lunes, 17 de junio de 2013

CLARA Federico Fayerman Tres de abril de 2012 Aquel invierno llegó sin avisar. Clara descorrió las cortinas, y la luz invadió la habitación, creando sombras en los espacios blancos de las paredes. Al abrir el ventanal, el viento frio de las montañas cercanas le hirió el rostro soñoliento. Observó la mesa escritorio: sobre ella la pequeña lámpara encendida, un bolígrafo, el cuaderno de hojas milimetradas donde estaba aprendiendo a escribir y en una esquina, el libro de tapas rojas, desde el que Luis le dictaba. Contó despacio los billetes doblados tan impecablemente como impecable era el hombre que los depositaba sobre la mesilla, para que ella los recogiera al despertarse. Doscientos euros por prestarle su cuerpo la noche de los viernes. Aunque se lo entregaría gratis. –Tranquilo, no se asuste, está en el hospital. Ha sufrido un accidente de coche pero se encuentra fuera de peligro. Avisaremos a su familia para que pasen a verle. Luis abrió los ojos, y la voz se trasformó en una joven enfermera de ojos azules y dedos cálidos que acariciaban su frente. En su mano derecha, un tubo de plástico le unía a una botella de suero, otro en la boca le permitía respirar y una pinza le oprimía el dedo índice. La estación de autobuses era el punto de encuentro. Luis la recogía a las ocho y media y juntos, a bordo de su A-6, tomaban la carretera general en dirección al motel. Apenas tres kilómetros de curvas. –¿Qué tal ha ido la semana? –solía preguntar Luis. Y la repuesta de Clara se escondía siempre en un profundo suspiro. –¿Qué tal la tuya? –Como siempre; mucho viaje, demasiado trabajo y esperando cada día que llegue el momento de estar contigo. Clara cerró la ventana, guardó el dinero en el bolso y miró el reloj. Las diez de la mañana y hasta las doce no tendría que abandonar la habitación. Después de bañarse se vistió lentamente: primero una ropa interior cómoda, nada del tanga ni del sujetador minúsculo del día anterior. Después una camiseta y unos leotardos. Abrochó la falda negra a su cintura y terminó metiéndose en un jersey de cuello vuelto, también negro. Se sentó en el borde de la cama y se calzó unas manoletinas. El traslado al pueblo no supuso un problema para Luis. Le daba lo mismo mover la silla de ruedas en una casa que en otra, aunque aquí disponía de más espacio y sobre todo del jardín, que aquella primavera se mostraba colmado de flores. Sus cincuenta años de vida anteriores se le habían borrado con violencia de la memoria unos meses atrás, aunque a veces y sin llegar a entender por qué, los prados verdes que rodeaban su nuevo hogar, se convertían en montañas que intentaban hablarle. La estación de autobuses se ha convertido en un lugar solitario ahíto de gente, donde Clara acude cada viernes y espera lo imposible. Se acomoda en un banco cerca de la puerta y escribe con dificultad cartas al amante desaparecido, mientras vigila de reojo los Audi blancos que circulan por los alrededores. Entonces suena su móvil: –Clara, soy Enrique, ¿podemos vernos? –Sí... pero tendrá que ser mañana. Ya sabes que tengo ocupadas las noches de los viernes. Busca un asiento en el interior del vestíbulo, huyendo del aire helado que allana la estación. Este invierno también ha llegado sin previo aviso.

No hay comentarios: