lunes, 26 de octubre de 2015

CAFÉ AMARGO F.J.Fayerman treinta de septiembre de 2015 Bebieron güisqui mientras jugaban a las cartas. Ebrios, se confesaron sus infidelidades. Se acomoda un momento en su sillón preferido. Empiezan a dolerle las piernas de recorrer el apartamento una y otra vez, e imagina en el aire el eco de sus propios pasos. Cierra los ojos. La estufa está encendida y nota el calor en la cara y en las manos que instintivamente intentan protegerla. Necesita tomar un café. Lo tiene sobre la mesa rinconera, pero no se siente con energía para levantarse y llegar a ella. Alguien golpea la puerta y su sonido le parece el batir de unas alas de ángel. ¿Será ella? ¿Cuándo tiempo hace que se fue, y cuanto que se contaron sus infidelidades? No era precisamente un ángel, pero la quería y nunca deseó perderla. Antes de marcharse le dejó preparado un café y una nota que no se ha atrevido a leer. Sobre la mesa, un café amargo como a él le gusta y ahora no tiene fuerza para tomárselo. Amargo y seguramente frio. Sigue con los ojos cerrados. El ruido ligero de sus pies le lleva hacia el dormitorio y en él la cama y la mesilla de noche. Abre el cajón de arriba: las pastillas para dormir, los preservativos pasados de fecha y la pistola. Cruza las piernas, golpea la mesa y derrama el café. La estufa está demasiado cerca pero ya no le quema. Escucha otra vez el roce del cajón al abrirse y el escalofrío metálico del cañón de la pistola deslizándose entre sus dientes. Ella no era precisamente un ángel, pero sí muy hermosa y la quería y le parece recodar que nunca deseó perderla.
CUATRO CUARTOS F.J.Fayerman Nueve de junio de 2015 Me duele la voz de tanto cantarle a mi país. Cuando desciendo por la calle me pesa hasta mi sombra. Llego al parque, a estas horas solitarias y calmas. Me rodean flores blancas de primavera y una fuente que solloza entre cuatro árboles iguales. Son las nueve y media de la mañana y comienza la actividad en el barrio. Tomo asiento en un banco aún húmedo de rocío y saco la guitarra del estuche. Rasgo sus cuerdas y canto. Un furgón del cuerpo de Localización (G.L.F.) de la policía con los cristales tintados muestra su prepotencia. El supermercado iza sus cierres con estrépito. La peluquera avienta su melena rubia y mientras barre la entrada, come un sándwich de jamón. El bar Montevideo: menú a 10 euros con postre y café. Sangre encebollada, bisté, riñones al jerez, manitas de cerdo… A través de la puerta abierta de par en par, penetran las notas tristes de la guitarra. El furgón de la policía desciende a toda velocidad por la cuesta. En los laterales, con grandes caracteres se puede leer ZITARROSAS. En las mesas de la terraza del bar se instalan los primeros clientes: cuatro mujeres que toman café. Bajo una de las sillas un cachorro pide algo de comer; hace carantoñas a un niño de unos cuatro años que está sentado con sus padres en la mesa de al lado y consigue que le dé una patata frita. Un camión del Ayuntamiento riega la calzada. En otra de las mesas tres mujeres charlan, quizá de política, de trapos o de museos. A su lado, unos jóvenes desayunan con Coca Cola. El furgón de la policía fabrica espuma sobre el agua jabonosa que cubre el empedrado. La carnicería: Del techo cuelgan diez pollos desplumados estirando el cuello y balanceándose al ritmo cuatro cuartos de la música que penetra por la puerta abierta. En el mostrador refrigerado, un cuerpo de vaca disperso: lomo, costillas, lengua, hígado… La clínica veterinaria al final de la calle. En la sala de operaciones, un perro joven yace sin vida sobre la mesa fría, mostrando sus intestinos infectados por un cáncer prematuro. Ya han cesado los latidos que salían de su interior. Se fueron las notas que sostenían su vida y ahora entran las de mi guitarra. El furgón de la policía hace rugir su sirena y se dirige hacia donde me encuentro. Sé que me queda poco tiempo de libertad, que moriré mudo como los pollos o las vacas que perdieron la vida para consumo de los más fuertes, o al perro que enfermó de fidelidad. La última corchea de mi guitarra negra hace desvanecerse al súper, a la peluquera, al bar Montevideo, a la carnicería y a la clínica veterinaria. Y aunque me duele muchísimo el alma, lo celebro.

