sábado, 25 de abril de 2015

¿QUIÉN DEJÓ ABIERTA ESTA MAÑANA LA PUERTA DEL BALCÓN? F.J.Fayerman Veintisiete de mayo de 2014 El gato se cayó desde el balcón a la calle Cartagena. Malherido, entró en el portal y subió hasta el tercer piso. Se tumbó ante la puerta de su casa y se murió. La visita a la adivinadora, instaló la felicidad en su rostro de Cati, y no la abandonaría hasta la mañana del día siguiente. La pitonisa le había profetizado que la vida le sonreiría más de lo que nunca hubiera podido soñar. A la pregunta de si su hijo aprobaría los exámenes y si el gato se recuperaría de sus problemas visuales, ella le contestó que sin duda ambos lo superarían. Esa noche, Cati permitió a Ricardo que le hiciera el amor. El día siguiente tuvo un mal comienzo para Cati: bronca de su jefe, golpe con el coche al salir del aparcamiento de la Plaza Mayor, bronca con el conductor del otro coche; multa por saltarse un semáforo en plena Gran Vía, bronca con el agente de tráfico… Cuando llegó a casa encontró a su gato muerto. Por su lado, Ricardo ocupó el día visitando clientes sin conseguir ni un pedido. A las ocho tuvo una cita con su amante en el Hotel París y tras una pelea monumental rompieron la relación A las diez llegó a casa y se encontró a Cati sentada en un sillón con el gato muerto en su regazo. Ricardíto tuvo cuatro exámenes ese mismo día: dos por la mañana y otros dos por la tarde. Los dejó en blanco. Su abuela fue a buscarle al colegio y en el camino de regreso, le invitó a chocolate con churros en la Cafetería Hontanares: Cerrada por descanso del personal. Al abrir la puerta de su casa, se topó con sus padres sentados en el sofá. Su madre, llorando desconsolada, sostenía encima de las piernas al gato muerto. — ¿Quién dejó abierta esta mañana la puerta del balcón?—preguntó Cati, secándose las lágrimas. El veterinario vive cerca del Parque del Retiro y la familia Calvo al completo se presenta, a las nueve de la mañana, en la consulta con su gato muerto, después de haberlo velado toda la noche. Salen de la clínica a las diez, tras desembolsar cien euros por la cremación del minino. En el cristal de la puerta, un cartel ofrece un gatito recién nacido. Sin pensárselo dos veces lo adoptan.
ALFREDO HIGINIO y BOLOPO TOCOBÉ F.J.Fayerman seis de diciembre de 2014 Sergio levantó la mirada por encima de sus gafas de espejo. Los muslos de Susana seguían allí, disfrazados de pantera, espléndidos, ignorantes. — ¿Te apetece un café, —Víctor rompió el hechizo—tío? —Vale, me estoy volviendo tarumba, no soy capaz de cuadrar la caja. Me faltan quinientos euros. ¡Hay que joderse! —Miente—. La máquina de bebidas funciona como el culo y Sergio se ve obligado a sustituir el café por un líquido de color y textura sospechoso que se anuncia como chocolate con leche, y que le hace visitar el retrete hasta en cinco ocasiones. Sobre Sergio, Susana, Víctor y otros personajes que no aparecen aquí, se extiende el techo fluorescente de la oficina de patentes y marcas; por encima, un cielo gris cubierto de nubes y truenos amenazantes. Más arriba no se ve nada. Sin embargo es verano y hace calor. Las cinco de la tarde: Estampida humana. El Ibiza destartalado arranca por fin. ¡Toma chaval! La radio intenta escupir la información bursátil pero la mano de Sergio es más rápida: 95.3 ¡Radio Marca! Deja a Víctor en su domicilio y aprovecha la parada para ir de nuevo al wáter. ¡TABLAS EN EL PARTIDO DE ETERNOS RIVALES!: ALFREDO HIGINIO Y BOLOPO TOCOBÉ MARCARON PARA SUS RESPECTIVOS CONJUNTOS, titulaba el periódico. Y subtitulaba: ¡Quien haya apostado fuerte por la victoria de uno de los dos equipos lo tiene jodido! — ¡Que mala leche! (Había apostado quinientos euros a que el Atleti ganaba el derbi). ¿Y ahora qué hago?, —dictó F.J. al narrador, y éste lo puso en boca del personaje como monólogo interno. Arrojó el AS a la papelera y mientras hacía tiempo hasta que le devolvieran la colada de la semana, encendió un cigarrillo. —Señó Sergio, —dijo la empleada de la tintorería— no está autorisao humear en el boliche. Si no sofoca el popote me veré obligada a denunsiarle. (*) —Vale. A las ocho y media las nubes amenazantes chorrearon. El Ibiza tiene el cenicero a tope y un olor repugnante. Sergio arranca el motor y camino de casa se divierte metiéndose en los charcos y salpicando a los distraídos. Sergio se coloca la camiseta de tirantes y baja al parque. Del sol ni rastro y la temperatura ha bajado al menos ocho grados, lo que hace un poco más entendible el darse una estúpida paliza corriendo. Al final de la cuerda que le ata a la cintura de su amo, Doff ladra en arameo. Sergio bordea el lago cuando una mano le toca en la espalda sudorosa. — ¡Susana! Qué casualidad, no me podía imaginar a mi jefa haciendo footing y en mini shorts! — ¡Le noto sofocado Sergio, sígame si es capaz! —dice la jefa y acelera—: el primero que llegue al final del lago invita al Acuarius! —Me vuelven locos —le confiesa Sergio— sus muslos y el huequecito que queda entre ellos, cuando se mueve por la oficina. La crisis apaga las farolas que iluminan los caminos del parque. — ¿Cómo se llama su perro? A las doce y ya en casa de Sergio, un polvo, una ducha y la promesa de ayudarle a cuadrar el balance. La nevera como en Biafra. El Opencor del barrio y la cartera de Susana son el séptimo de caballería y Doff: Rin Tin Tin. Aunque al ser de noche no se aprecia, las nubes ya no chorrean ni amenazan, aunque siguen allí arriba. (*) Es conveniente poner el acento de negro de las películas americanas de los años cincuenta.