedo índice. La estación de autobuses era el punto de encuentro. Luis la recogía a las ocho y media y juntos, a bordo de su A-6, tomaban la carretera general en dirección al motel. Apenas tres kilómetros de curvas. –¿Qué tal ha ido la semana? –solía preguntar Luis. Y la repuesta de Clara se escondía siempre en un profundo suspiro. –¿Qué tal la tuya? –Como siempre; mucho viaje, demasiado trabajo y esperando cada día que llegue el momento de estar contigo. Clara cerró la ventana, guardó el dinero en el bolso y miró el reloj. Las diez de la mañana y hasta las doce no tendría que abandonar la habitación. Después de bañarse se vistió lentamente: primero una ropa interior cómoda, nada del tanga ni del sujetador minúsculo del día anterior. Después una camiseta y unos leotardos. Abrochó la falda negra a su cintura y terminó metiéndose en un jersey de cuello vuelto, también negro. Se sentó en el borde de la cama y se calzó unas manoletinas. El traslado al pueblo no supuso un problema para Luis. Le daba lo mismo mover la silla de ruedas en una casa que en otra, aunque aquí disponía de más espacio y sobre todo del jardín, que aquella primavera se mostraba colmado de flores. Sus cincuenta años de vida anteriores se le habían borrado con violencia de la memoria unos meses atrás, aunque a veces y sin llegar a entender por qué, los prados verdes que rodeaban su nuevo hogar, se convertían en montañas que intentaban hablarle. La estación de autobuses se ha convertido en un lugar solitario ahíto de gente, donde Clara acude cada viernes y espera lo imposible. Se acomoda en un banco cerca de la puerta y escribe con dificultad cartas al amante desaparecido, mientras vigila de reojo los Audi blancos que circulan por los alrededores. Entonces suena su móvil: –Clara, soy Enrique, ¿podemos vernos? –Sí... pero tendrá que ser mañana. Ya sabes que tengo ocupadas las noches de los viernes. Busca un asiento en el interior del vestíbulo, huyendo del aire helado que allana la estación. Este invierno también ha llegado sin previo aviso.