sábado, 25 de abril de 2015

¿QUIÉN DEJÓ ABIERTA ESTA MAÑANA LA PUERTA DEL BALCÓN? F.J.Fayerman Veintisiete de mayo de 2014 El gato se cayó desde el balcón a la calle Cartagena. Malherido, entró en el portal y subió hasta el tercer piso. Se tumbó ante la puerta de su casa y se murió. La visita a la adivinadora, instaló la felicidad en su rostro de Cati, y no la abandonaría hasta la mañana del día siguiente. La pitonisa le había profetizado que la vida le sonreiría más de lo que nunca hubiera podido soñar. A la pregunta de si su hijo aprobaría los exámenes y si el gato se recuperaría de sus problemas visuales, ella le contestó que sin duda ambos lo superarían. Esa noche, Cati permitió a Ricardo que le hiciera el amor. El día siguiente tuvo un mal comienzo para Cati: bronca de su jefe, golpe con el coche al salir del aparcamiento de la Plaza Mayor, bronca con el conductor del otro coche; multa por saltarse un semáforo en plena Gran Vía, bronca con el agente de tráfico… Cuando llegó a casa encontró a su gato muerto. Por su lado, Ricardo ocupó el día visitando clientes sin conseguir ni un pedido. A las ocho tuvo una cita con su amante en el Hotel París y tras una pelea monumental rompieron la relación A las diez llegó a casa y se encontró a Cati sentada en un sillón con el gato muerto en su regazo. Ricardíto tuvo cuatro exámenes ese mismo día: dos por la mañana y otros dos por la tarde. Los dejó en blanco. Su abuela fue a buscarle al colegio y en el camino de regreso, le invitó a chocolate con churros en la Cafetería Hontanares: Cerrada por descanso del personal. Al abrir la puerta de su casa, se topó con sus padres sentados en el sofá. Su madre, llorando desconsolada, sostenía encima de las piernas al gato muerto. — ¿Quién dejó abierta esta mañana la puerta del balcón?—preguntó Cati, secándose las lágrimas. El veterinario vive cerca del Parque del Retiro y la familia Calvo al completo se presenta, a las nueve de la mañana, en la consulta con su gato muerto, después de haberlo velado toda la noche. Salen de la clínica a las diez, tras desembolsar cien euros por la cremación del minino. En el cristal de la puerta, un cartel ofrece un gatito recién nacido. Sin pensárselo dos veces lo adoptan.
ALFREDO HIGINIO y BOLOPO TOCOBÉ F.J.Fayerman seis de diciembre de 2014 Sergio levantó la mirada por encima de sus gafas de espejo. Los muslos de Susana seguían allí, disfrazados de pantera, espléndidos, ignorantes. — ¿Te apetece un café, —Víctor rompió el hechizo—tío? —Vale, me estoy volviendo tarumba, no soy capaz de cuadrar la caja. Me faltan quinientos euros. ¡Hay que joderse! —Miente—. La máquina de bebidas funciona como el culo y Sergio se ve obligado a sustituir el café por un líquido de color y textura sospechoso que se anuncia como chocolate con leche, y que le hace visitar el retrete hasta en cinco ocasiones. Sobre Sergio, Susana, Víctor y otros personajes que no aparecen aquí, se extiende el techo fluorescente de la oficina de patentes y marcas; por encima, un cielo gris cubierto de nubes y truenos amenazantes. Más arriba no se ve nada. Sin embargo es verano y hace calor. Las cinco de la tarde: Estampida humana. El Ibiza destartalado arranca por fin. ¡Toma chaval! La radio intenta escupir la información bursátil pero la mano de Sergio es más rápida: 95.3 ¡Radio Marca! Deja a Víctor en su domicilio y aprovecha la parada para ir de nuevo al wáter. ¡TABLAS EN EL PARTIDO DE ETERNOS RIVALES!: ALFREDO HIGINIO Y BOLOPO TOCOBÉ MARCARON PARA SUS RESPECTIVOS CONJUNTOS, titulaba el periódico. Y subtitulaba: ¡Quien haya apostado fuerte por la victoria de uno de los dos equipos lo tiene jodido! — ¡Que mala leche! (Había apostado quinientos euros a que el Atleti ganaba el derbi). ¿Y ahora qué hago?, —dictó F.J. al narrador, y éste lo puso en boca del personaje como monólogo interno. Arrojó el AS a la papelera y mientras hacía tiempo hasta que le devolvieran la colada de la semana, encendió un cigarrillo. —Señó Sergio, —dijo la empleada de la tintorería— no está autorisao humear en el boliche. Si no sofoca el popote me veré obligada a denunsiarle. (*) —Vale. A las ocho y media las nubes amenazantes chorrearon. El Ibiza tiene el cenicero a tope y un olor repugnante. Sergio arranca el motor y camino de casa se divierte metiéndose en los charcos y salpicando a los distraídos. Sergio se coloca la camiseta de tirantes y baja al parque. Del sol ni rastro y la temperatura ha bajado al menos ocho grados, lo que hace un poco más entendible el darse una estúpida paliza corriendo. Al final de la cuerda que le ata a la cintura de su amo, Doff ladra en arameo. Sergio bordea el lago cuando una mano le toca en la espalda sudorosa. — ¡Susana! Qué casualidad, no me podía imaginar a mi jefa haciendo footing y en mini shorts! — ¡Le noto sofocado Sergio, sígame si es capaz! —dice la jefa y acelera—: el primero que llegue al final del lago invita al Acuarius! —Me vuelven locos —le confiesa Sergio— sus muslos y el huequecito que queda entre ellos, cuando se mueve por la oficina. La crisis apaga las farolas que iluminan los caminos del parque. — ¿Cómo se llama su perro? A las doce y ya en casa de Sergio, un polvo, una ducha y la promesa de ayudarle a cuadrar el balance. La nevera como en Biafra. El Opencor del barrio y la cartera de Susana son el séptimo de caballería y Doff: Rin Tin Tin. Aunque al ser de noche no se aprecia, las nubes ya no chorrean ni amenazan, aunque siguen allí arriba. (*) Es conveniente poner el acento de negro de las películas americanas de los años cincuenta.