lunes, 26 de octubre de 2015

CUATRO CUARTOS F.J.Fayerman Nueve de junio de 2015 Me duele la voz de tanto cantarle a mi país. Cuando desciendo por la calle me pesa hasta mi sombra. Llego al parque, a estas horas solitarias y calmas. Me rodean flores blancas de primavera y una fuente que solloza entre cuatro árboles iguales. Son las nueve y media de la mañana y comienza la actividad en el barrio. Tomo asiento en un banco aún húmedo de rocío y saco la guitarra del estuche. Rasgo sus cuerdas y canto. Un furgón del cuerpo de Localización (G.L.F.) de la policía con los cristales tintados muestra su prepotencia. El supermercado iza sus cierres con estrépito. La peluquera avienta su melena rubia y mientras barre la entrada, come un sándwich de jamón. El bar Montevideo: menú a 10 euros con postre y café. Sangre encebollada, bisté, riñones al jerez, manitas de cerdo… A través de la puerta abierta de par en par, penetran las notas tristes de la guitarra. El furgón de la policía desciende a toda velocidad por la cuesta. En los laterales, con grandes caracteres se puede leer ZITARROSAS. En las mesas de la terraza del bar se instalan los primeros clientes: cuatro mujeres que toman café. Bajo una de las sillas un cachorro pide algo de comer; hace carantoñas a un niño de unos cuatro años que está sentado con sus padres en la mesa de al lado y consigue que le dé una patata frita. Un camión del Ayuntamiento riega la calzada. En otra de las mesas tres mujeres charlan, quizá de política, de trapos o de museos. A su lado, unos jóvenes desayunan con Coca Cola. El furgón de la policía fabrica espuma sobre el agua jabonosa que cubre el empedrado. La carnicería: Del techo cuelgan diez pollos desplumados estirando el cuello y balanceándose al ritmo cuatro cuartos de la música que penetra por la puerta abierta. En el mostrador refrigerado, un cuerpo de vaca disperso: lomo, costillas, lengua, hígado… La clínica veterinaria al final de la calle. En la sala de operaciones, un perro joven yace sin vida sobre la mesa fría, mostrando sus intestinos infectados por un cáncer prematuro. Ya han cesado los latidos que salían de su interior. Se fueron las notas que sostenían su vida y ahora entran las de mi guitarra. El furgón de la policía hace rugir su sirena y se dirige hacia donde me encuentro. Sé que me queda poco tiempo de libertad, que moriré mudo como los pollos o las vacas que perdieron la vida para consumo de los más fuertes, o al perro que enfermó de fidelidad. La última corchea de mi guitarra negra hace desvanecerse al súper, a la peluquera, al bar Montevideo, a la carnicería y a la clínica veterinaria. Y aunque me duele muchísimo el alma, lo celebro.

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